domingo, 23 de septiembre de 2012

Rajoy sólo hace juegos de manos




No ha transcurrido aún un año de gobierno popular -¡muy esclarecedor el nombrecito que se buscaron!- cuando ya la situación en la que se debate España, cruje por todos los lados. Ni los más firmes partidarios del PP en las urnas podían imaginarse catástrofe similar.

Todos los españoles, menos está claro los apesebrados, a los que ciega la comida que se les pone delante, se están dando cuenta  de que nuestro país está inmerso en una crisis sin precedentes, que no sólo ha costado ya el escaso estado del bienestar del que disfrutábamos, sino que está poniendo en riesgo la propia supervivencia de cientos de miles de familias, y también el futuro del país durante muchos años.

Y Mariano, el líder espiritual de la derecha española, el depositario de la tradición burguesa y liberal de la oligarquía, se muestra vacilante y titubeante, callado y gallego, ante una situación que no imaginaba ni en sus peores pesadillas. ¿Quién le iba a decir a él, aquella noche  de júbilo del 20N, en el balcón de Génova, que España se le iba a ir de las manos en menos de nueves meses?

Y yo no se si le han engañado porque es tonto y se ha creído lo que le decían, o es malo y sabía que le engañaban. De otra manera no comprendo cómo es posible que pensara que con la Reforma Laboral, que es la única reforma que ha hecho y el resto son recortes, se crearían puestos de trabajo, como le aseguraron los empresarios. Y seguimos subiendo en el paro y los nuevos puestos de trabajo no se ven por parte alguna.

Es cierto que estamos experimentando una crisis universal, que sacude las bases de la economía de la mayor parte de los países desarrollados;  pero también es cierto que en España está teniendo unas consecuencias demoledoras. Y ello es debido a las particulares características económicas de nuestro país,  a la existencia de diversas burbujas económicas y a la clase política que padecemos y consentimos, que se desarrolla y medra en unas condiciones  casi únicas en Europa y que antepone sus intereses particulares como clase, antes que los generales del país.

Partiendo casi de cero, como lo hicimos en 1976, se tuvieron que poner las bases de lo que debería ser un estado occidental, europeo, moderno y competitivo, como el resto de los países de nuestro entorno. Dos fueron las bases fundamentales sobre las que se pretendió construir este nuevo estado. La  creación de partidos políticos de fuerte implantación, con listas electorales cerradas y bloqueadas, con un sistema proporcional, y la descentralización del estado existente.  Y ambas dos se han demostrado como el origen del actual problema que padecemos. Tal vez haya llegado el momento de cambiarlas.

Son las cúpulas de los partidos las que eligen a los candidatos que deberá votar el pueblo; y los eligen entre los jóvenes adeptos del partido que han mostrado una mayor fidelidad a esas cúpulas. Es decir la valía personal, el conocimiento, la preparación, la honestidad, la honradez,  y otra serie de valores que se debieran tener muy en cuenta a la hora de elegir un cargo público, apenas cuentan para nada. De esta manera los partidos políticos se han convertido en el modo de vida de una multitud de personajes y sus familias, que se reparten los cargos públicos en la política, los puestos políticos en las empresas públicas de las diversas administraciones y los cargos pseudolaborales en grandes empresas que dependen de la Administración para obtener trabajo y beneficios.

Cuando en el 77 se pusieron las bases constitucionales de nuestro Estado se pensó –erróneamente, como se está demostrando ahora- que la mejor manera para no diferenciar demasiado a determinados territorios que aspiraban a una cierta autonomía –las llamadas Autonomías históricas, País Vasco, Cataluña y Galicia- era hacer un “café para todos” y crear un estado autonómico con determinados niveles competenciales; superior para unas, que ya las habían tenido, y menor para otras que no las solicitaban. Y esto fue una equivocación de terribles consecuencias. La clase política emergente, se unió a los –no me gusta la palabra caciques- miembros de las élites locales que necesitaban subirse al nuevo tren que pasaba por su puerta, para no perder su preponderancia provincial o regional. Y todos ellos, al grito unánime de “aquí no vamos a ser menos”, generaron de la nada un sentimiento regionalista inexistente y la estructura desmesurada de un estado de 17 autonomías, de casi iguales competencias.

Y de esta manera la casta política española creó un entramado clientelar, de absorción y dación de recursos y prebendas, extendido a 17 autonomías y más de 8000 municipios.  La red estaba creada y a partir de ese momento se trataba de ponerla a funcionar captando ingresos para los partidos y sus allegados.

Para mejorar el sistema se trató de darle financiación y recursos. Así vino la Ley de Cajas de Ahorro que permitió a los políticos entrar en sus Consejos de Administración y distribuir a su interés particular los recursos que mantenían. También llegó la Ley del Suelo que dejó en manos municipales este gran recurso susceptible de todo tipo de corruptelas. De esta manera se había completado el entramado del negocio.

Este sistema es el que va creando diversas burbujas financieras o estructurales que le sirven para obtener pingües beneficios y generar nóminas y dietas para sus allegados. Lo malo es  que cuando se pinchan, sus consecuencias se pagan a escote entre todos. Entre las recientes, con pinchazos estruendosos, están la burbuja inmobiliaria, la burbuja de las renovables, la de las Cajas de Ahorro, la de las infraestructuras, la de las televisiones autonómicas…. La primera ha conseguido poner al estado en bancarrota, pendiente de un rescate necesario, la segunda ha logrado que el precio de nuestra energía sea la más alta de Europa, con la pérdida de competitividad para nuestra industria que ello supone. La de las Cajas de Ahorro a la vista está y a sus gestores no sólo no se les ha imputado por su mala gestión, sino que se han ido a su casa con indemnizaciones millonarias. La de las infraestructuras, invocando el conocido grito de guerra de “aquí no vamos a ser menos”  ha conseguido dejar atrás un gran número de aeropuertos infrautilizados y con pérdidas millonarias; estructuras feriales mastodónticas y sin clientes;  autopistas de peaje sin usuarios, y un largo etcétera; porque los dislates se han multiplicado por 17 en el mejor de los casos y por unos cuantos más, cuando en el reparto de los distintos pasteles han entrado también los ayuntamientos. Pero eso si, con cada una de éstas locuras inexplicables se han obtenido beneficios directos  y un gran número de puestos de trabajo absurdos y muy bien pagados, con sus dietas y sus prebendas.

Todo eso ahora toca pagarlo, y como decía antes lo haremos a escote, porque es fácil socializar las pérdidas pero imposible, con esta estructura, hacerlo con los beneficios y para qué hablar de encausar a los responsables. Los partidos ya se han encargado de contaminar con sus afines a las estructuras que deberían haber vigilado y perseguido el disparate que ahora toca pagar. Desde el Tribunal Constitucional al Consejo General de Poder Judicial; el Banco de España; los Consejos de las Cajas de Ahorro;  las entidades reguladoras de la energía y las telecomunicaciones; el reciente caso de la Comisión Nacional del Mercado de Valores;  las Cámaras de Comercio;  las grandes empresas públicas y algunas privadas…en todos estos lugares estratégicos existen en puestos clave o son dirigidos, por personal  propio de los partidos. Y esta lamentable situación no se puede mantener en un estado de derecho que precisa para su correcto funcionamiento que estos organismos sean independientes. La contaminación entre el poder legislativo y el ejecutivo es única en Europa y causa extrañeza y preocupación, cuando no una risa mal contenida, entre nuestros socios comunitarios.

La estructura política española genera burbujas –la próxima podría ser la de los casinos x 17-, porque en una muestra de  locura suicida, necesita huir hacia adelante, para poder seguir manteniendo el clientelismo y la estructura captadora de recursos con la que mantener a sus cercanos y afines.  Y uno de los numerosos problemas que generan estas burbujas y que nos va a tocar pagar durante muchos años es la incapacidad de la industria y empresa de base,  la que crea el entramado empresarial del país, para obtener los recursos necesarios con los que existir, desarrollarse y ser competitiva en Europa.

Ante esta situación de catástrofe, porque la crisis general  reinante en el mundo occidental ha destapado nuestra particular crisis e impedido la enésima huida hacia adelante por falta de recursos,  el partido en el gobierno, y no creo que la diferencia hubiera sido mucha con el otro partido, tal vez una mayor sensibilidad en las actuaciones,  ha decidido recortar en lugar de reformar. Y con esa solución, que intenta poner parches  y aguantar el tirón por si la crisis se pasa,  ha agudizado la crisis interior acabando con el consumo interno, y está intentando y legislando para que el coste de la situación se traslade al estado de bienestar y que lo paguen los que menos tienen. Lo que es injusto a todas luces.

En estos nueves meses se han cometido diversas atrocidades que han agravado la situación, nos han colocado en puertas de un necesario rescate y han acabado con la ya escasa credibilidad de los partidos políticos españoles. Para hacer un breve repaso, y aparte de la Reforma Laboral que ha conseguido casi dos millones de nuevos desempleados, con especial  incidencia entre mayores que tenían altas indemnizaciones y  buenos sueldos, y a los que se ha condenado al desempleo y la miseria de por vida, sin lograr por ello que sus hijos encuentren un trabajo precario y mal remunerado, podemos hablar de:

. Los recortes en Sanidad que han desmantelado la única buena estructura del estado del bienestar que teníamos y que pueden beneficiar el fortalecimiento de una sanidad privada para quién pueda pagarla.

. Los recortes en Educación que era, precisamente por la implicación de los partidos políticos en la misma, una estructura necesitada de consenso, proyección y menos ideología.

. Los recortes en Investigación y Desarrollo que significan un suicidio futuro para nuestra industria y nuestros jóvenes.

De momento se trata de dejar incólumes las estructuras generadoras de rentas para la clase política e impulsar medidas que tapen agujeros, como son los recortes y las subidas de impuestos.  Aunque con ello agraven la crisis por la caída del consumo, el cierre de empresas, la desaparición de autónomos y la generación de nuevos desempleados que, sin apenas coberturas, están condenados a la miseria y al abandono.

Además se está propagando el rumor interesado de que el rescate implicará nuevos recortes y sacrificios, y por ello se dice que no es necesario, que hay que negarse. Y no es eso.

Para obtener el rescate que necesitamos, nos van a imponer a cambio, medidas de reforma y no más recortes, que es precisamente lo que no quieren hacer los partidos, porque esas medidas de reforma, chocan de manera frontal con sus intereses y su modo de obtener recursos para los suyos.

Hay que reformar la estructura política con un sistema electivo mayoritario y unas listas abiertas, quitando el poder a las cúpulas de los partidos. Hay que acabar con los miles de empresas, públicas o pseudopúblicas,  que tan solo sirven para mantener  decenas de miles de pesebres a un coste elevadísimo y duplicar estructuras  económicas que se detraen a la posibilidad de negocio de las empresas privadas. Hay que terminar con muchas de las competencias autonómicas  y volver a un estado mucho más racional y centralizado que optimice los recursos.  Hay que establecer un plan de infraestructuras nacional, que vertebre el  estado y no  a cada una de las 17 autonomías como si fueran mini estados. Hay que propiciar la fusión entre muchos de los 8000 ayuntamientos  para ahorrar en costes…hay muchas cosas que hacer y pronto, porque nos va el futuro en ello.

Por desgracia todo ello significa hacerse el harakiri para nuestra clase política. Y no les veo por la labor de hacerlo. Todo lo contrario, van a seguir poniendo parches en formas de recortes para hacer pagar la crisis a los demás, se van a negar a cualquier tipo de reforma del sistema y van a seguir viviendo en su particular burbuja,- esta es dorada- protegida de la realidad social a la que van a someter al país. Y eso no es todo, porque si perciben que la única manera de mantener su situación de privilegio es la de salirse del euro, lo intentarán hacer. Aunque ello signifique el retroceso del país y la emigración masiva para muchos de nosotros y nuestros hijos.

Está en nuestras manos exigir que den la talla y que acometan las reformas que les llevarán a su casa y a buscar trabajo, como al resto de los españoles, que ya estoy harto de oír, a determinados políticos, que con 5.000 euros al mes viven justitos. Pero creo que quien antepone el bienestar del partido y sus afines, al sufrimiento y desgracia de todo el país, no es el estadista que necesitamos. Y este estadista tiene que ponerse frente al aparato de su propio partido, y a los intereses económicos del resto del arco parlamentario. Y para ello sólo –lo que no es poco- puede contar con el resto del país no contaminado por los pesebres y las prebendas.

Ya hay voces que piden una absoluta revisión del concepto de estado, y los líderes políticos, que están viendo las orejas al lobo, ya se están lanzando a crear cortinas de humo para distraer la atención de lo verdaderamente importante. Las voces de autogobierno, independencia, más autonomía, federalismo…son esas cortinas de humo que quieren tapar la verdadera situación. Hay que revisar la estructura de nuestro estado, formar un gobierno de concentración y salir del problema en el que estamos metidos, todos juntos. Ante situaciones excepcionales se requieren soluciones de la misma índole. No hay otra. Lo demás son juegos de manos.

 

Eduardo Lizarraga

Madrid, Septiembre 2012

 

sábado, 8 de septiembre de 2012

El espíritu del bosque (cuento ecologista)


Basajaun es hijo de la tierra; de la tierra y del mar.  Fue concebido en una noche de tormenta, cuando la blanca espuma que adorna las olas cantábricas inundó el estuario del río y llegó, con su furia incontenible, hasta las copas de los árboles que bordean las marismas.

Desde entonces se acostumbró a vivir en aquella mezcla de agua y de tierra. Allí los brazos del río forman islas, que cambian con las estaciones y las mareas, y acarician las orillas fangosas, repletas de vida. Los carrizos le susurraban palabras amables cuando el viento los movía; las gaviotas le saludaban todas las mañanas con un estridente guirigay que le llegaba desde lo alto, y los limícolas, que eran muy madrugadores, le sonreían chapoteando entre los aguazales.

Río arriba el agua se vuelve dulce, abandona su tono azul oscuro para vestirse de esmeralda y los árboles crecen con profusión. La floresta se hace impenetrable y las suaves colinas de tierra negra, blanda y húmeda, cubiertas de bosques, se empinan hacia el cielo, dejando asomar rocas ásperas y desnudas, que producen una cierta sensación de desolación.

Por eso Basajaun prefiere vivir cerca del mar, donde la niebla sabe a sal y el agua y la humedad lo invaden todo. En ese pequeño universo no existe nadie como él; es amigo de todo lo que le rodea y animales y plantas le conocen y hablan. Siempre ha sido así, desde que Basajaun lo recuerda, y lo ve como algo natural. Su paisaje, como su vida, es el estuario; con los arenales que descubre la bajamar; con las gaviotas jugando al viento; con las bandadas de peces que llegan todos los años desde la mar y remontan la corriente, para desovar en los pequeños arroyos; con amplias marismas y fértiles tierras bajas,  en las que los animales encuentran comida y protección.

Un día que se había acercado al lugar donde los arenales forman un vado con la bajamar, y que aprovechan  ciervos y gamos para pasar al otro lado del río, contempló a unos seres extraños y que hasta entonces no había visto jamás. Venían muchos juntos, en pequeños grupos desde el lejano norte, huyendo del hambre, de las tempestades y del frío. Protegidas por pieles de animales, parecían unas criaturas débiles e indefensas que despertaron su interés y compasión.

Cuando contemplaron el estuario que se abría ante sus ojos estaban exhaustos. Muchos habían muerto por el camino; entre los supervivientes se marcaba el sufrimiento en las caras y la mayoría de las mujeres, demacradas por el hambre y el esfuerzo, lloraban la muerte de sus hijos.

El maridaje de la tierra y el mar, enlazados por el río y sus pequeños afluentes, les pareció el paraíso; mucho mejor que cualquier otro lugar que hubieran imaginado encontrar. Pequeñas colinas cubiertas de bosques sobresalían aquí y allá; la temperatura, a pesar de la fina lluvia que caía, era suave, y la caza y la pesca parecían abundantes. Los campos, llenos de vegetación, prometían frutos de todo tipo.

No lo pensaron más, y se dirigieron hacia un promontorio rocoso situado en la desembocadura del río. Cuando llegaba la pleamar el agua lo rodeaba casi en su totalidad, y los altos peñascos que lo formaban garantizaban una fácil defensa contra hombres o fieras.

Los primeros llegados prepararon el asentamiento para los que venían siguiendo su mismo camino, y  que fueron apareciendo a lo largo de aquel año.

Basajaun los fue viendo conforme llegaban y rogó a sus progenitores, la tierra y el mar, para que fueran generosos con los visitantes, pues éstos necesitaban reponerse de las fatigas pasadas. Y en un periodo de tiempo que no sabría definir, pues para él esa medida no existe, los hombres se hicieron numerosos en aquella tierra, y queriéndola como propia pasaron a formar parte de su paisaje.

Al principio, Basajaun, que es muy tímido, no se dejaba ver; pero los observaba de forma constante. Los espiaba desde detrás de los añosos árboles del bosque, confundido con sus musgosas corteza; o tras los juncales del río, cuando los hombres pescaban y las mujeres recogían huevos entre los carrizos del humedal; oculto entre los matorrales escuchó sus conversaciones y supo de sus pequeños problemas e inquietudes. Aprendió el porqué de mucho de lo que hacían. Veía cómo trabajaban y obtenían de la tierra y el mar, -merced, quizá, a aquella primitiva petición que Basajaun hiciera a sus progenitores- todo lo que necesitaban para vivir. Pescaban numerosos peces en la bahía y en los regatos; recolectaban moluscos y crustáceos en los bajíos del estuario; y la tierra, fértil y generosa, jamás dejó de darles sus frutos. Pero también cazaban animales, lo que no le agradaba lo más mínimo, pues eran sus amigos desde antaño, desde mucho antes de que llegaran estos nuevos habitantes.

Basajaun contemplaba todo con el asombro del niño que ve algo por primera vez; y éste asombro no tuvo límites cuando los vio navegar, subidos en árboles, por la bahía; invadían así unos territorios que siempre estuvieron vedados a los animales de tierra. Y se preguntaba ¿quién habría enseñado todo aquello a los hombres?

Basajaun es un espíritu libre, un ser sin límites ni formas. No tiene ninguna imagen ni apariencia definidas. Por eso puede adoptar cualquier aspecto; puede ser un ciervo, un lobo, un salmón o un roble, una gaviota o un jabalí. Pero también puede adoptar la forma y fuerza del viento o del agua y mezclarse con estos elementos para pasar inadvertido.

Sin embargo, su presencia es percibida por todos los animales, que le conocen desde siempre. Y también por  los hombres,  que aunque no le ven,  inconscientemente se  les eriza el pelo de la nuca cuando Basajaun está cerca. Pero el hombre desconoce el motivo de ese escalofrío que recorre su cuerpo. Como agua se confunde en los arroyos, jugando con los peces; como viento agita las ramas de los árboles susurrando a los pájaros, y enreda luego el cabello de las mujeres para contemplar después cómo se peinan. Basajaun también forma parte de ésta tierra.

Al principio, y pasada la novedad inicial, le desagradó un poco que fueran apareciendo tantos humanos por allí, alterando la paz en la que hasta entonces había vivido. Pero la curiosidad pudo más que el sentimiento reivindicativo de la soledad perdida; y de la curiosidad al conocimiento, y de éste al cariño, no existe mucha distancia. Y les tomó cariño, porque aunque los hombres necesitaban pescar, cazar y herir la tierra para obtener sus frutos, siempre lo hicieron de una manera respetuosa. Únicamente tomaban lo que necesitaban y trataban al resto de los seres como a hermanos menores.

El tiempo pasó para los hombres, sus vestidos,  costumbres  y necesidades  fueron cambiando. Pero en lo esencial se parecían mucho a los primeros que llegaron,  cuando el hielo y la nieve cubrían  los montes y llanuras del norte,  haciendo la vida casi imposible.

Basajaun continuaba observando lo que hacían, y siempre le sorprendían con conocimientos nuevos. Unas veces se vestía de árbol  –las hayas retorcidas y cubiertas de musgo eran sus preferidas-, otras era una pequeña ardilla de ojos brillantes y mirada inquieta, que espiaba desde las ramas más altas; pero, poco a poco, fue adquiriendo la costumbre de vestirse como uno de aquellos seres, o por lo menos como se vestían cuando llegaron a aquellas tierras. Alto, cubierto de pieles y con sus largos cabellos oscuros sueltos al viento,  se escondía en lo más frondoso de las selvas que hendía el río; desde allí bajaba, por escondidas veredas tapizadas de hojarasca, hasta las verdes colinas herbosas en las que los hombres edificaban sus viviendas. Otras veces remontaba pequeños torrentes y acechaba sus movimientos desde las cumbres cercanas que dominan el estuario. Pero su lugar favorito para observar era una pequeña lengua de tierra rocosa, llena de higueras, que se internaba en el mar y jugaba con las olas.

En algunas ocasiones los hombres le vieron –Basajaun dejó que lo hicieran- y se asombró de sus muecas de miedo, de sus gritos y  de sus carreras huyendo despavoridos. Pasado un tiempo comenzó a encontrar, sobre una gran piedra plana sostenida por otras a modo de altar, en un calvero del bosque en el que brotaba una fuente, determinadas ofrendas para él. Unas veces eran alimentos, otras flores o extraños objetos.  De vez en cuando, y esto no le gustó nada, animales sacrificados. Procuró dar a entender a los humanos lo que le agradaba y lo que no. Así, despreció la comida –Basajaun no necesita alimentarse- se adornó con las flores y se llevó los objetos. Jamás tocó ningún animal muerto. Los hombres comprendieron y nunca volvieron a aparecer ni ovejas, ni cabritos, ni terneros ni aves sacrificadas sobre aquellas piedras.

A Basajaun le gustaba oír lo que contaban los humanos, –comprende todos los lenguajes de hombres y animales- sobre todo cuando hablaban de él. Gustaba de acercarse a sus casas, iluminadas por el fuego en las largas noches de invierno, y escuchar los cuentos y consejas que las mujeres viejas, arrugadas, casi sin dientes,  y  siempre muy cerca del calor del hogar,  contaban a unos niños boquiabiertos y asustados. Y aunque no le complacía que los niños le tuvieran miedo -jamás asustó a ninguno de ellos, todo lo contrario, les ayudaba y guiaba, sin que ellos se dieran cuenta, cuando les encontraba perdidos en el bosque- se sintió halagado al saberse célebre y respetado.

Aquel fue un tiempo feliz para Basajaun y también para los hombres que vivían  a lo largo del río y en su desembocadura, disfrutando del amor continuo entre el mar y la tierra.

El calvero del bosque, con  su fuente cristalina y la primitiva ara, en la que se ofrecían presentes para el espíritu del bosque, como le llamaban los hombres,  continuaba siendo frecuentado por los necesitados, o por aquellos que deseaban demostrar su agradecimiento por lo recibido.

Un día, unos visitantes venidos por mar desde lejanos países, edificaron otro altar, algo alejado de su calvero, en uno de sus lugares preferidos, allí donde la tierra quiere prolongarse en el mar y el viento azota sin reposo levantando grandes olas. Adoraban a una diosa extranjera, muy hermosa, de abundante pelo negro, con su cuerpo perfecto ceñido por un suave manto blanco y de nariz aristocrática y altiva; Basajaun habló con ella muchas veces, se llamaba Venus y bajo la advocación de Atlántica permaneció allí durante un tiempo.

Fue ella la que le enseñó que existían otras tierras y otros ríos distintos a los que él conocía; que los hombres adoraban diferentes dioses en cada lugar. Y que tan sólo ella y su amplia familia eran conocidos entre todos los pueblos. Que él, Basajaun, era una pequeña deidad local, casi sin importancia, y desconocida lejos de aquel río y aquellas tierras.

 Basajaun sintió curiosidad por todo lo que le decía y ni tan siquiera experimentó resquemor alguno cuando Venus le habló de su propia insignificancia. Era una diosa casi omnipotente, conocida entre cientos de pueblos extraños; sus santuarios, espaciosos y construidos en una preciosa piedra blanca –mármol, le dijo que se llamaba- se alzaban desde el profundo y civilizado oriente, hasta el oeste, donde acaban las tierras conocidas; e incluso los hiperbóreos, a los que casi nadie conoce y viven tal al norte que tienen días que no acaban nunca, habían oído de su poder e influencia. Su sabiduría, comparable tan sólo a su belleza, confió muchas cosas a Basajaun y éste, cuando llegó el momento, sintió de veras su marcha.

-          Los hombres se olvidan de mí, -le dijo, mientras las lágrimas resbalaban por sus marfileñas mejillas- mis santuarios se desmoronan; ya no hay sacrificios en sus altares y mi nombre se borra de los labios de mis sacerdotes muertos. Del oriente ha llegado un nuevo y excluyente dios que quiere reinar él solo en el corazón de los hombres. Mi familia, antes poderosa y magnífica, reposa ya, tal vez para siempre, en ese horrible y frío panteón donde moran los dioses olvidados, sin ofrendas, sin plegarias, sin luz, ignorados por todos los seres vivos, y hambrientos de sacrificios. Prepárate tú también, -terminó diciéndole- pues sus sacerdotes no respetan a nadie y también te llegará el final.

Tras su marcha, Basajaun quedó un poco triste, pues echaba de menos su conversación, inteligente y amena, aunque no exenta de una cierta pedantería; su calvero siguió recibiendo la visita temerosa, fugaz a veces, de los hombres del río. Siempre con deseos sencillos, llenos de paz y fecundidad, de abundancia y prosperidad. Basajaun procuró complacer a todos los que se acercaban a aquel santuario agreste y recoleto, con el corazón puro y la mirada humilde.

Un día Basajaun se dio cuenta de que algunas cosas estaban cambiando en su pequeño mundo; sobre las piedras del calvero, perdidas ya entre la maleza,  dejaron de aparecer ofrendas;  en la fuente, de aguas ahora turbias y malolientes, ya no bebían los animales, o tal vez es que ya no los había; y el bosque arcaico, de robles, hayas y encinas marítimas, había desaparecido, siendo sustituido por unos árboles desconocidos, antipáticos, siempre verdes y tristes, que absorbían toda la humedad en verano y no dejaban pasar el tenue sol del invierno. En su presencia tan sólo crecían unos ralos matorrales, enmarañados por las zarzas y refugio de basura e inmundicia.

A su alrededor todo se hundía en la misma miseria; ya no había árboles añosos tras los que esconderse y jugar; el hombre los había cortado casi todos; la espesura arrasada por los incendios ya no existía; en su lugar solo había eriales pelados y cemento gris y frío.

Tampoco oía ya su nombre cuando se acercaba a las cabañas de los hombres por la noche; además estos apenas hablaban ya, ni las abuelas contaban cuentos a los niños. Tan sólo escuchaban  extrañas voces que salían de pequeñas cajas negras iluminadas y que parecían estar siempre encendidas

Basajaun comenzó a percibir que los hombres ya no eran felices y que hacían daño a su madre, la tierra; que cortaban los árboles  por capricho o negocio, sin importarles sus sentimientos; que ensuciaban las fuentes y los ríos con inmundicias malolientes;  que el mar tampoco se veía libre de sus basuras y desperdicios, con miles de bolsas de plástico flotando en sus aguas. Y que de ésta forma mataban toda la vida del mar y de la tierra, que desaparecía sin hacer ruido. Además, el aire olía terriblemente mal y ya apenas llovía o nevaba.

Fue viendo como aquellos humanos arrasaban, despacio pero inexorablemente, con todo lo que él quería y en donde había vivido desde siempre. Pero como era pacífico y nunca había sabido hacer daño a nada ni a nadie, sino tan sólo jugar y reír, les dejó hacer.

Y ahora piensa que fue una equivocación. Que desde el  primer momento en que se dio cuenta que los humanos habían cambiado,  que habían perdido el corazón y los sentimientos, que mataban sin razón  y que en el final sólo se vislumbraba la infelicidad para todos, incluida la de ellos mismos, debía haber hecho algo; tal vez impulsar los vientos y las aguas para limpiar la suciedad y acabar con todo lo malo. Pero les había dejado hacer.

Los bosques primigenios en los que tanto jugó; los ríos en los que se sumergía para perseguir a los peces; las fuentes cuya voz, alegre y musical, recordaba con melancolía…todo pronto fue una triste añoranza, y no quedó apenas nada que le mostrara cómo era aquella tierra antes de la llegada de los hombres. Tan sólo en las altas cumbres, en los roquedos agrestes y pelados, en lo más profundo de las gargantas excavadas por el río cerca de su nacimiento, Basajaun podía escuchar los sonidos antiguos y percibir las frescas fragancias de otros tiempos ya casi olvidados. Cada momento que pasaba hacía todo más difícil. Sus amigos, los animales, desaparecían, muertos por las acciones del hombre, que ahora ya no respetaba nada,  ni tan siquiera su derecho inalienable a compartir la tierra y el agua en libertad. Y los que aún sobrevivían, escondidos y nocturnos, estaban sucios y enfermos;  todo se desvanecía sin remisión.

Un día en que Basajaun había salido, como muchas otras veces, de uno de los raros lugares en que podía seguir escondiéndose en soledad, divisó un grupo de humanos que subía,  con gran algarabía y bultos a la espalda, por entre las rocas. Surgiendo desde el interior de un espeso matorral, Basajaun se presentó de improviso, dando un salto, pensando que así volvería a ser conocido y nombrado en sus cuentos e historias. Además, ahuyentándoles,  les impediría ensuciar uno de sus ya escasos escondites, un  bosque umbrío,  lleno de hongos y de musgo, con hayas frondosas, retorcidas, y cuyas raíces penetraban entre las ruinas de un viejo palacio ya derruido, al pie del macizo granítico que domina los últimos meandros del río. Un hombre lo construyó hacía ya tiempo; un inglés – decían los hombres- que compartió con Basajaun su gusto por lo apartado y selvático.

Pero nada sucedió como preveía  y deseaba; no gritaron de miedo, ni huyeron a la carrera, sino que con gran bullicio  y esgrimiendo unos  extraños cristales negros que sacaron de sus bolsas, se dirigieron hacia él haciendo clic-clic, sin parar. Parecía, por las risas, que se alegraban de verle. Aunque algo lentamente por la sorpresa, y acompañándose de un alarido, Basajaun reaccionó saltando de nuevo al matorral y ocultándose entre las raíces. Desde aquel día se escondía en una profunda sima, deprimido y pensando  si no se estaría mejor en aquel panteón aburrido y frío del que le hablara su amiga, la Venus Atlántica, que en este mundo nauseabundo y sin vida, con unos humanos que ya no respetaban ni a los espíritus del bosque.

Rebuscando entre su amplia memoria pudo ver todo lo sucedido desde aquel lejano día en que viera aparecer  a los padres primeros de estos hombres del clic-clic; cuando llegaron por el vado del río, bajo la lluvia, ateridos de frío y hambrientos; con algunas crías moribundas entre sus brazos, y poco más que unos escasos bultos con pieles y enseres. Enseguida encontró la respuesta a sus preguntas; aquellos  primeros hombres fueron respetuosos con la tierra y el agua, con los animales y las plantas, porque también aquellos hombres eran parte de aquel paisaje.  Y sabían que morirían si su entorno sufría algún daño irreparable. Parecía increíble que aquellos hombres antiguos fueran tan sabios y los actuales tan ignorantes.

Estos hombres de ahora –se decía Basajaun- han perdido todo el respeto por los elementos que les dan la vida; no les importan nada ni los bosques  ni los animales que viven en ellos, y están matando los ríos y mares inundándolos de porquerías. Tal vez es que ya no recuerdan la belleza de los bosques salvajes, de las aguas libres y limpias, del suave rumor del silencio…

Aquellos pensamientos le dieron una idea y decidió que los árboles deberían volver a crecer en los antiguos bosques,  y que así las aguas se limpiarían y los animales volverían a ser felices y poblar de nuevo aquellos valles, marismas y montañas. Su madre, la tierra, le ayudaría a conseguirlo, tenía que ir a buscarla.

Con esta idea emprendió un largo viaje, vestido de agua, remontando el río que había sido su vida. Conocía perfectamente el camino que debía seguir para llegar hasta su madre.

Se mezcló con el agua salobre del estuario, donde el río desaparece en el mar y contempló, con unos ojos que eran lágrimas, el sobrecogedor desastre que había convertido unas aguas repletas de vida en un solitario cementerio acuático, turbio, maloliente y vacío.

Atravesó por la luz de los puentes, ¡cada vez había más y más feos! Y, por si fuera poco, acababa de oír que querían hacer un túnel bajo el río. Como si no bastara a los hombres  haber impedido las caricias del río a la tierra, al colocar unos sucios bloques de cemento para canalizar sus orillas.

Un poco más arriba, donde ya el agua no dejaba el regusto a la sal en sus labios, tuvo que salvar unos muros puestos, ¡cómo no!  por el hombre; y en una ocasión estuvo a punto de perderse debido a los líquidos corrosivos  que vertía al río un tubo de cemento.

Conforme remontaba la corriente las aguas se mostraban más limpias, y los sabores y olores, casi agradables, le resultaban familiares. Sorguin Erreka le recordó, con sus aguas cristalinas y ligeramente calizas, aquellos hombres rudos y trabajadores que instalaron allí un pequeño campamento, y que durante muchas generaciones no faltaron jamás a la cita con los salmones, para vivir de ellos durante los largos inviernos. Se sobresaltó al pensarlo, pues no recordaba haber visto ningún salmón en todo su recorrido; tal vez habían muerto ya todos o eran incapaces de encontrar un río cuyo olor no conocían.

Era aquel un viaje iniciático, a las fuentes de la memoria perdida en nebulosas milenarias. La forma de cada piedra, el sabor de los regatos y fuentes que llegaban hasta el río, cada ribazo… todo tenía su historia y estaba en sus recuerdos. Recuerdos asociados, por lo general, a la presencia humana y que ahora le asaltaban en un continuo revivir de imágenes casi olvidadas.

El valle del Baztán, con sus casas blasonadas, le  confirmó que estaba llegando al término de su viaje. El agua, más fría y casi transparente, estaba perdiendo el sosiego y la tranquilidad de la madurez. Pronto el río se hizo niño, revoltoso y riente, perdió profundidad, ganó pureza, y poco antes de llegar a los picos de Auza y Lisette, donde el agua brota de la piedra en torrente purificador, siguió el curso de un regatillo, poco más que un hilo de plata, que desde la margen izquierda trepaba hacia unas peñas.

Continuó su camino por escondidos senderos bordeados de helechos; la vegetación era allí exuberante; hayas y robles disputaban con castaños y nogales para alcanzar los rayos del sol; los líquenes colgaban de las ramas de algunos árboles como jirones de ropa desgarrada y el rumor del agua lo inundaba todo. El musgo y las hojas muertas alfombraban el suelo sin que sobresaliera ni una piedra. Las ramas caídas eran disgregadas por la humedad y los insectos.

La tierra había construido allí su mejor palacio, tal vez el último que le quedaba.

En una profunda sima, alfombrada de musgosas piedras,  Basajaun encontró a su madre, la tierra. Había envejecido mucho, sus cabellos, profundamente negros en la juventud, habían encanecido hasta la blancura; las flores y frutos que los adornaban estaban secos o habían desaparecido ajados por el tiempo; todo daba imagen de decrepitud.

Le refirió con detalle lo que había visto y oído; el llanto de las aguas, la muerte de los árboles, la tristeza de los animales condenados a la desaparición; y sobre todo se quejó de la falta de respeto de los hombres, de su ignorancia respecto a las cosas que son importantes para la vida. Tal vez –terminó diciendo- la solución para que las aguas vuelvan a estar limpias y los animales sobrevivan, sea la de conseguir que los árboles llenen de nuevo campos y montes.

Su madre, la tierra, asintió explicándole que los árboles fueron siempre la fuente de la vida y que sin ellos el mundo nunca podrá recuperarse y sí empeorar. Pero también le dijo que ella ya no podía hacer nada, que estaba demasiado sucia, tan  herida y envejecida… Enferma y sin  fuerzas no podía recoger las semillas de los árboles para hacerlas brotar, ni impulsar los retoños  a lo alto, ni limpiar los torrentes y los ríos. Esa labor tendría que comenzarla Basajaun, aunque podría contar con su experiencia y su ayuda, una vez que comenzara a sentirse  mejor.

La vuelta por el río fue mucho más sencilla y rápida; tan sólo tuvo que dejarse llevar por la corriente, sin entretenerse con la charla de los tranquilos remansos de ojos azules que, enterados por los chismosos saltos de agua de los propósitos de Basajaun, no hacían más que preguntarle por los detalles de su empresa.

El musgoso convento de Arizkun y la ensangrentada torre de los Ursúa apenas merecieron una mirada distraída. Basajaun, preocupado por el estado en que había encontrado a su madre, la tierra, estaba decidido a actuar con premura. Pero necesitaba un plan.

Apenas había éste comenzado a perfilarse, cuando el sabor salino del agua le reveló que estaba llegando a su destino. Se despidió del río, que le animó en sus propósitos, poco antes de la isla famosa por sus casamientos, frente a las ruinas del viejo castillo alrededor del cual habían muerto tantos hombres. Subió hacia las cimas por desiertas sendas abiertas entre la espesura y que ahora, despejados los bosques protectores, sufrían las inclemencias de los elementos. Desde el alto collado, que da paso a los valles del interior, contempló todo el estuario y le sobrecogió el trabajo que debería realizar. Decidió comenzar por las alturas, para descender luego a los valles y repoblar las riberas.  Pero primero necesitaba las semillas.

Simulando ser un hombre viejo y achacoso para no despertar la curiosidad –hacía tiempo que había descubierto que entre los hombres son los ancianos los más ignorados- comenzó a recorrer las antiguas veredas, flanqueando las cuales aún se veían los árboles conocidos de antiguo. A ellos, a los robles, hayas, nogales, castaños, sauces, alisos, avellanos…y todo un olvidado muestrario de especies ya casi extrañas en su propia casa, les pidió las semillas, asegurándoles que era el enviado de la tierra para conseguir que éstas fructificasen.

Y los árboles, cansados de esparcir su simiente entre terrenos baldíos por el cemento y la contaminación, y de observar que ninguno de las semillas germinadas llegaba a crecer y desarrollarse, cedieron todos de buen grado el fruto que se les pedía. Bueno, todos no,  la encina marítima que desde siempre ha sido cicatera y desconfiada –dicen que por eso consigue sobrevivir entre las rocas más peladas y los suelos más pobres- se hizo de rogar e hicieron falta los buenos oficios del resto de los árboles para convencerla.

Sin embargo, una vez vencida ésta dificultad no hubo árbol, matorral o arbusto, por humilde que fuera, que no estuviera dispuesto a ayudarle. Recorrió los campos y los montes buscando las semillas de todos los representantes de la flora antigua. Una vez que las tuvo en su poder, -y esto no fue labor de un día- fue buscando los lugares más a propósito para realizar su tarea. Con ayuda de los recuerdos supo cuál era la especie que había predominado en cada campo, en cada monte y en cada barranco; las preferencias de los pájaros y del resto de los animales también fueron tenidas en cuenta; al fin y al cabo eran los que debían habitarlos y vivir de ellos. Ayudado por el viento y el agua, rogando a los animales que respetaran aquellas semillas, última esperanza de vida,  de las que dependía su futura supervivencia, Basajaun recorrió todos los rincones de aquella tierra, su casa.

Así, los árboles comenzaron a brotar de nuevo. Impulsados por la tierra, que ante aquella que consideraba su postrera oportunidad había cobrado un vigor ya desconocido, surgían de entre el cemento y el asfalto, invadían los prados y los cultivos, abrían muros y se enroscaban en las verjas y cercados. Sus límites los marcaba la marea,  porque hasta en lo alto de los roquedos más pelados, los líquenes estaban ya preparando el terreno para la posterior colonización arbórea. La sombra de las hojas retenía la humedad del suelo durante el verano y la fuerza de sus raíces impedía que la tierra se disgregara y desapareciera arrastrada por las aguas del invierno. En sus ramas comenzaron a anidar de nuevo los pájaros, y la noticia de aquellas manchas de verdor, acogedoras y tranquilas, se difundió rápidamente entre las aves viajeras que precisan lugares de descanso.

Por los montes más altos, descendiendo hacia las suaves colinas y los valles, vestido de andrajos y con su saco al hombro, Basajaun continuaba con el trabajo comenzado. Por donde pasaba, como si se tratara de un milagro,  la vida volvía a surgir con todo su color. El gris oscuro del asfalto y el olor desagradable de la contaminación retrocedían a su paso; al río llegaba cada vez un mayor volumen de agua limpia y las antiguas fuentes, cegadas, olvidadas, secas o perdidas, brotaban de nuevo, llenando los bosques de rumores.

Los cambios eran al principio tan sutiles que los hombres no se dieron cuenta de lo que sucedía. Pero cuando el viento agitó las ramas de los árboles, el movimiento les llamó la atención. Y se sorprendieron. También notaron que ríos y arroyos llevaban más agua y que estaba limpia, y que, aunque todo esto no lo percibieron de una vez, se alegraban de lo que veían y eran más felices. Pensaron que todo se debía a sus acertadas políticas de medio ambiente, de las que se llenaban la boca con asiduidad. El Gobierno envió a los máximos representantes de esta importante, pero desfavorecida, área gubernamental, para que certificaran el éxito obtenido.

Tan sólo unos niños, que habían visto a Basajaun con el saco al hombro, plantando simientes, sabían la verdad de lo sucedido. Pero a los niños, al igual que a los viejos, nadie les hace mucho caso.

Los funcionarios, muy engolados por la situación, propusieron al Gobierno la creación de un espacio natural que protegiera aquella experiencia “única en el país”. Y así fue, ya no se pudieron cortar más árboles, ni ensuciar las fuentes, ni verter en los ríos, ni urbanizar los bosques. Todo lo contrario, los hombres se encargaban ahora de defender  lo que hasta aquel momento no habían protegido ni querido.

Basajaun estaba muy contento por el éxito obtenido y por la mejoría de su madre, la tierra, que estaba curándose. No había más que ver la lozanía de las flores  que adornaban  su cabello, que ennegrecía por momentos.

Con la espesura llegaron sus habitantes; en extensas áreas, antes peladas o llenas de basura y escombros, comenzó a oírse el suave rumor de las patas del visón cuando se desliza entre la hojarasca, el seco ladrido nocturno de los zorros, la alegre cháchara de las ardillas en lo alto de los árboles; la vida volvía a bullir con esperanza.

Los hombres estaban entusiasmados y se decían ¡Qué grandes somos, hemos vuelto a crear el bosque atlántico. Ellos no sabían la verdad y por tanto tampoco puede acusárseles de aprovecharse de los éxitos ajenos; y a Basajaun  no le importaba la confusión; él era más pragmático y tan sólo le interesaban los resultados.

Algo que si les agradeció es que rescataran del olvido, en aquel conocido calvero, las arcaicas piedras con que otros hombres construyeron un ara, como muestra de respeto hacia el espíritu del bosque. Las habían encontrado caídas y semienterradas por los siglos y, como gran hallazgo –dolmen fue la palabra que Basajaun escuchó que lo llamaban- las colocaron en el mismo sitio  en que siempre estuvieron. Además la fuente había vuelto a brotar y los animales ya la frecuentaban.

Sin embargo, la mayor recompensa para Basajaun, después de ver el bosque como lo recordaba,  fue comprobar que los hombres volvían a integrase en el paisaje del que una vez formaron parte; que los niños jugaban de nuevo bajo los árboles y que sus padres les enseñaban a respetar todo aquello que vivía.

Su madre, la tierra, se permitió bajar un día desde su lejano refugio con Basajaun,  y saludar al mar desde ese escarpado promontorio que se interna entre las olas.

Ves, - le dijo- los hombres no son malos, pero a veces necesitan que se les muestre el camino. Ellos no saben nada aún, son unos recién llegados; pero hay que confiar en que aprendan y que un día nos protejan.

Pero aquello era sólo el principio, aún quedaba mucho por hacer y Basajaun, con el saco lleno de semillas, continuó su recorrido por montes y valles, acompañado por el viento, el agua y una pizca de confianza en los hombres.

A veces es posible verle en las noches de luna llena, recortándose contra el horizonte, como un viejo de espalda encorvada y piernas renqueantes, que recorre los caminos con un pesado saco a la espalda.


Eduardo Lizarraga

Hondarribia, Septiembre de 2012








miércoles, 15 de agosto de 2012

Solsticio de invierno (Relato para las vacaciones)




Existe una noche al año en que algunos muertos vuelven a vivir; no os riáis, es cierto, yo lo he visto. O por lo menos eso estoy empezando a creer  con inquietante certeza.

Aunque han pasado muchos años, casi veinte, desde aquella horrible experiencia, el recuerdo de lo sucedido permanece tan vivo en mí, que son pocas las noches en que no despierto, sudando y dando gritos, sobre mi cama. Lo cierto es que desde entonces ya no soy el mismo. Sólo el alcohol consigue amortiguar estos recuerdos  que me atormentan y hacen dudar de mi salud mental desde aquella maldita noche, hace ya tanto tiempo. Dicen los médicos ¡que son unos  insoportables ignorantes!  que estoy alcoholizado, y que por eso apenas puedo dormir y padezco horribles pesadillas cuando lo consigo. ¡Tontos inútiles!, no saben que es precisamente el día en que no bebo lo suficiente, cuando no consigo pegar ojo.

Siempre, desde que era un niño pequeño, he buscado la soledad. La gente me hastiaba y repelía;  era demasiado vulgar; gritaba, olía mal y, a menudo, se comportaba de una forma repulsiva, exhibiendo sin pudor sus apetencias. Por eso yo gustaba de frecuentar lugares escondidos y solitarios, de perfumes exquisitos, en donde se podía escuchar el subyugante sonido del silencio, y en los que el ruido de mis propios pasos era un estruendo horrísono.

El  tranquilo murmullo de las regatas umbrías; los bosques de pinos sombríos y tan espesos que apenas dejan pasar la luz; los muros de las casas derruidas, musgosos y llenos de helechos; los valles profundos y escondidos entre perdidas colinas; las callejuelas del casco viejo de mi ciudad, ennegrecidas por el tiempo y los recuerdos… aquel era el especial paisaje, lleno de silencios y olores extraños y ensoñadores, de mis paseos solitarios y secretos.

Ocupé los primeros años de mi juventud, cuando todavía vivía entre los muros medievales de la vieja ciudad, en aquellos paseos melancólicos, y en la lectura de libros antiguos y ya casi olvidados, que me iniciaron en conocimientos perdidos y extraños. Luego, al crecer y marchar para completar mi formación a una lejana universidad, esa necesidad de la soledad, ese gusto por lo antiguo y olvidado, no murió en mí, pero quedó, en gran medida, adormecido.

La universidad y la vida moderna en una gran capital, con su bullicio y sus prisas, no eran el marco más apropiado para cultivar unos gustos y aficiones que, para mis condiscípulos, hubieran resultado, sin lugar a dudas, extravagantes e inquietantes a la vez.

Sin embargo, cuando encontraba tiempo, gustaba pasear por sitios antiguos; posar mis manos en piedras gastadas por el roce de miles de manos de distintas generaciones ya desaparecidas; caminar por calles y caminos hollados desde siglos atrás, y extasiarme ante los mismos parajes contemplados por ojos muertos hace ya mucho tiempo. Todo lo antiguo, lo ruinoso, lo olvidado, me atraía con un magnetismo muy especial.

Pero me estoy desviando de lo que quiero contaros. Ahora, que por fin he decidido enfrentarme a mis pesadillas nocturnas, ya no me importa que conozcáis todo lo que me sucedió; es más, lo deseo para poder curarme. Mañana sabré si lo que voy a contaros es un sueño o una terrible e inquietante realidad.

Ocurrió en uno de aquellos paseos solitarios, cuando la noche ya lo cubría todo. Era el último plenilunio del año y coincidía con el solsticio de invierno. En éstas fechas los hombres de hoy celebramos la Navidad; pero algunos de nosotros tenemos, en lo más profundo de nuestra mente, los recuerdos ancestrales  de otra fiesta anterior a todo lo que es historia; anterior a lo cristiano y a lo romano. Fiesta en la que los primitivos druidas, que moraron durante muchos siglos en éstas tierras, ofrecían a la luna llena cruentos sacrificios humanos para pedir la fertilidad de campos y animales, junto a la pronta llegada de la primavera.

Impertérrita ante los cambios de los hombres y de sus costumbres, la luna iluminaba los campos con una claridad fantasmal, y creaba en aquella colina boscosa, de hayas de grotescas formas, sombras extrañas que bailaban a mi alrededor. El particular hedor de las profundidades oscuras y húmedas, con empinadas laderas musgosas y hojas en putrefacción, intoxicaba mis sentidos.

No puede, sin embargo, achacárseme toda la culpa de lo sucedido; también mi coche, ya viejo y que aprovechaba cualquier oportunidad para averiarse y dejarme inerme ante las circunstancias, tuvo su parte de responsabilidad. Había subido con él, como en muchas otras ocasiones, a las dos o tres horas de obscurecido, hasta un altozano que hay  algo más allá de la Peña de Aldabe. Desde allí podía verse toda la bahía, enmarcada, como en una postal para turistas, por las luces titilantes de los tres pueblos que duermen a sus orillas. El estuario, bañado en plata por efecto de la luna, se prolongaba en el río, que, desde siempre, había servido de frontera entre las dos naciones. Los rayos de la luna,  en su perpetua y perdida  lucha contra la obscuridad, se difuminaban en lo más intrincado de las faldas del monte, marcando apenas el tortuoso camino de Navarra.

Ensimismado en aquel hermosísimo paisaje, el tiempo pasó casi sin darme cuenta. Cuando decidí volver a casa faltaba poco para la medianoche y mi coche, siguiendo un comportamiento que se estaba haciendo irritantemente habitual, decidió no arrancar. La llave giraba y giraba, pero el motor no hacía ningún intento de ponerse en marcha, estaba como muerto. Ni las imprecaciones más o menos gruesas, ni la consabida patada en la rueda, lograron nada. Sucesivos intentos sólo lograron agotar la batería. Conocedor de mi absoluta ignorancia de las cuestiones mecánicas, desistí de levantar el capó e intentar averiguar lo que sucedía.  Abandonando en el camino mi vehículo, con paso resignado, pero vivo –no tenía otra alternativa- comencé a recorrer los cuatro o cinco kilómetros que me separaban de Irún, y que salvo un pequeño repecho preliminar, eran todos de bajada. Ya volvería a recoger el maldito trasto al día siguiente, pensaba.

Apenas llevaba quince minutos andando y estaba ya cerca de la Peña de Aldabe, cuando me pareció percibir un murmullo de voces no muy lejanas. Sorprendido, porque no es lo habitual encontrar a personas en el monte a esas horas de la noche, y menos  en aquellas fechas, pero aliviado a la vez, porque suponía que, quienesquiera que fuesen, podrían acercarme hasta el pueblo y ahorrarme la caminata, -lo cierto es que nunca he sido deportista y cualquier ejercicio me cansa y aburre- doblé el recodo del camino que me llevaba hasta la ermita, blanca y solitaria.

En la campa que llaman de Pokopandegi, y que me separaba de los primeros árboles, ardían un buen número de hogueras, alrededor de las cuales se adivinaban, más que se veían, las siluetas de toda una multitud. Extrañado, pues no recordaba ninguna fiesta ni reunión en aquel monte por esas fechas, quedé parado en mitad del camino. Estaba a punto de darme la vuelta y volver sobre mis pasos para bajar por otro lado, pues nunca me ha gustado inmiscuirme en los asuntos ajenos –si hubiera hecho caso a ese primer impulso de volverme atrás, me hubiera ahorrado todas las pesadillas que tengo desde entonces, y tal vez, sólo tal vez, hubiera llegado a la tranquila vejez-, cuando en aquel preciso momento un grupo de hombres  que bajaban en silencio desde una colina cercana, pasaron a mi lado. Uno de ellos paró junto a mí, y tomándome por el brazo me arrastró, sin decirme nada, hacia la cercana campa iluminada por la luz de las hogueras. No pude resistirme, su mano enguantada me oprimía con la fuerza de una tenaza y yo tan sólo pude dejarme llevar. 

Cuando al salir de la zona de sombra, nos alcanzó la cálida luz de la luna, y vislumbré a mi compañero, comprendí, con un estremecimiento,  que aquella era una reunión muy extraña. Llevaba una guerrera que debió ser blanca, aunque estaba bastante sucia, adornada con alamares azules;  una boina roja, bien puesta, hasta con un cierto aire pretencioso, cubría su cabeza; con la mano izquierda sostenía un curvado sable que colgaba de su talabarte. Pantalones oscuros, que podían ser azules,  y botas altas negras, con tintineantes espuelas, completaban su indumentaria. Una terrible herida de bala, de la que no manaba sangre, perforaba su cuello, y los ojos, lo único visible de su cara, oculta por una espesa barba rubia, estaban vacíos de toda expresión. Parecía un temible guerrero antiguo, escapado de las páginas de cualquier libro de historia.

Conforme nos aproximábamos a las hogueras observé que, saliendo del bosque, llegando por distintos caminos, o surgiendo desde cualquier matorral, todo un ejército de hombres se acercaba. Vestidos con extraños y anticuados uniformes, llevando armas de todos los tiempos, y con la misma expresión ausente de mi acompañante, aunque con paso decidido, se dirigían, igual que nosotros, hacia las ya cercanas hogueras.

El murmullo había subido de tono, y ya podían distinguirse palabras sueltas e incluso frases proferidas por diferentes voces y en distintos idiomas.  Aquellos hombres hablaban en castellano, euskera, francés, algo parecido al alemán y en otras lenguas, entre las que me pareció entender únicamente el degradado latín usado en la Baja Edad Media. Agrupados en corros, separados en pequeños grupos o en parejas, hablaban, jugaban, bebían y reían sin prestarnos ninguna atención. De vez en cuando algún hombre, de los que llegaban por los caminos, se incorporaba a alguno de aquellos corros donde era saludado con familiaridad.

Siempre arrastrado por mi mudo guía, si es que puede llamársele así, nos dirigimos hacia un grupo que se encontraba al borde unos espesos zarzales. Creo recordar haber visto, cercano a ese lugar, un puesto de cazadores, de los que se sortean en el pueblo durante la época de pasa de las palomas.

Cuando llegamos hablaban entre ellos y saludaron a mi acompañante con amistosos golpes en la espalda, dándole el nombre de Miguel; en mí apenas repararon.

Todos vestían de forma similar y también sus uniformes estaban sucios y cubiertos de sangre. Parecían no prestar atención a sus horrorosas heridas, por lo que deduje que todo se trataba de una extraña mascarada de carnaval celebrada a destiempo. Pero no entendía su objeto. Harto ya de aquello, inquirí a mi comparsa, que seguía sin soltarme el brazo, para que me explicara el significado de aquello.

Por primera vez escuché su voz, y lo que dijo me llenó de incertidumbre y zozobra.

-          Todo lo que está viendo ante sus ojos no existe, es una mera fantasía ya que todos estamos muertos, y si usted puede vernos es porque una parte de usted permanecerá para siempre con nosotros.

Aquellas palabras que me dirigió, con un tono profundo y el acento de alguien a quien le cuesta hablar, presentaban ciertas inusuales particularidades en vocabulario, pronunciación y forma de ser empleadas, que diferían con el habla normal en aquel año de 1975 y que me intranquilizaron profundamente.

-          Alrededor de estas hogueras, -continuó sin un parpadeo- están todos los hombres que han muerto en éste monte de muerte violenta, y que una vez, cada más o menos veinte años, cuando el plenilunio coincide con el solsticio de invierno, se reúnen en ésta misma campa para recordar aquella violencia que nos condenó para toda la eternidad. A veces vienen nuevos hombres muertos y nos cuentan los motivos por los que están aquí. La última vez fue hace veinte años. Resulta curioso comprobar que cada que cada vez llegan más destrozados y con unas armas muy complicadas. Yo morí hace más de un siglo, era un hermoso día de otoño y recuerdo que aquella noche había quedado para bailar con una mujer muy hermosa. Un soldado liberal, del regimiento de Asturias, me mató, un poco más allá de aquel montecillo del fondo –su mano enfundada en un guante blanco, me indicaba la zona de Iturriarte, poco más o menos donde había dejado mi coche unas horas antes- conmigo murieron también, –continuó, dirigiendo una mirada a su alrededor- estos amigos que ves a mi lado. Es agradable volver a estar con los compañeros del escuadrón. También está por aquí Pepe, el soldado que me mató; un madrileño con mucha gracia y al que luego iremos a buscar. Recibió un sablazo que le dio Otazu, el cabo furriel del escuadrón, que galopaba detrás de mí, y cayó muerto a pocos pasos de mi cuerpo.

Yo no sabía qué pensar, era imposible creer aquello que estaba sucediéndome. Recobrando de forma momentánea la cordura volví a pensar en una broma. Pero parecía todo tan serio…al fin comprendí que tenía que ser un sueño; un sueño realmente lúcido. Debía haber llegado a casa, e influenciado por el paseo nocturno tenía ahora una pesadilla. A veces sucede que el tiempo y el espacio desaparecen, y los ecos del pasado, despertados por alguna lectura o vivencia extraña, abren las puertas de nuestra inconsciencia.

Alrededor nuestro los hombres habían dejado de afluir. Cercanos a nosotros se encontraba un grupo de coraceros franceses, celebrando con grandes risotadas la llegada de uno de ellos al que faltaba una pierna, y que por eso –explicaba entre protestas- llegaba el último. Según pude entender se la había arrancado una bala de cañón.

Me pasaron una cantimplora, de las que llaman francesas y que destacan por su tamaño; bebí un largo trago. Era un aguardiente muy fuerte  que me abrasó la garganta haciéndome toser. Hubo algunas risas y al poco Miguel, tomándome de nuevo del brazo, me dijo:

-          Venga usted conmigo, que le voy a presentar a otros compañeros de velada.

Decidido a aprovechar al máximo aquella oportunidad de vivir un sueño tan real, no me hice  repetir dos veces la invitación, y andando a su par subí, por la resbaladiza colina, hacia otro grupo de hogueras.

Para ese momento había ya muchos hombres, con uniformes de todas las épocas y ejércitos, paseando de un lado a otro y saludándose como viejos conocidos. Coraceros y granaderos franceses, procedentes del ejército napoleónico, se mezclaban con húsares, cazadores y ulanos. Hombres con cotas de malla y petos de acero, con morriones altos, como los de los Tercios españoles del  siglo  XVI, que vemos en los grabados y pinturas, y que provenían  sin duda de la batalla de 1522, parecían los más animados. Unos piqueros suizos, armados de largas lanzas que sostenían entre las manos, hablaban en una lengua que me recordaba al actual alemán.  Se veían representantes de nuestra guerra civil, entremezclados por aquí y por allí; algunas guerreras caqui y boinas rojas de requetés navarros, mezclados con anarquistas de correajes pardos sobre grasientos monos azules y boinas negras; un grupo de legionarios, con uniformes verdosos y gorros con borla roja, estaban sentados en corro jugando al giley con gran algazara.  Muertos, en alguna olvidada batalla de la época prerromana, había unos hombres vestidos con una tabardos bastos de color negruzco, armados con arcos y espadas cortas. Su idioma era incomprensible; sus cabellos, largos y enmarañados, estaban sujetos por una tira de cuero; tenían una apariencia salvaje y primitiva.

-          Son celtas –me susurró Miguel- no son muy amigables, tal vez porque como son los más antiguos aquí, nos tienen al resto por advenedizos y además se obstinan en hablar una lengua que no entiende nadie. Más enfadados teníamos que estar nosotros con ellos –continuó Miguel-  por ser los culpables de que todos estemos en esta situación.

Antes de que pudiera preguntarle la razón de aquella extraña afirmación, quedé sorprendido al ver algunos legionarios romanos, muy parecidos en sus ropas y ademanes, aunque algo más abrigados, a los que vemos en las películas. Compartían su hoguera con unos guerreros visigodos departiendo, sin muchos problemas, en latín.

Desde la base de la colina que baja hacia el río llegaba un numeroso grupo de hombres de diferentes épocas y guerras, mojados, y con las corazas y armas llenas de verdín y oxidadas.

-          Son los que se ahogaron en el río –aclaró Miguel, que vio mi gesto de extrañeza- en todas las batallas siempre ha habido algunos, y como tienen que subir hasta aquí, son los últimos que llegan.

Muchos de ellos son suizos, muertos al intentar atravesar el Bidasoa desde Gazteluzar. Como no tiraron nada –por no dejar aquello sucio, dicen ellos, aunque otros creemos que no tiran nada por avariciosos-  se ahogaron por el peso de sus armas y ropas. Aunque parece que ya se van acostumbrando, Sancho de Artzu, uno que está aquí desde 1522, me contó que al principio venían muy avergonzados por llegar los últimos y tarde; además, como llegan tan sucios…

En la parte alta de la colina, apartados del resto, se veían seis o siete hombres que hablaban, muy estirados  y con afectación. La distancia, y el bajo tono con el que hablaban, me impedían escuchar su conversación. Le pregunté a Miguel y éste, en tono despreciativo, me respondió:

-          Son los ingleses; son pocos, ¿sabe usted? porque la mayoría se quedaron atrás, saqueando y violando en san Sebastián tras el incendio. A pesar de que están aquí desde 1813 solamente hablan inglés y hacen como que tampoco entienden nada más. Nunca tratan con nadie. Por favor, haga como si no los viera –me aconsejó, pasándome de nuevo la cantimplora.

Volví a beber y esta vez ya no me atraganté; el líquido, fuerte y caliente, me animó con su valor de 60 grados. Creo que en mi fuero interno me estaba gustando ya este excitante sueño.

-          ¿De dónde sacáis éste aguardiente? –pregunté con no fingido interés a Miguel.

-          ¿Aguardiente? –me contestó con extrañeza mi escolta -¡si es agua de Sorgin Erreka cogida a la medianoche!

Yo no sabía qué decir, si era agua o aguardiente. Pero estaba dispuesto a seguir bebiendo ya que me sentaba tan bien.

Para aquel momento apenas había ya grupos diferenciados; todo era un continuo ir y venir de unos y otros. En un determinado momento Miguel me arrastró hasta un corro de soldados decimonónicos, vestidos de azul oscuro  y quepis colorado, que jugaban a las cartas muy animados.

-          ¡Pepe! –exclamó Miguel con alegría-  vas a perder hasta el fusil con el que me disparaste, ¡sinvergüenza, pedazo  de liberal descreído!

Pepe, que era un soldado pequeño, cetrino,  de cara algo picada de viruelas, y con el pecho cruzado por una ancha herida que parecía de sable y que ensangrentaba el uniforme, se levantó del suelo dando un salto y exclamó:

-          ¡Vasco bruto, meapilas!, y yo que pensaba que ya te habrías ido al cielo con tanto rosario y medalla bendita. Anda, dame un truja que hace cantidad de tiempo que no fumo.

Y se acercó hasta nosotros, con los brazos abiertos,  sonriendo como un niño. No debía tener más de veinte años.

Abrazándose a él, Miguel, que abultaba el doble, lo levantó en vilo, gritando:

-          Pequeñajo retorcido, hereje isabelino, que no te quieren ni en el infierno. Bebe lo que quieras –dijo, ofreciéndole la cantimplora- que tabaco no hay nada. Aunque tal vez…

-          Oiga, ¿usted no tendrá un cigarro para este amigo de Madrid?

Sin decir nada les ofrecí el paquete de Habanos que siempre llevo en el bolsillo.

-          Genial, ¡tabaco de señoritos! –exclamó el madrileño, añadiendo – no fumaba así de finolis desde el  55, cuando vinieron todos aquellos nuevos, tan guapos y bien alimentados. Hasta llevaban tabaco y coñá, parecían ricos. ¡Si es que las guerras ya no son lo que eran! ¿verdad Sevilla? –añadió golpeando en la espalda a un soldado regordete, con aire de simplón, que se encontraba a su lado con una baraja en la mano.

Sentados algo alejados de ellos, cuatro o cinco hombres vestidos de azul claro jugaban con unos dados.

-          Son artilleros; de estos siempre hay pocos  ya que a la menor señal de peligro los oficiales les hacen salir corriendo para no perder los cañones, -me comentó Miguel- con un tono algo despectivo, que denotaba, muy a las claras, la desconfianza con que los soldados de caballería miran a los artilleros.

Sin poder contenerme le pregunté:

-          ¿Cómo es posible que saludes al hombre que te mató, como a un amigo al que no ves hace tiempo?

Miguel me miró sin contestarme enseguida; sus ojos azules, profundos y acerados, se clavaron en los míos y, por primera vez, noté un destello de calor en ellos.

-          La vida es algo que quedó ya muy atrás, y con ella hemos aprendido a dejar todo aquello que nos hizo infelices y que contribuyó a hacer desgraciados a los demás. Sentimientos como el odio, el rencor y la venganza, destruyen a la persona y provocan  guerras, muerte y destrucción. Cuando muera usted desaparecerán todos sus malos sentimientos, que pertenecen al mundo de los vivos y, durante todo el sueño que sigue a la muerte, tendrá tiempo para aprender que el amor y la amistad son los dos valores más sólidos que existen; cuando muera será usted más sabio.

Su actitud, algo más amistosa que la mantenida hasta aquel momento, me animó a preguntarle aquello que me rondaba por la cabeza desde que escuché su extraña afirmación sobre los celtas.

-          ¿A qué se debe que podáis recuperar la vida durante una noche, y que aquellos hombres huraños y de pelos largos tengan la culpa de que estéis aquí?

Su voz tranquila y de tono cálido me contestó sin vacilar.

-          En realidad nosotros no recuperamos la vida, lo que sucede es que una parte de nosotros ha quedado atrapada en estas colinas. Sucedió hace mucho tiempo,  cuando pueblos celtas venidos del norte atravesaron estas montañas; traían con ellos el hierro, inexistente aquí, y los habitantes de las regiones que atravesaban no se les podían oponer. Cuando aquella tribu atravesó el río, por un vado existente al pie de éste monte, los brujos locales, que adoraban a la luna y al sol, intentaron por medio de un sortilegio desanimarlos y que se dieran la vuelta. No lo consiguieron,  y los celtas los mataron a todos aquí mismo; era una fría noche de plenilunio, coincidente con el solsticio de invierno. Una noche mágica en la que cualquier encantamiento tiene más fuerza. No se por qué les salieron mal, a aquellos primitivos sacerdotes paganos, los hechizos para echar a los celtas, pero cuando estaban siendo degollados maldijeron a sus asesinos y a todos aquellos que murieran en este monte, con el odio en el corazón y las armas en la mano. Y aquel embrujo si que les salió bien. Desde entonces, y comenzando por los celtas que murieron en la refriega que siguió a la escabechina de los brujos, cada vez que una batalla llena de sangre estos campos, lo que ha sucedido en muchas ocasiones, a los muertos se les impide el descanso eterno; y siempre que coincide el plenilunio con el solsticio de invierno, nos vemos obligados a volver al lugar donde nos mataron. No sabemos ni cómo ni cuándo acabará esto.

-          ¿Hay algo que pueda hacer por vosotros? –le pregunté- pensando en todos aquellos cuentos de nuestras abuelas, en que los fantasmas y aparecidos volvían a sus tumbas una vez que el héroe de la historia realizaba alguna buena acción, o hacía decir misa, o alguna pamplina semejante.

-          Sí, -me repuso con un tono sarcástico que me heló el corazón- cuando vuelva usted la próxima vez, acuérdese de  traer más tabaco.

-          -¿Cómo sabes que volveré?-  le pregunté-, pensando que un sueño con segunda parte era algo inaudito.

-          Siempre que alguien nos ve, lo que no ha sucedido muchas veces, vuelve para quedarse con nosotros, y esa vez para siempre; y ahora beba un poco más de agua, que seguro se le ha quedado la boca seca.

Y dando por terminada la conversación me pasó la cantimplora, que parecía no vaciarse nunca.

Conforme avanzaba la noche y se bebía del agua de Sorgin Erreka, el ambiente se distendía y, llegó un momento en que los corros apartados se disolvieron formando un único grupo de personas que hablaban, jugaban, apostaban y gritaban, con vehemencia en una inmensa batahola. El barullo era terrible y aún sabiendo que todo era un sueño y por lo tanto ilógico cualquier razonamiento sobre él, no comprendía cómo ante aquel bullicio no se habían alarmado los habitantes de los caseríos cercanos.

Miguel se despistó en un  determinado momento y yo me encontré hablando con un soldado francés, de infantería de línea, que añoraba mucho su Midí natal.

-          Aquí casi siempre llueve, hace frío y la humedad te penetra en los huesos –se lamentaba el joven, que no tendría más de 18 años.

Yo debía haber bebido mucho, pues ya encontraba de lo más natural hablar con los muertos y que éstos se quejaran del frío y la humedad.

En realidad yo seguía creyendo “en el sueño de lucidez anormal”. Y este convencimiento fue, sin duda,  el que me indujo a intentar aprovechar aquella ficción, divirtiéndome y viviéndola al máximo. Así, jugué con unos soldados franceses a los dados, y hasta gané. Luego perdí con unos vecinos de Irún, muertos en las escaramuzas de  1522, y a los que pregunté, con curiosidad, sobre diversos detalles de la ciudad en aquella época. Se jugaba con dinero y no me sorprendió comprobar que mis pesetas de 1975 eran tan válidas como los maravedíes y escudos del siglo XVI, o los sestercios romanos.

Al rato volví a encontrar a Miguel, enredado en una discusión sobre caballos y arreos con un ulano napoleónico.

-          No se puede hablar de caballos con ésta gente –se lamentaba al volver conmigo-  siempre se termina alzando la voz; todo lo suyo es mejor,  ellos saben más que nadie y sus caballos son “la crème de la crème”. En realidad creo que piensan como equinos  y no precisamente del género que ellos quisieran.

Volvimos a beber y a hablar, a jugar y a beber…en un momento dado unas risas femeninas despertaron mi atención,  ya que hasta el momento había visto sólo a hombres.

-          ¿Es que hay mujeres también? -le pregunté a mi acompañante.

-          Sí –me contestó Miguel- hay unas cuantas de distintos tiempos. Estas que está escuchando usted, en concreto, son algunas de las rameras que acompañaban el batallón de Pepe. Venían desde Madrid y el día antes de la batalla, cuando envolvimos su retaguardia y nos hicimos con los bastimentos y los cañones,  lucharon como los hombres, muy valientes. A las que quedaron vivas las escondimos en una carreta, pero las encontró Oronoz, nuestro capitán, y el chantre las hizo fusilar al momento, para que no pervirtieran la moral de los soldados.  ¡Una lástima!  Ya me hubiera gustado a mí ser pervertido, sobre todo por “la moñitos” un monumento de mujer, que si encuentro te presentaré. Las fusilaron en una tapia cercana a la ermita; yo no quise estar, no me gusta ver morir a nadie,  y menos a una mujer.

Apoyados en el tronco de un árbol volvimos a beber de aquella cantimplora inagotable; la luz de la luna nos alcanzaba atravesando las desnudas ramas; algún búho ululó a lo lejos; una extraña serenidad me inundaba y cerré un momento los ojos…

Los dueños del bar que existe en lo alto del monte me encontraron aquella mañana; vagaba por el campo, empapado por la lluvia que caía de forma copiosa desde el amanecer, sin acordarme de por qué estaba allí, ni de dónde vivía o cuál era mi nombre; hallaron mi coche, sin batería y abierto, a poco más de un kilómetro de allí; estaba en una carretera que lleva hasta la cruz que corona la peña de Aldabe.

Estuve casi seis meses recluido en una clínica, siguiendo un complicado y costoso tratamiento. Los médicos, que no lograron encontrar ningún trastorno visible, afirmaron que el frío y la excitación que sufrí aquella noche, perdido en el monte, me produjeron un shock nervioso con pérdida parcial de memoria. Al cabo de aquel tiempo, y aparentemente restablecido, volví a mi casa en la ciudad.

Las pesadillas comenzaron al año de haber salido de la clínica; al principio eran unas visiones inconexas y poco definidas, pero que me producían un pánico manifiesto y extremo. Con el tiempo  el sueño, que era siempre el mismo, se hizo diáfano y comprensible, como si se tratara de una película. Siempre en el mismo orden, las mismas frases y situaciones, las mismas personas. Los médicos no sabían qué pensar; con los somníferos descansaba relativamente bien, pero estaba claro que no podía seguir tomando drogas toda la vida. Llegué hasta el hipnotismo para intentar eliminar las causas de aquella pesadilla.

Todo fue inútil; además estaba lo de la moneda. Cuando me recogieron en el campo, aquella lejana mañana de invierno de hace veinte años y, ante el estado de imbecilidad en el que me encontraba sumido, registraron mis bolsillos para buscar la documentación; dentro de mi cartera encontraron una curiosa moneda romana de la época de Augusto. Yo no supe explicar cómo había llegado allí y, achacándolo a mi pérdida de memoria lo olvidé, como un detalle curioso, pero sin importancia. Hasta que empezaron las pesadillas. A partir de aquel momento me fui dando cuenta de lo que aquella pequeña moneda de plata podía significar. Fue entonces cuando comencé a beber, no quería soñar y saber por qué estaba aquella moneda romana en mi cartera.

Por supuesto que volví al monte varias veces, con la intención de comprobar si mi mente reaccionaba viendo en la realidad todos aquellos sitios con los que soñaba al dormir. Pero no fue así. Los lugares eran los mismos; los árboles, las campas, los caminos, las piedras…pero por allí no había nada más, ni personas, salvo ocasionales paseantes, ni cosas que me hicieran reaccionar.

Me prometí no volver a contar a nadie más el sueño, e intentar olvidarlo, aunque fuera agarrado a la botella. Todas las personas tienen recuerdos que desearían suprimir de su mente, creer que no son ciertos, borrarlos de la existencia. Pero ahora me he visto obligado a escribirlo y espero que, a pesar de la niebla alcohólica que inunda mi memoria, lo haga de forma fidedigna.  Lo he soñado tantas veces que no creo tener ningún problema. Noche tras noche he vuelto a ver a Miguel, a Pepe, a Jean Jacques, el soldado francés del Midi; a los piqueros suizos, a los coraceros franceses y a los introvertidos celtas.

Es cierto que mientras que la mayoría de nuestros sueños no son más que vagos y fantásticos reflejos de situaciones vividas, existen otros que escapan a esta norma, sugiriendo posibles visiones de una existencia mental tan importante como la vida física, pero separada de ésta por una barrera infranqueable o casi infranqueable. A veces, cuando soñamos, perdemos la conciencia que nos ata a lo terreno y pasamos a una vida diferente e incorpórea, de la que únicamente permanecen, al despertar, los recuerdos más ligeros y confusos. Profundizando en esos recuerdos que, generalmente, son escasos y vagos, podemos deducir que en lo onírico, la vida, los sentidos y el tiempo no son necesariamente como los conocemos.

Como podéis comprobar he aprendido muchos de los sueños en estos años; he hablado con médicos, con psicoanalistas, hipnotizadores… charlatanes todos, y tal vez para nada.

Aún no he conseguido  saber si tan solo fue un sueño o una terrible realidad, pero estoy dispuesto a comprobarlo, porque ya no puedo continuar resistiendo la tortura en que se ha convertido mi vida. Mañana volverá a coincidir el solsticio de invierno con el plenilunio y volveré a subir al monte. Creo que es la única forma de no volverme loco. Desde que concebí esta idea, hace ya casi un año, he conseguido poner en orden todos mis pensamientos y estar mucho más tranquilo, al menos en apariencia. Los médicos creen que me he curado ya del todo y mis amigos y familia no pueden disimular su alegría, empañada tan sólo por mi afición al alcohol.

Sé que está bien lo que voy a hacer; es preciso enfrentarse a nuestros terrores y entonces éstos desaparecen. Por lo menos eso espero. Así podré volver a dormir tranquilo, sin necesidad de beber.

Es cierto que, a veces, tengo miedo de que la realidad sea otra. Me aterroriza pensar que, cuando mañana por la noche la luz de la luna me encuentre en las campas de Pokopandegi aparezcan, desde detrás de los árboles, viniendo por los caminos o bajando las resbaladizas laderas, los mismos soldados antiguos de mi sueño. No quiero ver a los legionarios franquistas enterrados en Illargi Argia.  No quiero encontrarme con Miguel y convencerme de que todo lo soñado, y que yo os he escrito es cierto, o de que estoy verdaderamente perturbado y sin solución, lo que tal vez sea menos inquietante para todos.

Dos días después “El Diario Vasco” en su página de Irún publicaba la siguiente noticia:

Hallado el cadáver de un hombre en el monte San Marcial

Ayer por la mañana, cuando Juan M. Arregi se dirigía con su tractor hacia el bosque de Illargigoikoa, cercano al monte San Marcial, para realizar una saca de árboles, encontró tendido en el camino el cuerpo sin vida de J.I.Z. de 55 años de edad, soltero y vecino de Irún.

Alrededor del cuerpo, que no presentaba señales externas de violencia, se hallaron cinco cartones de tabaco, marca Habanos, vacíos. Las cajetillas y las colillas se encontraron diseminadas por toda la campa en la que no había más huellas que las del fallecido. Como detalle a tener en cuenta y en el que la policía está basando parte de su investigación para intentar esclarecer el caso, es preciso añadir que el muerto tenía en uno de sus bolsillos una amplia muestra de monedas antiguas, entre las que se encontraban algunas medievales y romanas de gran valor, sobre todo por su sorprendente estado de conservación. Se está a la espera de la autopsia para saber si la muerte sobrevino por causas naturales. El fallecido, persona muy conocida en Irún, había sufrido una larga enfermedad mental de la que parecía ya recuperado. La policía sospecha de la existencia de otro grupo de personas junto al fallecido, a las que se está intentando encontrar, ya que considera imposible que una persona pueda fumarse 1000 cigarrillos en una sola noche.



Eduardo Lizarraga

Hondarribia, 20 de agosto de 2012