martes, 6 de marzo de 2012

Europa limita al sur con China


Dijo el presidente del Gobierno, durante el Congreso que el Partido Popular llevó a Sevilla para apoyar a Arenas, que la reforma laboral es justa, buena y necesaria para el país. Y lo ha dicho después de “sorprendernos” la semana anterior, en el Congreso de los Diputados,  diciendo que el paro va a empeorar durante este año; lo que quiere decir que en el 2012 nos podremos acercar a los seis millones de parados. ¿Hay que contar, o no,  en esos datos, a los que se están marchando?

Esta reforma laboral, y ya he perdido la cuenta de las que se han realizado en España desde que entró en vigor el Estatuto de los Trabajadores en 1980, no aporta novedades en su fondo; todo es incrementar la precariedad de los contratos, abaratar el despido, eliminar las “rigideces” del mercado de trabajo y conceder el máximo poder a los empresarios, para que manejen el contrato de trabajo a su antojo.  Al final, lo que se perfila con claridad, es que avanzamos hacia una bajada generalizada en las retribuciones de todos los trabajadores del país; ya sean empleados en la empresa privada, funcionarios públicos, pensionistas o parados con subsidio. ¿Y se puede hacer esto,  pisoteando los derechos adquiridos por todos los trabajadores desde el comienzo de la democracia? Pues a lo que parece el PP lo va a lograr, o al menos lo intenta.

El problema que esgrimen los empresarios, que son los que han forzado al PP a llevar adelante esta reforma laboral, es que no somos competitivos en lo que producimos frente a otros países; ¡como si en la competitividad de nuestros productos no entraran en juego otros factores! En el precio final de un producto intervienen toda una serie de componentes; algunos comunes a todos los países desarrollados, como es el coste de las materias primas y otros muchos en los que puede haber diferencias. A saber: costes energéticos, costes financieros, costes tecnológicos, costes operativos, costes de instalación, costes fiscales, logísticos, empresariales, equipo directivo… y, por supuesto, también los costes de la mano de obra.

Y a lo que parece,  sobre los únicos costes que se va a actuar, si descontamos algunas ventajas fiscales que también han pedido y obtenido los empresarios, va a ser sobre los costes de la mano de obra. Porque con los bancos no se ha negociado para que bajen sus costes financieros y haya más financiación en la calle, todo lo contrario, siguen subiéndolos y aplicándonos nuevos gastos de gestión. Tampoco se ha presionado a las eléctricas para bajar los costes de la energía a las empresas; de hecho creo que en breve subirán las tarifas.  Para qué hablar de las tarifas telefónicas y de conexión a internet, que están entre las más caras de Europa. Lo mismo en autopistas, aparcamientos, tasas e impuestos municipales…que encarecen la vida en ciudades, como Madrid o Barcelona, hasta niveles europeos.

Para mí resulta inexplicable que pueda actuarse impunemente sobre los sueldos de millones de trabajadores, y que los intereses de los bancos, las eléctricas, las constructoras y otros grandes grupos monopolísticos, sean intocables.  Y que puedan continuar exprimiendo a un país en quiebra sin que, esgrimiendo las leyes del mercado, se les pueda contener un poco.

La reforma laboral de Rajoy va a conseguir, como ya decíamos, una rebaja general de los sueldos que cobran los trabajadores españoles. Con una cuestión a tener en cuenta, puede darse el caso de que se despida a padres con veinte años de antigüedad y sueldos altos, y se contrate a sus hijos -que vivían con sus padres-, con la cuarta parte de sueldo y en precario. Y esta situación, junto con la imposibilidad de créditos al consumo,  no va a conseguir nada más que reducir el dinero circulante, y por lo tanto el consumo interno. De esta forma la economía, que se está pretendiendo impulsar, va a pararse aún más, y  va a seguir destruyendo empleo en un círculo vicioso de consecuencias inimaginables.  

El decreto de reforma laboral incluye, por primera vez en nuestra historia democrática, la cuantía salarial entre las condiciones de trabajo que las empresas pueden  modificar por diversas razones relacionadas con la competitividad, la productividad y la organización técnica o del trabajo en la empresa. Y lo van a hacer, no tengamos la menor duda.

Pero no es  la reducción de salarios el aspecto más preocupante y discutible de la reforma laboral; el recorte de los derechos de los trabajadores, desequilibra la relación entre trabajador y empresario, hasta llevarla a situaciones nunca vistas antes en España. Y el trabajador deberá aceptar la rebaja salarial y la reducción de sus condiciones laborales, o perder el empleo con una indemnización de 20 días por año de trabajo, con un máximo de nueve mensualidades. ¿Cuánto vamos a retroceder como país en el tiempo?

Con éste panorama en ciernes no tengo más remedio que creerme las palabras de Rajoy –las únicas que me he creído hasta ahora- cuando dice que la destrucción de empleo seguirá durante todo el año 2012.

Hace falta imaginarse el marco general de éste país cuando Europa comience a dejar atrás la crisis –aún falta un tiempo- y en países como España se comience a generar empleo. Un empleo más precario y más barato que en los países desarrollados de Europa.

Antes  que eso suceda, habremos perdido, a muchos para siempre, a la mejor y más preparada generación de jóvenes que hemos tenido jamás. Nuestros jóvenes, sobre todo aquellos que buscan empleo por primera vez, se están marchando. La reforma laboral no va a crear empleo para ellos, al menos para los jóvenes  más preparados y que no estén cobrando el subsidio de desempleo, es decir, que no hayan trabajado antes; estos parados de menos de 30 años supondrán la opción más atractiva para el empresario.

Y se seguirán marchando en los próximos meses y años. Ya no será el “Vente a Alemania, Pepe”, que recordamos los que tenemos más de 50 años; no exportaremos mano de obra de baja calificación y barata. Son los más preparados lo que están emigrando a otros países, y lo seguirán haciendo.  ¿Alguien podría evaluar el coste que va a tener para España esta sangría? Se han obtenido grandes beneficios vendiendo suelo y edificaciones, en lugar de invertir en industria e investigación; creamos puestos de trabajo coyunturales, que se han venido abajo al primer envite serio, en lugar de construir un futuro más sólido para el país. Hemos vivido una década prodigiosa gracias al ladrillo. Y ahora toca pagar el dislate.

El resto se quedará aquí, configurando una mano de obra con cierta cualificación, a bajo precio y con escasos derechos laborales, localizada y a la espera de que empresarios españoles o foráneos vean la salida de la crisis y monten empresas aquí, para vender barato a Europa. Al fin y al cabo estamos más cerca que China.

Para Francia, Alemania y el resto de países desarrollados de nuestro entorno, todo son ventajas en la situación de España. Van a apropiarse de una mano de obra muy cualificada y en cuya preparación no han invertido nada; van a poder montar proyectos industriales en un país cercano y aprovecharse de unos salarios y derechos laborales muy favorables; y además, van a poder  exportarnos otra vez a sus jubilados, cuyas pensiones volverán a tener un buen diferencial en España; y a sus obreros, que de nuevo dispondrán de un lugar barato para pasar sus quince días de vacaciones. Por supuesto, y como nuestra vivienda y suelo –gracias a la extraordinaria visión de unos cuantos- va a colocarse a precios africanos, volverán a comprar lo mejor de nuestra cartera inmobiliaria –que para eso van a cambiar la Ley de Costas.

Tan sólo un inconveniente- y es que algo negativo tenía que haber en ésta jugada maestra- no van a poder vendernos ya casi nada. Porque claro está, sus productos se venderán a unos precios muy poco asequibles para nuestra economía. Pero eso ya pasaba en la década de los 70, y en lugar de BMW o Mercedes comprábamos SEAT, y Fagor competía con Miele o AEG. ¡Lástima de patanegras y grandes reservas, que se nos irán todos rumbo al norte!

Lo dicho, Europa ya no limita al sur con los Pirineos, sino con China.



Eduardo Lizarraga

Marzo 2012




miércoles, 29 de febrero de 2012

La sonrisa de Arlequín (Relato en dos folios)




La pequeña daga florentina, fina como un estilete, brillaba en su estuche de madera. Nunca se imaginó que llegaría un día en que fuera a utilizarla. La habían comprado en un pequeño brocante, en Lyon, en un viaje que el matrimonio realizó, cuando aún estaban enamorados.

-Es un arma de mujer del siglo XVI– dijo el marchante- y es antigua de verdad, añadió.

-Espero que no la utilices conmigo si me porto mal. –bromeó Alberto.

 Arma femenina por excelencia; las mujeres de la época la solían llevar como adorno en el pelo o escondida entre las ropas. La mano de Elena no temblaba cuando empuñó la daga; había tomado una decisión y nada le impediría llevarla a cabo.

-¿Por qué se había interpuesto aquella mujer en su vida?, se decía Elena. ¿Es que era obligado que los hombres maduros se enamoraran de mujeres jóvenes?

 ¡Nunca lo hubiera pensado de Alberto! Y además, ¡qué vulgaridad!,  enamorarse de su secretaria. Por supuesto que habían sucedido otras infidelidades anteriores, algunas de ellas meros devaneos, que no duraron ni un mes. Pero en ésta ocasión todo era diferente, los viajes, los regalos, los mensajes, los planes…Pensaban humillarla en público, con un divorcio, que sería sonado,  y una gran boda posterior.

¡Por supuesto que sabía todo lo que hacía su marido!

Cuando al poco tiempo de casarse, hacía ya casi treinta años, habían puesto  aquella pequeña empresa, poco más que una idea personal de Elena, ella había ocupado la dirección logística. Al principio como su secretaria, más tarde dirigiendo el departamento de ventas.  No podía ser de otra manera. En aquel mundo de hombres era imposible que tomaran en serio a una directora general. Desde su puesto, con poca visibilidad, impulsó a la empresa a lo que era ahora, una corporación instalada en una docena de países, con más de mil empleados y unas ventas que superaban los  1000 millones de euros.

Y Alberto había subido como la empresa. Su simpatía, buena presencia y encanto personal,  le habían abierto muchas puertas, que luego Elena se encargaba de aprovechar. Siempre desde atrás, en la sombra, protegiendo a su marido más que a sus propios intereses.

Y ahora veía que todo su afán, Alberto, le había traicionado en los únicos sentimientos que valoraba, en su amor y en su lealtad.

Lo sabía todo. ¡Qué tontos son los hombres cuando piensan que pueden engañar a la mujer que les quiere!  Ella controlaba la empresa y sus entresijos, desde los balances y cuentas de resultados, al correo electrónico de su marido y del resto de los empleados cercanos; sobre todo las empleadas que le rodeaban. Era su forma de ser, como la araña que teje su tela y que no tolera que nada cambie el entramado, ni penetre en su territorio.

Así había sabido de sus anteriores flirteos y aventuras; así se había enterado de los planes de la pareja, y de la decisión que había tomado Alberto para acabar con su matrimonio. Dejándola a ella, por supuesto, al margen de todo lo que habían vivido y creado.

Y había decidido tomar medidas.

Aquella noche se celebraba el sábado de Carnaval y Alberto y su nueva amor, Luz se llamaba, habían decidido asistir a la cena y  baile que daba el Hotel Ritz en Madrid, el mejor de la ciudad. Para ello Alberto adelantaría su vuelta del viaje que estaba realizando en Estados Unidos, prevista, en principio, para el domingo. Para disfrazarse habían elegido dos personajes de la Comedia del Arte italiana, Colombina y Arlequín.  Los habían alquilado en unos de las mejores guardarropías de cine de Madrid, en la calle San Bernardo. Una cena de gala, ya disfrazados, el baile en el salón de los espejos y una habitación reservada a nombre de Luz, era lo que ambos habían preparado para la velada.

Todo lo habían previsto y planeado  a través de correos electrónicos, a los que Elena sabía como acceder. No en vano había realizado unos completos cursos informáticos,  para estar al día de las nuevas tecnologías y saber lo que convenía para la empresa.

Y sin pensarlo mucho decidió adquirir otro traje de Arlequín, en el mismo lugar en que ya habían alquilado los suyos  la “feliz pareja”. Suponía, con mucha razón, que serían trajes muy similares, sino idénticos. Su figura, bastante hombruna, y su constitución fuerte, y tan similar a la de su marido, que podían intercambiar los trajes de buceo y de esquí,  le facilitaría mucho la sustitución que planeaba.

Había averiguado también la hora a la que Alberto llegaría a Madrid. Desde el aeropuerto hasta San Bernardo, para recoger y ajustarse el disfraz,  y vuelta hasta el Ritz, podían ser dos horas. Allí estaría ya la bella Colombina, esperándole en la habitación, dispuesta para la cena y el baile.

-Sí -dijo la azafata- el vuelo de Chicago acaba de tomar tierra.

En ese momento, Elena, ya disfrazada de Arlequín,  con una máscara veneciana en su cara y llevando una pequeña bolsa, con un disfraz de payaso en su interior, cogió el metro hasta el hotel. Ya era de noche; sábado de Carnaval; la ciudad bullía de alegres mascaradas. Nadie se fijó en ella, y tan sólo escuchó algunos comentarios en el metro.

-Fíjate que bien conseguido el disfraz –dijeron en la acera del hotel.

Ningún problema en la puerta, aunque se tropezó con el portero adrede. Ascensor, habitación 311, toc, toc,toc.

-Alberto ¡qué sorpresa! No imaginaba que vendrías ya disfrazado…

Cerrando la puerta tras de sí, Arlequín hundió su daga una y otra vez en el cuerpo de la pequeña  Colombina. Tras comprobar la muerte de la mujer, cambió su disfraz por el del payaso, recogió la daga y con el sanguinolento disfraz de Arlequín en la bolsa, salió sin más de la habitación, dejándo la puerta levemente entornada.

 Y tras la máscara, sonreía al ver la cara de sorpresa de Colombina, que se veía acuchillada y muerta por quien creía que era su amor.

Eduardo Lizarraga/Febrero 2012

jueves, 26 de enero de 2012

¡Ay, por Dios, que mañana es viernes!




Pues ya es otra vez jueves, y me estremezco; no sé por qué este día de la semana me produce tal desazón. Tal vez, porque es víspera de viernes, y de Consejo de Ministros. Y me entra una congoja ya conocida, porque no sé qué es lo que me recortarán mañana. Si va a ser en Sanidad –y se me agudiza una tos extraña que mantengo desde hace unos días-; o va a ser en Educación –y entonces veo todos los chicos parados, de veintitantos años, que dejaron la escuela por las promesas del ladrillo-; Gallardón, nuevo Ministro de Justicia –o lo que sea- ya me ha dicho que la Justicia sólo será para los ricos, así que no espero más sorpresas por ese lado. El alcalde de Madrid –¡huy! perdón, que ahora es alcaldesa- ya me ha anunciado que me sube el derecho a aparcar; el de Fomento, que tendré que pagar para irme a la república del Bidasoa por carretera, y en cambio Esperanza me explica que podré jugar todo lo que quiera en Las Vegas, sin necesidad de coger el avión a Nevada. Podré jugar, eso sí, pero mientras tanto me congelan el salario mínimo, con lo cual lo de jugar poco.

Con esto de los recortes, como diría Encanna, “es que se me abren las carnes”, porque puestos a recortar, a mí también me gustaría darle a la tijera; que tiene que dar siete gustos recortar el IVA – de momento se mantiene como está, pero ya veremos-, recortar el IRPF, recortar el IBI, recortar la ORA (OTA para los que estáis allí), recortarle un trajecito a Camps… pero me dicen que no, que no va a poder ser. Que precisamente en estos sitios en dónde me apetece recortar es dónde me van a poner “un poco más de esfuerzo para todos”. Porque del discurso aquel de “hay que bajar los impuestos para que disminuya el desempleo” ya sólo nos acordamos los que no votamos PP y a los que aún no nos ha atacado el alzheimer.

Pues entonces, como no me dejan recortar donde yo quiero, y algo tendré que hacer, porque también me han recortado el sueldo, pues voy a recortar en vacaciones –en lugar de los quince días de hace dos años y de la semana del año pasado, ahora me iré tres días, y a algún sitio cercano para no gastar mucho –Alpedrete o Vera de Bidasoa dependiendo de dónde esté-, y con las latas de Litoral para ahorrar en restaurantes, y con un botijo, “high capacity” para prescindir, muy a mi pesar del vino “viene la vida”. De ropitas y zapatitos ¡para qué hablar! cambiaré el fondo del armario a la zona delantera y en unos meses invertiré la posición para volver a empezar después. Y por supuesto me convertiré en adorador fiel de la nueva religión “hágaselo todo usted mismo”, que creo que va a ser la mayoritaria en éste país en unos meses, sino lo es ya.

¿Y con todo esto qué va a pasar? Pues yo soy más de Soros que de Merkel y creo que con ésta caída del consumo, que ya se da y  que se agudizará más, vamos a profundizar en la crisis, destrozar el poco empleo que queda y  convertiremos, no sólo España, sino también Europa en un erial. ¿Y qué porque creo poco en Merkel?, porque me parece muy ortodoxa, poco imaginativa –no hay más que mirar que de su modelo de ropón sólo cambia el color- y muy dada a “Deutschland über alles”; que es lo que está pasando ahora mismo,  que Alemania está de cine gracias a que los demás pagamos unos costes financieros de aúpa. Y lo peor es que nadie le dice nada, Rajoy el primero;  como dice el refrán en euskera “Etxean otxoa eta kalean uxoa”, es decir, bramo mucho en casa, tipo “sujetarme que me la como” y cuando llego a su reverenda presencia me calló como una p…. y me pongo las rodilleras. En fin, que no, que no lo veo.

Y digo yo, -que aunque a mi me resulta obvio, tal vez otros no lo vean- que esta crisis, o lo que sea este merdé que sufrimos, lo volvemos a pagar otra vez los de siempre.

 Los ricos españoles, que acumulan un patrimonio superior a los 37.700 millones de euros, están encantados con el cambio político, porque ninguna de las medidas tomadas hasta ahora por el gobierno PP les afecta, y si el año pasado ganaron un 6% más que  el anterior, lo de este año puede ser de récord. El ministro De Guindos llegó a decir, en el colmo de la desfachatez para alguien que conoce la situación, que con  la subida del IRPF se “pedía un esfuerzo a los más pudientes de la sociedad”, jajajajajaja, que me atraganto; a lo más pudientes el IRPF se la trae al pairo, lo que verdaderamente les importunaría sería que se metiera la tijera a las SICAV.  Y por si alguno no lo sabe, estos ricos, a los que no preocupa  nada el IRPF,  pero nada, que ellos son ricos y a mucha honra, se han negado a pagar más impuestos en ésta época de crisis. Y estoy seguro que muchos diréis conmigo “Yo también me niego a pagar más impuestos”; pues se lo podemos decir al maestro armero y a San Nicolás que está en los cielos, porque no nos va a servir de nada; nosotros no somos ricos.

Lo malo de todo el discurso de los recortes y congelaciones, esos que siempre nos afectan a los mismos,  es que todavía no he oído hablar de los otros recortes. Yo quiero que se le recorte el sueldo a Rodrigo Rato, que el año pasado cobró 2,34 millones de euros, más variable.  Y también a Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, que con 13 cargos en su haber supera los 200.000 euros entre sueldos y dietas.  Y también a José Luis Olivas, expresidente del PP de Valencia –que ya se ha puesto en los mapas- y que ganó 1,6 millones  como presidente del quebrado Banco de Valencia, quebrado gracias a su gloriosa gestión. Y a Agustín González, presidente de la Diputación de Ávila, también con 13 cargos – ni su amiga Isabel Carrasco ni él deben ser supersticiosos para eso de la pasta-  , y que se llevó 224.000 euros por un “trabajito” a tiempo parcial en Bankia y Caja Ávila. Y al exministro Ángel  Acebes, que a la vez que diputado, trabaja en una filial de Bankia por 163.000 euros. Y qué decir de Cospedal, con sus múltiples empleos y un sueldo total de más de 350.000 euros. O el mismo presidente del Gobierno, que sigue manteniendo su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola, y cobrando por ello. ¡Jopé! ¿Es que no se van a tijeretear un poquito? ¿Aunque sea por  estética?

También podemos hablar, aunque ya sé que aquí los callos son muchos y de todos los colores, del insoportable gasto que la estructura autonómica y municipal supone para todos nosotros. Que sí, que sí, que la pagamos todos y se benefician unos pocos. Porque tenemos un tamaño de Estado que ya no podemos permitirnos y que, además, facilita el expolio y la corrupción. Nada menos que 17 autonomías y dos ciudades autónomas; más de 8.000 ayuntamientos, más  de 4.000 empresas públicas y un ingente número de enchufados, colocados a dedo, que quitan el trabajo a los que lo merecen. Y está claro que no van a ser los políticos, que son los beneficiarios primeros de éste estado de cosas, los que van a desmontar la estructura. Al menos los políticos que tenemos en éstos momentos.

El despilfarro es mayúsculo allá donde se mire, por poner un ejemplo, la alcaldesa de Madrid dispone de 1500 asesores elegidos a dedo y 137 vehículos oficiales, lo que se compadece poco con ser el ayuntamiento más endeudado de España.  La Comunidad Valenciana, que tiene el récord de endeudamiento/PIB, debe más de 16.000 millones, con unos ingresos de 12.000 y pretende ahorrar con subidas de impuestos¿?, reducción de gastos sanitarios y salarios, unos 1.000 millones. ¿Y los 3.000 restantes? ¿Se va a recortar el despilfarro en coches oficiales, embajadas, empresas públicas y fastuosidades varias…? Pues no.

Las distintas administraciones deben más de 70.000 millones a proveedores y han conseguido cerrar miles de pymes y aniquilado decenas de miles de autónomos. Pero ellos, los políticos, siempre se han llevado lo suyo, y a veces más.

Pudiera ser que el despilfarro de este “macroestado” superara los 120.000 millones de euros, sin contar los costes, que nunca conoceremos, de la corrupción y de las ayudas a Cajas de Ahorros gestionadas por y con intereses políticos.  Hagamos cuentas y veamos si nos podemos permitir tirar todo este dinero por un lado y que nos metan la tijera, con alegría y regocijo, por otro; por el de la Sanidad, la Educación, la Justicia… aderezándolo todo, eso sí,  con subidas variadas de impuestos.

Y menos mal que, de momento,  el IVA, el impuesto sobre el Patrimonio, los impuestos especiales sobre hidrocarburos, alcohol y tabaco, y alguna otra cosilla, que se le ocurra a alguna mente lúcida y retorcida, no lo van a subir hasta después de las elecciones andaluzas.  Que Arenas Bocanegra quiere su baronía y hay que darle el capricho.

Creo que hay que hablar de esto, y si de verdad vemos que preferimos tener nuestro estado de bienestar a un” macroestado” para uso y disfrute de políticos de toda laya, forzar la convocatoria de un referéndum que diga que tipo de Estado queremos.



Eduardo Lizarraga

Enero de 2012 (jueves)

miércoles, 25 de enero de 2012

La mirada eterna (relato en dos folios)



La mirada eterna

Le habían dicho a mi padre, el duque de Mirabello, que el artista estaba entre los mejores de toda Italia; que daba a todos sus trabajos una belleza especial; que captaba el espíritu de las personas. Aunque viéndole no inspiraba la menor confianza, viejo, zarrapastroso y picado de viruelas, no parecía capaz de transmitir belleza a nada de lo que hiciera. Pero era verdad lo que decían. Cuando vi el cuadro terminado, comprendí que algo mío había quedado atrapado para siempre en su interior, que lo que estaba viendo era parte de mí misma, de Marcela de Mirabello; como el reflejo de un espejo, pero más profundo. Que mis dieciocho años vivirían para siempre, y que mis profundos ojos lo verían todo desde el cuadro.

¿Qué cómo se llamaba el pintor? Ni lo sabía ni me interesaba.

Desde Italia el cuadro viajó hacia la Picardía, en un largo camino a través de los Alpes y el Franco Condado. La respuesta, que llegó pasada la primavera, fue afirmativa. Y al igual que hiciera el cuadro, aunque esta vez con una buena escolta de hombres de armas,  atravesé  los Alpes y llegué a la costa atlántica francesa  cuando el verano tocaba a su fin; en aquel quinto año del siglo XVI.  Me esperaba mi futuro marido, el conde Jacques de La Palisse, con quien mi padre había concertado un enlace que pretendía asegurar la posición de nuestra familia en el norte de Italia, como aliados de Francia y  de sus posesiones en el Milanesado, frente al creciente poder de Aragón y los Colonna, que apoyaban a los Sforza.

No recuerdo muchos detalles de la boda, aunque como cualquier suceso cortesano de esa índole debió ser magnífica. Todo se me pasó como en un suspiro. Pero aún queda en mi memoria que mi cuadro, el que había cautivado al que ya era mi esposo, había presidido, desde un lugar de honor, el banquete de bodas, viéndolo todo con sus ojos curiosos. Y todos los que lo miraban veían que yo estaba allí, que había vida dentro de aquella imagen y hablaban de mi belleza y juventud.

La vida en aquella apartada región de Francia era tediosa y fría; echaba mucho de menos la alegría y la luz de Italia, el azul del cielo y el sol en todas las estaciones. Sobre todo el sol, que a veces desaparecía semanas enteras y tal sólo una luz mortecina y grisácea permitía saber si era de día o de noche. Jacques, mi marido, fue nombrado Mariscal de Francia por el rey Francisco I, y marchó de nuevo a las guerras de Italia. Aquello sería una constante en mi vida.

Durante los largos meses que pasaba sola en el castillo, cada vez que mi esposo partía con el rey, me entretenía con la presencia de mi hijo, que iba creciendo,  y la redacción de largas cartas a mi marido y a mi padre. La guerra en Italia no marchaba bien, y los imperiales hacían estragos en la campiña, arrasando pueblos, y acabando con los recursos que se dejaban para el invierno. Las tropas papales, dirigidas por Próspero Colonna, asaltaron Milán, pero mi marido ¡qué orgullosa me sentí cuando me lo contaron! consiguió vencerlos cerca de Turín.

Una mañana, que me miraba en el espejo mientras me peinaban, observé algunas arrugas en torno a los ojos y la boca; eran muy tenues, pero a pesar de la escasa luz de mi cámara ya eran perceptibles.  También en mi pelo rubio se destacaba alguna cana. Horrorizada pregunté a mi camarera:

-          Solange,  ¿son arrugas esas pequeñas líneas que se ven en mi cara? ¿Hay canas entre mi cabello?

-          No se preocupe señora, que apenas se ven. Es lo normal…

Hice quitar los espejos de mis habitaciones y cubrí con tapices los que había en otros lugares del castillo.

Intenté que pintores locales hicieran copias de mi retrato para colgarlo en todos los aposentos, pero aunque algunos muy reputados lo intentaron, no lo consiguieron; les faltaba la luz, el sentimiento, el alma. Hubiera dado todo lo que tenía para que el pintor italiano me repitiera el cuadro, pero cuando mandé buscarlo me respondieron que había muerto hacía un tiempo.

Cuando quería verme contemplaba mi retrato. Y así era feliz, el tiempo no pasaba por mí y la tersura de mi cara mantenía la de los dieciocho años. Y le preguntaba a Solange, enseñándole mi imagen:

-          “¿A que hoy estoy más radiante que nunca?”

-          “Claro que si, señora”, me contestaba mirando tan sólo la pintura

Mi esposo regresó apenas comenzado el otoño del año 21 del siglo nuevo; la campaña comenzaría en la primavera y quería que le acompañara nuestro hijo. Estaría en la guardia personal del rey. Era un gran honor y yo no  podía ni pensar en poner inconvenientes. Sabía que cuando se fueran me sentiría sola, mucho más de lo que lo había estado nunca.

Fue en la batalla de Pavía, los tercios españoles, apoyados por lansquenetes alemanes, destrozaron el ejército francés. Mi esposo y mi hijo murieron en la lucha. Mi esposo en su puesto, al frente de la caballería, y mi hijo al lado de su rey, ofrendando su vida para salvarle de caer en manos de sus enemigos. No pudo ser, luego me contaron que el mismo soldado que capturó a Francisco I, un guipuzcoano llamado Juan de Urbieta  -¡que el diablo le acoja en el infierno!, atravesó con su espada a Carlo, que estaba protegiendo a su rey cuando éste cayó de su caballo.

Todo se perdió; las vidas de mi esposo y de mi hijo, también las de algunos de mis hermanos que estaban en la batalla. Los castillos y posesiones de mi padre y todo el norte de Italia, que fue a parar a manos de los imperiales y de sus aliados venecianos. Por eso ya no he vuelto.

Ahora vivo sola en el castillo, con algunos servidores fieles y mis recuerdos; con mi cuadro desde el que veo impertérrita como pasa el tiempo. El nuevo conde de La Palisse, un hermano menor de mi difunto esposo, me ha dejado la propiedad mientras viva, porque él vive en París, en la corte.

Una mañana, muchos años después de Pavía, me vi en la cama con todo el pelo blanco y la frente surcada de arrugas. Rodeada de rosas blanca y unos cirios encendidos, y con mi fiel Solange llorando a los pies. Comprendí que estaba muerta, pero veía todo lo que me rodeaba. De verdad el pintor aquel, del que no me acordaba el nombre, trasmitía el espíritu a sus cuadros.

Desde entonces ha pasado tiempo y he visto muchas cosas. Nuevos vestidos y peinados en las mujeres, salones dorados que vibraban con bailes y músicas maravillosas. También ha habido tiempos de oscuridad, en los que no veía nada, porque tenía un grueso paño delante de mis ojos, de mis ojos curiosos. Ahora sé que el pintor se llamaba Leonardo da Vinci, y es al que vienen a ver los miles de personas que contemplan todos los días mi cuadro, al que denominan, sin razón alguna, “La belle ferronnière", ya sé,  es francés, pero es que ahora vivo en el Louvre. Hasta dicen, y cada vez que lo escucho me pongo roja de indignación, que fui amante de Ludovico el Moro. Y ninguno de ellos sabe que yo soy Marcela, Marcela de Mirabello.



Eduardo Lizarraga

Enero de 2012

martes, 10 de enero de 2012

La máscara maya (Relato)


La máscara maya

La “Gran Pensión Peñaflorida” no era, a pesar de lo que pudiera indicar su nombre, la mejor o  la más bonita de la ciudad, ni mucho menos.  Un rótulo debajo señalaba “Viajeros y Estables”, dando una cierta sensación de tranquilidad y respetabilidad; pero nada de  esto había influido en el ánimo del viajero para seleccionarla. Entre la amplia oferta que había en la calle de la estación principal de Bilbao, en donde se encontraba, no había dudado ni un momento. Era el precio, de 10 euros al día, lo que en verdad le había llamado la atención. Un cuarto en el  último piso de la casa y poco más que una cama, una mesa, dos sillas y un armario ropero, con ventana a un patio interior, fue lo que le pudieron ofrecer y allí se acomodaron, él y su gran baúl.

La pensión estaba regentada por un matrimonio de edad ya madura, doña Rosita y Antonio,  que a pesar de los precios económicos, la llevaban lo mejor que podían, dando un servicio más que correcto a sus huéspedes. Les ayudaba en el servicio un sobrino lejano de Antonio,  del mismo nombre, que hacía las veces de corre turnos, para poder dar a la pareja alguna hora de esparcimiento. 

Además de alojamiento, existía la posibilidad de pensión completa, y esa era la mayor responsabilidad de doña Rosita, que hacía verdaderos milagros para dar de desayunar, comer y cenar por 12 euros suplementarios al día.  Su marido, Antonio, que había sido despedido hacía unos años, de la tienda de repuestos de automóvil en la que había trabajado toda su vida, le ayudaba lo mejor que podía, lo que no era mucho, porque aunque persona honrada y de buen talante, siempre fue un poco vago y dado a la dispersión melancólica.

Andrés, el señor del baúl, encajó  bien en la “Gran Pensión Peñaflorida, y los cuatro días que pensaba estar allí se convirtieron, primero en un año y luego en dos y tres. Fue conociendo la rutina del establecimiento; y así sabía que cuando escuchaba golpes en la cocina, a partir de las once de la mañana, es que había filete con lechuga para comer –la piedra y la tabla de doña Rosita, hacían de prensa con el filete de carne, hasta conseguir  que éste desbordara el plato-; y si por el contrario, se oía el silbido de la olla express desde primera hora de la mañana, es que había cocido con “gallina corredora”.

El conocimiento era mutuo,  y entre Andrés, y la pareja propietaria, fue naciendo un sentimiento de afecto que se transformó en una sólida y respetuosa  amistad. Andrés, que ya andaría por más de sesenta años, les contó su azarosa vida, desde que saliera de España con poco más de veinte. Había recorrido gran parte de Suramérica, peón de estancia en la Pampa, garimpeiro en el Matto Grosso, cazador furtivo en las selvas venezolanas, estibador en El Callao,  huaquero en Perú…su vida emocionaba al matrimonio, con el que mantenía grandes conversaciones. Ninguno de los dos había viajado apenas,   ya que no habían salido de Bilbao, salvo para irse todos los años una quincena, en agosto, a Benidorm.  Finalmente Andrés se había establecido en las selvas del interior del Yucatán, en la región maya, casándose con una india de esta etnia y viviendo con un cierto prestigio entre ellos.  La muerte de su mujer y los cambios políticos que se estaban dando en aquella región fronteriza, le hicieron volver a España para acabar sus días.

También el matrimonio le contó su vida, lo único interesante de la cual era que habían tenido un hijo del que no paraban de hablar. Antonio se llamaba –y ya van tres-, aunque de forma coloquial le llamaban Antoñito, o el niño; había seguido estudios en la Escuela de Náutica de Bilbao y al poco de terminar se había colocado en una naviera que hacía el servicio de mercancías, generalmente fruta, entre Rotterdam y diversos puertos americanos. Esto no gustaba mucho a doña Rosita, que temía mucho a los grandes temporales del invierno, y muy poco menos a la vida que llevaba su hijo “en esos lugares de Dios”, como ella decía. Lo que de verdad quería Doña Rosita es que su hijo se presentara a unas oposiciones para el cuerpo de prácticos del Puerto de Bilbao; así lo tendría cerca y podría tener una novia ”como Dios manda”, que a saber qué encontraría por esos puertos del Caribe.  Antonio –hijo- había tenido una novia andaluza durante bastantes años, aunque hacía poco tiempo que lo habían dejado, y es que eso de pasarse más de diez meses al año en la mar, era difícil de llevar, sobre todo para quien se quedaba en tierra.      

Cuando el hijo llegaba a puerto, aunque fuera para poco tiempo, siempre venía a buscar a los padres, sin avisar, –su llamada en la puerta era peculiar,  dos toques fuertes seguidos de tres más débiles- y había que ver lo contenta que se ponía doña Rosita cuando escuchaba ese golpear. Tomaban un aperitivo, comían en algún restaurante de barrio y luego estaba con ellos los días que podía, contándoles sus experiencias. Algunas graciosas, como lo del “paso caribeño”, que era la marcha a la que cargaban los estibadores en los puertos centroamericanos, eternizándose en la labor; y otras más serias, como la necesidad, tanto del capitán, como del primer oficial, de guardar una pistola en el camarote. Y es que la marinería, una mezcla de ucranianos, coreanos, senegaleses y filipinos era cada vez menos de fiar. Todo esto ponía muy nerviosa a doña Rosita, que no dejaba de pedir a su hijo que se presentara a las oposiciones y  volviera a Bilbao.                                     

- “Seguro que encontrará una chica y se casará” -no dejaba de repetir doña Rosita, a todo el que la escuchaba- “lo único que hace falta es que deje la mar y se venga aquí, al puerto de Bilbao”, añadía.

Y tanto insistió Doña Rosita con la cuestión, y tan pesada se puso, que consiguió que Antonio –hijo- dejara la naviera holandesa  y volviera a Bilbao durante un tiempo, para preparar las oposiciones a práctico. Seis meses le habían tenido estudiando; durante el día en una academia situada en la Alameda de Mazarredo, y metiendo horas en una pequeña habitación que sobraba en la pensión, durante la noche.  Por fin se había examinado, y como los resultados tardarían sus buenos dos o tres meses  en publicarse en el boletín del puerto, en Campo Volantín, Antonio había vuelto a la mar. No había conseguido volver a la naviera holandesa, pero sí que le habían dado el cargo de primer oficial en una compañía francesa que hacía casi los mismos recorridos que la anterior. La línea no era tan buena, y los barcos más viejos y pequeños,  pero era para unos pocos meses, –Antonio estaba seguro de aprobar las oposiciones-  y además la central estaba en Burdeos en lugar de Rotterdam. Podría pasar más tiempo con sus padres.

Y así iba pasando el tiempo en la “Gran Pensión Peñaflorida”, con viajeros y estables, algunos que estaban un día y otros que estaban más tiempo.

En las conversaciones, que ya como rutina mantenían los sábados por la tarde, cuando invitaban a Andrés a tomarse un café con ellos, en un salón que tenían reservado para “la propiedad” , como decía el cartel del pasillo, Antonio y doña Rosita no dejaban de maravillarse de las aventuras y experiencias que Andrés les contaba. Y  de esta forma, entre café y café, Andrés les contó que Cohui,  su mujer, había sido una auténtica princesa maya, que era venerada entre su pueblo, y que desde que se casaron,  Andrés adquirió el rango de brujo o sacerdote entre aquellas tribus. Muchos eran los secretos de su ciencia tradicional en que Cohui le había instruido, medicina antigua, leyendas, supersticiones, uso de las plantas…y a su muerte, Andrés se hizo cargo de un tesoro, muy  preciado y raro, que guardaba su mujer por herencia, y con el que se había venido a España.

- “Un tesoro en el que no sólo hay cosas de valor, sino también de mucho poder, que te permiten ver el futuro” aseguraba Andrés.

El aventurero era originario de un pueblo minero de la cuenca de León, Villablino, pero aunque volvió a él al regresar a España, no encontró familia ya, ni amigos, ni conocidos. Y tal y como les dijo más de una vez

- “Mi única familia sois vosotros-

A pesar de su tesoro, Andrés no debía andar bien de  dinero, porque comenzó a espaciarse en los pagos; y ni Antonio ni doña Rosita le dijeron nada, porque ya era más que un amigo.

Una mañana, después de unos días en que se había comportado de forma algo extraña,   Andrés no bajó a desayunar a las ocho, como siempre hacía. Algo alarmada por esa rotura de la rutina, que era la primera vez que se producía en más de  tres años, doña Rosita, pasadas las nueve, subió a la habitación del huésped, que estaba en la segunda planta de la pensión y llamó con insistencia a la puerta.  Ante el silencio absoluto que obtuvo como respuesta, y después de esperar un poco, la dueña del establecimiento abrió la puerta con la otra llave. Andrés estaba muerto; colgaba por el cuello de un gancho, resto de una antigua garrucha, que había en el techo de la habitación, con una mueca de espanto en la cara, y la lengua, que asomaba casi un palmo, negra y retorcida. Espantada, doña Rosita bajó a buscar a su marido que, como pudo, lo bajó del gancho. Llamaron a un médico pero nada pudieron ya hacer por él, salvo certificar su muerte. Antes de que llegara la policía, doña Rosita y Antonio miraron en el armario, por si podían encontrar algo con que resarcirse de los meses que Andrés llevaba sin pagar.

-“No seas tonto, -decía  doña Rosita- al fin y al cabo, como él decía, somos su única familia”.

No encontraron nada de valor en el armario, pero al abrir el baúl hallaron una caja de madera, bastante pesada y antigua, que decidieron llevarse a sus habitaciones.

- “No hacemos daño a nadie, Antonio, si alguien reclama algo pues se lo damos y en paz. ¿A ver qué va a hacer con todo esto la policía?”

Una vez que se fue la policía –que precintó la puerta de la habitación de Andrés- y los de la oficina forense se llevaron el cadáver, doña Rosita y Antonio, ya más tranquilos, abrieron la caja. Cada objeto que sacaban de ella no hacía sino corroborar todo lo que Andrés les había contado de su vida; un gran machete algo oxidado en su funda de cuero, un revólver desmontado, algunas ropas ajadas, monedas de distintos países, piedras extrañas,  y lo que debía ser de Cohui y de su pueblo, saquitos con semillas y huesos, algunas piedras semipreciosas y pepitas de oro, un cuchillo de piedra verde con incrustaciones metálicas en el mango, que podían ser también de oro, y una máscara envuelta en tela y que tenía un rollo de papel escrito en su interior. No consiguieron descifrar nada, estaba escrito en una lengua extraña, aunque en castellano y con letra muy clara ponía al pie: “Máscara de Tezcotacan, la que todo lo ve”.

La máscara en sí daba algo de repulsión. Parecía una cara humana recortada de la cabeza; ennegrecida por el tiempo, como cuero viejo, con algo de pelo y plumas en lo alto, un anillo de oro que atravesaba  la nariz y unas piedras verdes,  que podrían ser esmeraldas, encajadas donde deberían haber estado los ojos. En la boca, unos dientes humanos, distribuidos casi al azar, dibujaban una media sonrisa algo maligna.

-“Pues vaya tesoro” balbuceó apenas doña Rosita, algo impresionada.

- “Sí, me parece que de aquí no vamos a sacar nada”, le contestó Antonio

- “Pues me hubiera gustado poder tener algo de dinero extra para irnos de vacaciones este año, algo especial, con el niño cuando vuelva, que con tanto estudio parecía algo deprimido”, añadió su mujer.

Con la máscara encima de la mesa camilla de su “saloncito privado”, se miraron los dos.

-¿Qué querrá decir eso de que todo lo ve;  predecirá el futuro? preguntó doña Rosita, mirando fijamente a Antonio.

-“Alguna tontería de aquellos pueblos, acuérdate que su mujer era algo así como la gran bruja”

- “Pues mira, por si acaso podemos preguntarle algo que deseemos saber”

- Pues nada, nada, pregúntale los números de la primitiva –le dijo Antonio con algo de sorna.

- ¡No digas tonterías! –le respondió Doña Rosita- y asiendo con las dos manos la máscara, por donde deberían haber estado las orejas,  y mirando fijamente a las piedras que tenía por ojos, doña Rosita dijo:

–“Deseo saber el futuro de Antoñito y lo que hace”- y soltó una pequeña risa al terminar.

Y no paso nada. Ante su sorpresa no surgió ninguna voz de la boca desdentada, ni alguna imagen fantasmal en la pared. Tras recoger la máscara y ponerla en la caja con el resto de las cosas,  Antonio la dejó oculta, bajo las faldas de la mesa camilla, diciendo,

-“Mejor que nadie la vea, ya veremos si valen algo las piedras que lleva”.

Su mujer, con algo de retraso, se puso a preparar la comida de los huéspedes,  y Antonio, tras colocar los platos en la mesa, conectó las noticias. Sin pensar más en la máscara, ni en lo sucedido, siguieron con su rutina de forma mecánica.

A los dos días llegó la policía que, a la vez que desprecintaba la habitación que había sido de Andrés, les comentó que si no se hubiera suicidado hubiera muerto al poco tiempo. Al parecer tenía un cáncer, incurable y muy desarrollado, que había descubierto el forense al hacer la autopsia.

Hacía una semana que todo aquello había pasado y apenas habían acabado de dormirse cuando Antonio se despertó sobresaltado. Su mujer, doña Rosita, estaba sentada en la cama dando gritos.

-¡Está muerto, está muerto! - gritaba sollozando-  ¡le he visto hundirse en las profundidades y el mar pasaba del blanco de la espuma al negro!

 Abrazando a su mujer, Antonio la tranquilizó diciendo que todo había sido una pesadilla. Al parecer doña Rosita había visto a su hijo, Antoñito, cayendo a un mar  tempestuoso y hundiéndose en las profundidades, mientras pedía socorro y le extendía los brazos.

- “No te preocupes que mañana llamo a la naviera para que nos digan que todo está bien, y que le pongan un cable para que nos llame cuando pueda”.

Y así lo hizo a la mañana siguiente. Con un francés balbuceante, que aprendiera cuando hiciera la mili en Irún, consiguió preguntar por el barco de su hijo, el “Oliphant”. Y en un mucho mejor castellano le respondieron con malas noticias. Hacía dos días que no tenían ninguna información del barco, desde que les habían avisado de un corrimiento de la carga a causa de un fuerte temporal, a la altura de las Azores.

Y nada más se supo. Debió hundirse muy rápidamente porque apenas dejó restos, poco más que una radiobaliza marcando la posición del desastre, y que encontraron unos días después. El mismo día en que les llegaba una notificación desde Campo Volantín, en la que felicitaban a Antoñito por haber aprobado las oposiciones.

Eduardo Lizarraga/Enero 2012

viernes, 23 de diciembre de 2011



Las Navidades son unas fiestas para los niños, volvamos a ser niños, al menos durante unos días. ¡Feliz Navidad!
De todo corazón, Marina y Eduardo

miércoles, 21 de diciembre de 2011

En un mar sin mareas (Relato en dos folios)

Por más que lo pensaba no podía comprender que hacía yo allí, encima de la gabarra de un camión. Amarrada de tal manera que no me podía ni mover, y con todos aquellos hombres a mí alrededor, y hasta encima de mí, pisándome; dando voces y apretándome más contra las gruesas estacas entre las que me habían dispuesto. Y con la quilla al aire y sin tocar agua, que era lo que más me molestaba.

Había amanecido un día normal, como cualquier otro; el sol, cada vez más de otoño, apareciendo sobre L’Abaddie y el río, con su lento fluir, venciendo ya a la marea que comenzaba a bajar. Tomás llegó un poco antes de lo acostumbrado, casi como si fuera fin de semana. Y sin entretenerse en hacer nada - siempre limpiaba un poco por aquí o por allí, quitando el salitre,- kresala decía él -, me arrancó el motor, soltó amarras y virando a favor de la marea, se dirigió hacia el Puerto Refugio, pasando entre los espigones a medio gas.

Cuando llegamos al puerto, y vi que enfilaba hacia el muelle varadero pensé, que aunque no era aún el momento, tendrían que limpiarme los bajos y dar patente, como hacía todos los años. Pero el camión y la grúa me desconcertaron. Pasándome con bastante cuidado, eso sí, dos gruesas cinchas por el través y la aleta, me levantaron y dejaron sobre la gabarra del camión. Y ya allí, comenzaron a amarrarme.

- ¡Trinca el cabo de proa! –gritaba uno.

- ¡Ya va! -le contestaba otro.

  - Cuidado con los candeleros, ¡pasa el cabo por abajo, animal! –éste era Tomás, que estaba visiblemente nervioso.

Con mucho sudor, y bastantes improperios, consiguieron finalmente dejarme a gusto de todos. Y allí estaba yo, sobre el remolque, sorprendida y bastante alarmada por la novedad. Apenas habían terminado con su labor cuando Tomás se despidió de los hombres que le habían ayudado a izarme, y después de dirigirme una larga mirada, en la que noté cariño y preocupación, se subió a un coche que le estaba esperando. El camión arrancó de seguido y allá nos fuimos todos, carretera adelante.

Nunca había hecho ningún viaje, ni por carretera, ni por mar, aunque esto último no me hubiera importado. Desde que me construyeron, en unos astilleros –Olaziregi, creo que se llaman- que estaban en el mismo pueblo, cerca del muelle de veteranos, tan sólo había paseado río arriba, con la marea, hasta la Isla de los Faisanes, y río abajo, hasta mi embarcadero en el espigón. También, cuando no había mucha mar, por la bahía de Txingudi, y alguna vez a San Juan de Luz y Donosti; a este último sitio me llevaba Tomás durante las fiestas de agosto, para ver los fuegos artificiales, y en septiembre para las regatas de la Concha. Me gustaba mi trabajo, siempre con niños a bordo y entonando mi canción.

-¡Es que tengo una canción! ¿sabéis? ”La cucaracha” ¿No la habéis oído nunca? Ta ta ta tata, ta ta tata, ta ta ta ta…la cucaracha, la cucaracha…ya no puede caminar…. Pues eso.

Tomás la ponía muchas veces a lo largo del río, con los altavoces a todo trapo. A los niños que llevábamos les encantaba. Y también cuando salíamos del embarcadero, y cuando arribábamos, era como un reclamo. Tanto es así que muchos de los vecinos ya me llamaban “la cucaracha”. Y había barcas que me tenían envidia porque ellas no tenían ninguna canción. Y se llamaban “Bi anaiak”, “Izurde”, “Amona maitia” o cosas así. La verdad es que yo también tenía un nombre más serio. Venía pintado en el espejo de popa; Tomás me llamaba “Gure Bidasoa”.

  El viaje se me hizo algo largo. Montañas hacia arriba, montañas hacia abajo; muchos coches, algunos con niños dentro que me miraban; hasta incluso nos pararon unos policías que le pidieron a Tomás los papeles –Tomás no me había abandonado, iba en un coche detrás nuestro- e hicieron mucho hincapié en el peso. ¡Como si yo estuviera gorda! Menos mal que se quedaron conformes y pudimos proseguir.

Cuando ya estaba preocupándome porque no veía agua por ningún sitio, llegamos a nuestro destino. Se parecía un poco a mi bahía de Txingudi, pero estaba rodeada de montañas por todas partes. Una grúa nos estaba esperando. Había un embarcadero bastante tosco, poco más que unos maderos y unas tablas, pero como tenía bastante fondo, y un acceso asfaltado, la grúa no tuvo mucha dificultad en dejarme, con suavidad, en el agua. Por lo que parecía aquello iba a ser mi nuevo puerto.

El agua estaba muy fría y la cumbre de las montañas se había ido tiñendo ya de blanco. Me estaba pareciendo que aquello podía ser bastante duro y me desanimaba pensar que pudiera ser para siempre. Algunos días, al poco de llegar, me había sacado Tomás a navegar por aquella especie de bahía cerrada, embalse lo llamaban; un mar extraño ya que no tenía mareas y su agua era insípida. No era muy extenso, pero sí que tenía profundidad en algunos sitios.

Los días eran cortos, y las noches largas y aburridas. Allí no había karramarros a los que escuchar, con sus continuas discusiones entre las piedras, ni korrokones que me hicieran cosquillas en la tripa, rebuscando algo de comer entre el verdín y que me contaran sus miedos a las lubinas, que venían por las noches a buscarles al espigón. Sí que había unos peces parecidos a las lubinas, que escuché a Tomás que se llamaban truchas, pero eran muy estiradas a la par que incultas y pueblerinas, no habían visto nada de mundo, y no había manera de poder tener una mediana conversación con ellas.

También Tomás se aburría y no sabía qué hacer. Me enteré que habíamos venido allí porque se había enfadado con los que mandaban en Hondarribia, por no sé qué concesión que no le habían dado, y porque su mujer, “la Gregoria” tenía por allí una casa y algunos terrenos. Pero a semejanza de Ulises, Tomás era fértil en ingenios, y se le ocurrió que podría criar cerdos en una de las islas que se formaban en el embalse. Y tal cual lo pensó, lo hizo.

Una mañana le trajeron dos docenas de cerditos; venían metidos en unas jaulas de madera y chillaban como si los estuvieran troceando vivos. Con ellos a bordo fuimos hasta una de las islas más alejadas, hacia el sur. Allí Tomás había construido unos comederos y puesto unas tejavanas, para que estuvieran protegidos de las inclemencias del tiempo. No necesitaban cercado de ningún tipo ya que de la isla, que era pequeña, escarpada, y con muchos matorrales, no se podían escapar.

Y hasta allí navegábamos todos los días para llevarles la comida. Cuando estábamos llegando, Tomás, hacía que sonara la cucaracha, y los cerditos, que estaban ocultos entre los matojos, se acercaban corriendo y chillando a la orilla, a devorar su pitanza. Crecían que era un primor. Todo marchaba bien –con los cerditos- hasta que llegó el verano. Como solía pasar siempre en esa época del año –un día se lo explicaron a Tomás- el agua fue bajando y la isla se convirtió en península. Los cerditos-que ya eran unos señores cerdos- se pasaron “al continente” y hozaban por la montaña cercana. Pero no se perdieron, porque cada vez que llegábamos y poníamos la cucaracha por los altavoces, bajaba toda la piara montaña abajo, gritando y arrollando todo a su paso, y sin faltar ni uno. Luego lo de capturarlos para venderlos fue toda una aventura, que no voy a contar aquí, y con ella terminó la experiencia ganadera de Tomás.

Durante el verano, imaginaba Tomás, que podría hacer paseos por el embalse para los turistas. Y yo también pensaba que de nuevo tendría niños a bordo. Pero no fue así; aunque fuera verano seguía haciendo frío, y con las montañas tan altas enseguida se ocultaba el sol. Además, había pocas cosas que enseñar en aquella especie de bañera grande. Se aprendió Tomás unos cuantos chascarrillos de la zona, y los contaba sin misericordia alguna,  una y otra vez.

- Ahora estamos pasando encima del antiguo pueblo, que inundaron para hacer el embalse -decía y añadía con poca convicción- dicen que las campanas de la iglesia suenan algunas  noches señaladas y cuando las oyes el día de difuntos, es que vas a morirte antes de que termine el año.

 Con comentarios de ese tipo y con lo aburrido que resultaba el paseo, hubo poca clientela y Tomás, una vez que también fracasaron las” excursiones de pesca por el lago” –las truchas, además de estiradas eran demasiado listas o los pescadores demasiado torpes- comenzó otra vez a darle vueltas a la cabeza y puso una tienda de ultramarinos para los excursionistas, con bar incluido.

Yo lo llevaba muy mal. Otra vez llegaba el invierno y las noches se harían largas y frías. Las manchas blancuzcas en mi cubierta serían de hielo y nieve, pero no de salitre. Y es que lo único salado que había en aquel mar eran mis lágrimas.

Eduardo Lizarraga / Diciembre 2011