sábado, 21 de septiembre de 2013

¡Ay mi fregoneta! (Relato en dos folios)


Emeterio Montoya, pequeño y moreno, se mostraba casi imperceptible sentado entre los dos guardias civiles. Con las muñecas esposadas entre las piernas miraba, cariacontecido, su ropa manchada y rota, y las nailas llenas de barro. De repente, y como hablando para sí mismo, exclamó:

¡Qué man  chorao la fregoneta!

Y  luego, ya dirigiéndose a uno de los guardia civiles, repitió:

¡Mi sahento, que manrobao la fregoneta! ¡La sebrita!

-Miré usted –le respondió el interpelado- ni soy sargento ni se nada de su furgoneta. Cuando lleguemos al cuartelillo pone usted una denuncia.

El vehículo seguía dando tumbos por el camino rural que discurría entre las huertas. Con los baches, Emeterio chocaba con uno u otro de los guardias, y los melones y melocotones que iban en las cajas, se desparramaban por la trasera del furgón.

Hacía poco más de dos horas que había comenzado el mal trago por el que ahora estaba pasando. Todo iba bien, como las otras veces. Habían llegado, él y el Perlita, a eso de las doce de la noche a la zona de las huertas de la vega.  Después de bajar una docena de cajas de madera, de esas que se emplean para la fruta, dejaron su furgoneta, la cebrita, como la llamaba Emeterio, aparcada un poco  más lejos,  escondida a la entrada de un camino y entre unos matorrales, para no llamar la atención, y comenzaron a recolectar la fruta que ya estaba casi madura, llenando las cajas una a una  y dejándolas al amparo de la cuneta.  No llevarían una hora trabajando, cuando escucharon el motor de la furgoneta que arrancaba,  y el sonido de sus ruedas rechinando en el camino y abandonando  a toda velocidad el lugar. Emeterio quedó como traspuesto, contemplando las luces traseras que desaparecían en la noche.  Casi al momento,  se encendieron unas luces en una casuca que había al fondo y alguien comenzó a gritar:

-¡Ladrones, hay ladrones en la huerta del tío Juan!

Otras voces contestaron a lo lejos y más luces se encendieron.

No habían pasado cinco minutos desde los primeros gritos cuando por el fondo del camino vieron como llegaba un coche policial con la sirena puesta.  El Perlita anduvo vivo, y pudo escapar por entre los juncales, pero él se medio cayó en una acequia y le trincaron como a un principiante. Y con las cajas llenas de fruta a su lado no había nada que decir. Le quitaron el baldeo, le pusieron las esposas y le metieron en el furgón policial.

El calabozo del cuartelillo era ya conocido por  Emeterio y también sabía, por experiencia, que hasta la mañana siguiente no prestaría declaración al sargento oficinista del puesto.  Así es que arrebujándose en la vieja manta militar que encontró sobre el banco, se preparó para pasar lo mejor posible las horas de noche que quedaban. Hacía frío allá abajo a pesar de no ser más que principios de septiembre.

No llevaría más de dos horas durmiendo un sueño, parecido al de los justos, cuando se despertó con el  ruido que hizo al abrirse la puerta del calabozo, para dar paso a un nuevo inquilino.

-          ¡Buena noshe! Escuchó que decía el que entraba,  con un marcado acento que le llenó de satisfacción y tranquilidad. Al menos no era un payo.

-          ¡Buena noshe nos de Dio! Y que se lleve pronto a loh picoleto que sólo quieren buscarnos la ruina.

Río el recién llegado y se sentó a su lado diciéndole,

-          ¿Y por qué estás aquí hermano? ¡Qué tapasao?, que te veo con la lima y loh jarale roto y manchao.

-          Pue ya ve, questaba a la noshe hasiéndome un huerto con un colega y ya teníamo la fruta metía en la caha cuando un malaje me choró la fregoneta. En die minuto teníamo a loh picoleto ensima, que unos cabras que sobaban por allí se fueron de la muy y dieron el queo. Mi colega salió de naja y se abrió en cuanto vio la movida, pero a mí me ligó la pasma. Que iban con el bufoso en la mano y amenazando con darme un buchante  loh muy desalmao.

Me choraron la sebrita killo, noventa napos que había pagao y un peluco de colorao.

-          ¿La sebrita le llamah colega?

-          Eh que iba maqueá como una sebra,  a raya negra sobre blanco, muy guapa killo, hasta pestaña le había pintao a los brillos. ¿Y a ti que tapasao? preguntó el Emeterio.

 Tras una pequeña vacilación el recién llegado le contó su caso.

- ¡E una equivocació tron, un payo que ha disho que le he vendió unos muebles robaos y saquivocao de persona. Que para esos payos todos los calés somos iguales. Hase un rato vino la pestañí a la keliy y paentro... Yo soy piquero, pero cualquiera se lo dise a estoh.

-          ¿Hase un truja? Y ofreció el  Emeterio un paquete de cigarrillos preguntando a la vez, ¿cómo te llama killo?

-          ¡Soy Ramón, pero me llaman el Sevilla, aunque soy de Graná, de loh jesuline , añadió para aclarar la procedencia.

-          ¡Guardia, guardia! - gritaba Emeterio- a ver si hase el favo de trae una cobija para el colega, que hase algo de rasca en el truyo y no vamos a estar lo do liaos con la misma.

Volvió el guardia al poco con otra manta.

-          ¡A ver si sos calláis que ya es hora. Y para fumar hace falta pedir permiso, a ver si sos enteráis ustedes.

Salió cerrando la puerta tras de sí y quedaron los dos presos solos, con las brasas de los cigarrillos brillando en la oscuridad.

Se despertaron unas horas después, casi a la vez, con seguridad por el olor  a café que venía de arriba. Se oían voces que señalaban que comenzaba la actividad en el cuartelillo.

-          Ya me vendrían bien uno buche de café y unos shurros, dijo Emeterio riendo. Como los que me trae a la piltra lo domingo la Maruja.

-          Yo prefiero una porrita pero no diría que no a lo shurro, contestó Ramón.

-          Me despertao con la sebrita en el bolo , viendo los brillos apestañaos y  el bul  también a rayas–dijo Emeterio- mira que si la ha jodio el sungo ese. Como le pille le vi a enseñá el sufra siete vese. - E hizo ademán el Emeterio de tirar de pincho.

-          No te coma el tarro tron, que seguro que la encuentra bien. Una fregoneta de sebra se gila pronto - le consolaba Ramón- que no es un roda pa vasilá y la habrá dejao en cualquier lao.

-          Noventa napos, killo, y un peluco de colorao que cotisé -se lamentaba Emeterio- con una estampita de la Virgen de los Remedios que me regaló la Maruja.

Seguían hablando por lo bajines los dos gitanos cuando se abrió la puerta de arriba y unos pasos descendieron por las escaleras.

-          A ver vosotros –dijo una voz- os va a llamar el sargento para hacer la declaración. Si no queréis declarar o queréis un abogado se lo decís arriba.

Se volvió a cerrar la puerta. Y los dos gitanos se miraron con el profundo conocimiento que marca la experiencia.

-          Por uno cuanto melone no me vái a dar ningún disgusto. La trena será pa otro día –dijo Emeterio, añadiendo –seguro que ya están la Maruja y el Perlita arriba con un buga pa ir a la keli y poé makeame un poco.  A vé luego por donde empieso yo a busca la sebrita…¡Mala muerte tenga el choro ese!

El Ramón no dijo nada y tan sólo asintió a las palabras que escuchaba, como dándole la razón para animarle.

Al poco se volvió a abrir la puerta y bajaron un cabo con unos papeles y dos números de escolta.

-          Venga –dijo- que suba el de la furgoneta que el sargento le va a tomar declaración.

-          Matocao a mi primero - dijo Emeterio, subiendo las escaleras con decisión.

Pero el cabo, que ya le conocía de otras ocasiones, le rechazó con la mano diciendo:

-          No hombre no, Emeterio, que a ti te pillamos con los melones. Al que pillaron con la furgoneta, esa pintada con rayas negras, es al otro,

-          A ver –dijo hojeando los papeles que llevaba- Ramón Vargas, que suba.

Si no se lo impiden se lo lleva por delante allí mismo.

 

Eduardo Lizarraga

Hondarribia, Septiembre 2013

 

 

miércoles, 17 de julio de 2013

Bárcenas da a luz


La situación del  Gobierno y del Partido Popular está pasando de la insostenibilidad a la agonía. Tras unos largos meses de embarazo,  que el PP no ha podido interrumpir y no por su ideología conservadora,  Bárcenas ha dado a luz un monstruo que ríete tú de la hidra de Lerna, la de las siete cabezas. Y la criatura amenaza con devorar al Partido Popular empezando por la cabeza y llegando hasta los mismos pies si se le deja hacerlo.  Y este parece que puede ser el final, si la dirección del PP y el presidente del Gobierno continúan con su estrategia de negarlo todo –aunque algunas cosas no – y esconderse por sistema.

El embarazo de Bárcenas ha sido largo y feliz casi hasta el final. Y es que el extesorero siempre esperó que hubiera intervención para no tener que dar a luz. Así nos explicamos su chulería y gracejo sin par, sus peinetas y sus cenas y viajes de lujo con foie y sauternes. En su mente estaban presentes las promesas de intervención de Rajoy para librarle de la cárcel.  Pero no ha podido ser así; por distintas razones el problema se le ha ido de las manos al PP y Bárcenas se ha visto obligado a parir  a la bestia.

Con toda la documentación que ha ido apareciendo y la que ya tiene en su poder el juez Ruz –seguro que continúan apareciendo nuevas revelaciones -  resulta ya claro para todos los españoles, salvo para los más fieles peperos,  cuya adicción resulta ya fundamentalista, que el partido que sustenta al Gobierno y  parte de los miembros del mismo, han estado cobrando sobresueldos durante casi veinte años. Y que la sede del PP en Génova 13 era una oficina de recaudación y extorsión a empresas con reparto posterior del botín obtenido.

Y que nadie caiga en el fácil engaño de considerar que ese robo no le afecta. Las empresas que accedían a la extorsión y daban  “gentiles donaciones al PP”, muy por encima de los 60.000 euros por año que permite la ley, recibían a cambio sustanciosos contratos de obra pública u otras prebendas y en el coste final de las obras, coste que pagaba el Estado –que somos todos- se incluían, con absoluta seguridad esos “sobrecostes” que luego iban a parar en sobres a ser “sobresueldos”. Y es que a los prebostes peperos, con cargo estatal o no, no les resultaba suficiente el sueldo que recibían, sino que tenían que complementarlo.  Y esto deben entenderlo todos los españoles, estos prebostes no podían vivir por debajo de sus posibilidades.

Esta conducta es inmoral y en los casos en que los cargos del PP cobraban sueldos de la Administración es delincuente.  Rajoy, Cascos, Acebes, Rato, Mayor Oreja… todos ellos y alguno más están en éste caso. Delitos que ya han prescrito pero que en todo caso demuestran la catadura moral de éstos que gobiernan y nos dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que tenemos que apretarnos el cinturón y volvérnoslo a apretar para que el país vaya bien. Ellos están exentos de apretarse el cinturón o como hiciera Fraga, llevan tirantes.

Pero además de “complementar” los sueldos de sus directivos –llamémoslos así, ya que el PP ha demostrado ser una empresa con afán de lucro- los dineros obtenidos con métodos mafiosos pagaban otras actividades también oscuras.  Entre ellas costes electorales “extra”,  abogados, como por ejemplo los que defendían a Bárcenas, -surrealista que a la vez el PP fuera acusación particular-  o los que defendieron a los cargos militares acusados en la catástrofe del Yak 42.

Desde los comienzos del caso Gürtel, que luego abrió el caso Bárcenas, el PP ha seguido la estrategia de negarlo todo y callar sin actuar. Y ahora es víctima de esa estrategia que se está demostrando nefasta y que amenaza con llevarse al partido por delante si no actúan.

A la hidra nacida de Bárcenas ya no la va a poder matar nadie si no es con la verdad y actuando con contundencia. De cualquier cabeza que se corta con alguna mentira nace otra nueva. Y las apariciones de Floriano, Cospedal , Pons o algún otro, con declaraciones absurdas y que siguen el mismo guion de “todo es mentira y Rajoy es el más honesto de los hombres”,  son ya chistes que causan la hilaridad o indignación de la mayoría de los españoles. Para qué hablar de cuando sale el ínclito Mariano en una pantalla de plasma o contestando a un medio afín leyendo un papelito.

El problema radica en que para cuando la Justicia diga algo habrá pasado esta legislatura y tal vez la siguiente. Y es que si todo se centra en los juzgados el Partido Popular tiene las suficientes herramientas y dinero para dilatar, anular o silenciar todo lo que quiera. Y entonces  se jugará con la presunción de inocencia y en la ausencia de condenas judiciales, hasta hacernos vomitar. Muchos de los delitos están prescritos y otros son casos que sólo vulneran la ética y la moral que debieran tener nuestros gobernantes y que están ayunos de ellas.

No todo el PP está sucio y los que no han recibido dinero, bien porque no han querido, bien porque no se les ha ofrecido, están pidiendo que se depuren responsabilidades y que si hay que sustituir a Rajoy se haga lo más rápido posible. Las intervenciones de Esperanza Aguirre y de Vidal Cuadras van en ese sentido.  La militancia sigue callada ante los desmanes de sus directivos y el PP vasco, que tendría que estar “tomando la Bastilla”  lleva unas semanas contemporizando con Rajoy.  Es decir, que a lo sumo y si la hidra sigue sin control puede llegar una sustitución de Rajoy, pero nunca unas elecciones anticipadas. Los barones peperos no quieren perder sus feudos y van a hacer todo lo posible para que esto no suceda.

El PSOE por su parte continúa con su estrategia plana, centrada en el Parlamento y sin querer sacar “los pies del tiesto”. Es la estrategia de Rubalcaba. La estrategia de ganar tiempo, de seguir desgastando al PP y al Gobierno e intentar ganar las próximas elecciones dentro de algo más de dos años. Sabe Rubalcaba que su candidatura no ilusiona ni a los españoles ni a los propios socialistas, que tiene un complicado debate con el PSC y que continúa sin levantar en las encuestas. Por eso quiere ganar tiempo y prefiere una sustitución ordenada de Rajoy que correr el albur de ir a unas elecciones  generales anticipadas.

Es decir, los dos partidos mayoritarios miran, como siempre,  por sus intereses como partidos y no por los del país, que es el interés de todos los españoles.  Saben que si hay elecciones ahora, ninguno de los dos obtendrá mayoría absoluta y que se avecina una fragmentación del Parlamento con los escaños mucho más repartidos, una subida de los partidos nacionalistas –salvo CiU, también pringado hasta las cejas- , de partidos ecologistas como Equo y de Izquierda Unida. Se podrá escuchar que en la situación actual unas elecciones anticipadas no interesan, que los poderes financieros internacionales quieren estabilidad y seguir por el camino de las reformas pepero, que se puede caer en una situación de desgobierno perjudicial para España. Todo son milongas interesadas lanzadas por los de siempre.

En la situación de crisis estancada en la que nos encontramos no necesitamos un gobierno corrupto, deslegitimado y sin la confianza de los españoles, sino un nuevo proyecto ilusionante, creíble y con el que poder afrontar el largo y duro camino que aún tenemos que recorrer.   Tenemos que salir de donde estamos y no va a ser el PP quien lo haga.

Pero por desgracia, y esto es algo que habrá que arreglar sin tardanza, el pueblo español carece de instrumentos para controlar la voluntad de los partidos y para poder forzar cambios que éstos no deseen. Los votos de noviembre de 2011 ya no son legítimos, y el mayor indicativo de esta realidad es que el PP se esfuerza en hablar de legitimidad democrática todos los días. El Gobierno que padecemos carece de cualquier legitimidad después de todo lo que ha hecho el partido que le sustenta  y más aún para llevar adelante todos los cambios que están haciendo. Pero aunque todos nosotros estemos de acuerdo en ello no podemos hacer nada, al menos por los cauces parlamentarios y legales actuales. Sólo votar cada cuatro años.

Si a la situación de crisis económica, con el paro, la pobreza, los desahucios,  la subida de impuestos  y el descontento general, le unimos los escándalos económicos de un partido que ha defraudado al país, con una corrupción sistematizada desde hace veinte años, el cóctel puede ser explosivo una vez pase el verano. Porque a pesar de lo que intenta el PP, la hidra parida por Bárcenas va a seguir viva y devorándole mientras no tome medidas contundentes.

Si el PP quiere salir de la agónica situación en la que se encuentra y no morir en el intento, deberá realizar una limpia sistemática en el partido, exigiendo responsabilidades públicas, conocimiento de toda la verdad y denunciando a los responsables del latrocinio. Y si ese camino es una nueva travesía del desierto lo tendrá que hacer por el bien del país al que dice que ama tanto. Necesitamos un partido más democrático y en el que la militancia pueda elegir a los líderes que necesitará, sin duda, para lo que se le avecina.

Por su parte, el PSOE debe hacer casi lo mismo, limpiando las viejas estructuras del aparato que se han convertido en una rémora  y cambiar el proyecto gris y plano actual, por un modelo más ilusionante y que de paso a nuevas caras que consigan mover al electorado.

Ambos partidos tienen que propiciar un cambio en la Ley Electoral que proporcione garantías de limpieza y trasparencia en el funcionamiento de los partidos, permita exigir responsabilidades en casos como el actual y que puedan crearse verdaderos instrumentos independientes de control.  Las listas abiertas y el cambio de la ley de proporcionalidad  son otras de las exigencias de la sociedad. Al igual que pide que los partidos dejen de meter mano en la Justicia poniendo a jueces afines en sus diferentes estructuras.

Y en lontananza habrá que debatir el modelo de estado que deseamos ser y si queremos seguir respetando la herencia franquista de la monarquía o queremos evolucionar hacia otro sistema. Las crisis es lo que tienen, traen cambios y no sólo en Sanidad o Educación.

 

Eduardo Lizarraga

Manzanares el Real,  julio 2013

jueves, 6 de junio de 2013

Una rubia escurridiza (Relato en dos folios)


El cabreo sordo que llevaba Gálvez desde la muerte del “marchante” se traslucía en su cara y ademanes. Lo mismo daba una olímpica patada a un bote de refresco vacío, en la calle del Pez,  que gruñía los buenos días cuando entraba en la comisaría de la Luna. Y es que todo había sucedido delante de sus narices, y dos semanas después aún no tenía ningún resultado.

Más o menos tenía la certeza de que una rubia alta, de pelo largo y bien vestida, con elevados zapatos de tacón, podía ser la culpable. El cómo estaba claro, más de diez puñaladas repartidas, de manera desordenada, por el pequeño e informe cuerpo del “marchante”; aunque el cuchillo, puñal o navaja trapera que fuera, seguía sin aparecer. El cuándo estaba claro, porque eran dos de sus hombres los que vigilando la casa desde un bar frente al portal, habían visto entrar a la rubia pero no salir.  El por qué se lo barruntaba, aunque tampoco estaba seguro. La vida del “marchante” era asaz complicada, tenía muchos enemigos y cualquiera de su sucios negocios  podía haberle llevado a desangrarse sobre la tupida alfombra de su dormitorio, como un cochino en San Martín.

-¿Qué pasa Gálvez, buscando a la rubia todavía? – Era el imbécil de Marchena, que pegado a la pared de la comisaría, se protegía como podía de la lluvia que seguía cayendo. Echaba humo maloliente de una farias con camiseta y en su cara se dibujaba media sonrisa burlona.

-¡Mejor andar buscando rubias que encontrando mierdas en los Pitufos!- Le contestó en tono desabrido Gálvez.- ¡Que cualquier día te pillas un SIDA de campeón! Y es que Marchena andaba en Salud Pública; de la Cañada Real a los Pitufos y de allí a las Tingladillas. Todo el día con los calorros, la droga y las chutas. Aunque ahora también había búlgaros y rumanos en el negocio,  y estos eran más peligrosos.

El guardia que estaba de plantón en la puerta le saludó de forma impersonal. Debía ser nuevo y aún no le conocía.

Cuando se lo cargaron, hacía ya diez días que vigilaban al “marchante”. Un individuo sesentón, bajito, regordete, viejo conocido de la policía por sus múltiples andanzas y que ahora se decía periodista. Su vida transcurría en esa complicada frontera entre lo peligroso, el delito y los negocietes oscuros con pasta fácil.  El “marchante” no tenía nada que ver con el mundillo del arte, aunque en su tarjeta de visita lo ponía, para darse pisto. Hacía años era habitual de determinados salones de juegos, a dónde iba a ver “posturas” en las mesas de billar. Estaba bien relacionado entre actores y actrices de medio pelo y buscavidas diversos,  y vendía exclusivas a algunas revistas del corazón e infames programas  de televisión. Aunque también hacía otras cosas bastante más lucrativas y que tenían que ver, sin duda alguna, con su desgraciada despedida.

Y era una de estas facetas del “marchante” la que había conseguido llamar la atención de Gálvez y su equipo. Bueno, en realidad el encargo venía de arriba. De muy arriba por lo visto.

-          A ver Gálvez, ante todo discreción. Sé que usted es cuidadoso y por eso le he recomendado para la tarea. No me deje mal -era su jefe directo el que le estaba encargando el trabajo-  aunque por lo que pudo entender el encargo llegaba desde más allá de la DGP, desde el propio Ministerio del Interior.

-          No se preocupe jefe, que él prenda éste no va a poder dar un paso sin que sepamos dónde va y lo que  lleva.

-          Eso está bien, pero además sabe –añadió el jefe con algo de preocupación y es que le gustaban las cosas legales- que hay que sacarle de casa y mantenerle fuera unas horas. Un equipo, no puedo decirle de dónde, van a ir a registrar su vivienda. Tienen que encontrar unas fotos. ¡Hala, al tajo y con cuidado que pintan bastos! –me recomendó al despedirme- cuanto menos sepa usted de todo esto, mejor.

Dos horas me había tenido en su despacho, a puerta cerrada, explicándome el trabajo con minuciosidad.  Uno de los sustentos económicos del “marchante” era el chantaje; que mezclaba con sus trabajos de proxeneta para uno y otro sexo.  Se movía por la noche madrileña, se enteraba de cosas, buscaba fotos o las hacía, grababa encuentros… Y  luego decidía si vendía la “exclusiva” o si la negociaba con los interesados  por lo directo. Y había encontrado algo grande. Unas fotografías tomadas un par de años atrás,  de un conocido político conservador, casado y con una modélica y ordenada vida. El “marchante” había decidido hacer caja y se había dirigido al partido del político conservador diciéndoles, con sorna, que quería retirarse.

Y aquí entraba yo. Teníamos que controlar su casa, saber quién iba y venía y sacarle para que otro equipo, más especializado, la registrara, encontrara las fotos y así se acabara el problema, porque de gestionarse mal, aquella situación podía terminar con una elecciones generales anticipadas y “el país no tiene el coño para ruidos”, como había dicho el jefe.

Diez días llevábamos detrás de él como perros de presa. Y se notaba que lo sabía. Pero seguía haciendo una vida normal, entraba, salía, iba a fiestas nocturnas, alternaba aquí y allí… como si no estuviera trajinando el negocio de su vida. El equipo “especializado” registró su casa varias veces. Y no encontró nada. Pensábamos comenzar a buscar entre su entorno cuando le asesinaron.

Fue una mañana que llovía a cubos; lo cierto es que está siendo una de las primaveras más lluviosas que conozco. Estaban Luján y Jimeno de vigilancia. El “marchante” había salido la noche anterior a hacer un recorrido por sus garitos habituales. Había vuelto tarde y cargado, y  sabíamos que hasta mediodía del domingo no se levantaría. No es una vivienda con muchos vecinos ya que hay varias oficinas y salvo una rubia alta que entró en el portal, pasadas las diez de la mañana,  todos los que entraron o salieron eran personas habituales del inmueble.

Pasadas las doce llegó un coche de la policía nacional con las luces encendidas. Una vecina había llamado diciendo que había oído una pelea y gritos en casa del marchante, luego nada más. Tuvimos que echar la puerta abajo pues nadie nos abría. Por supuesto que estaba muerto y habían hecho una verdadera sarracina con él. La vecina, que desde que escuchó los primeros ruidos no se había despegado de la mirilla, nos aseguró que la mujer rubia y alta, con abrigo de piel largo, zapatos  oscuros de tacón y buena pinta ¡lo que da de sí una mirilla bien aprovechada!  había salido poco después de las once. Pero por el portal no había salido, y podía fiarme de Luján, que para esto de las vigilancias es muy concienzudo.

Revisamos la casa con minuciosidad, interrogamos a los vecinos, comprobamos su teléfono, controlamos a amigos y faranduleros…no encontramos nada que nos pudiera servir. Ni rastro de las fotos ni de la rubia. Y así hasta hoy.

Me llamó Peñalba, un amigo que tengo en Servicios Generales, una especie de cajón de sastre que se ocupan un poco de todo y coordinan con otros cuerpos, Guardia Civil, Bomberos, Policía Local, Ambulancias… Aquella mañana habían llamado a los bomberos desde el  inmueble donde había muerto el “marchante”; tenían casi 30 cms de agua en el garaje de la casa. Una maleta de esas medianas,  algo mayor que las que llaman de fin de semana, había atascado la alcantarilla principal. En su interior había un abrigo de pieles barato, de esos de los chinos, unos zapatos negros de tacón, una peluca de melena rubia y una navaja albaceteña de siete muelles al menos. ¡Acababa de aparecer la rubia! Y un sobre, con unas fotografías, mojadas pero visibles. Y a pesar de lo que me había comentado mi jefe, y de mi  conocida discreción lo abrí y las contemplé con detenimiento.

No me extrañó que el partido conservador estuviera preocupado. Se veía muy bien a su líder, al que se reconocía en varios primeros planos, aunque no llevaba ni traje ni corbata, ni tampoco alguna otra ropa encima. Lo mismo que el maromo que le acompañaba; ambos en unas posturas más que cariñosas, que no daban lugar a ninguna duda del rol al que jugaba cada uno.

 

Eduardo Lizarraga

Hondarribia, junio de 2013.

viernes, 10 de mayo de 2013

La luna se alza sobre Constantinopla (Relato en algo más de dos folios)


El sol comenzaba a asomarse por detrás de la torre  Gálata, iluminando los tejados del barrio de Pera. Podía ser una mañana más,  como la de ayer o la del día anterior, pero Arnau tenía  el convencimiento de que podía ser  la última. Era el 28 de mayo de 1453 y parecía increíble que pudieran llevar resistiendo ya casi dos meses. En concreto desde el día 7 de abril, cuando los turcos, tras distribuir a sus tropas frente a las murallas del este, comenzaron a disparar su artillería en dirección a la ciudad.

Desde el bastión, semiderruido por los impactos de los cañones pedreros, contemplaba la torre e imaginaba, sin verla, la pequeña casa de muros azules y blancos, situada muy cercana a su barbacana principal, en la que vivía Cósima. No la veía desde que el sitio se estrechara,  y si sabía que estaba bien era por la sábana blanca, con un círculo azul, que ondeaba todos los días en el tercer piso de la torre.

Por eso había pedido a su capitán, el aragonés Pere Juliá, que le destinara a la Kerkoporta, cercana al palacio imperial de  Blanquernas.  Desde allí podía contemplar  la torre y soñar, aunque su paso de ronda era una  de los lugares más peligrosos desde que los turcos pasaron sus barcos, desde el Bósforo al Cuerno de Oro, por un camino que construyeron por detrás del barrio de Pera.  Con gigantescos rodillos y la fuerza de cientos de bueyes y miles de hombres, las galeras rodaron por el camino e invalidaron la gran cadena que, desde más de cien años antes, en la época del ataque de Bayazid, cerraba la entrada. Desde aquel la mañana, en que los bizantinos contemplaron con sorpresa y fatalidad, las galeras enemigas flotando en el agua frente a las murallas, la ciudad fue asediada por dos lugares distintos y su destino se oscureció aún más.

¡Cósima, Cósima! Su nombre era pronunciado una y otra vez por una boca reseca de sed, polvo y miedo.

La conoció el verano anterior,  cuando acompañaba a su padre en un viaje comercial por el Mar Negro. No había estado nunca en  Constantinopla y por eso su padre prefirió parar allí para carenar y poder enseñársela.

-          Desde aquí hasta nuestra casa en Barcelona hay más de 1000 leguas, le dijo. Estamos en el otro confín del Mediterráneo.  Nuestros antepasados, los almogávares de Roger de Flor, la conquistaron escalando sus murallas a cuchillo hace cien años. Pero ahora ya no es lo que fue, añadió.

Vagabundeó Arnau por el pequeño puerto comercial de los occidentales, al otro lado del  Cuerno de Oro, viendo  salir o llegar barcos, con sus mercancías que viajaban de Oriente a Occidente o a la inversa;  y al pie de la torre Gálata, construida por los genoveses el siglo anterior, encontró a Cósima. Fue algo casual, como todo lo que es importante en la vida. Su cabello rubio y sus ojos verdes le llamaron enseguida la atención. No es lo habitual en Constantinopla.

Tenía apenas diecisiete años;  era hija de genovés y veneciana –por eso el cabello rubio- y vivía desde hacía unos años con su padre, viudo, en una casa de dos plantas, apoyada en los muros de la torre.  Fabrizzio, el padre, se encargaba de facilitar fletes y librar letras de cambio a los barcos genoveses y amalfitanos que atravesaban los estrechos.

Durante las tres semanas que estuvieron abasteciendo y reparando el barco, para la travesía hasta España, Cósima le guió por los recovecos de la vieja ciudad. Le impresionó Hagia Sofía y la valoró aún más cuando Cósima le explicó como habían podido construir la cúpula, para que no se hundiera y que pareciera suspendida del aire. Lo hizo un antiguo arquitecto lidio, Isidoro de Mileto.

Se perdieron entre los puestos del Gran Mercado y se besaron con inocencia y pasión entre los sacos de especias. Viejas columnas de mármol blanco y palacios arruinados fueron mudos testigos de sus paseos. Pero el tiempo corría inexorable.

La última noche antes de partir recorrieron el Cuerno de Oro y, desde su bocana,  vieron el sol hundirse en el mar de Mármara, impregnando el Bósforo de reflejos dorados. Un sol que los días siguientes Arnau seguiría en su recorrido marino, hasta verle esconderse en tierra, en la lejana España.

Aún recordaba la suavidad de los rizos de oro de Cósima entre sus dedos, el delicado perfume que brotaba de su cuerpo y lo impregnaba todo y las lágrimas verdes de sus ojos profundos.  Todo ello le acompañó en la larga travesía y aún mucho más.

-          Volveré a buscarte, le dijo. Y no habrá nada que me lo pueda impedir.

-          Te esperaré hasta que vuelvas, le contestó ella.

 Y así, sin nada más, se despidieron. Era suficiente.

Al poco tiempo de arribar Arnau a Barcelona y preparando ya el viaje de vuelta a Constantinopla, llegaron  noticias de la nueva embestida de los turcos a lo que quedaba del  Imperio.  El emperador había valorado mal al poderoso vecino y el sultán había dicho basta a las impertinencias bizantinas. Los mares se hicieron inseguros, las rutas comerciales se interrumpieron y cualquier viaje por el Mediterráneo oriental, controlado por las rápidas galeras turcas del bajá, era desaconsejable. Sin querer arriesgar el barco de su padre y las vidas de sus marineros, Arnau, se vio obligado a buscar otra forma de transporte.  Hasta Sicilia todo fue bien, no en vano se decía que hasta los peces de ese mar llevaban las barras de Aragón en el lomo. Pero a partir de allí la situación cambiaba.

Saltando de isla en isla, y arriesgando la vida varias veces,  consiguió llegar a Creta, pero ninguna nave surcaba los mares más allá. La vida y la libertad eran demasiado preciosas, incluso para los arriesgados mercaderes venecianos, para jugárselas contra el turco. Se decía que varias escuadras de turcas, de galeras y bajeles,  guardaban la entrada al mar de Mármara con objeto de impedir cualquier socorro a la ciudad.

Así las cosas, y desesperado por ver pasar las semanas y no poder salir de la isla, Arnau  comenzó a planear hacerse con una pequeña embarcación de pescador y navegar por su cuenta y mucho riesgo el peligroso camino que quedaba hasta Constantinopla.  Pero su suerte cambió, y poco antes de hacerse a la mar arribó al puerto una pequeña escuadra de galeras genovesas y papales. Traían un  contingente de soldados aragoneses y dálmatas,  como respuesta a las peticiones de socorro de Constantinopla y a sus promesas de volver a la fe verdadera.   Sin pensárselo mucho,  Arnau puso su destreza y fortaleza al servicio del capitán aragonés, que lo enroló gustoso de reforzar sus efectivos.

Todos sabían que el emperador Constantino  Paleólogo, temeroso de que los ejércitos otomanos consiguieran esta vez su objetivo, estaba hablando con el Papa para acabar con el cisma que separaba a las iglesias de Oriente y Occidente, y volver a los bizantinos a la obediencia  de Roma. Lo que fuera, con tal de conseguir los apoyos para salvar la ciudad. Pero su opinión no era la de los nobles bizantinos, que preferían arriesgarse a poner a prueba una vez más sus murallas frente a la fuerza de los turcos, antes que inclinarse ante el sucesor de Pedro. 

En todo caso las gestiones políticas de Constantino tuvieron un cierto éxito y desde las naciones occidentales comenzaron a afluir algunos refuerzos. Arqueros napolitanos, algunas naves venecianas y genovesas, infantería catalano-aragonesa, de terrible recuerdo en la región…no era mucho, pero hubiera sido suficiente de no ser por la firma intención del sultán  Mehmed de conquistar la ciudad. Del sultán, y de los servicios de un  ingeniero de artillería húngaro llamado Orbón, al que el sultán hizo responsable de la fabricación de una inmensa bombarda de nueve metros de longitud.

El sitio comenzó oficialmente el  7 de abril de 1453, cuando el gran cañón disparó el primer tiro en dirección al valle del Río Lico, junto a la puerta de San Romano.

Los refuerzos dálmatas y catalanes consiguieron entrar en la ciudad unas semanas antes de que el cerco se estrechara. Arnau pudo reunirse con Cósima el día siguiente. A pesar de sus ruegos, el muchacho no pudo conseguir que el viejo banquero Fabrizzio  y su hija abandonaran  Pera y se instalaran tras los muros de la ciudad.

-          El sultán ha prometido que no hará nada contra los que no empuñen las armas y todo Gálata ha decidido ser neutral –le contestó a sus requerimientos. Además, añadió, seguro que los otomanos se retiran como sucedió en las anteriores ocasiones.

La insistencia de Arnau no logró más que un empecinamiento del anciano en su posición y sólo pudo obtener de Cósima la señal de la sábana todos los días.

-          No te preocupes por nosotros –le intentó tranquilizar ella- estaremos bien. Nunca ha pasado nada con los genoveses y el sultán ha prometido que sus tropas no traspasarán los muros del barrio. No somos nada más que comerciantes y siempre hemos mantenido unas buenas relaciones con los turcos.

Sólo pudieron verse unas pocos días más,  la estrategia del sultán de pasar sus barcos por tierra, aisló Pera de Constantinopla y dejó a los dos enamorados separados por el Cuerno de Oro. La sábana blanca, la imaginación y los recuerdos fueron desde aquel momento su único nexo de unión.

Se estaba preparando el asalto final, podía percibirse en el ambiente. Los otomanos no realizaron ninguna acción durante todo el día, ni tan siquiera batieron los muros con su artillería y sólo hicieron redoblar miles de tambores desde su campamento. Para dar confianza a sus hombres y acallar en lo posible el estruendo, que conmovía el alma de los soldados, Constantino ordenó que durante todo el día resonaran las campanas de las iglesias de la ciudad. Era un duelo sonoro que presagiaba lo peor.

Poco antes del amanecer, con Arnau y sus compañeros en la puerta de San Romano, los tambores callaron y fueron reemplazados por el sordo ronquido continuo de la artillería otomana, que multiplicaba sus esfuerzos sobre las ya maltrechas murallas del este.

Se abrió una brecha, luego otra, y otra más. Los genízaros, rellenando los fosos de muertos y escombros, se lanzaron al ataque por la Kerkoporta, seguidos por el resto del ejército turco. Casi 80.000 hombres motivados por las promesa del sultán de tres días de saco y pillaje.

Arnau contempló como el mismo emperador, despojado de las insignias imperiales y reconocible sólo por sus botas rojas y lo que quedaba de su guardia personal que le seguía, se aprestaban a la defensa de aquella zona. Los genízaros, después de franquear lo que quedaba de los fosos repletos de cascotes,  entraban en tromba y se apresuraron a intentar detenerlos.

Lo último que vio allá a lo lejos, al alzar la vista, fue una sábana blanca en la que se adivinaba un círculo azul. Luego unos rizos rubios y unos ojos verdes que le miraban, luego ya nada.

Eduardo Lizarraga

Madrid, Mayo de 2013

Nota del autor:

La caída de Constantinopla, abandonada de forma mezquina a su suerte por las naciones occidentales, marcó el fin de la Edad Media y  supuso para Europa más de dos siglos de sangrientas guerras con los turcos, padeciendo sucesivas invasiones otomanas que consiguieron llegar dos veces a las puertas de Viena. Tampoco a los nobles bizantinos, supervivientes del sitio, les fue mejor, la mayoría fueron degollados en Santa Sofía y otras iglesias en las que se habían refugiado, durante los tres días de libre saqueo que siguieron a la entrada de los invasores. Sus mujeres, hijas e hijos fueron vendidos  como esclavos o destinados a los harenes del sultán y sus pachás. El cuerpo del emperador nunca fue encontrado.

Pero no todo fue negativo, la diáspora de los sabios griegos, y de los preciados manuscritos que se llevaron con ellos por Occidente, impulsaron de forma definitiva el Renacimiento; y el cierre del Mediterráneo Oriental, y con ello la pérdida de Ruta de la Seda y las Especias, supuso la búsqueda,  por parte de castellanos y portugueses, de otras vías alternativas ocasionando  el descubrimiento de América.

 

domingo, 21 de abril de 2013

En Lisboa, una noche cualquiera (Relato y algo más)

Dedicado a nuestro hermanos portugueses, que hace 40 años tuvieron el valor de acabar con la dictadura que les sometía. Y porque es el pueblo el que manda, por encima de los políticos, y porque estamos de nuevo, ellos y nosotros, en otra dictadura que nos somete, la de los poderes financieros. Y porque es hora de decir de nuevo que es el  pueblo el que manda. Y retomar ese poder.
¡Juntos podemos!

http://www.youtube.com/watch?v=MiIvUCkfGSU
http://www.youtube.com/watch?v=gaLWqy4e7ls



      

-          “Por favor señorita, ¿está usted segura que no queda ninguna plaza?” Volví a preguntar con un tono que comenzaba a pasar del suplicante al enfadado.


-          “Del todo caballero, no hay nada hasta el avión de mañana por la tarde”. La voz profesional de la azafata ahuyentó de mi toda esperanza.
 Con el billete para el vuelo 307 de Iberia, con destino Madrid,  en el bolsillo,  salí del aeropuerto, para volver al hotel del que había salido apenas una hora antes. Todo había salido mal en el viaje. No sólo, Eusébio da Silva Ferreira, no iba a ir al Real Madrid, sino que además la entrevista no tenía ninguna enjundia y eran todo vaguedades; que si  a Méjico o Alemania, que si el Manchester United,  tal vez Estados Unidos… Me volvía a Madrid sin nada.  Y para terminar de alegrarme el día, al no poder cambiar el billete, tendría que pasar mi cumpleaños en Lisboa.

Tras dejar mi bolsa en el hotel, donde me dieron la misma habitación que acababa de dejar, y desde la que se veía el estuario del Tajo, decidí festejar mi cumpleaños y salir a cenar por las cercanías del puerto viejo, donde había algunos restaurantes que conocía de otras ocasiones.

Después de pasear un rato, y consultar diversas  cartas expuestas a sus puertas, decidí entrar en uno de ellos. Tal vez porque su  parrilla era más grande, o más vieja que las otras que había visto, tal vez porque los carbones encendidos eran más rojos, tal vez porque la gran corvina que tenían en el escaparate me miró con sus ojos profundos y acuosos.

Dentro era como todos, una gran sala en la que se repartían una docena de mesas, casi todas ocupadas, y al fondo una barra rodeada de anaqueles llenos de botellas. Ningún lujo;  todo un poco mugroso, con la pátina grasienta que dan los años y los miles de comidas servidas, pero seguro que cenaba bien.

Siguiendo las indicaciones del camarero me senté a una mesa en uno de los extremos. Desde allí podía ver todo el local.

-          “Una tapita de bacalao para comenzar, corvina a la brasa y una botella de vinho verde –le dije- luego posiblemente tarta barcala y una copa de licor de amendoas amargas”, o dos, añadí para mis adentros.

El camarero tomó nota en una libretita bastante sucia, y tras instalarse de nuevo el lápiz tras la oreja, berreó la comanda por una puerta que debía dar a la cocina.

Me dediqué a observar a los ocupantes de las distintas mesas que llenaban el local. Había de todo, como corresponde a la zona portuaria en la que estábamos.

En una mesa, casi pegada a la puerta de salida, tres marineros, que por sus voces pude distinguir eran holandeses,  con sed de tres meses al menos,  vaciaban, con ánimo bien dispuesto, botellas de todo tipo, una tras otra. A su lado, una vendedora de tabaco, vieja, con un pañuelo de flores a la cabeza y su mercancía distribuida en una  pequeña mesa plegable, contemplaba ensimismada un vaso de vino, que los camareros le iban llenando.

-          “Ande Tía María, un traguito para matar el gusanillo”  le decían, a la vez que le escanciaban sin cicatería.

Próximos a los marineros, dos vigilantes portuarios, con tripa de 20 años de tranquilidad y gorra de tres pisos, despachaban, a cucharadas, una cazuela de arroz con zapateira, mientras miraban la pantalla de la televisión, llena de cagadas de mosca, de la que no se escuchaba nada.

A mi derecha, en una mesa grande, había dos matrimonios; cincuentones y vestidos de domingo, hablaban y comían, comían y hablaban, chupándose los dedos ellas en plan fino, sin preocuparse de nada más.

Muy cercanos a mi sitio, a la derecha, una pareja hacían juegos de manos por debajo de la mesa.  Brasileño y portuguesa;  él cuarterón,  con pendiente en la oreja,  cazadora de cuero y pantalones vaqueros anchos, de esos que dicen “pata de elefante”, calcetín blanco y zapatos marfil; ella de tiro bajo y zapatos de punta y tacón, manos finas y rizos rubensianos;  pero más lanzada que un Ferrari en Monza.

A mi otro lado, en una mesa que se les quedaba grande por momentos, una pareja, que debían ser estudiantes, por los libros y carpetas que llevaban, se comían con los ojos; más bien ella a él, y parecía bien dispuesta a pasar a mayores a la mínima posibilidad. La chica, morena, bajita y abundante, como una venus de Willendorf, no dejaba que entre los dos pasara ni una corriente de aire y le miraba con ojos extasiados, bebiendo sus palabras y sin entender nada. Estaba claro que el chico le hablaba de política.

En un rincón, pegado a la entrada de la cocina,  un negro muy negro,  inmenso en todos los sentidos, y  con gafas de sol, como debe ser un negro a estas horas, daba buena cuenta de una botella de cachaza. Tenía que separarse de la mesa para no desbordarse por encima y el pequeño vaso con el que bebía, desaparecía entre sus manos grandes y negras, muy negras, para volver a aparecer sobre la mesa, con el brillo de un diamante nocturno.

Sentados más a la derecha, y en la única mesa redonda del local, cinco buscavidas jovencitos celebraban una fiesta con un individuo alto y amanerado, oscuro y con rasgos asiáticos; el traje le quedaba grande y parecía el escaparate de una joyería por la cantidad de oro que llevaba encima.  Platos, vasos, ceniceros llenos y botellas vacías se mezclaban en la mesa sin orden ni concierto. Todos fumaban puros y una nube de humo, que parecía niebla, flotaba sobre ellos.

Un camarero, ventrudo y con una levita casposa y  llena de lamparones, trajo mi cena.  No pude evitar, ¡maldición!  fijarme en sus uñas, largas y negras.

-¡Traigo ya, traigo ya! Iba diciendo, mientras desplazaba su volumen con una cierta dificultad entre la concurrencia.

Acababa de comenzar con la tarta y el licor de almendras, cuando alguien elevó el volumen de la radio, que como una mosca cojonera,  llevaba zumbando toda la noche. Una canción, que no era un fado, llenó el local y casi de forma automática el chico joven de mi izquierda se levantó, y con el puño en alto se puso a acompañarla. La chica le bebía entre asustada y admirada. Alguien, que no pude percibir, llevaba el ritmo con los pies y otro más, un camarero patilludo, se puso a tararearla.

-          ¿Por qué  canta y se levanta con ese aire tan grave? Pregunté a “traigo ya” que estaba al lado de mi mesa, a la vez que señalaba con un gesto de la cabeza al joven cantante.
         

-          “Es Grandola Vila Morena, una canción de Zeca Afonso que está prohibida y que la cantan mucho los comunistas. No sé por qué la están retransmitiendo por la radio”- me susurró muy extrañado el camarero, - “seguro que mañana los de Rádio Renascença  tienen un lio”, añadió.

De repente el camarero patilludo enmudeció, y dejó de escucharse el runrún de la sala. Tan sólo la radio seguía desgranando las estrofas de la canción y el chico joven, de espaldas a la puerta, de pie y con el puño en alto, continuaba cantando emocionado. Todas las miradas se dirigieron a la puerta. Un camarero apagó la radio.

Tres hombres habían entrado en el local. Con gabardina y sombrero, a pesar del calor. Despedían un tufo a policía inconfundible. Con toda seguridad serían de la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado).  Con una mirada de entendidos, nos controlaron a todos en un momento y mientras uno de ellos se quedaba en la puerta, para que nadie se fuera sin decir adiós, los otros dos se dirigieron a la mesa ocupada por los jóvenes estudiantes. El chico, ya advertido de su presencia,  había dejado de cantar, pero seguía de pie, algo pálido y sin saber muy bien qué hacer. El silencio llenaba la sala y tan sólo podían escucharse las pisadas de los dos policías.

De varios bofetones le sentaron y tras examinar su documentación, sacaron a la pareja  a empellones del restaurante. Algún golpe más les cayó antes de que llegaran a la puerta. El chico intentaba ir muy digno, pero ella lloriqueaba.

En una rápida mirada pude darme cuenta que uno de los marineros, el más corpulento, hizo además de levantarse con una botella en la mano, pero sus compañeros, con la vista baja y unos cuchicheos le hicieron desistir. El resto estuvimos quietos y callados, sabiendo de qué iba aquello, pero sin atrevernos a decir nada.

                ¡Y ustedes a casa y a cerrar, que ya es hora! ¡Que no tengamos que volver a ver quién no apagó la radio! Nos gritó uno de ellos antes de salir.

La diversión se había acabado y tras pagar la cuenta y con pocas ganas de fiesta me dirigí al hotel. No encontré, como es normal en Lisboa a esas horas, ningún taxi libre, así es que tuve que volver por el mismo camino que había seguido para llegar allí: hasta la estación y luego por la avenida.  En un momento dado, pude volver a escuchar de nuevo la misma canción del restaurante, la del tal Afonso –había olvidado el nombre-  saliendo desde la ventana de alguna de las casas.

Eran algo más de las doce, cuando al pasar por la plaza del Marqués de Pombal, vi que había dos carros de combate y cuatro camiones llenos de soldados en traje de faena. El camuflaje de las tropas africanas era inconfundible. A lo lejos pude escuchar el chirriar de las orugas de otros carros y nuevos camiones de transporte de tropas, con las luces de guerra puestas, bajando despacio por la avenida.

Con calma recogí mi equipo fotográfico de la habitación, también mi credencial de periodista internacional y el carnet de Pueblo. Salí a la calle con otra perspectiva. Algo me decía que aquella no era mi última noche en Lisboa y que el 25 de abril iba a ser algo más que mi cumpleaños.

Volví despacio hacia la plaza de Pombal. Aunque eran ya las tres de la madrugada y eso para los portugueses es muy de noche, la calma no era completa. A lo lejos, pude escuchar de nuevo el siniestro chirriar de las orugas de acero sobre el asfalto, y en la plaza seguían estacionados los vehículos de combate con sus soldados. Ni me miraron, muy serios y con sus fusiles ametralladores terciados, parecían muy atentos a la radio de uno de los vehículos, que tan sólo emitía zumbidos. Zumbidos que llenaban la noche de estremecimientos.

Continué mi camino bajando hacia la Lisboa de siempre, la de las calles antiguas y las plazas tranquilas. Algo estaba creciendo entre las viejas casas; luces que se encendían, radios que se conectaban y la canción, otra vez la canción, como una música de fondo, como la obertura solemne de una ópera que estaba comenzando. "Grandola vila morena” decía al empezar.

La noche llena de rumores deja paso a un amanecer popular; las calles se llenan de gentes que salen de sus casas con el sentimiento de no saber cuándo volverán. No han atendido a los requerimientos de los líderes de la revuelta, que desde las tres de la mañana, están pidiendo a los portugueses que permanezcan en sus casas. Quieren  ser partícipes de lo que suceda.

Me da miedo quedarme sin carretes y seguro que no encontraré ninguna tienda abierta para comprarlos. ¡Pero hay tanto qué enseñar,  tantas caras emocionadas, tanta alegría! ¡Tan poco miedo!

Una florista del paseo da claveles a los soldados y éstos los colocan en los cañones de sus fusiles; no quieren hacer daño al pueblo, no van a disparar sus armas, y quieren  decirlo. Los hombres y las mujeres les imitan. Es la flor de la temporada y los puestos callejeros están llenos de ellas.

Todo son rumores y alegría. Parece que la oscura dictadura salazarista que comenzara en 1925, la más vieja de Europa, está a punto de acabar. Lo que no pudo la muerte del dictador Antonio Oliveira de Salazar en 1970, puede estar a punto de suceder con su sucesor, Marcelo Caetano. Y tras la dictadura salazarista portuguesa…

-          ¡Los soldados han tomado  Radio Nacional! - gritan desde diversos sitios,

-          ¡La revolución –la mención a la palabra me hace estremecer- triunfa  en muchas ciudades!- dicen  otros

-          ¡A la cárcel, a la cárcel! se escucha desde todas las bocas. Es un clamor popular

Se refieren a la cárcel de Caxias, en la que desde siempre,  se interna a los presos y detenidos políticos. Me dejo llevar, es difícil resistirse a estas situaciones, en las que comprendes que tienes que ser algo más que el espectador de un día, y que todo lo que hagas lo recordarás para siempre. Que es un deber el transmitir verazmente lo que está sucediendo. Y por un momento me sacude un ramalazo de admiración al que sigue un tenue sentimiento de envidia.

Casi sin darme cuenta estoy entre  la multitud que asedia  la cárcel, algunos de ellos ya llevan pancartas en las que puede leerse ¡Libertad! Y en un momento dado, a mi lado, encuentro una cara conocida. Es la chica del restaurante, la que sacaron a golpes junto a su novio durante la pasada noche. ¡Qué lejos parecía todo!

Se llama Gracia y no me recordaba del restaurante, pero daba igual. Les habían sacado a la calle y allí después de darles algún puñetazo más –tenía la cara marcada y una profundas ojeras- les llevaron en el coche policial hasta las puertas de la cárcel, pero a ella la dejaron allí y sólo se llevaron adentro a Antonio, así se llama su novio.

-          Vamos a sacarle –me dice Gracia muy segura- a él y a todos los demás. Y grita y vuelve a gritar ¡Viva la revolución! Y junto a ella, como en el coro de esa ópera solemne, todos repiten y gritan ¡Viva la revolución!

Algunos policías se asoman a las ventanas del edificio. Se ve bien a las claras que no saben qué hacer, la situación les desborda. Uno de ellos dispara dos veces,  al aire, o contra la multitud, no lo sé. Le fotografío con la pistola en la mano, su cara de odio hace daño en la distancia. Como respuesta la multitud ruge enfurecida y si no fuera por los soldados que la contienen se hubiera lanzado contra la entrada tras los disparos. Un oficial, creo que es un teniente, y algunos soldados, con una bandera blanca, se acercan a las puertas, se las abren.

Ya no se oyen más disparos. Pasan los minutos y cuando parece que ya no se puede  contener más a todas estas personas enfurecidas, se vuelven a abrir las puertas. Y salen. Salen los detenidos, los presos, todos los que de una manera u otra han caído en las manos de éste régimen dictatorial y corrupto. También sale Antonio, bastante maltrecho pero con cara de felicidad, y se funde en un abrazo con Gracia. Les dejo con ellos mismos y sigo contemplando todo lo que sucede.

Tras los presos, y protegidos por los militares, salen los policías que vigilaban la prisión. Los uniformados tienen que hacer grandes esfuerzos para que no les apaleen, que les hagan lo mismo que han hecho ellos durante tantos años. En sus caras ya no hay odio ni rabia por lo que les está pasando, sólo miedo, un miedo atroz.

Con la cabeza baja y llenos de escupitajos e insultos –y que den gracias porque podían no haber tenido tanta suerte- suben a los camiones militares y los retiran de la zona. La gente entra en tromba en la cárcel ahora vacía.

Necesito volver al hotel. Para llamar al periódico, para anular el billete y para dar una alegría a Florentino, el subdirector, y decirle que no me pude ir ayer a Madrid y que sigo en Lisboa. Y ver si tengo más carretes o disponen de ellos en la recepción. Y que venga alguien más porque aquí se está escribiendo la historia.

Apenas doy unos pasos cuando me entero que el profesor Marcelo Caetano se ha refugiado con sus ministros en el cuartel del barrio del Carmen, en Lisboa. Y que han sido cercados por las tropas golpistas y por miles de manifestantes que los mantienen allí dentro desde las 8 de la mañana. Negocian su rendición. Para allá voy.

 

Eduardo Lizarraga / Madrid, abril de 2013