domingo, 21 de abril de 2013

En Lisboa, una noche cualquiera (Relato y algo más)

Dedicado a nuestro hermanos portugueses, que hace 40 años tuvieron el valor de acabar con la dictadura que les sometía. Y porque es el pueblo el que manda, por encima de los políticos, y porque estamos de nuevo, ellos y nosotros, en otra dictadura que nos somete, la de los poderes financieros. Y porque es hora de decir de nuevo que es el  pueblo el que manda. Y retomar ese poder.
¡Juntos podemos!

http://www.youtube.com/watch?v=MiIvUCkfGSU
http://www.youtube.com/watch?v=gaLWqy4e7ls



      

-          “Por favor señorita, ¿está usted segura que no queda ninguna plaza?” Volví a preguntar con un tono que comenzaba a pasar del suplicante al enfadado.


-          “Del todo caballero, no hay nada hasta el avión de mañana por la tarde”. La voz profesional de la azafata ahuyentó de mi toda esperanza.
 Con el billete para el vuelo 307 de Iberia, con destino Madrid,  en el bolsillo,  salí del aeropuerto, para volver al hotel del que había salido apenas una hora antes. Todo había salido mal en el viaje. No sólo, Eusébio da Silva Ferreira, no iba a ir al Real Madrid, sino que además la entrevista no tenía ninguna enjundia y eran todo vaguedades; que si  a Méjico o Alemania, que si el Manchester United,  tal vez Estados Unidos… Me volvía a Madrid sin nada.  Y para terminar de alegrarme el día, al no poder cambiar el billete, tendría que pasar mi cumpleaños en Lisboa.

Tras dejar mi bolsa en el hotel, donde me dieron la misma habitación que acababa de dejar, y desde la que se veía el estuario del Tajo, decidí festejar mi cumpleaños y salir a cenar por las cercanías del puerto viejo, donde había algunos restaurantes que conocía de otras ocasiones.

Después de pasear un rato, y consultar diversas  cartas expuestas a sus puertas, decidí entrar en uno de ellos. Tal vez porque su  parrilla era más grande, o más vieja que las otras que había visto, tal vez porque los carbones encendidos eran más rojos, tal vez porque la gran corvina que tenían en el escaparate me miró con sus ojos profundos y acuosos.

Dentro era como todos, una gran sala en la que se repartían una docena de mesas, casi todas ocupadas, y al fondo una barra rodeada de anaqueles llenos de botellas. Ningún lujo;  todo un poco mugroso, con la pátina grasienta que dan los años y los miles de comidas servidas, pero seguro que cenaba bien.

Siguiendo las indicaciones del camarero me senté a una mesa en uno de los extremos. Desde allí podía ver todo el local.

-          “Una tapita de bacalao para comenzar, corvina a la brasa y una botella de vinho verde –le dije- luego posiblemente tarta barcala y una copa de licor de amendoas amargas”, o dos, añadí para mis adentros.

El camarero tomó nota en una libretita bastante sucia, y tras instalarse de nuevo el lápiz tras la oreja, berreó la comanda por una puerta que debía dar a la cocina.

Me dediqué a observar a los ocupantes de las distintas mesas que llenaban el local. Había de todo, como corresponde a la zona portuaria en la que estábamos.

En una mesa, casi pegada a la puerta de salida, tres marineros, que por sus voces pude distinguir eran holandeses,  con sed de tres meses al menos,  vaciaban, con ánimo bien dispuesto, botellas de todo tipo, una tras otra. A su lado, una vendedora de tabaco, vieja, con un pañuelo de flores a la cabeza y su mercancía distribuida en una  pequeña mesa plegable, contemplaba ensimismada un vaso de vino, que los camareros le iban llenando.

-          “Ande Tía María, un traguito para matar el gusanillo”  le decían, a la vez que le escanciaban sin cicatería.

Próximos a los marineros, dos vigilantes portuarios, con tripa de 20 años de tranquilidad y gorra de tres pisos, despachaban, a cucharadas, una cazuela de arroz con zapateira, mientras miraban la pantalla de la televisión, llena de cagadas de mosca, de la que no se escuchaba nada.

A mi derecha, en una mesa grande, había dos matrimonios; cincuentones y vestidos de domingo, hablaban y comían, comían y hablaban, chupándose los dedos ellas en plan fino, sin preocuparse de nada más.

Muy cercanos a mi sitio, a la derecha, una pareja hacían juegos de manos por debajo de la mesa.  Brasileño y portuguesa;  él cuarterón,  con pendiente en la oreja,  cazadora de cuero y pantalones vaqueros anchos, de esos que dicen “pata de elefante”, calcetín blanco y zapatos marfil; ella de tiro bajo y zapatos de punta y tacón, manos finas y rizos rubensianos;  pero más lanzada que un Ferrari en Monza.

A mi otro lado, en una mesa que se les quedaba grande por momentos, una pareja, que debían ser estudiantes, por los libros y carpetas que llevaban, se comían con los ojos; más bien ella a él, y parecía bien dispuesta a pasar a mayores a la mínima posibilidad. La chica, morena, bajita y abundante, como una venus de Willendorf, no dejaba que entre los dos pasara ni una corriente de aire y le miraba con ojos extasiados, bebiendo sus palabras y sin entender nada. Estaba claro que el chico le hablaba de política.

En un rincón, pegado a la entrada de la cocina,  un negro muy negro,  inmenso en todos los sentidos, y  con gafas de sol, como debe ser un negro a estas horas, daba buena cuenta de una botella de cachaza. Tenía que separarse de la mesa para no desbordarse por encima y el pequeño vaso con el que bebía, desaparecía entre sus manos grandes y negras, muy negras, para volver a aparecer sobre la mesa, con el brillo de un diamante nocturno.

Sentados más a la derecha, y en la única mesa redonda del local, cinco buscavidas jovencitos celebraban una fiesta con un individuo alto y amanerado, oscuro y con rasgos asiáticos; el traje le quedaba grande y parecía el escaparate de una joyería por la cantidad de oro que llevaba encima.  Platos, vasos, ceniceros llenos y botellas vacías se mezclaban en la mesa sin orden ni concierto. Todos fumaban puros y una nube de humo, que parecía niebla, flotaba sobre ellos.

Un camarero, ventrudo y con una levita casposa y  llena de lamparones, trajo mi cena.  No pude evitar, ¡maldición!  fijarme en sus uñas, largas y negras.

-¡Traigo ya, traigo ya! Iba diciendo, mientras desplazaba su volumen con una cierta dificultad entre la concurrencia.

Acababa de comenzar con la tarta y el licor de almendras, cuando alguien elevó el volumen de la radio, que como una mosca cojonera,  llevaba zumbando toda la noche. Una canción, que no era un fado, llenó el local y casi de forma automática el chico joven de mi izquierda se levantó, y con el puño en alto se puso a acompañarla. La chica le bebía entre asustada y admirada. Alguien, que no pude percibir, llevaba el ritmo con los pies y otro más, un camarero patilludo, se puso a tararearla.

-          ¿Por qué  canta y se levanta con ese aire tan grave? Pregunté a “traigo ya” que estaba al lado de mi mesa, a la vez que señalaba con un gesto de la cabeza al joven cantante.
         

-          “Es Grandola Vila Morena, una canción de Zeca Afonso que está prohibida y que la cantan mucho los comunistas. No sé por qué la están retransmitiendo por la radio”- me susurró muy extrañado el camarero, - “seguro que mañana los de Rádio Renascença  tienen un lio”, añadió.

De repente el camarero patilludo enmudeció, y dejó de escucharse el runrún de la sala. Tan sólo la radio seguía desgranando las estrofas de la canción y el chico joven, de espaldas a la puerta, de pie y con el puño en alto, continuaba cantando emocionado. Todas las miradas se dirigieron a la puerta. Un camarero apagó la radio.

Tres hombres habían entrado en el local. Con gabardina y sombrero, a pesar del calor. Despedían un tufo a policía inconfundible. Con toda seguridad serían de la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).  Con una mirada de entendidos, nos controlaron a todos en un momento y mientras uno de ellos se quedaba en la puerta, para que nadie se fuera sin decir adiós, los otros dos se dirigieron a la mesa ocupada por los jóvenes estudiantes. El chico, ya advertido de su presencia,  había dejado de cantar, pero seguía de pie, algo pálido y sin saber muy bien qué hacer. El silencio llenaba la sala y tan sólo podían escucharse las pisadas de los dos policías.

De varios bofetones le sentaron y tras examinar su documentación, sacaron a la pareja  a empellones del restaurante. Algún golpe más les cayó antes de que llegaran a la puerta. El chico intentaba ir muy digno, pero ella lloriqueaba.

En una rápida mirada pude darme cuenta que uno de los marineros, el más corpulento, hizo además de levantarse con una botella en la mano, pero sus compañeros, con la vista baja y unos cuchicheos le hicieron desistir. El resto estuvimos quietos y callados, sabiendo de qué iba aquello, pero sin atrevernos a decir nada.

                ¡Y ustedes a casa y a cerrar, que ya es hora! ¡Que no tengamos que volver a ver quién no apagó la radio! Nos gritó uno de ellos antes de salir.

La diversión se había acabado y tras pagar la cuenta y con pocas ganas de fiesta me dirigí al hotel. No encontré, como es normal en Lisboa a esas horas, ningún taxi libre, así es que tuve que volver por el mismo camino que había seguido para llegar allí: hasta la estación y luego por la avenida.  En un momento dado, pude volver a escuchar de nuevo la misma canción del restaurante, la del tal Afonso –había olvidado el nombre-  saliendo desde la ventana de alguna de las casas.

Eran algo más de las doce, cuando al pasar por la plaza del Marqués de Pombal, vi que había dos carros de combate y cuatro camiones llenos de soldados en traje de faena. El camuflaje de las tropas africanas era inconfundible. A lo lejos pude escuchar el chirriar de las orugas de otros carros y nuevos camiones de transporte de tropas, con las luces de guerra puestas, bajando despacio por la avenida.

Con calma recogí mi equipo fotográfico de la habitación, también mi credencial de periodista internacional y el carnet de Pueblo. Salí a la calle con otra perspectiva. Algo me decía que aquella no era mi última noche en Lisboa y que el 25 de abril iba a ser algo más que mi cumpleaños.

Volví despacio hacia la plaza de Pombal. Aunque eran ya las tres de la madrugada y eso para los portugueses es muy de noche, la calma no era completa. A lo lejos, pude escuchar de nuevo el siniestro chirriar de las orugas de acero sobre el asfalto, y en la plaza seguían estacionados los vehículos de combate con sus soldados. Ni me miraron, muy serios y con sus fusiles ametralladores terciados, parecían muy atentos a la radio de uno de los vehículos, que tan sólo emitía zumbidos. Zumbidos que llenaban la noche de estremecimientos.

Continué mi camino bajando hacia la Lisboa de siempre, la de las calles antiguas y las plazas tranquilas. Algo estaba creciendo entre las viejas casas; luces que se encendían, radios que se conectaban y la canción, otra vez la canción, como una música de fondo, como la obertura solemne de una ópera que estaba comenzando. "Grandola vila morena” decía al empezar.

La noche llena de rumores deja paso a un amanecer popular; las calles se llenan de gentes que salen de sus casas con el sentimiento de no saber cuándo volverán. No han atendido a los requerimientos de los líderes de la revuelta, que desde las tres de la mañana, están pidiendo a los portugueses que permanezcan en sus casas. Quieren  ser partícipes de lo que suceda.

Me da miedo quedarme sin carretes y seguro que no encontraré ninguna tienda abierta para comprarlos. ¡Pero hay tanto qué enseñar,  tantas caras emocionadas, tanta alegría! ¡Tan poco miedo!

Una florista del paseo da claveles a los soldados y éstos los colocan en los cañones de sus fusiles; no quieren hacer daño al pueblo, no van a disparar sus armas, y quieren  decirlo. Los hombres y las mujeres les imitan. Es la flor de la temporada y los puestos callejeros están llenos de ellas.

Todo son rumores y alegría. Parece que la oscura dictadura salazarista que comenzara en 1925, la más vieja de Europa, está a punto de acabar. Lo que no pudo la muerte del dictador Antonio Oliveira de Salazar en 1970, puede estar a punto de suceder con su sucesor, Marcelo Caetano. Y tras la dictadura salazarista portuguesa…

-          ¡Los soldados han tomado  Radio Nacional! - gritan desde diversos sitios,

-          ¡La revolución –la mención a la palabra me hace estremecer- triunfa  en muchas ciudades!- dicen  otros

-          ¡A la cárcel, a la cárcel! se escucha desde todas las bocas. Es un clamor popular

Se refieren a la cárcel de Caxias, en la que desde siempre,  se interna a los presos y detenidos políticos. Me dejo llevar, es difícil resistirse a estas situaciones, en las que comprendes que tienes que ser algo más que el espectador de un día, y que todo lo que hagas lo recordarás para siempre. Que es un deber el transmitir verazmente lo que está sucediendo. Y por un momento me sacude un ramalazo de admiración al que sigue un tenue sentimiento de envidia.

Casi sin darme cuenta estoy entre  la multitud que asedia  la cárcel, algunos de ellos ya llevan pancartas en las que puede leerse ¡Libertad! Y en un momento dado, a mi lado, encuentro una cara conocida. Es la chica del restaurante, la que sacaron a golpes junto a su novio durante la pasada noche. ¡Qué lejos parecía todo!

Se llama Gracia y no me recordaba del restaurante, pero daba igual. Les habían sacado a la calle y allí después de darles algún puñetazo más –tenía la cara marcada y una profundas ojeras- les llevaron en el coche policial hasta las puertas de la cárcel, pero a ella la dejaron allí y sólo se llevaron adentro a Antonio, así se llama su novio.

-          Vamos a sacarle –me dice Gracia muy segura- a él y a todos los demás. Y grita y vuelve a gritar ¡Viva la revolución! Y junto a ella, como en el coro de esa ópera solemne, todos repiten y gritan ¡Viva la revolución!

Algunos policías se asoman a las ventanas del edificio. Se ve bien a las claras que no saben qué hacer, la situación les desborda. Uno de ellos dispara dos veces,  al aire, o contra la multitud, no lo sé. Le fotografío con la pistola en la mano, su cara de odio hace daño en la distancia. Como respuesta la multitud ruge enfurecida y si no fuera por los soldados que la contienen se hubiera lanzado contra la entrada tras los disparos. Un oficial, creo que es un teniente, y algunos soldados, con una bandera blanca, se acercan a las puertas, se las abren.

Ya no se oyen más disparos. Pasan los minutos y cuando parece que ya no se puede  contener más a todas estas personas enfurecidas, se vuelven a abrir las puertas. Y salen. Salen los detenidos, los presos, todos los que de una manera u otra han caído en las manos de éste régimen dictatorial y corrupto. También sale Antonio, bastante maltrecho pero con cara de felicidad, y se funde en un abrazo con Gracia. Les dejo con ellos mismos y sigo contemplando todo lo que sucede.

Tras los presos, y protegidos por los militares, salen los policías que vigilaban la prisión. Los uniformados tienen que hacer grandes esfuerzos para que no les apaleen, que les hagan lo mismo que han hecho ellos durante tantos años. En sus caras ya no hay odio ni rabia por lo que les está pasando, sólo miedo, un miedo atroz.

Con la cabeza baja y llenos de escupitajos e insultos –y que den gracias porque podían no haber tenido tanta suerte- suben a los camiones militares y los retiran de la zona. La gente entra en tromba en la cárcel ahora vacía.

Necesito volver al hotel. Para llamar al periódico, para anular el billete y para dar una alegría a Florentino, el subdirector, y decirle que no me pude ir ayer a Madrid y que sigo en Lisboa. Y ver si tengo más carretes o disponen de ellos en la recepción. Y que venga alguien más porque aquí se está escribiendo la historia.

Apenas doy unos pasos cuando me entero que el profesor Marcelo Caetano se ha refugiado con sus ministros en el cuartel del barrio del Carmen, en Lisboa. Y que han sido cercados por las tropas golpistas y por miles de manifestantes que los mantienen allí dentro desde las 8 de la mañana. Negocian su rendición. Para allá voy.

 

Eduardo Lizarraga / Madrid, abril de 2013

domingo, 27 de enero de 2013

Nuestro sistema político ya no se sostiene


 

La situación política del país se está deteriorando aún más rápido que la económica. Los casos de corrupción que inundan a los partidos políticos  se suceden día tras día. Un  día es CiU, otro el PSOE, y en el caso del PP es la actuación de toda su cúpula directiva, desde hace veinte años, la que está bajo sospecha. Y creo que son pocos los españoles que duden de la presencia de esos sobres llenos de dinero y todos los que quieren que se aclare.

 Está claro que nuestra ilusionante democracia de 1977 ha degenerado en una partitocracia corrompida de la peor especie.  Que el único objetivo de los partidos es perpetuarse y el de muchos de sus miembros enriquecerse. Que nuestro sistema político está podrido y que es necesario buscar un nuevo sistema.  Que los españoles, para los partidos, son tan sólo ciudadanos cada cuatro años y el resto del tiempo son idiotas prescindibles.  Que el pueblo español ni es soberano ni puede decidir sobre su futuro. Que ni Rajoy ni el que venga detrás van a hacer nada para disminuir ni el poder de los partidos ni el número de personas estabuladas en ellos.  Que es preciso disponer de una estructura en manos de los ciudadanos que permita ejercer un control sobre los partidos y decidir cuándo se deben realizar cambios. Que el programa político con el que se presentan los partidos debe ser vinculante y que en caso de no cumplirse debe considerarse un fraude y convocarse nuevas elecciones. Que existe en estos momentos una justicia para los ciudadanos y otra mucho más benevolente para los políticos. Que muchos de los puestos que ocupan los políticos debieran ser ocupados por funcionarios del Estado mucho más preparados, con el consiguiente ahorro. Que hace falta cambiar la Ley electoral y la Ley de Financiación de Partidos. Que es preciso un mayor control del dinero que sale de España y unas mayores penas para los infractores. Que la amnistía fiscal sólo está sirviendo para que se beneficien los mayores ladrones, como puede ser el caso de Bárcenas.

Tenemos más de 400.000 políticos adscritos a casi una veintena de partidos nacionales, autonómicos y locales. Más de 2500 empresas públicas de las que casi 500 dependen del gobierno central y el resto de las CC.AA y ayuntamientos.  Rajoy, en una de sus múltiples promesas incumplidas de la precampaña, dijo que acabaría con ellas. Solo ha cerrado cuatro.

Y el problema no es sólo el coste directo en sueldos y prebendas de esta turba de políticos, sino los costes en que hacen incurrir al Estado y por lo tanto a todos nosotros. Para algunos de ellos, como vemos todos los días, el sueldo no es suficiente y se dedican a hacer negocios privados.  Negocios que impulsan, propician, protegen y, por supuesto, comisionan; o como algunos más desvergonzados, que también los hay,  que piden formar parte de la empresa y sus beneficios. Esta actividad les es más lucrativa que sus propios sueldos y nos cuesta a todos mucho más, ya que por un lado las comisiones se incluyen en el coste final del proyecto y por otro no suelen ser las mejores opciones, ni en precio ni en calidad las que tienen que estar comprando los favores de los políticos. ¿O es que hemos llegado a tal corrupción que si no se compra a alguien no se hace nada?

Otra cuestión es la oportunidad del negocio o actuación, como es el caso de muchas autopistas de pago sin coches, aeropuertos sin aviones o instituciones feriales sin expositores. Los políticos debieran estar fuera de los negocios y los negocios de la política. La interrelación de ambos nos está saliendo carísima y la burbuja inmobiliaria, producida por la especulación de los suelos entre políticos, constructores, promotores y banqueros  es una buena muestra.

Al grito de “San Cuco de los Betordos se lo merece” los políticos de nuestras Comunidades Autónomas y ayuntamientos manipulan  a su antojo la opinión pública de su entorno, llamando traidores a los que no comparten sus locuras,  impulsando obras faraónicas, inútiles y con unos costes que luego tenemos que pagar todos los ciudadanos, con el claro objetivo de llevarse algo. Y no se les exige ninguna responsabilidad por todo el dinero derrochado.

Detrás de muchas de éstas actividades oscuras de los padres de la patria, se esconden las necesidades de financiación de los partidos políticos. Necesidades que al no estar resueltas en la desmesurada medida que necesitan los aparatos de los partidos y su cascada de favores pagados para ganar elecciones, están originando la ruptura del sistema democrático. Necesidades que se retroalimentan en el propio partido y en la compra venta caciquil de adhesiones, votos y escaños, como bien está demostrando el presidente de la Diputación de Ourense, José Luis Baltar. Y de todo ello resulta que la compra,  persecución y consecución de los votos de los partidos políticos la pagamos varias veces; la última, la menor al parecer, cuando la Junta Electoral Central  ordena pagarles los escaños obtenidos.

Otra de las cuestiones que está  observando el despreciado votante español  entre elecciones, es que las prioridades de los políticos tienen  mucho que ver con sus intereses partidistas o personales  y muy poco con los de los ciudadanos.

Los recortes de Cospedal en Castilla la Mancha, cerrando las urgencias nocturnas, ahorrarán un millón de euros, pero sigue manteniendo sus programas publicitarios de autobombo, una televisión autonómica que le cuesta mucho más, y, lo para mi más detestable, un apoyo a la peineta, subvencionando las corridas de toros, con casi 500.000 euros.

Los recortes de Mas en Cataluña siguen la misma dirección que los de la manchega -¡qué poco le gusta que se lo llamen!; así cierra hospitales, urgencias nocturnas, servicios sociales… y mientras tanto mantiene sus embajadas, el doblaje de las películas y el coste diferencial.

La Comunidad Valenciana también está ahorrando en hospitales, urgencias, ambulancias y helicópteros, pero mantiene el sueldo al director del aeropuerto de Castellón y de toda su infraestructura -17 millones de euros al año, oiga-, en lugar de pasarle a Fabra la factura del engendro. Engendro, que como hemos visto estos días, está siendo utilizado, al módico precio de ser amiguete, por un piloto de carreras y su bólido.

Como norma general la política de recortes ha llegado con mayor o menos intensidad a todos los ámbitos de nuestra vida en lo laboral, la Educación, la Sanidad…pero no a los partidos políticos ni a sus allegados.  Y tampoco a las grandes fortunas del  país que continúan escondiendo sus capitales a Hacienda evadiéndolos a paraísos fiscales o manteniéndolos en oscuras SICAVs.

Sus sueldos, sus casas, sus coches, sus lujos, sus excesos, los pagamos nosotros y los disfrutan ellos sin recortes. Seguimos manteniendo un modelo de Estado con  Gobierno Central, 17 Comunidades Autónomas, Diputaciones, Cabildos, y más de 8000 concejos y ayuntamientos, sin olvidar las dos ciudades autónomas. Además de las empresas públicas ya mencionadas y un buen número de consorcios y entidades que duplican o triplican servicios. Los políticos, sus afines y allegados están en todas partes, sustrayendo recursos que ahora son imprescindibles para servicios más necesarios que ellos y su bienestar. Ya es hora de acabar con esta situación que no podemos permitirnos y que es injusta. Hace falta cambiar el modelo de Estado y de recortar la partitocracia o ambos acabarán con nosotros.

 

Eduardo Lizarraga

Madrid 25 enero de 2013

jueves, 17 de enero de 2013

Corrupto a las ocho


La caótica situación económica en la que nos encontramos, con una crisis financiera, inmobiliaria, laboral y sobre todo de valores, que no tiene parangón en nuestra historia reciente, está sacando a la luz la triste realidad de nuestro sistema político. Raro es el día en que, con las noticias de las ocho de la mañana, no nos llega un nuevo caso de corrupción o latrocinio, entre la casta política o sus familiares y allegados.

Luis Bárcenas con 22 millones de euros en una cuenta suiza;  y Floriano diciendo que ese señor no es ya un político del Partido Popular, como si esos millones, tacita a tacita, no procedieran de cuando “este señor” era el tesorero del Partido Popular y de rebañar lo que quedaba “tras pasar la gorra”. El juez Ruz acaba de encontrar unos cuantos millones más en cuentas estadounidenses y ha certificado que el extesorero del PP aprovechó la amnistía fiscal de Rajoy para regularizar 10 millones de euros.

 La familia Pujol, al completo, saqueando Cataluña, y con Jordi Pujol “junior”, conduciendo por sus carreteras cualesquiera de los vehículos de hasta un millón de euros de valor, de su propiedad. Cuando algunos comenzaron a hablar de miles de millones de euros repartidos entre todo el clan, no parece que fueran muy descaminados. Con gran seguridad si Cataluña dispusiera de esos fondos, que de una u otra forma ha pagado, no se tendrían que cerrar hospitales ni urgencias nocturnas.

En Galicia sigue imputándose a alcaldes, ya sean del PP o del PSOE, por corrupción en contratas municipales y parece que otros cuantos van a seguir apareciendo puntualmente en nuestros televisores a las ocho de la mañana.

La semana anterior Durán y Lleida se vio forzado a admitir que Unió Democràtica de Cataluña es "solo responsable civil de los imputados" por el caso Pallerols y niega que haya habido financiación ilegal en el partido: "El fiscal dice claramente que no está comprobado que el dinero procediera de fondos europeos". Por ello Durán, que había manifestado públicamente lo contrario, no va a dimitir por este caso. Y se queda tan a gusto. Que no es cuestión de dejar el chollo que tiene viviendo en el Palace…

En Madrid nos hemos enterado, con contrato de por medio, de la compra del ático de veraneo en Málaga que realizó el ahora presidente no votado de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Nada menos que 770.000 euros que pagó el ilustre prócer por éste ático que algunos han calificado de “apartamento veraniego”. Ahora hace falta conocer el origen de este pastón que llegó desde cuentas en el extranjero y que para un funcionario parece un poco exagerado. La jueza de Estepona va tras la pista y esperamos que tenga mejor suerte que los policías que lo investigaron con anterioridad; fueron destituídos por el Director General de la Policía. También debieran investigar el origen de la casa que tiene en Madrid el ilustre funcionario y que está valorada en dos millones de euros. Parece complicado para un sueldo de 90.000 euros brutos.

En Valencia, que junto con Madrid, parece ser unos de los mayores antros de corrupción del Estado, la Fiscalía acaba de solicitar penas  que casi llegan a los 100 años de prisión para toda una relación de miembros del anterior gobierno de Camps, entre ellos dos exconsejeras. Los imputados son la exconsejera de Turismo, Milagros Martínez, otra exconsejera Angélica Such, y diez personas más de la Agencia Valenciana de Turismo, además de los ya conocidos cabecillas de la trama Gürtel.

A los cargos públicos se les imputa --en diferentes grados-- un delito continuado de prevaricación administrativa, otro continuado de malversación de caudales públicos, un delito de cohecho, un delito de falsedad de documento oficial. Asimismo, a los supuestos cabecillas de la trama les imputa un delito continuado de tráfico de influencias, delito continuado de malversación de caudales públicos, cooperadores del delito de falsificación de documento oficial y cohecho.

De Norte a Sur y de Este a Oeste el trinque de la casta política es general, ya sea PP, PSOE o CIU,  aunque haya Comunidades Autónomas en las que resulta exagerado. No parece que sea por casualidad el que las comunidades que ocupan la parte alta en la escala de la corrupción estén entre las que más recortes están realizando. Y es que no se escapa ningún partido ni ninguna institución. Pero lo que no vemos es que a éste nivel de corrupción y de actuaciones judiciales, corresponda un nivel similar de trincones en el talego. Entre la presunción de inocencia, que a los políticos siempre se aplica, los indultos de Gallardón, la prescripción de los delitos –como el Infanto salga de rositas, como están intentando con ese motivo, se monta la mundial- y los bufetes de sagaces y caros abogados que pueden pagarse ¡con nuestro dinero, ojo!, no vemos a nadie entre rejas.  Tal vez porque como dijo la presidenta de Unió Mallorquina, imputada por el caso Maquillaje, “los delitos económicos no debieran tener pena de cárcel”.

A pesar de que por la Constitución no está obligado a rendir cuentas, ya nos gustaría a más de uno que el Borbón explicara al país de dónde ha salido su amplio patrimonio. Y como todo lo que sea hablar de este personaje y de su tropa cercana, parece que está prohibido en éste país, salvo para idioteces hermidianas diversas, tenemos que enterarnos por la prensa norteamericana que quien llegó a España casi desnudo, hoy tiene una fortuna que puede superar los diez millones dólares.

Hay que exigir cuentas y responsabilidades a todos. No es posible que merced a un sueldo, que suele ser bueno, se hayan formado las fortunas de que disponen algunos de nuestros políticos. Hay que investigar de dónde salen las propiedades de muchos de ellos e impedir que sigan lucrándose a costa de todos nosotros mezclando negocios y política. No se puede privatizar un servicio y luego comprarlo. Ni favorecer a unas empresas y luego pasar a ser Consejero de ellas. En las mentes de todos están los nombres de González, Aznar, Bono, Rato…y tantos otros.
Si no hacemos nada y seguimos quejándonos sin actuar, estaremos condenados a seguir viendo, con las noticias de la mañana, la repetición del programa "corrupto a las ocho".

Eduardo Lizarraga

Madrid, 17 de enero de 2013

lunes, 24 de diciembre de 2012

Feliz Navidad- Eguberri on



Marina y yo os deseamos a todos una Feliz Navidad y que el año 2013 nos depare la sorpresa de ser mejor de lo que parece. Zorionak

viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Quousque tandem Rajoy abutere patientia nostra?


Ha pasado ya algo más de un año desde que Mariano Rajoy se hiciera con el Gobierno de España. Y hasta los más acérrimos peperos –que no estén chupando del bote- deberán reconocer que ha sido, con mucho, el peor año desde la llegada de la democracia. La situación actual, en muchos aspectos, nos recuerda a lejanos años franquistas, por la pérdida de derechos y libertades. Y  todo esto sólo ha sido en un año; nos quedan tres, si nuestra paciencia no se agota y le ponemos remedio antes.

Llegó Rajoy, a esta situación de presidente del gobierno, después de un  equivocado segundo mal Gobierno del PSOE de Zapatero, que no se llegó a creer la crisis en la que nos estábamos metiendo. Y fruto de esa incredulidad fue  el no tomar las medidas adecuadas en su momento e ir a remolque de la situación y con la iniciativa perdida, lo que acarreó una terrible sensación de barco sin gobierno.

No lo tuvo difícil el gallego, que tras un año de acoso y derribo al gobierno socialista, apoyándose en la Iglesia, en las “víctimas” y en todos los poderes fácticos que fueron cobijándose bajo su bandera, realizó una campaña que podrá pasar a la historia política del país por ser la más mentirosa de todas las que se han realizado. Y ese Guiness no es nada fácil, que tenemos grandes campeones.

Para ganar las elecciones, con contundencia, necesitaba Mariano varias cosas que se lo pusieran fácil; la primera y más importante que enfrente no hubiera nadie,  y eso se lo puso en bandeja un PSOE desdibujado, con graves conflictos internos y  un gran desánimo en sus bases. Para qué hablar de esos votantes, bailadores de yenka,  a los que lo mismo les da votar al de delante, al de atrás, que al de la izquierda o al de la derecha.  Son un claro producto de falta de raigambre democrática y de conocimiento político; pero con escasos 35 años de democracia tampoco se puede pedir más.

Por supuesto que necesitaba votantes. Y a ello se dedicó en cuerpo y alma prometiendo a cada colectivo lo que su Gobierno iba a hacer por ellos. Subiré las pensiones, no tocaré el IVA, ni el IRPF, mantendré los sueldos, crearé tropocientos mil puestos de trabajo, bajaré la luz, respetaré vuestros derechos, no habrá copago, mantendré la educación… Para un político en España, mentir es barato y además luego no pasa nada si incumples. Y no hay nadie más crédulo que el  hombre asustado que quiere creer.

También necesitaba Mariano recursos y apoyos de peso económico y poder,  y como éstos no son tan fáciles de contentar les tuvo que prometer muchas cosas si llegaba a la Moncloa; y éstas si que tenía que cumplirlas que, con determinadas mafias, mejor andarse con cuidado. A los de mitra y sotana  seguir con la exención de impuestos –no creo que otro gobierno en la tesitura actual lo hubiera consentido- ; vuelta de la asignatura de religión que, no olvidemos, reporta unos buenos ingresos;  y su quesito asegurado en la Educación privada. Otras cosas más filosóficas de matrimonios homosexuales, de leyes de aborto, crucifijos y otras vainas, no eran tan importantes.

El grupo del dinero, que ya sabía muy bien a qué tipo de crisis estábamos marchando y no quería que les sucediera como a sus primos yanquis, abocados a la quiebra, o a los islandeses, respondiendo en los tribunales, le pidió dinero público para el rescate e impunidad en las actuaciones realizadas. Y por supuesto salvar el negocio de veleidades izquierdistas, como  cambios en la Leyes que les beneficiaban. Y además, poder seguir marcando sus comisiones en un mercado controlado por ellos; seguridad para desahuciar a 500.000 familias españolas –por ahora- sin que se montara una revolución, con quema de entidades bancarias y picota para los consejeros…

Las eléctricas, que desde la época del gobierno de Aznar tenían metido el gol del “déficit de tarifa” han visto que es un buen momento para incrementar sus dineritos dejando éste déficit a cero. Porque desde luego que ni Rajoy ni nadie iban a tragar con un cese de la moratoria nuclear, y menos bajar las exigentes medidas de seguridad que convierten en poco rentables la mayoría de las centrales ¡con la que estaba cayendo desde Fukushima! Y así tenemos ya la energía más cara de Europa, sin contar con las nuevas subidas previstas para enero y que dejarán sin calefacción, en pleno invierno,  a un buen número de españoles.

El apoyo de la CEOE fue fácil de obtener con la promesa de una nueva legislación laboral que les permitiera despedir barato. A cambio ellos se comprometían a crear puestos de trabajo. ¿Qué era mentira? Ya; creo que ambos interlocutores lo sabían y en todo caso si quien roba a un ladrón tiene…quien miente a un mentiroso, pues lo mismo.  Disminuir los impuestos a las grandes empresas, amnistiar a los defraudadores, no saber lo que son las SICAVs, no perseguir a los evasores…un amplio elenco de medidas que no ha beneficiado al tejido empresarial para hacerlo más fuerte ni potenciar su expansión, sino que ha permitido que los que controlan las empresas  se hagan más ricos. Claro está, que tanto despido a bajo precio ha traído consigo un agravamiento de la situación económica, aumento de los impagos y disminución del consumo. Así es que muchos empresarios, de esos de postín y papel couché, como era su presidente, Gerardo Díaz Ferrán, gran amigo de Esperanza Aguirre, y al que ahora tengo como vecino en Soto del Real, han optado por sacar el dinero de España y esperar a que escampe. Seguro que luego podrán invertir de nuevo en el país, pero más seguro y a  mucho menos precio.  Y si se ha quedado gente en el camino, pues les da igual. Eso sí, que nadie se queje de su patrioterismo de verbo fácil y solapa adornada.

Y para dar de ganar a los suyos –que no están a su lado ni por la ideología tontuna que tiene, ni por que les guste su graciosa forma de hablar- y aprovechando el momento de confusión de la crisis, se ha empeñado el hombre en desmontar el estado social que reconoce la Constitución, fragmentarlo y dárselo a empresas y grupos muy cercanos a sus amigos y parientes, para que hagan negocio. Así, Educación y Sanidad, construidas con el dinero de todos, irán a parar a manos privadas para que exploten el negocio y se lleven los beneficios.  No hace falta ser un Merlín para darse cuenta quiénes están en los Consejos de Administración de Capio, Ribera Salud y Quirón. Eso sí, el dinero lo ponen grupos inversores de capital riesgo holandeses e ingleses, que quieren grandes beneficios. El intercambio de puestos y cargos entre estas empresas y la Comunidad de Madrid es escandaloso.  Un Director General de Hospitales de Madrid en activo y dos Ex Consejeros de Salud.

Es preciso llamar la atención que todo este proceso se está desarrollando con fuerza en las CC.AA. en las que el PP lleva en el gobierno muchos años: Madrid y Valencia. Aunque Cospedal no quiere perder comba y se ha propuesto igualar en la carrera a Castilla la Mancha. No en vano hay voces que relacionan a su marido, Ignacio López del Hierro, con la empresa Capio.

Desmontado el negocio de la construcción parece que el negocio sanitario es lo único que le quedaba al país. Al menos de momento, porque si prospera la nueva Ley de Costas seguro que tenemos otra vez mucho terreno en “primera línea de playa” para vender propiedades a rusos y chinos. Ya veremos quiénes son los que hacen negocio a costa de nuestros recursos naturales y de las playas de todos. Y es que ni el medio ambiente ni la sostenibilidad han estado jamás en el imaginario del PP, que  los ha considerado ramplones  y de izquierdas.

Durante este primer año de destrucción masiva, el  ya previsible gallego –todo lo que diga es mentira-  se ha desdicho de todo lo que aseguró durante su campaña y amplia precampaña. Así, ha subido el IRPF, el IVA y las tasas judiciales. Ha dado amnistía fiscal, rescatado a la banca con nuestro dinero, abaratado el despido, recortado los sueldos de los funcionarios,  las pensiones, la sanidad, la educación…Dijo que no se quejaría de la herencia recibida y no hace otra cosa que hacerlo.  La semana que viene habrá otra cosa que añadir a la lista, aunque pensándolo un poco creo que ya no le queda nada.

Habló Mariano mucho durante el 2011 de la importancia del consenso. De lo importante que era y que estaba en  las maneras del buen gobernante el buscarlo. Y desde luego que ha conseguido un amplio consenso, pero en su contra. Todas las organizaciones del personal sanitario, desde los médicos, a los ATS, a los administrativos y a los gestores. Todas las organizaciones de educación, maestros, estudiantes, catedráticos, padres…todos contra los recortes. Todas las organizaciones de jueces, fiscales y abogados; las de derechas, las de centro, las de izquierdas…todos contra Gallardón y su manera de ver la Ley y la jurisprudencia; todos contra las tasas judiciales. Para qué hablar de sindicatos, grupos y asociaciones sociales. Es un hecho que no había ocurrido nunca antes. Es el consenso de Mariano.

Tampoco en lo que es el diálogo se está luciendo lo más mínimo. Ni tan siquiera  en el diálogo parlamentario; ya que si el Senado parecía un ente vacío de trascendencia, Mariano  y sus 28 decretos ley han logrado que el Parlamento parezca algo similar. Podría dar vacaciones a los diputados que todo seguiría igual. Y hubo algún ilustre ministro quejoso de que el 15M quisiera secuestrar la voluntad popular ¡Es el colmo de la desfachatez!  Rajoy y su Gabinete han conseguido que la sociedad esté empezando a ver la gigantesca mentira que significa nuestro sistema político tal y como está en la actualidad y que entiendan que la solución de sus problemas no está ya en el Parlamento, si es que alguna vez la estuvo.

Parecería imposible que el año que está llegando pueda ser peor que el que se marcha. Pues no lo dudemos ni un momento, Mariano y sus muchachos están dispuestos a lograrlo. Y todos pagaremos sus logros, siendo más pobres y menos libres que el año anterior. Y si queremos protestar,  encontraremos a más policía en las calles con unas porras más grandes y necesitaremos más dinero en los juzgados.  Es la palocracia del PP.

 De verdad,  de verdad, creo que  los que le votaron deberían  ponerse una capucha para no ser reconocidos y penitenciarse un poquito en la plaza pública con un cartel: “Votante arrepentido del PP”. Seguro que encontraban a alguien que les ayudara.  Y mientras tanto, paciencia, más paciencia, hasta que se nos agote  y alguien nos diga ¡hasta cuando vais a aguantar! y salgamos todos a las calles, a una, gritando ¡se acabó!

 

Eduardo Lizarraga

Manzanares el  Real , diciembre 2012

martes, 18 de diciembre de 2012

No tan sola (Relato en dos folios)


El pueblo era un verdadero asco. Viejo, pequeño, lleno de edificios vulgares y situado al borde de uno de esos grandes pantanos que abundan en Luisiana. La verdad, es que desde que habíamos salido de Mobile, el paisaje pantanoso y maloliente había sido una constante; hasta caimanes había visto al bordear el lago Pontchartrain. Me hubiera gustado llegar hasta Nueva Orleans, pero el precio de los Grey Hound ya no es lo que era y además no era cuestión de llegar con los bolsillos vacíos. Tenía que encontrar alguna solución. Por lo menos ya había dejado tierra de por medio con Tampa; seguro que el Grasas y sus chicos todavía estaban buscándome, ¡idiotas!

De repente, y como salida de la nada, me crucé con una vieja,  pequeña y  con cara de víctima, acompañada por un negro enorme lleno de bolsas. Olí a dinero y como si de un imán fuera comencé a seguirla por el pueblo. Entraron en una zapatería, luego en una librería, y en una tienda de ropa, allí, a través del escaparate la vi sacar un fajo de billetes, grueso como una biblia; la saludaron todos los vecinos con que se cruzó…andaba despacio, pero con paso decidido. En una plaza, que debía ser la más importante del pueblo, el negro se dirigió a un inmenso y anticuado Mercedes aparcado,  y abriendo la puerta  dejó allí las bolsas. Recogió a su señora, que le  esperaba en la acera y entraron en una carnicería que estaba enfrente mismo, no sin que antes la vieja me dirigiera una extraña mirada por encima de sus anteojos.  No menos de media hora debieron estar dentro y cuando salieron les seguía un chico con un gran saco a la espalda. Entre el negro y el chico metieron el saco en el maletero y, después de abrir la puerta trasera a su señora y esperar que se acomodara, arrancó el vehículo con gran parsimonia y con el motor ronroneando, como  un gran gato negro, salieron del pueblo por la misma calle por la que había llegado el autobús.

No suelo equivocarme y sabía que mi solución estaba ahí. Estas viejas suelen tener mucho dinero en casa, es como si no se fiaran de los bancos. Y las comprendo muy bien, yo tampoco me fío: son los mayores ladrones del país.. Tenía que enterarme y hacer un plan. Algo rápido y eficaz.

Sin pensármelo entré en el bar que estaba al lado de la carnicería. Apenas me quedaban veinte pavos y era preciso gastarlos con tino. El establecimiento estaba casi vacío, y satisfecho comprobé que al otro lado de la barra había sólo un adolecente imberbe, que holgazaneaba mascando chicle, con las manos en los bolsillos. Son los mejores.

-          ¡Oye chaval, un café y un donuts! le dije, intentando aparentar cordialidad y echando a la vez mi gorra roja de los Lakers hacia atrás.

-          ¡Marchando! contestó,  y se puso a preparar lo pedido con una celeridad poco habitual.

Me había sentado con la espalda al ventanal que daba a la calle; cuantas menos personas me vieran mejor. En menos de cinco minutos vi cómo venía el chico a traerme el café.

-          ¡Bonito Mercedes ese que estaba aparcado enfrente! toda una pieza de museo- le comenté.

-          Sí, es de la señora Dubois y antes creo que fue de su padre- me respondió parándose a mi lado.

-          Pues ya me gustaría hablar con ella, porque tal vez tuviera una propuesta para comprarle el coche. ¿Dónde puedo encontrarla?

-          Vive en una casona muy grande, como a dos millas del pueblo, al borde del pantano. Pero no creo que le interese venderlo,  dicen que tiene mucho dinero y está muy apegada a todo.

-          Le haré una buena oferta- contesté sonriendo. ¿Y dices que está como a dos millas?

-          Si, en la carretera de Louisiana, hay un pequeño camino y un cartel que dice “Maison Dubois”, es francés ¿sabe? Pero si va a verla hágalo antes de las cinco, que a esa hora se va Benoit, su chófer y sirviente,  y como se queda sola en la casa ya no abre a nadie. Aunque no creo que nadie se atreva a andar por las cercanías de noche. Yo al menos no iría por allí, ni aunque me dieran uno de los grandes.

-          ¿Y eso? le pregunté curioso.

-          Tiene muy mala fama desde la época de la Guerra Civil; los negros hacen vudú  para defenderse de los malos espíritus por allí y dicen que han desaparecido personas en el pantano.

Cuando digo que tengo buen olfato para las oportunidades, lo digo con razón. Vieja, sola y forrada. No iba a esperar a nada más. A veces los mejores planes son los más audaces. Decidí acercarme hasta allí para situar la casa y estudiar una vía de acceso.

Estaba en el mismo borde del pantano y todo era como me había dicho el chico, salvo que aunque se la veía antigua, no tenía mucho de casa colonial, más bien de antiguo molino de agua. Sólo el segundo piso se salvaba, construido en hermosa madera pintada de blanco. El primero era de piedra y tenía rejas en las ventanas. Más abajo había unos estrechos ventanucos que debían dar al sótano y que estaban libres de impedimento. No observé ningún sistema de alarma.  Bajo la casa debía discurrir un río, pues un arco de piedra le daba paso por medio de un canal que  llegaba hasta el pantano. Unas barcas de madera se pudrían en sus márgenes.

Al poco de oscurecido me deslicé por uno de los ventanucos del sótano. Había más de tres metros de liso muro de piedra hasta el suelo. Desde luego por allí no podría salir. Ahora debía buscar el acceso a la casa.

El lugar era muy extraño, estaba vacío salvo las ruedas de madera y las muelas del antiguo molino. Un riachuelo cenagoso lo atravesaba de lado a lado, saliendo bajo el arco de piedra que había visto desde fuera. Las escaleras para subir a la planta baja estaban destruidas y en lo que debió ser el rellano se había construido una especie de terraza con balaustrada. Con un estremecimiento me di cuenta que estaba encerrado. No llevaba cinco minutos allí cuando el ruido de una puerta me hizo levantar la cabeza. Enfoqué con la linterna y vi a la vieja a tres metros sobre mí, asomada a la barandilla de la terraza y con el voluminoso saco que le llevaron de la carnicería al lado.

-          ¡Vaya! Ya ha llegado usted, no le esperaba tan pronto. ¿Por qué usted es el de la gorra roja que me estuvo siguiendo esta mañana por el pueblo, verdad? Mire que sabía que vendría…

No sabía qué decir. Estaba sorprendido y tan sólo acerté a balbucear –Estoy interesado en su coche….

-          Déjese de tonterías, me contestó, está usted interesado en mi dinero, como muchos otros. Pero yo se defenderme y tengo  quien me ayuda.

Y con estas palabras se puso a tocar una campanilla que llevaba en la mano, mientras que con la otra sacaba un pollo entero del saco que tenía al lado.

-          ¡General Lee, General Stuart!  -gritaba como si llamara a sus gatos y a la vez echaba pollos al cenagoso riachuelo que corría a sus pies. –Mirar lo que os ha traído mami, un hombre malo que quería hacernos daño, como el otro.

Un fuerte chapoteo me hizo enfocar la linterna al agua, y casi se me salen los ojos de las órbitas al ver un gigantesco caimán arrastrándose hacia la orilla.

-          Es el General Lee, el preferido de mi padre. Lleva con nosotros más de cincuenta años ¿sabe? No hay como darles cariño y comida para que te quieran. Mire por allí llega Stuart…y seguro que los otros van a llegar en breve. Le deseo una buena noche y me voy, que tengo que prepararme una tortillita para cenar.

Y con éstas palabras se dio la vuelta y cerrando la puerta desapareció de mi vista, todo quedó oscuro.  Un ruido detrás de mí me hizo dar un brinco y se me cayó la linterna al suelo.

Eduardo Lizarraga/ Madrid, diciembre 2012


miércoles, 31 de octubre de 2012

La presa en el valle (Relato en dos folios para Halloween)


Una tenue luz me despertó.  Me encontraba en un lugar extraño; en una pequeña cueva, poco más que un agujero, con el suelo tapizado de hierbas y hojas de árbol, como yacija de animal. El azul del cielo se veía a través de unos tupidos matorrales que casi tapaban la entrada. Arrastrándome, conseguí salir de aquella lóbrega madriguera. Fuera el sol brillaba en lo alto.

La cueva se abría al pie de unos altos farallones rocosos; al fondo se divisaba otra pared casi cortada a pico y entre las dos discurría un largo y profundo valle cubierto de vegetación. El ruido de un arroyo, que debía correr en lo más hondo,  llegó a mis oídos. Mi boca estaba seca y  la garganta, áspera, me dolía. Necesitaba beber y comencé a descender colina abajo.  Había perdido los zapatos y mis ropas se encontraban en un estado lamentable. Mis manos estaban sucias y tenían huellas de sangre, aunque no me descubrí ninguna herida. No sabía quién era ni qué me había pasado.

Avanzando a trompicones, pues las piedras me dañaban los pies, conseguí llegar al fondo del valle. Allí la vegetación era frondosa y a los primeros matorrales les fueron sucediendo árboles de distintas especies, entre los que pude distinguir alisos, robles y hayas.  Poco antes de llegar al ribazo del río, en una pequeña pradera salpicada de arbustos aromáticos, descubrí los restos ensangrentados de un animal. Era una cabra adulta que debía haber sido víctima de alguna gran bestia, pues estaba casi descuartizada y le faltaban grandes pedazos de carne. Había sido arrastrada hasta allí y hubiera sido fácil seguir el rastro de sangre hasta el lugar donde había sido atacada. Algo nervioso por lo que estaba viendo, tomé el camino opuesto, el que siguiendo la ribera del riachuelo se dirigía hacia lo que parecía ser la salida del valle. Bebí del río hasta saciarme y aproveché para limpiar  la sangre y el barro que me cubrían.

El sol estaba ya en lo alto y debía ser una hora cercana al mediodía. No se oía nada y parecía que los pájaros callaban a mi paso. Alarmado por el silencio y la soledad comencé a dar gritos por si alguna persona pudiera oírme.

-          ¿Hay alguien por aquí?

-          ¡Estoy perdido! ¿Alguien me escucha?

Tan sólo el eco respondía a mis peticiones de auxilio. Era como si estuviera sólo  en  el valle. Seguí andando por el ribazo del río; las piedras sueltas y los troncos caídos dificultaban mi paso. Y el marchar descalzo no ayudaba nada. Un rebaño de cabras salió huyendo de entre unos matorrales. Balando despavoridas, como si estuvieran en presencia de una fiera, se dirigieron hacia lo profundo del bosque y enseguida les perdí de vista. El trillado camino que iba siguiendo, realizado sin duda por el ganado en sus vagabundeos, era la única senda que había visto en todo el día. Parecía como si ninguna persona hubiera pisado estos parajes.

El valle se estrechaba por momentos y en breve se convirtió en un cañón, de paredes casi verticales, por el fondo del cual corría el río. En un momento dado la senda desapareció y tuve que echarme al agua, porque era ya el único camino posible.

Medio andando, medio nadando, seguí avanzando por el cauce, y daba gracias a que el estiaje no le hiciera llevar mucha agua y la corriente fuera escasa.

A la vuelta de un pequeño recodo que hacía el río, me encontré con una gruesa reja de hierro, cubierta de herrumbre, que cerraba el paso del cauce.  Continuar era imposible, el agua huía entre los barrotes pero yo no podía seguir. Más que reja era puerta, porque un grueso candado, que estaba nuevo y brillante, la cerraba por el otro lado. Desesperado, comencé a gritar de nuevo por si alguien pudiera oírme.

-          ¡Socorro, no puedo salir! ¿Alguien me escucha?

-          ¡Por favor, quiero salir de aquí!

Como en la anterior ocasión los gritos se demostraron inútiles y el frío me hizo dar la vuelta para buscar un lugar desde el que poder salir del agua, estaba aterido y dando diente con diente. La tarde estaba cayendo y no sabía qué hacer.

No fumo y carecía de cerillas o mechero con el que encender un fuego. Comencé a pensar, asustado, en la cabra muerta y devorada en el prado. Tenía que buscar un sitio donde protegerme. Si pudiera encontrar de nuevo la cueva antes de que se hiciera de noche…

Pude hallar de nuevo el sendero abierto por las cabras y pensé, que desde allí, no me sería difícil orientarme y llegar hasta la cueva en la que había amanecido. No conseguía acordarme de nada más allá. Había encontrado un palo, especie de grueso garrote, y esperaba que pudiera servir para defenderme.

Las sombras se iban alargando y en poco tiempo desaparecerían.  Si tuviera la suerte de que hubiera luna…

Algunos ruidos procedentes de los matorrales, al  otro lado del río, hicieron que, precavido,  me alejara de su curso. Creía reconocer a lo lejos los riscos bajo los cuales pensaba que se encontraba la cueva.  Casi imperceptibles, encontré en mi camino los restos de una gran casa, de la que quedaban poco más que los cimientos y algunos muros derruidos; en uno de ellos un escudo nobiliario llamó mi atención. Creí reconocerlo, pero tenía la memoria bloqueada y no conseguía acordarme de nada.

Ya era casi noche cerrada, cuando encontré la empinada colina que había bajado a  tropezones por la mañana. La luna se estaba alzando sobre el horizonte, y con su luz podría encontrar la angosta obertura tras la cual esperaba encontrar protección y calor. Grande, esplendorosa y rojiza como la sangre, era la más hermosa luna llena que había visto. Ya no sentía frío ni cansancio, tampoco miedo o soledad, mis pies ya no me dolían y un vigor renovado recorría mi cuerpo.

La luz plateada inundaba el valle y haría más fácil mi búsqueda. Tenía hambre y necesitaba comer; mi presa estaba oculta entre los árboles, esperándome aterrorizada;  sin dudarlo más y saludando con un súbito y largo aullido a mi aliada, me lancé monte abajo en su busca.

Eduardo Lizarraga

Madrid, octubre de 2012