sábado, 12 de noviembre de 2011

Una partida de póker (Relato en dos folios)

La tarde estaba cayendo y conforme se alargaban las sombras, el anfitrión, que vestía sus mejores galas, seguía discurriendo como conseguir el mayor beneficio de la reunión que comenzaría en breve. El diablo, pues este era el anfitrión en cuestión, apenas se acordaba de la anterior francachela que había mantenido con sus amigos, si es que podía llamárseles así, había pasado ya mucho tiempo. El cuarteto al que esperaba, al que también se conocía –y mira que les hacía gracia el nombre- por ”Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, era difícil de reunir, pues con sus múltiples ocupaciones, apenas tenían tiempo para nada.

Belcebú, otro de sus nombres, había ofrecido su casa al grupo para la velada, y como era sin duda la mejor y más surtida, ninguno había puesto pega alguna. En la anterior ocasión que pudieron coincidir se reunieron en casa del hambre y había sido un desastre, tanto que todos se fueron enseguida y no quisieron ni jugar la acostumbrada partidita. Y esto era lo que Lucifer quería conseguir, una buena timba de póker de la que pudiera sacar provecho. Rememoraba con nostalgia una reunión que habían tenido, pasado ya el milenio, en casa de la guerra ¡y anda que no le fue bien! La guerra jugaba en casa y jugó tan bien que ganó la partida y bajo su influjo apareció un tal Pedro el Ermitaño –sólo con decir su nombre al diablo le aparecía una sonrisa beatífica- que se inventó una cruzada, la primera de muchas, y hubo bajo su nombre de todo: guerra, muerte, destrucción, enfermedades, herejías… y mucho crimen, que es lo que más le interesa. Buen año fue aquel del saqueo y degüello general de todos los habitantes de Jerusalén por parte de los cruzados. Corría la sangre por los calles como si fueran ríos y de la misma forma se amontonaban los condenados a la puerta del infierno…

Hubo, por supuesto, algún otro año bueno desde entonces, pero con la ampliación de instalaciones en que se había metido, había que dar un buen empujón al negocio y no bastaba el goteo acostumbrado. Una buena guerra era lo que necesitaba, de esas en las que muere mucha gente sin poder prepararse y va derechita al infierno. Y es que ni el hambre ni la peste dan mucho de si; la primera porque parece que estando débiles se peca menos y la otra porque con la enfermedad apenas se puede pecar y hay tiempo para arreglar los negocios celestiales. Eso del consuelo a los enfermos y los santos oleos fueron un buen gol que le metió el divino, con el cura al lado casi todos se arrepentían. Una buena guerra, con cientos de miles de muertos, eso era lo que necesitaba para amortizar las nuevas calderas de alimentación automática. Tenía que conseguir como fuera que la guerra ganara la partida, y a esa cuestión llevaba dándole vueltas unos cuantos días.

Había dispuesto una mesa bien surtida de comida y bebida, con sirvientes bien adiestrados para ir llenando platos y copas conforme se vaciaran. Quería una larga velada con sobremesa y partidita, y lo tenía que conseguir. Ya se las arreglaría después para que la guerra ganara la el juego, aunque fuera haciendo trampas a su favor. La muerte no jugaba, ¿para qué? Si más pronto o más tarde se hacía siempre con todo. Un fuerte campanillazo le avisó que los invitados estaban llegando y salió a recibirlos.

No hubo inesperados retrasos de ninguno de los asistentes y enseguida, con la aparición de la muerte que por tradición ya llega siempre la última, estaban todos sentados a la mesa. La cena discurrió como estaba esperado, con el hambre bebiendo y comiéndoselo todo, como de costumbre, y salvo por las continuas quejas de la peste, a la que las nuevas medicinas y la higiene estaban quitando clientela, todos parecían contentos con sus respectivos negocios. Satanás propuso la partida y, bien comidos y razonablemente contentos con lo bebido, todos aceptaron.

El saloncito estaba preparado y las cartas sobre la mesa. Como ya estaba acordado, la muerte se quedó apuntando las jugadas y haciendo de banca, mientras que la peste, la guerra, el hambre y el diablo se repartieron las sillas. Unas cuantas botellas abiertas ayudaban a calentar el ambiente, ya de por si caluroso en casa de Satanás.

- Esta noche os voy a pelar, decía la peste, a la que sus servicios de información habían asegurado que unas cuantas enfermedades nuevas iban a aparecer con el siglo XX.
- Esta noche es la mía, aseguró el hambre, que traía unas cuantas sequías dentro de la manga.
- ¡Lo lleváis claro ambas! rió la guerra muy contenta desde que un tal Alfredo Nobel hubiera inventado la dinamita.

El diablo no dijo nada, su propósito era que ganara la guerra y tenía que conseguirlo, para lo cual había marcado muy sutilmente las cartas.
Las manos se fueron sucediendo con desigual suerte; el hambre estaba siendo afortunada con escaleras pequeñas y algún full de dieces, pero la guerra estaba ligando una buena racha de reyes. Por su parte la peste tenía una noche muy negra.

- “Nunca tengo reyes ni reinas, no se cómo lo haces”, decía algo enfadada el hambre a la guerra.
-“Es que no tienes mano con ellos –contestaba la muerte, que de vez en cuando se metía en la conversación- mira el de rojo como coge de todo” añadía riendo.
El diablo, que estaba teniendo unas buenas jugadas de ases y reyes, pero sólo apostaba cuando no estaba la guerra en el envite, contestó, muy halagado:
“Con la realeza tengo una relación muy especial”

Al poco llegó el turno de repartir al diablo y decidió jugarse la partida en ese momento. Consiguió dar un full de reyes a la guerra y una escalera al hambre. La peste debía llevar también algo porque los ojos le brillaban en el fondo de las cuencas casi negras. El iría de farol que era lo que más le gustaba.

-Voy a abrir con cien –dijo muy ufano- así que a señalarse si queréis jugar.

Las apuestas fueron subiendo, siempre empujadas por el diablo que veía su oportunidad. Y con todas las fichas encima de la mesa se apostó de boquilla, lo que se tenía y lo que no. Vueltas las cartas arriba la guerra certificó su triunfo, quedando la peste y el hambre totalmente peladas.

Aquella misma noche nacía un niño en la casa de Alois y Klara, en el pequeño pueblo bohemio de Braunau, Adolf Hitler. Las apuestas ganadas por la guerra estaban seguras y el diablo se llevaría su parte.

Eduardo Lizarraga
Noviembre 2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

Algo más que un cambio de Gobierno

Se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad, e independientemente de que su autor sea Esquilo o Hiran Johnson, la frase está de moda, y lo cierto es que, ante la brutalidad de una guerra, el pecadillo de una mentira más, o menos, puede parecer una nimiedad.

La crisis económica, que nos está sacudiendo desde hace ya más de tres años y que al parecer nos va a acompañar, al menos, por otros cuantos – si es que salimos de ella que tengo mis dudas- no es una guerra, aunque pudiera ser que produzca más víctimas mortales y de las otras, que muchas de ellas. Y no sólo entre los más necesitados, como era lo habitual, sino también entre las clases medias de los países desarrollados. Y en esta crisis económica no sólo la verdad está pereciendo todos los días, sino que los derechos de la sociedad están sufriendo y lo van a hacer más, un verdadero recorte o retroceso a épocas anteriores. Y lo que es peor de todo, denotando además el estado enfermo de nuestra sociedad, lo están haciendo en silencio y con la callada aquiescencia de casi todos nosotros.

No somos, por desgracia, un país de profunda tradición democrática; podríamos hablar largo y tendido sobre su ausencia hasta hace poco más de cuarenta años, apareciendo Napoleón, la inexistencia de una clase burguesa en los siglos XVIII y XIX y la famosa revolución pendiente entre sus causantes. Pero obtener los derechos sociales que tenemos nos ha costado tanto, en sangre, muertes y sufrimientos, como al resto de los países, sino más. Nada ha sido concedido “graciosamente” por el legislador y los gobernantes, todo ha tenido su precio. Por ello, cuando veo como nos embaucan para arrebatarnos lo conseguido y nosotros aceptamos sus mentiras y medidas, sin luchar por lo que tenemos, siento una mezcla de vergüenza e indignación con la sociedad en la que vivimos. ¿Cómo es posible que un partido de fútbol, al que sigue otro y luego otro más, hasta el hastío, movilice a millones de personas, y nadie salga a la calle a luchar por unos derechos ,que nos han costado generaciones obtener, y que nos van a arrebatar para siempre?

No ha sido ninguno de los Gobiernos de Zapatero un modelo ejemplar digno de tener en cuenta; considero que, en muchos casos, la ineptitud, el dislate y el desconocimiento de la verdadera situación económica de nuestro país han sido sus más visibles signos de identidad. ¿Es que acaso no conocían que la situación económica heredada de Aznar, con un sector inmobiliario enloquecido y una absoluta ausencia de inversiones industriales era insostenible? ¿Qué vivíamos en una burbuja absurda y no éramos, a pesar de lo que dice el PP ahora, poniendo a sus anteriores gobiernos como ejemplo, un modelo económico a seguir? Me duele comprender ahora que desde la Ley del Suelo, que concedió su gestión a comunidades autónomas y ayuntamientos , todo ha ido de mal en peor. Que la especulación urbanística, la corrupción inmobiliaria y los beneficios que generaba el ladrillo –a corto plazo, claro- nos introdujeron en una vorágine de crecimiento insostenible y dinero fácil, que tenía los pies –mejor digo los cimientos- de barro, que detrajo inversiones en el sector industrial, incapaz de ofrecer los mismos rendimientos que el ladrillo, que hizo subir los precio de la vivienda de forma artificial y que endeudó a el país y a sus ciudadanos con unas cantidades insoportables.

¿Y ahora qué? Me sublevo cuando escucho a los sucesores de Aznar ensalzar su política económica “que era un ejemplo para el mundo”, “que los países europeos nos tenían envidia por nuestros ratios de crecimiento”, “que aprovecharon la política exterior de Aznar para ir contra nosotros”… y el problema es que muchos ciudadanos toman estos disparates como artículos de fe. ¡Y cuanta culpa tienen muchos compañeros de profesión! que desde programas o artículos indignos, manipulan la opinión de los más desinformados, llevándoles a considerar mentiras manifiestas como verdades absolutas.

¡Señores! Hay que decir que aquellos polvos trajeron estos lodos y habiendo edificado sobre barro llegó la riada de Lethmannn Brothers y sus hipotecas basura y se llevó todo por delante. Se llevó a Zapatero y sus muchachos como se hubiera llevado a Aznar y los suyos de haber estado en el gobierno. Por supuesto que los recortes sociales se hubieran realizado antes de lo que el gobierno de Zapatero los hizo, seguro que sí, que los gobiernos de derechas, sea cual sea el país o el momento en el que estén, tienen pocos escrúpulos cuando se trata de favorecer lo privado frente a lo público, a los empresarios frente al Estado y la palabra “derechos” de los demás parece que les hace daño.

Ya estamos viendo cuáles son las decisiones que están tomando las Comunidades Autónomas gobernadas por el PP, siendo Esperanza Aguirre y Dolores de Cospedal las adalides de los recortes indiscriminados; decisiones que nos indican muy claramente el camino que tomará el casi seguro Gobierno del PP que saldrá de las urnas el próximo día 20 de noviembre. Como dato a tener en cuenta: no he escuchado nada en cuanto a recortes en las prebendas de los políticos –que puede ser que las estén haciendo, aunque me extrañaría- , ni bajadas de sueldos, ni menos coches oficiales, teléfonos móviles, dietas… Tal vez haya llegado el momento de pensar con seriedad en si podemos continuar manteniendo tantos funcionarios, tantos cargos de confianza, tantas administraciones distintas, tanta duplicidad de servicios, tantos políticos en activo… Creo que hay partidas a reducir menos injustas que la Sanidad, la Educación y el Medio Ambiente, que forman parte de los derechos sociales que nos ha costado mucho conseguir.

Va a resultar fácil, ya lo está siendo, achacar la necesidad de esos recortes a la mala gestión realizada por los gobiernos de Zapatero, pero que no nos engañen otra vez –lo están consiguiendo, aunque creo que no por mucho tiempo-, la crisis económica en los países desarrollados es mundial y si a nosotros nos ha cogido con el paso cambiado es porque habíamos fiado nuestro crecimiento a dos sectores. Uno el turístico, que descendió en picado cuando los europeos más septentrionales decidieron que tenían que ahorrar –son muy disciplinados para esas cuestiones- y otro el inmobiliario, en el que hemos vivido complacidos hasta que, como ya se avisaba desde hacía años, se pinchó y nos hundió a todos en el abismo.

Ahora tenemos más de un millón de casas que nos sobran, suficientes para cubrir las necesidades de la próxima generación, sobre todo cuando según los últimos datos hemos descendido más de 500.000 personas en población; para construirlas trajimos dinero del futuro, que ahora no sólo tenemos que devolver con sus intereses, sino que además nos imposibilita el acceso a nuevos capitales para invertir en lo que puede darnos puestos de trabajo: industria. Y como pista de la situación puedo señalar que es en las zonas donde el espejismo de la construcción no arrastró todo el dinero, y se continuaron dedicando recursos a la industria y a mejorar su competitividad, donde el paro no alcanza las cotas de otros lugares. No voy a dar nombres, pero basta mirar los índices de paro por CC.AA.

En Alemania el consumo interno está también por los suelos; cuando hay que ahorrar el alemán es de los primeros; en Holanda tienen un paro que no supera el 4,5%, pero también su consumo interno es bajo. La explicación está clara; en lugar de invertir en ladrillo y “asombrar a Europa con nuestro crecimiento” lo dedicaron a su industria, y ahora exportan más que antes. Tanto Alemania, como Holanda y otros países están fundamentando su recuperación en los mercados exteriores.

Y así llegamos a las elecciones del próximo día 20 y a la disyuntiva de qué hacer. No voté a Zapatero en las últimas elecciones generales, no compartía ni sus gestos, ni las ineptitudes proclamadas de algunos de sus ministros. Siempre pensé que Rubalcaba era de lo mejor que ha habido en los sucesivos gabinetes ministeriales, lo que no creo que fuera argumento suficiente para darle mi voto, pero admiro el valor allá donde lo veo, y creo que el candidato lo está demostrando. Se enfrenta, a la que era hasta ahora oposición, muy crecida tras la aplastante victoria obtenida en las pasadas elecciones autonómicas y municipales, con sus tropas menguadas, deserciones manifiestas y la moral de los votantes fieles por los suelos. También me emocionan la generosidad y el espíritu de sacrificio y creo que este corredor de fondo lo está derrochando a raudales. No creo que haya muchos candidatos al fracaso, y mucho me temo que eso es lo que le espera a la vuelta de dos semanas.

Y después de ese “fracaso” de Rubalcaba ¿qué vendrá?... pues un Congreso Extraordinario, la aparición de un nuevo líder y su equipo, y la vuelta a empezar para reconquistar las posiciones perdidas. Trabajo que no creo que sea difícil pues quien esté en el Gobierno, sea quien sea, lo va a tener muy complicado durante la próxima legislatura y la contestación a su política va a ser una constante a partir de principios del 2012. Y Rubalcaba y su esfuerzo, su valor y su sacrificio pasarán al olvido, tal vez con unas palabras de agradecimiento y nada más. Nadie quiere tener un perdedor en su equipo y lo único que quedará del candidato será el recuerdo de haber perdido las elecciones del 2011. Tal vez parezca injusto pero siempre ha sido así y no creo que ahora vaya a cambiar.

Se que mi voto no va a cambiar nada, que tan solo un conocimiento real y extendido de lo que nos espera tras el triunfo del PP podría cambiar el voto masivo de la sociedad española, y eso no va a suceder, no creo en milagros a estas alturas y esta ocasión no va a ser la primera, además nuestra sociedad ya no tiene ni conciencia política ni de clase. Pero tampoco dejaré pasar la ocasión sin intentarlo. No voy a dejar que mis derechos laborales, sociales, democráticos y humanos sean vulnerados y arrasados sin hacer lo imposible por evitarlo. Jamás me he dejado vencer sin luchar hasta el final, no por miedo a lo que vaya a suceder a partir del día 20, que lo que se dice miedo ya no tengo, sino por rabia de la frustración que puede suponer la vuelta atrás en unos derechos que nos ha costado tanto conseguir y que parece que ya no valen nada.

Pero a veces también pienso que la victoria del PP puede ser lo mejor que le pueda suceder al PSOE en la situación actual, y que por inevitable no va a quemar a nadie valioso para evitarlo. Que los próximos cuatro años van a ser muy malos y pudiera ser mejor no estar al timón. El PP tiene la campaña con el viento por la popa y sin la necesidad de marcar un rumbo; después de las elecciones tendrá que marcarlo y arribar con el timón…veremos de dónde le viene el viento en ese momento.

Eduardo Lizarraga
6 de noviembre de 2011

lunes, 31 de octubre de 2011

"Solutio finnalis" (Relato en dos folios)

Cuando me encontraron en aquella negruzca charca del desierto iraquí, todos manifestaron su extrañeza ante lo sorprendente del hallazgo. Unos meses después, ya en aquel limpio laboratorio que sería mi casa durante unos años, el profesor manifestó que yo era “una rareza genética de trazabilidad incierta”, algo entre una enzima y un liquen.

Lo cierto es que nunca me habían dicho nada parecido, es más, creo que nunca nadie había reparado en mi presencia. A lo largo de los más de 100.000 años, que recordaba haber vivido en aquel lugar, vi muchos animales. Algunos, los más incautos, se acercaban a beber, y sus huesos mondos y blanqueados por el sol mostraban, a los que llegaban después, que era mejor que se alejaran de allí. No, no morían por mi presencia, ¡yo no soy venenoso!, morían porque el agua estaba mezclada con sales, productos sulfurosos y con ese jugo negro y sabroso que la tierra libera en aquel lugar. ¿Qué os sorprende? A mi me gusta, me alimento de él; luego me enteré que se llama petróleo.


Toda mi vida la pasé en aquella charca; había épocas en que se hacía grande como un mar, pero luego llegaban otros períodos en que casi desaparecía entre las piedras. En los últimos tiempos también vi hombres; pasaron ejércitos con guerreros hacia el norte, y otros hacia el sur o el oeste; y muchas caravanas. Algunos volvieron y de otros nunca supe nada más. Del este sólo llegaban el calor y el viento.

Así, hasta que un día aparecieron Patrick Finn y sus compañeros; viajaban camino de unas ruinas cerca de Kerbala, pero se habían despistado de la ruta principal, y acamparon al lado de las grandes piedras, sobre la tumba del general asirio. Pero eso ellos no lo sabían. Como tampoco sabían, cuando tomaron unas muestras del agua fangosa de la charca, que yo me había colado dentro de sus tubos de ensayo.

- ¡¡Hey chicos –gritó Patrick- fijaros que mal aspecto tiene el agua, seguro que hay de todo en ella!

- ¡Como bebas de ahí te vas a poner más negro que un cabeza toalla! Le contestaron.

- Voy a enviar un poco a casa, lo etiquetaré como Coca Cola iraquí, -añadió Patrick con sorna.

Y así salí de allí, y llegué a manos del profesor John McCormick, un experto en biorremediación de suelos. John era la persona que más se entusiasmaba diciendo lo que algún día yo podría hacer. Patrick también estaba allí, había llegado unas semanas después que yo, para formar parte del equipo que trabajaba conmigo; había sido mi descubridor y eso le daba unos derechos que parecían importantes. También estaba entusiasmado, aunque su entusiasmo se centraba más en lo que podría obtener por mí.

Desde el comienzo descubrí que el profesor y Patrick no se llevaban bien. Discutían con frecuencia, aunque claro, como John era quien mandaba allí, a Patrick no le quedaba más remedio que obedecer. A mi me daba pena verles enfadados tan a menudo, y es que yo apreciaba a los dos. Patrick me había sacado de aquel lugar solitario, en el que muchas veces me faltaban agua o comida, y hasta me había dado su nombre, “Pat Finnalis”, me bautizó; pero John me estaba enseñando muchas cosas. A soportar el frío y el calor, el fuego, la falta de agua, o la presencia de componentes químicos y biológicos, pero sobre todo, a comer otros alimentos que no fueran petróleo. Y existen muchos; unos cuantos son líquidos, –el que más me gusta se llamaba gasoil-, pero casi todos son sólidos. De variados colores, sabores, texturas, formas… mi preferido es uno que llaman PVC, porque está salado y su sabor es muy parecido a lo que encontraba en mi charca de antaño; aunque ni los ABS, ni los polietilenos, son tampoco de despreciar.

Al principio comía despacio, porque esa había sido mi costumbre desde siempre, pero John también me enseñó a comer deprisa y a crecer mucho, estando muy satisfecho de mis progresos. Y es que era fácil, además a lo bueno es sencillo acostumbrarse. Por lo visto mi apetito podía resultar muy útil cuando el petróleo se derramaba o para eliminar plásticos que estaban viejos o inservibles. Yo me lo comía todo. Y también aprendí a moverme veloz en el agua; ya fuera líquida o en forma de vapor, podía correr y reproducirme a través suyo, a toda velocidad. Por todo esto tenían mucho cuidado conmigo y jamás me dejaban suelto, y mucho menos cerca de agua.

- Mucho cuidado con el manejo de los cultivos, decía siempre el profesor a sus ayudantes, esta sustancia cambia de forma muy rápida y nada le afecta.

En la charca, como casi nunca tenía buenas condiciones de vida, apenas si se notaba mi presencia, una tenue película grisácea que tapizaba las rocas del fondo; sin embargo ahora crecía deprisa mientras tenía comida y recubría, devorando en minutos, los plásticos o las superficies de petróleo que ponían a mi disposición. Luego, cuando acababa con la comida, lo que cada día era más rápido, aquella especie de musgo gris se secaba, y convertido en polvo orgánico volvía a la tierra, que lo utilizaba como un nutriente más. John estaba muy contento, decía que había conseguido cerrar el proceso. No se a qué se refería con exactitud, pero las discusiones entre mis dos amigos eran cada vez más fuertes y violentas. Patrick decía que yo le pertenecía, ¡como si eso pudiera ser posible!, ¡con todo lo que he aprendido!

Un día discutieron más fuerte que nunca,

- ¡Necesito más dinero! -gritaba Patrick- y lo necesito ya.

- ¡Imposible! -le contestaba John- la investigación va despacio y necesitamos estar seguros antes de divulgar el descubrimiento. Además tu trabajo está siendo muy poco satisfactorio, Patrick.

- ¡Finnalis es mía, tengo una buena oferta, y me la voy a llevar!

Llegaron a las manos y uno de los guardias de seguridad tuvo que separarles y llevarse a Patrick, bien sujeto por los brazos, afuera, gritando que quería una solución y que se acordaría de él.

- ¡Esto no quedará así John -continuaba gritando mientras se lo llevaban escaleras abajo- me las pagarás!

Pensaba que no le vería más. Pero me equivoqué. Aquella noche Patrick volvió y vació las cubetas de cristal, en las que me tenían confinado, por el desagüe; creo que una pequeña parte de mi se marchó en su bolsillo, en unos pequeños tubos, pero el resto se fue por la conducción de agua…

No les volví a ver, ni falta que hacía, ahora, gracias a ellos, tengo un mundo a mi disposición, un mundo lleno de agua y comida.

martes, 25 de octubre de 2011

La caja 27 (Relato en dos folios)

El tapón de plata giraba despacio en su mano. Y Don Miguel, con la mirada perdida en el fondo de la habitación, que fuera primero el gabinete de trabajo de su padre y luego, cuando murió, el refugio al que acudía para encontrarse con sus amados libros, se complacía recordando.

Aquella botella de vidrio verdoso, elegante y estilizada, con tapón y refuerzos de plata, se la había regalado Maritxu, su Maritxu, hacía ya tantos años que era como si siempre hubiera sido suya, -para que pongas dentro el oporto que tanto te gusta- le había dicho al dársela.

Y la botella y su tapón aún olían al oporto que había contenido; notaba su leve aroma emanando de entre sus dedos. Aunque, como su propia vida, era un recuerdo que se desvanecía por momentos.
¡Pobre Maritxu!, ya no volvió a ser la misma desde la muerte de Rosita; desde aquel desgraciado accidente que se llevó a su hija, a la única que tuvieron. A partir de aquel momento Maritxu comenzó a morir, si es que morir es ir dejando de vivir. Su alegría, su desparpajo, su coquetería… todo desapareció aquella noche de invierno en la resbaladiza carretera que lleva a El Escorial.

Con un brusco movimiento de cabeza, como para ahuyentar aquellos pensamientos, Don Miguel volvió la vista a la ventana y percibió que la tarde avanzaba, y que la falta de luz se iba dejando sentir en la habitación. Había cajas apiladas, muchas cajas; todos sus libros y muchos recuerdos estaban ya encerrados en cajas de cartón, todas ellas numeradas y precintadas con cinta de embalaje.

Encima de la mesa de roble, que había sido parte del despacho, quedaba una caja aún por cerrar, llevaba el número 27 y en ella, además de la botella para el oporto, había un pequeño espejo redondo con mango de plata y una lamparita de mesa, con la pantalla de pergamino muy ajada, pie también de plata y que su padre calificaba, “como de mucho mérito”.

El espejo se lo había regalado a Maritxu en una fecha de aniversario que ya había olvidado –así podrás ver de cerca esa cara tan preciosa que tienes- recordaba que le había dicho. Y desde entonces ella no dejó de utilizarlo nunca todas las mañanas nada más levantarse, -para arreglarme un poco-, decía.

La lamparita había sido de su padre, y Don Miguel la recordaba encima de la mesa desde siempre. Cuando era pequeño, y entraba a escondidas en el gabinete, jugaba con la perilla de bakelita que tenía, a encenderla y apagarla. Luego fue suya, y acariciando la perilla, encendiéndola y apagándola, aún podía ver a aquel niño pequeño, curioso y algo gordito, que jugaba con todo.

Ya era casi la hora, pronto vendrían a buscarle, tendría que irse, y para siempre. Al principio le había horrorizado la idea, pero poco a poco la fue aceptando y el día había llegado, casi sin sentirlo.
El coste de la vida había subido mucho y su escuálida pensión, lo único que le quedaba tras más de cuarenta años de trabajo en la imprenta municipal, era insuficiente para poder seguir viviendo en aquella casa. Y además comenzaba a necesitar cuidados que no podía pagar.

La residencia a la que se trasladaba, “muy buena” según la mujer del Servicio Social, no aceptaba que los internos llevaran ningún objeto personal, “tan sólo fotografías y con marcos pequeños”, le dijeron. Por eso todo quedaba atrás; López, el brocante de la vecina calle del Prado, le había hecho un precio por todo lo que quedaba, y es que la larga enfermedad de Maritxu se había llevado los ahorros y las pocas cosas de precio que tenían. Así, sus libros, muebles, y algunos pequeños adornos, casi sin valor, estaban ya embalados, precintados y listos, como lo estaba él mismo.

Unos golpes en la puerta le sobresaltaron.

-¡Vamos Don Miguel, que le esperan en el portal y aún tengo que terminar aquí!, casi le gritó, algo desabrido, un mozo con mono de trabajo.

Y Don Miguel, levantándose de la silla ya embalada, en la que había estado sentado, puso el tapón, metió la botella en la caja, y cerrando la puerta muy despacio tras de si, como sabiendo que era algo más que una puerta lo que cerraba, fue bajando los escalones hacia el portal.

Unas semanas después la voz impersonal volvió a repetir ¡Lote 27, botella para licor, lámpara de mesa y espejo de mano, todo en plata de baja ley, sale en 90 euros! Al fondo de la sala, una chica joven, morena, y de apariencia tímida, levantó su cartel.

jueves, 20 de octubre de 2011

Entre mujeres y hombres

Tengo la costumbre de asistir, una vez por semana, a una tertulia que se organiza en la terraza del Espejo en Madrid. No es una tertulia literaria, ni política, ni económica, sino que tiene el propósito de ser un poco de todo. A la misma suele asistir un grupo de amigos y sobre todo de amigas, todos de de edad mediana, que durante un par de horas nos sentamos a la mesa y disfrutamos de la charla. Como no podía ser menos, la cuestión recurrente en casi todas las conversaciones, cuando se difumina el tema del día, es la relación, a veces enconada, que mantenemos en estos momentos hombres y mujeres maduros y que ya están de vuelta de un primer matrimonio o relación; es decir, que somos divorciados, viudos, separados o solteros con espolones.

Suelen tomar la voz cantante ellas, ya que nosotros somos, para este tipo de conversaciones, más púdicos, tímidos o reservados, si se quiere, aunque otros pudieran decir que es un tema tan gastado que ya no nos interesa. Cuando aparece esta conversación, que ya es redundante y manida, se percibe enseguida un cierto sentimiento de malestar, contra los hombres, entre algunas mujeres asistentes. Y es preciso puntualizar que no es contra los hombres que fueron sus parejas durante años, sino contra los que encontrándose en su misma situación, es decir, separados, viudos, divorciados o solteros –solos todos- no comparten las mismas inquietudes, gustos y aficiones que ellas y no se muestran en el escaparate, a su disposición. En palabras de una de las asistentes “los hombres están agazapados”.

Otra de las opiniones, bastante generalizada, es que los hombres hemos perdido el sentido romántico de una relación entre hombre y mujer, y lo digo en el sentido protocolario. Es decir, que no estamos pendientes de la otra persona, que no llamamos cuando – en teoría- nos corresponde, que perdemos el interés enseguida; en suma, que no hacemos los movimientos de cortejo que gustaban antaño. Y utilizo adrede esta palabra, algo anticuada, para entender que si a las mujeres les gusta que se hayan perdido algunas costumbres anteriores, tienen que entender que necesariamente, en la misma maleta, se han ido otras; que estamos en el siglo XXI para todo, para lo que nos gusta y lo que no.

Aún recuerdo aquellos años jóvenes, cuando recién salidos de la adolescencia o en ella aún, comenzábamos a salir por las noches. Por cada diez de nosotros había una chica, solicitada como si fuera la última sobre la tierra. Cuidado con el desodorante, que todo vaya bien limpio y los zapatos brillantes, afeitados y bien olientes… aprendías a tocar la guitarra, a bailar si era preciso, todo, con tal de poder tener unas ciertas dosis de éxito. Ahora, que la proporción ha cambiado y en casi cualquier actividad nocturna o diurna, salvo en las estrictamente deportivas, hay muchas más mujeres que hombres, tal vez los esfuerzos de antes ya no son tan necesarios y sea, por el contrario, preciso cambiar el modelo del cortejo. ¿Pero estamos preparados, tanto hombres como mujeres, para aceptar este cambio?

Ante todas estas definiciones e ideas preconcebidas, sobre todo la de “agazapados”, me suelo rebelar, porque considero que está muy lejos de la realidad y que en esta realidad, lo que sucede, es que los gustos, necesidades e inquietudes entre los grupos de hombres y mujeres, de los que estamos hablando, son muy diferentes. Y no voy a entrar en la compleja situación anímica del hombre de hoy en día, que en menos de dos generaciones ha experimentado un completo cambio en su rol social. Eso lo dejo para psicólogos, sociólogos y antropólogos, si es que estos últimos pueden comenzar a hablar ya.

No puedo menos que reconocer, ya que no hay nada más tozudo que la realidad, que hay muchas actividades, ya sea en los campos de la cultura, la música, el baile y sociales en general, en las que el número de mujeres asistentes multiplica en muchos dígitos al de hombres. ¿Basta esto para decir que los hombres se agazapan? Yo creo que no, porque en otras muchas actividades, más deportivas o viajeras, el número de hombres multiplica en muchas veces al de mujeres. En deportes como la bicicleta, la vela, la pesca, la motocicleta, el trekking … o los viajes de aventura con esfuerzo físico o pocas comodidades, la desproporción a favor de los hombres es manifiesta. Luego no hay tal ausencia de uno u otro genero, lo que sucede es que las inquietudes son diferentes y hombres y mujeres nos ajustamos a ellas y coincidimos poco.

Otra cuestión, que también aparece ligada a la de los hombres “agazapados”, es la de sus preferencias en lo referente al género femenino.

- Sólo les interesan las jovencitas –dice una.

- Y las sudamericanas –dice otra.

Hay que precisar, que cuando se habla de jovencitas para un hombre maduro, de entre 45 y 55 años, se está hablando de mujeres de entre 30 y 40; es decir, de entre 15 0 20 años menos de su edad, lo que no son precisamente jovencitas hablando con propiedad, sino mujeres que saben bien lo que quieren y tienen capacidad sobrada para elegir. Y si hablamos de sudamericanas, la preferencia es por su carácter meloso –dicen las unas- tierno y cariñoso –dicen los otros.

En este sentido voy a relatar una experiencia que tuve, hace ya unas semanas, en un hipermercado. Estaba yo pensando en mis cosas, apoyado más que agarrado, al carro de la compra en la cola de la caja, cuando no pude dejar de escuchar la conversación, mejor dicho, el estridente monólogo que se desarrollaba alrededor del carrito que tenía delante; justo el que estaba ya pagando. La mujer, prematuramente avejentada, pero de entre 45 y 50 años de edad, se dirigía al hombre, de más o menos los mismos años, aunque mejor conservado:

-¡Es que no te enteras de nada!, los cereales que te gustan no son estos que has cogido. ¡Mejor que no hagas nada! ¡No te enteras!- y los improperios seguían en estos términos, a toda velocidad y como producidos por una máquina.

El hombre, que no decía nada, continuaba poniendo, con parsimonia y la cabeza baja, las bolsas ya llenas en el carrito. Cuando terminó de hacerlo sacó la cartera, pagó y tras coger el recibo se fue empujando el carrito tras su mujer, que continuaba echándole miradas furibundas y sin ayudarle en lo más mínimo.

Cuando este hombre se divorcie y busque otra persona no querrá nada igual a lo que tuvo. Buscará a una mujer más joven y más cariñosa. Se pondrá unos vaqueros y saldrá de nuevo a la calle dispuesto a hacer todo lo que no ha podido hacer en estos últimos veinte años; a viajar, a salir por la noche, a hacer deporte, a escuchar la música que le gusta. Pero todo esto lo querrá hacer ya acompañado.

Yo creo que es cierto que los hombres maduros buscan, de manera mayoritaria, mujeres bastante más jóvenes que ellos o también más cuidadas y al día, que la media. Es como si intentaran atrapar una juventud que se les va, divirtiéndose y riendo otra vez en la vida, sin estar dispuestos a aguantar las eternas recriminaciones que han tenido hasta ese instante y que, al parecer, las mujeres de su edad no están dispuestas a dejar de hacerle. Y desde ese momento el hombre comenzará a hacer más deporte, a cuidarse, a dejar de fumar, a vestirse de otra forma más actual.

También buscan mujeres más cariñosas, como debió ser su pareja cuando se encontraron hace ya demasiados años. ¿Podría tacharse al hombre por ello, como he tenido que escuchar en una ocasión, ante el alborozo, aplauso y arrobamiento de las mujeres presentes, de vicioso y desviado? Yo creo que no, tan solo quiere que le traten bien. Nota que su autoestima está por los suelos y quiere recuperarla. Que todos somos libres de buscar en la vida lo que más nos interesa o compensa en cada momento. Y que no debe ponerse en la picota a nadie, ni por elegir una mujer más joven que él, ni por elegir quedarse en casa en lugar de salir a conocer otras mujeres, lo que para algunas parece un desatino, sobre todo porque desconocen su dirección.

Por lo que podríamos deducir de las conversaciones de la tertulia, el hombre maduro actual, su cliché más general, sería el de un hombre de 50/55 años, separado o divorciado, que busca mujeres de 35/40 años y sudamericanas, que ha perdido el romanticismo y olvidado las reglas del cortejo, que no gusta de actividades culturales o musicales y que se refugia en casa o con sus amigos y en actividades de macho heterosexual , con algo de adrenalina y cerveza. Yo creo que esto no es así, pero si lo fuera habría que intentar sacarle partido a la situación.

Y si los hombres maduros buscan como compañeras mujeres más jóvenes que ellos y más cariñosas que su anterior pareja, ¿qué buscan las mujeres de su misma edad? No soy mujer y es muy difícil meterse en su mente, casi imposible. Nosotros somos más sencillos –simples dicen ellas- y en sus vericuetos mentales es casi imposible no perderse, además de resultar muy cansado. Por ello tan solo puedo aventurar opiniones que, seguro, serán fácilmente rebatibles.

Puede ser que la mujer actual tenga los mismos problemas de cambio de papel en la sociedad moderna que está teniendo el hombre. Que en su mente, tan capaz como la masculina, pero distinta, exista en estos momentos una lucha entre lo que fue, lo que es y lo que quiere ser. Fue mujer, madre y trabajadora doméstica y el hombre la valoraba como a tal. Ahora es mujer, madre, trabajadora doméstica y trabajadora por un sueldo ¿Qué es lo que más valora ella de todo eso? ¿Y el hombre? ¿Y qué quiere ser la mujer a partir de ahora? ¿En qué quiere ser más valorada? ¿En qué quiere resaltar más?

No creo que la mujer madura busque hombres más jóvenes que ella con idea de una relación duradera; lo que por el contrario sí sucede en los hombres, que buscan con su nueva pareja más joven una relación estable. Creo que la mujer busca un hombre más o menos de su edad, que sea compañero y con el que poder hacer las cosas que le gustan y que en su anterior experiencia pudo no realizar a su gusto: viajar, ver museos, bailar, ir al teatro, sentirse querida… Todo ello en el ámbito de una relación más o menos estable y duradera, lo que creo que ya, a estas edades, buscamos todos, aunque puede haber alguna excepción.

Por desgracia para muchas mujeres maduras y no me siento muy orgulloso de ello, creo que el hombre, cuando ve a una mujer, primero ve el exterior –como es lógico hablando de ojos- y después, si hay tiempo y ocasión para profundizar, se asoma al interior.

En estos momentos de profundidad intelectual recuerdo una opinión de esa tertulia:

- ¡El hombre sólo repara en el físico y yo quiero un hombre que vea mi interior, los demás no me interesan!

Como si la susodicha fémina en cuestión no se fijara en el estilo de los trajes que compra, el diseño del coche que le gusta o los muebles y decoración para su casa. Independientemente de la calidad del tejido, los amortiguadores que lleve o si están hechos de roble o haya.

Ya. El problema es que si el físico no acompaña es difícil que exista el tiempo para poder reparar en lo demás. ¿Es injusto? Sí. ¿Es superficial? También. ¿Se puede hacer algo para corregirlo? Sí, podemos dar una clase intensiva a cada uno de los hombres para que cambien su proceder….más bien creo que no, que sería una misión imposible e improductiva, que, como ya he dicho, la realidad tiende a ser tozuda y que en lugar de querer cambiarla resulta más eficaz ajustarse a ella.

Y en este punto sale a relucir mi afición a la pesca –criticada por desconocida, pero no menos instructiva- Si quiero pescar lubinas, tendré que ir al rompiente y recorrerlo a pié, tendré que ir allí al amanecer –que es cuando están- poner el cebo que les guste y no el que me resulte más cómodo de encontrar y esperar a tener suerte. Así, tal vez, pescaré alguna. Si voy a la dársena del puerto a media mañana, me siento en una silla con la cervecita cerca, pongo el cebo que tenga y espero con comodidad, no cogeré ninguna. ¿Diré entonces que están agazapadas? ¿O entenderé que tengo que cambiar de técnica?

Si es preciso competir con mujeres más jóvenes habrá que cuidarse, hacer deporte, vestirse bien, ponerse tacones y vaqueros y no machacar a la lubina que se acerque –perdón quería decir hombre- con dilatadas conversaciones sobre el compromiso, lo mal que lo hacen los hombres en general y lo superficiales y ridículas que son las mujeres que se dejan el pelo largo, llevan biquini y se visten con moda juvenil, que es precisamente lo que más nos gusta.

Casi con seguridad, la opinión generalizada al llegar a este punto, si es que habéis conseguido llegar hasta aquí, lo que os agradezco, será que todo lo escrito es un potpurrí de ideas machistas y trasnochadas. Tal vez sea así, aunque no era mi intención. Pero vuelvo a referirme a la realidad y si el tema de conversación en esa tertulia, y con seguridad en otras muchas, es casi siempre el mismo, será porque esta realidad existe y es tozuda.

Los hombres, al igual que las mujeres, están ahí fuera. Ni han dejado de existir, ni están agazapados. Puede ser cierto que se hayan vuelto cómodos, también que no estén donde algunas mujeres les buscan y sí en lugares a dónde no van a buscarles, pero si están y no se acercan al negocio es porque lo que tenemos no les interesa. Tendremos que cambiarlo o seguir en la eterna discusión.

Eduardo Lizarraga

viernes, 7 de octubre de 2011

Los paganos de la fiesta

Escuchaba por televisión el pasado fin de semana una intervención del candidato por Andalucía, Arenas Bocanegra; con cara seria y gesto adusto nos anunciaba que la fiesta se había acabado y que ahora tocaba pagarla, y lo decía en la distancia, como si él mismo hubiera estado ausente del jolgorio. Nada nuevo en un discurso, el del PP, que se repite desde hace unos meses. Todos conocemos esa realidad, algunos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, otros han ganado dinero con la situación y ahora toca apretarse el cinturón. Y sin embargo creo que se debe profundizar en el comentario del candidato, que espero vuelva a serlo en las próximas elecciones.

A la hora de pagar algo en grupo siempre pasa lo mismo. Unos pagan más, los hay que pagan menos y también están los que no pagan. Ya no es que el que ha cenado angulas pague a escote con los demás, incluyendo al que por estar a dieta tomó una tortilla a la francesa y un vaso de agua, no, es que pudiera ser que los que han estado con barra libre en la fiesta se vayan sin pagar y se cotice a escote entre los que permanezcan en el local y algún involuntario que pase por la calle en ese momento.

Y mucho me temo que con los datos en la mano, los que nos están proporcionando todos los días las autonomías gobernadas por el PP, se vaya a lo fácil. A que algunos no paguen y a que el resto paguemos a escote. Y esto es lo fácil de hacer, además de lo injusto. Porque, si no nos hemos beneficiado de la misma manera en las vacas gordas ¿por qué vamos a pagar a medias cuando llegan las flacas? No será más justo que se establezcan algunos baremos como el de acumulación de patrimonio o su incremento durante los años de bonanza para adjudicar a cada uno un pago justo. Ya se que puede no ser fácil el establecimiento de esos ratios, pero ¡demonio!, que los empleados públicos, tanto fijos como de cuatro años de contrato, piensen y se ganen el sueldo.

Resulta curioso observar,aunque previsible,que sean dos de los principales pilares del bienestar, Educación y Sanidad, los que han comenzado a rebajar los políticos del PP recién ascendidos a gobernantes autonómicos. Parece como si a ellos y a los suyos no les afectara la medida. Está claro que a Cospedal, que gobierna ahora en Castilla la Mancha –nuevo cargo, nuevo sueldo ¿cuántos van?- ni la rebaja en la gratuidad de la enseñanza, ni en la sanidad pueden afectarle mucho. Tampoco en Cataluña están las cosas mejor, aunque claro, vuelve a ser la derecha la que gobierna, dispuesta a reducir el presupuesto sanitario pero no a hacer lo mismo con el programa de inmersión lingüística. ¿Qué opinaran los que han votado tanto a PP como a CIU? Y no sólo allí, sino en Baleares, Extremadura, Aragón…

En este punto podemos hablar de la pérdida de conciencia de clase que han traído consigo todos estos años de lenta mejoría económica, desde el fin de la dictadura franquista hasta nuestros días. A la fiesta que menciona Arenas no sólo hemos ido a comer y a beber, sino que hemos abandonado el traje de pana, el jersey casero y las Panter, y nos hemos puesto los vaqueros de marca y los Martinelli. La clase obrera ha desaparecido y en su lugar queda una ampliada clase media, desideologizada y consumista, que va a ser la pagana de la fiesta. Y ya se está comenzando a dar cuenta de la factura, aunque pudiera ser que algo tarde porque su voto se ha ido o se irá al PP que, en esta ocasión, con programas y mensajes vergonzosos, ha ganado la batalla de la comunicación.

¿Que el PSOE ha hecho mal las cosas?, no seré yo quien lo discuta; su actuación me recuerda a la franquista en 1973 con la primera crisis del petróleo. Se negó la crisis, se protegió el precio de los carburantes y se nos metió de hoz y coz en un marasmo económico que duró años. Algo similar ha sido la actuación de Zapatero negando la crisis económica y no sabiendo ver su importancia para nuestro país. O no quería escuchar a nadie o sus asesores estaban pagados por Génova, porque desde luego, peor imposible. Perdió los ayuntamientos, perdió las autonomías y ahora perderá el Gobierno de la nación. Vamos a una refundación del partido, lo que no está mal si desaparecen las aidos, pajines y otros especímenes del aparato, aunque espero que queden algunas cabezas pensantes, porque inmolarse alrededor del candidato Rubalcaba, aunque honorable, no lo veo muy inteligente.

Casi con seguridad, con el resultado de las próximas elecciones generales perderemos lo poco que habíamos obtenido de estado del bienestar europeo. Sanidad, Educación, prestaciones sociales, derechos laborales, derechos sindicales… y ya veremos qué más, van a ser sacrificados por el PP en aras de una recuperación económica que tan sólo se producirá en consonancia con la situación de nuestro entorno. Y culpando, eso si, de todo a Zapatero, al PSOE y a la herencia recibida. Y lo harán,lo están haciendo ya, durante esta legislatura que se iniciará en unos meses y durante la siguiente si les dejamos.

Los perjudicados vamos a ser todos los que hemos estado en la fiesta, pero a régimen. Y los beneficiados la banca, las grandes empresas, los empresarios y todos aquellos que sustituirán los servicios ofrecidos hasta ahora por el estado del bienestar, por otros pagados al contado. Asi dispondremos de menos dinero y nos sablearán con los mismos impuestos o más… ¿Hemos votado o votaremos eso?

No espero más que estulticia de la masa aborregada, asustada y apesebrada en la que nos han convertido treinta años de molicie intelectual. Al menos no en el breve espacio de tiempo que resta hasta la elecciones. Pero espero que la conciencia social dormida se despierte ante las agresiones que vamos a recibir a partir de enero y que cuando vengan a buscar al amigo o al vecino de enfrente no dejemos que se lo lleven, porque los siguientes podremos ser nosotros.

Que lo que comieron angulas, bebieron reserva y se tomaron un armagnac paguen lo que se llevaron; eso es lo justo y no que se lleven por delante la casa del parado, el colegio de sus hijos y el hospital de su madre. Pero seguro que aún no estamos preparados para despertarnos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Adaptarse al medio

Todos los “millones” de espectadores, que vemos a diario los documentales de la 2, estamos cansados de oír eso de que son las especies que se adaptan al medio las que sobreviven. Que cuando cambian las condiciones ambientales y aumenta el frío o disminuye la cantidad de alimento algunas especies emigran, las hay que desaparecen y otras se adaptan y prosperan. Pues algo parecido es lo que está sucediendo en nuestro país. Las condiciones han cambiado en estos tres últimos años, y parece que todo va a seguir en la misma línea de empeoramiento, por lo que sólo podemos emigrar, adaptarnos o desaparecer. La primavera no va a volver antes de tiempo.

Nos enfrentamos a una crisis de recursos; el primero el dinero y a continuación la alimentación, la energía y el agua. Debemos volver a aprender a vivir con menos, como lo hicieron en su momento nuestros padres y abuelos, y a limitar el tamaño de muchos de los bienes de que disfrutamos, a saber casas, coches y hasta televisores. Tenemos que consumir menos, sobre todo de los recursos que están escaseando, es decir, dinero, alimentos, energía y agua. Ya se que este concepto de gastar menos va en contra de los que defienden la necesidad del crecimiento económico constante para que todo funcione, pero tal vez haya llegado el momento de decir basta al crecimiento y buscar otras soluciones. La fiesta dura desde mediados de los 90 y debemos de comprender que ya se han apagado las luces y toca rascarse el bolsillo para pagar.

¿Cuántos metros cuadrados de casa necesita una persona para vivir? ¿Cuántos cms3 necesita un coche para funcionar lo suficiente? ¿Necesitamos tres o cuatro coches por familia? ¿Y cuatro televisores? ¿Hay que comprar ropa todas las temporadas y estar a la moda? ¿Es necesario comer o cenar en los restaurantes para ser felices? ¿El que algo sea viejo o esté anticuado obliga a que lo sustituyamos aunque funcione correctamente?
Hay que responderse a estas preguntas y a unas cuantas más, y seguro que a todas las que planteemos la respuesta será la misma: que necesitamos muchas menos cosas de las que creemos para vivir bien. Otra cosa es que los especialistas en vender intenten crearnos la necesidad y que casi siempre lo consigan.

Tenemos casi cinco millones de personas en el paro, los sueldos o bajan o se estancan, debemos una escalofriante cantidad de dinero como país y solo saldremos de esta si somos capaces de sobrevivir con menos y ahorrar más. Debemos hacer de la necesidad virtud y ser imaginativos, en lugar de derrochadores, a la hora de enfrentarnos al día a día. La comodidad debe, además, dejar paso a la economía.

Los hipermercados, que llevan con nosotros poco más de treinta años, no son la solución más barata a la compra alimentaria. Basan su atractivo en el establecimiento de unos precios reclamo en productos básicos, como son la leche y el aceite, pero luego tienen el mismo precio o son más caros que las tiendas de barrio. Y ya en el caso de las frutas y verduras la diferencia puede resultar escandalosa. Además suelen estar situados en el extrarradio y siempre debemos utilizar el vehículo propio para poder acercarnos a ellos. No son la solución más económica, tal vez la más cómoda, pero en una situación de crisis como en la que estamos desenvolviéndonos no son sostenibles, ni por lo que consumen en recursos, ni por el empleo que generan, ni por lo que nos hacen gastar.

Los bancos y cajas de ahorro también están notando la crisis; sus aventuras inmobiliarias, de las que están saliendo con el dinero de todos, haciendo realidad el viejo axioma de “socialicemos las pérdidas pero no los beneficios” y la caída de su principal negocio, la venta de dinero, basada en la concesión de hipotecas y créditos al consumo, están haciendo una buena mella en sus cuentas de resultados. Su solución es sencilla, nos están subiendo y seguirán haciéndolo, todas las comisiones por los servicios que hasta ahora nos prestaban gratis, a cambio de tener nuestro dinero. Hay que contabilizar este coste en comisiones diversas y cerrar un buen número de cuentas inútiles y que solo nos cuestan dinero. Concentrar todo lo posible en una única cuenta y negociar el precio de las comisiones, que sí se puede hacer, aunque se obstinen en decirnos lo contrario.

Se avecina una nueva privatización de servicios, como puede ser la venta del Canal de Isabel II en Madrid, algunos tramos de la Sanidad y otros de la Educación. De nuevo vamos a volver a pagar los de siempre y sin devolución alguna. Porque, aunque las administraciones autonómicas o estatal cuando le toque el turno, eliminen algún coste de estos servicios al privatizarlos, nosotros vamos a pagarlos en directa y no nos van a bajar los impuestos en la parte proporcional al ahorro conseguido, porque ese dinero ya se lo han gastado. Es decir, pagaremos dos veces.

Y en cuanto a la venta en Madrid del Canal de Isabel II, para el que Esperanza Aguirre, por razones obvias, está buscando otro posible comprador que no sea Aguas de Barcelona, los madrileños se pueden ver privados de unos de sus bienes más preciados y que hasta el momento en que se comenzó a preparar la venta ofrecía un muy buen servicio a todos sus usuarios. Ahora ya no tanto porque hay que subir su EBITDA como sea. Y aunque el agua es un bien de todos, cuando su gestión sea privada, entrará en conflicto la calidad y la garantía de abastecimiento con el coste, y unas tendrán que bajar y otro subir para que los beneficios se incrementen. Nuevo incremento de precio, y por lo tanto rapiña a nuestro bolsillo, en algo tan básico como es el agua.

Y la energía no le va a ir a la zaga; aunque se hayan estancado sus tarifas hasta fin de año, por razones electoralistas y de control de precios, debemos ir preparándonos porque subirán de nuevo el año que viene. Y no de una manera contenida. La liberalización del mercado energético que traería, eso nos dijeron, una libre competencia en la política de precios, es una cuchufleta que nos vendieron de forma interesada. Todos sabemos lo que nos ha subido el recibo de la luz en estos dos últimos años, y las prebendas que ha conseguido el sector del Ministerio de Industria, que han sido muchas, no han ido en beneficio del consumidor. Preparemos más dinero para la electricidad. ¿Cómo vamos a poder ahorrar?

Tenemos que consumir menos, ahorrar más y también, hay que volver a decirlo, ser más eficientes en nuestros trabajos. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, permanecer más horas en la oficina o fábrica, que estamos a la cabeza de Europa en horas trabajadas y a la cola en competitividad conseguida. Tal vez sea ahora el momento de normalizar nuestros horarios que cada vez son más disparatados. Y para ello hace falta un gran pacto con múltiples intervinientes; patronal y sindicatos por un lado, administraciones por otro, y hasta las televisiones deberán comprometerse para acabar sus programas de máxima audiencia antes de las once de la noche. Debemos ajustar nuestros horarios a los del resto de nuestros vecinos porque cada día se están distanciando más y esa puede ser una de las razones, seguro que hay muchas más, de nuestra falta de competitividad.

Todos debemos hacer un análisis de cuáles son nuestros recursos y cómo podemos hacer, no sólo para que sean suficientes, sino para poder ahorrarlos en lo posible y salir de la crisis adaptándonos a ella. Casas y coches grandes que pueden compartirse, mayor eficiencia energética en los hogares, comunidades de compradores para bajar los precios, movilizaciones para impedir el desmantelamiento de los servicios públicos y, por lo tanto, una duplicidad en sus costes, participación en bancos de tiempo, intercambios de bienes y servicios, vuelta a mirar las estructuras tradicionales de la familia como organización social… cada uno de nosotros debe saber hasta donde va a tener que llegar para pasar los tres años de crisis, como poco, que nos quedan. Hay que adaptarse para sobrevivir y lo dicho antes, hacer de la necesidad virtud.

Eduardo Lizarraga
5 de Octubre 2011