miércoles, 6 de agosto de 2014

El Castillo del Inglés


Los relámpagos rasgaban el cielo sin interrupción y la tempestad, bajando desde las cumbres cercanas, azotaba con  fuertes ráfagas el angosto camino de montaña. Hayas y robles gemían bajo sus embates,  dejando hojas y ramas en la refriega.  La lluvia caía sin cesar, arrastrada de un lado a otro por el viento que silbaba en todos los tonos.

La tormenta redoblaba su furia cuando los dos caminantes llegaron a una zona más despejada, casi arriba del collado, en donde el camino se ensanchaba, y al no estar protegido por árboles, ni por altas cunetas, la fuerza de los elementos se dejaba sentir aún con más virulencia. Al frente, aún a más de 10 kilómetros de distancia,  estaba Francia.

Era una buena noche para pasar la muga y seguro que los picoletos estarían refugiados en el cuartelillo sin salir; pero también era un riesgo elevado andar por estos andurriales sin ver apenas el camino. Desde un lugar  señalado con una piedra grabada  -Desde aquí la deserción tiene pena de la vida - y que marcaba también el camino por el que los maquis sacaban a los pilotos aliados derribados en la Francia ocupada durante la II Guerra Mundial, tendrían que ir monte a través, internándose por un espeso bosque y bajando  las pronunciadas crestas de la montaña hasta alcanzar el río… con los barrancos llenos de agua era un panorama temible.

Por eso, en un momento determinado, tras haber salvado a duras penas un regato que atravesaba el camino y que llevaba mucho caudal, el más alto empujó hacia un lado a su compañero indicándole que subiera a la derecha. Los mugidos de la tempestad apenas les permitían hablar.

  • Ander, sigue esa vereda marcada entre los árboles  -le gritó al oído, tenemos que refugiarnos hasta que esto pase un poco.

El sendero serpenteaba, subiendo entre un bosque de hayas atormentadas por la edad. Pasaron un pequeño puente de piedra que salvaba un torrente embravecido y al poco llegaron a una campa con un cierto desnivel, en la que se distinguían algunos muros de piedra y construcciones casi derruidas, invadidas por árboles y maleza.

Una de ellas, que aún conservaba todas las paredes y  gran parte del techado, les brindó la necesaria protección. No debían ser los únicos que habían encontrado refugio allí, ya que en el suelo, en una de las esquinas, se veían los restos de una hoguera apagada hacía ya mucho tiempo. Como también había un buen montón de leña seca no tardaron demasiado en encender una pequeña fogata. Las paredes les protegían de las inclemencias y la luz, que proporcionaba la lumbre, no reverberaba hacia el exterior. Fuera la tempestad seguía creciendo en intensidad.

  • Hemos hecho bien en refugiarnos aquí, Satrush, ¿cómo conocías el sitio? – preguntó  Ander al más mayor.

 Se habían quitado los zapatos y la ropa mojada y, aprovechando unos palos como perchas, la intentaban secar al calor de las llamas.

  • Hace años que conozco esto, desde que era pequeño.  Le llaman el Castillo del Inglés y yo crecí en Irún, un pueblo que está al pie de las colinas.
  • Es un nombre extraño, sobre todo aquí, en estas montañas perdidas y sin ninguna población cerca –contestó intrigado Ander.
  • Como todo en la vida tiene su razón y su historia- filosofó  Satrush, mirando la hoguera con ensoñación.
  • ¡Anda, cuéntala! Que seguro la conoces; aquí dentro estamos bien y podemos quedarnos un buen rato. Además vamos a tomarnos un café caliente que llevo en un termo.

Y echando mano del morral, que había dejado en el suelo,  algo apartado de la hoguera, Ander sacó un termo, de esos modernos, que llevan un par de tazas de aluminio como tapa.

  • Joder Ander, ¡qué oportuno! , lástima no poder echarle un chorrito de ttotta para entonar. El Satrush se frotaba las manos delante del fuego con evidente satisfacción.

Y sin más, con la taza de café aún caliente que le diera Ander, entre las manos, saboreándolo muy despacio y sintiendo el calor del líquido muy azucarado,  advirtió a su compañero que no sabía si la historia era cierta o no, pero que la contaría como la había escuchado. Y así, sin más, el Satrush comenzó su relato.

Todo aquello sucedió hace mucho tiempo – le dijo- a finales del siglo pasado, cuando ya los pronunciamientos carlistas comenzaban a distanciarse. Y con el impulso de La Gloriosa, España empezó a abrirse al exterior y a la modernidad.  Al eliminarse determinadas condiciones restrictivas, corporaciones extranjeras, sobre todo inglesas y francesas, comenzaron a interesarse por el subsuelo del país y fundaron, junto con empresas y accionistas españoles, un buen número de sociedades mineras, sobre todo en Andalucía y Bizkaia.

Una de estas sociedades, la Spanish Hematite Iron Company,  que pronto fue llamada la Bidasoa Iron Company, se desarrolló para explotar el Coto de San Fernando, así llamada una zona rica en hierro y otros minerales que se encuentra al pie de estas montañas, tirando hacia Oyarzun y Navarra. Los romanos también había estado excavando en la misma zona, desde el siglo I,  pero a diferencia de los ingleses que buscaban hierro, los romanos buscaban la plata contenida en la galena argentífera, que también se encuentra por aquí. La sacaban por mar desde Irún, la llamada Oiasso por Estrabón, que disponía de un puerto seguro para cargar el mineral.

  • ¡Satrush, leche! No te enrolles con la historia que ya sé que sabes mucho. ¿qué paso con el castillo?
  • No seas impaciente, todo esto es para que te enteres del  entorno histórico y te culturices, que algo ya necesitas –le contestó más socarrón que molesto el Satrus.
  • Pues lo que te iba diciendo, llegaron los ingleses para buscar el hierro y pusieron al frente de la empresa a un tal Hamelin.   
  • ¿Cómo el de las ratas? volvió a interrumpir Ander
  • Igual

Este Hamelin se dedicó a hacer la empresa desde la nada, a contratar operarios, suministros, maquinaria…Vivía al principio en Irún, en una casa que le alquilaron en la calle Mayor, pero enseguida comenzó a edificar las instalaciones de la empresa y una casa para él,  todo cerca del coto minero y al pie de la montaña. La casa tenía que ser amplia y bien distribuida, ya que quería traer a Ethnie, su esposa, con él.  

Y con su gran capacidad organizativa consiguió que todo fuera marchando a la vez. Los mineros abriendo nuevas galerías, o reutilizando las romanas que se encontraban todavía perdidas en el bosque,  los operarios construyendo las instalaciones y su casa terminándose en el tiempo previsto. Escribió a su mujer antes de que finalizara la primavera, para que viniera a reunirse con él. En el verano, que es la mejor época para atravesar el siempre peligroso golfo de Bizkaia, cogería un barco correo desde Southampton hasta Pasajes. El ánimo irlandés de Ethnie no conocía nada que le arredrara.

Y llegó con los grandes calores que aquel año hicieron a mediados de julio, ella, sus numerosas maletas, los baúles y el piano. El violín viajaba en su funda dentro de uno de los baúles mayores.

John estaba allí, en el puerto para recibirla y aunque los británicos no son muy dados a mostrar sus emociones en público, hasta el último de los marineros del buque pudo darse cuenta que estaban enamorados. Una berlina les esperaba para llevarles hasta Irún, donde pasarían la noche; y es que John quería que Ethnie viera su nueva casa a la luz del día.

Le entusiasmó. Su espíritu irlandés, adormecido en las calles de Londrés, renació entre las hayas y los riachuelos que invadían el entorno de su nueva vivienda. Y a la música del agua de los regatos y de la brisa jugando entre las ramas, se unió la de Ethnie desde el primer momento. Primero con el violín,  y luego  con el piano, cuando consiguió que un conocido luthier de Baiona se lo afinara, muy desajustado por la humedad de la travesía y el transporte. No hubo día en que melodías de Lizt y Chopin no invadieran aquellas soledades umbrías, ahora llenas de música.

Ethnie era feliz. Vagabundeaba por lo altos prados con pottoks salvajes que comían en sus manos. Y reía con  extrañas ovejas que colgaban de las colinas y  cuya lana llegaba hasta el suelo, parecía que no tuvieran patas. El verde de las praderas y sus árboles le hacían recordar los valles del Donegal donde pasó su infancia.

La actividad de John era agotadora. Poco a poco iba poniendo nuevas minas en explotación y al finalizar el año había ya más de 300 mineros trabajando en las galerías.  Inauguró un pequeño tren que llevaba el mineral extraído desde la parte de debajo de su casa hasta el cargadero de San Miguel, a orillas del Bidasoa. No le importaban las jornadas agotadoras, de un lado a otro del coto, hablando con unos, entrando en los pequeños pozos y galerías, subiendo o bajando montes, tomando muestras para que las analizaran, sabía que cuando llegara a casa tendría el fuego encendido y el piano de Ethnie para recibirle. El también era feliz.

La vuelta de la primavera les sorprendió casi sin darse cuenta. La temperatura fue suavizándose y los bosques renovaron sus vestidos.

John se reunía con los mineros todos los sábados por la tarde, como paso previo al descanso dominical. Llegaba hasta alguna de las minas, con el pagador, y a la vez que cobraban,  los trabajadores de la zona le planteaban sus problemas y peticiones, haciéndole partícipe de sus hallazgos y trabajos diarios. Algunas veces se introducía con ellos en las galerías nuevas y en las excavadas siglos atrás por los romanos. Estas eran características, muy abovedadas y estrechas. John se preguntaba cómo serían aquellos hombres que las habían perforado y que a veces dejaban sus marcas personales, letras o extraños jeroglíficos, grabados en las paredes. Casi al principio de llegar a la región y mientras iba tanteándolos lugares a excavar, habían encontrado los restos de una siniestra ergástula,  reconvertida con el paso de los siglos en refugio para el ganado.

No quería John más incidentes, como aquella huelga tonta que tuvo lugar el año pasado, justo antes de que llegara Ethnie; casi quince días de trabajo perdido porque en la dieta de los mineros había demasiado salmón del cercano Bidasoa.

  • ¡Escamas a echar vamos – le decían enfadados, con el característico acento de la región.

Se arregló el problema aceptando el compromiso de no poner salmón más de tres veces por semana y John tuvo que hablar con el capataz para que entendiera que por muy abundante  y barato que fuera ese pescado, que le traían desde la cercana Hondarribia,  al final la huelga salía más cara. Algo se llevaría él de todo aquel lío, pensó John con acierto. Por eso ahora hablaba con los trabajadores con asiduidad.

La región había sido explotada ya por los romanos  desde el siglo I de nuestra era. Extraían galena argentífera y sus antiguos pozos y galerías aparecían por doquier, desde el profundo valle del río Oyarzun, hasta casi Bera de Bidasoa; aunque a él le interesaba más, por el hierro,  la zona de Arditurri. Allí, más allá del collado de Aritxulegi también trabajaban sus mineros en un filón de siderita,  y de allí le trajeron algunos restos romanos que encontraban en las viejas galerías excavadas hacía siglos. Trozos de martillos, de picos mineros y de pequeñas lucernas de barro para la iluminación; también apareció alguna de ellas casi entera, tan sólo le faltaba el aceite y la mecha para poder alumbrar como lo hiciera hace casi veinte siglos.  Un día le entregaron algo más extraño y le contaron cómo lo habían encontrado.

  • Estábamos excavando una de las antiguas galerías romanas para hacerla un poco más ancha y poder llegar a nuestro filón- le contaba uno de los mineros- cuando una de las paredes laterales se derrumbó. No era más que una especie de habitación tapiada, a uno de los lados de la galería.  Poco más que un hueco en el que podrían entrar dos o tres personas. Allí dentro había una especie de altar de piedra y sobre él este medallón.

Y el minero le mostraba un medallón ennegrecido por el tiempo, que parecía de plata, con una imagen grabada y unas inscripciones. Parecía bonito y a cambio de un duro del rey, que era mucho más de lo que esperaba sacar  el minero, se lo metió en el bolsillo. Luego lo limpiaría.

No se acordó más del medallón hasta la noche, cuando ya en casa se desvistió para meterse en la cama. Y entonces se lo enseñó a su mujer.

  • Fíjate Ethnie –le dijo- mira lo que han encontrado los mineros en una de las galerías romanas.
  • ¡Es precioso John! ¿Qué es?
  • Parece un medallón de algún dios o algo parecido, tiene unas letras grabadas que no se ven bien, pero voy a hacer que lo limpien.

Ahí quedó la conversación; y John, que era persona con la cabeza bien ordenada,  dio instrucciones a la mañana siguiente para que lo limpiaran bien.

Se lo devolvieron a los días, estaba perfecto y tan brillante que parecía recién salido de una joyería. Ahora se veía bien lo que llevaba grabado en ambas caras y también las inscripciones que, estaban en latín. Por un lado estaba la cara de una especie de hombre  velludo con cuernos y mirada inquietante. Por el otro se veía al mismo personaje ya de cuerpo entero ¡tenía patas de cabra! tocando una especie de flauta. Sin lugar a dudas era un fauno, tal vez Pan. Las frases inscritas, una en cada cara, no las podía entender John, cuyo latín había quedado olvidado muchos años atrás en la escuela. Pero las copió en un papel para llevárselas al cura de la iglesia de Irún, que sin duda le podría traducir su contenido.

Esto es lo que pudo copiar en el papel: MUSIC A IN SILVIS y HABITATS IN SANGUINEM.  Y aprovechando uno de los carros de suministros, que bajaba a Irún todos los días, se lo dio al carretero con una carta para Dn. Inocencio, el párroco de la iglesia del Juncal, hombre afable e ilustrado, al que conocía desde hacía un tiempo.

A los dos o tres días tenía la traducción de vuelta: “Música en los bosques “y “Vivirá con la sangre”, era lo que le había escrito Dn. Inocencio. No tenía idea de lo que podían querer decir aquellas frases que le llegaban desde la antigüedad, como un mensaje secreto. Pero no les dio mayor importancia. Además Ethnie se había prendado del medallón y aprovechando la cadena de un viejo reloj suyo, que ya no utilizaba,  se lo había colgado al cuello con la mayor naturalidad.

Un día le sorprendió ver a Ethnie con un pañuelo anudado al dedo a modo de venda.  Cuando le preguntó, entre risas le contestó que estando en los prados de arriba, cogiendo flores de rosal silvestre para  adornar la mesa, una rama se había vuelto y le había clavado sus espinas. Lo malo  es que protegiendo el medallón para que no se enredara entre las zarzas lo había llenado de sangre. Y así estaba, rojizo y con manchurrones..

No le dieron mayor importancia al incidente y la primavera fue tocando a su fin. Sucedió en ese interregno que transcurre entre el fin de la primavera y el principio del verano, cuando los días se van haciendo más largos y se acerca el solsticio de verano, la noche de San Juan, que se celebra en muchas localidades con hogueras en las cumbres y en las plazas de los pueblos.

 Le llegó el rumor desde la oficina de pagaduría del coto; algunos mineros contaban haber visto una figura extraña en los límites del bosque. Con barba rojiza y llena de rizos, cuernos y patas de cabra, tocaba un extraño caramillo; su cuerpo estaba cubierto de largos pelos rojos.  Y desaparecía entre la espesura, dando saltos, cuando iban a buscarle. Eran varios los que le habían visto y no es que estuvieran alarmados, pero la música que se escuchaba desde lo más profundo del bosque les ponía muy nerviosos. Un intxisu del bosque decían que era.

Prefirió avisar a Ethnie de lo que le habían contado  en la oficina, al fin y al cabo paseaba mucho por los bosque colindantes y no quería que le pasara nada malo. Ella se rió de su aprensión.

  • Pero John, nuestras leyendas están llenas de trolls, duendes y hadas –le dijo- y son cuentos para niños. No hay ni un irlandés que no te diga que no ha visto un hada o un duende en el bosque. Y como haya bebido unos vasos de Bush Mills, pues un par de docenas.
  • Bueno Ethnie, sólo te lo quería decir por si acaso, para que supieras los rumores que corren del bosque, y no te sorprendas si ves un cabritillo tocando la flauta. John bromeó con ella, aunque la conversación se le quedó grabada.

Sucedió unos días después, en la víspera de San Juan, esa noche mágica. Ethnie había salido aquella tarde, como muchas otras, a dar una vuelta por las cercanías. A coger flores o sentir el roce de la hierba bajo sus pies. Parecía un día como cualquier otro. Pero Ethnie no volvió a la hora de la cena y cuando oscureció, alarmado,  John pidió a sus criados que le ayudaran a buscarla.

Aprovechando que el Satrush había parado un momento su narración y previendo que ya llegaba lo interesante, Ander echó un par de troncos más a la hoguera.

-Tenemos que dar gracias al que pensando en nosotros dejó aquí una buena provisión de leña –le dijo al Satrush- no sabe lo bien que nos ha venido.

Fuera del ahora acogedor refugio, el viento continuaba soplando, aunque tal vez con menos intensidad y el ruido de la lluvia entre las hojas de los árboles parecía que ya no era tan fuerte. Ander se asomó por uno de los estrechos huecos, que debían haber sido ventanas, para ver la situación.

  • Parece que está parando –aventuró-, tal vez en una hora podremos irnos, cuando termines –estaba claro que no quería perderse el final de la historia.

Salieron con antorchas –continuó el Satrush-  y la buscaron durante toda la noche. Y llegó el amanecer y Ethnie no apareció. Ni en todo aquel día, ni en los dos siguientes. Se dio aviso a la policía de Irún, que subió hasta allí y después de hablar con John redactó un informe. La buscarían, le dijeron, y darían aviso al resto de cuartelillos de la zona, incluso a los de Endarlatza y del otro lado de la muga, por si se enteraban de algo.

Tuvieron noticias al cuarto día; un carbonero subió hasta allí para decirles que ya había aparecido. La habían encontrado abajo, casi en el valle, en las cercanías de un barrio de Irún llamado Meaka, al pie de la cascada de Aitzondo.  Estaba bien. Casi enloquecido por la alegría, John bajó corriendo para recoger a su mujer.

La habían llevado a la ciudad, a casa del médico, que la había reconocido y curado los pies. Los tenía llenos de llagas y heridas, como si hubiera estado corriendo entre peñas y zarzales; no llevaba los zapatos. También el vestido lo tenía desgarrado. Pero lo peor es que no reconocía a nadie y tampoco hablaba. Tenía la mirada perdida. John se fijó que el medallón romano, el del dios Pan, que siempre llevaba al cuello, había desaparecido. Era plata –pensó- tal vez alguien se lo haya robado.

  • No se  asuste usted –le dijo el doctor al ver su cara de preocupación- ha estado perdida y aterrada. Es normal que esté así. ¡A saber todo lo que le habrá pasado por la cabeza en estos cuatro días! Con un poco de descanso, cuidados  y buena comida mejorará enseguida.

Pero no fue así. Tumbada en su habitación seguía sin hablar. Parecía además que no reconocía la casa, ni a su marido, ni a ninguno de los sirvientes. Tan sólo miraba por la ventana, la que daba al bosque. Y se ponía muy nerviosa si no le cerraban las contraventanas por la noche.

Pasaron los días, las semanas…y ante la desesperación de su marido Ethnie seguía igual. Pero a los tres meses algo comenzó a cambiar y John llamó con urgencia al médico. No tuvo mucho que reconocer, su mujer estaba embarazada.

  • Su mujer está bien de salud, física se entiende –le aseguró el doctor- no creo que haya ningún problema en la continuidad del embarazo. Tal vez hasta le venga bien para poder recuperarse.

Y tal y como aseguró el doctor, el embarazo de Ethnie siguió adelante. Y hasta se le notaba una cierta mejoría, comenzó a balbucear algunas palabras, aunque no se le entendía bien. Parecían pertenecer a un idioma extraño que a John le recordaban el sonido del latín.

En su momento, en días cercanos al equinoccio de primavera, Ethnie se puso de parto. Mandó John llamar al médico, pero estaba atendiendo en un caserío lejano y no podría venir hasta el día siguiente. La mujer de uno de los mineros, que ayudaba en las tareas de la casa, había actuado en otras ocasiones de comadrona y se dispuso a atender a la parturienta ayudada por otra de las mujeres del servicio.  Por los gritos y contracciones parecía que el parto podía resultar difícil.

Como era costumbre en la época, el hombre permanecía fuera de la habitación mientras la mujer daba a luz. Con un whisky en la mano y dando vueltas por el vestíbulo, John esperaba. A veces se abría la puerta y una de las mujeres salía a por más sábanas, o agua caliente. Aquello estaba durando demasiado. Después de unos gritos más fuertes  se decidió a entrar, no hizo falta porque las dos mujeres abrieron la puerta y salieron. Parecían asustadas, lloraban, y tiraron escaleras abajo diciendo que era el diablo, o eso le pareció entender a John. Escuchó el golpe del portón de la casa al cerrarse mientras entraba en la habitación.

Ethnie estaba en la cama, llena de sangre, blanquecina, casi translúcida y con las ojeras marcadas, parecía débil  aunque estaba consciente. Y le reconoció sin lugar a dudas, le siguió con los ojos y entre susurros John escuchó su nombre. En la cuna que habían preparado entre los dos meses atrás, con toda la ilusión del mundo, entre sábanas manchadas había un ser –no se le podía llamar de otra forma- cubierto de pelo rojo y con unas extrañas protuberancias en la cabeza, que le miraba atentamente con sus profundos ojos negros,  su mirada era maligna y le llenó de desazón.

Cogió la mano de su mujer e intentó atenderla como mejor sabía; la hemorragia no paraba y Ethnie parecía estar desgarrada por dentro. Había recuperado el habla y sus ojos volvían a tener su mirada inteligente de siempre,  le preguntó por el niño y John, echando una mirada a aquello que había en la cuna, no pudo decirle nada.

En apenas cinco minutos Ethnie murió y John quedó de rodillas ante la cama, sujetándole las manos. Sus sollozos se mezclaban con los ruidos, pues no eran ni voces ni llantos,  que surgían desde  la cuna.

Unas horas después la casa ardía por los cuatro costados y los mineros, que acudieron a la voz de alarma de las mujeres, no pudieron hacer nada por apagar el incendio. La casa se quemó hasta los cimientos. Desde el cercano bosque, traídos por el viento, se escucharon gritos y lamentos inhumanos, que aterrorizaron a todos los presentes.

  • ¿Y John murió en el incendio?- preguntó Ander, que había permanecido quieto y callado hasta ese momento, muy interesado en la narración.
  • No se sabe bien lo que le pasó –le contestó el Satrush- unos dicen que también pereció dentro de la casa, pero otros afirman que le vieron pasar la frontera de Irún dirigiéndose a Francia e incluso hay los que afirman que le vieron en el puerto de Pasajes, tomando un vapor hacia Inglaterra.

La tormenta había ya cesado y entre los jirones de nubes comenzaban a verse las estrellas. Con la ropa y los zapatos casi secos, era momento de retomar el camino. Poniendo mucho cuidado para no resbalar por la pendiente mojada y llena de barro, llegaron al sendero que se dirigía hacia el norte.

En poco más de una hora las nubes se habían ya dispersado por completo y en el cielo de invierno era fácil reconocer a la Osa Mayor. Prolongando una línea recta desde Merak y Dubhe, sus estrellas más occidentales, pudieron hallar la Polar antes de entrar en el bosque. Con ella ligeramente en el hombro izquierdo y si no sufrían ningún mal encuentro, podrían llegar a Francia y a la libertad.


Eduardo Lizarraga
Hondarribia  (agosto 2014

viernes, 20 de junio de 2014

Vidas rotas




 
Las recientes elecciones europeas han puesto de manifiesto muchas cosas, tal vez la más importante que este país inmovilista también es susceptible de cambiar. De los resultados electorales y de la gran sorpresa  nacional que ha producido la irrupción de “Podemos”, ya se ha hablado mucho,  y se seguirá hablando mientras que la opción se vaya ratificando en los siguientes procesos electorales. La sensación actual, sobre todo observando las virulentas reacciones de los partidos afectados y de la caverna mediática, es de crecimiento y superación de los resultados obtenidos.  Y las muestras de desafecto y desprecio tan sólo le van a fortalecer más.

Una de las cuestiones que me llamó la atención en todo el proceso preelectoral  y durante la campaña  que le siguió, es que la derecha se olía algo, pero no sabía desde dónde le iba a llegar el susto.  Tal vez por ello los acólitos mediáticos a sueldo, presentes en todas las tertulias y periódicos, se tiraron a degüello contra lo más visible, contra los que en la calle iban contra su Partido Popular con los escraches, aunque no estuvieran defendiendo ninguna opción política en concreto.  Me refiero a Ada Colau y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Se les criminalizó, demonizó, se les llamó terroristas de la ETA y todas las lindezas que se les ocurrieron;  y es que los movimientos en la calle siempre han dado mucho miedo a la derecha. Saben que los suyos en época de algaradas se refugian en los sótanos. El clamor entre todos estos periodistas a sueldo del poder, subía de tono en cada escrache, en cada aparición pública de Ada Colau, en cada decisión judicial de que no había delito al manifestarse de forma pacífica frente a las casas de los políticos del PP. La petición por el endurecimiento de las penas a los manifestantes era unánime entre ellos,  suspiraban por la pronta reforma de Gallardón, lo que pone de manifiesto, una vez más,  el miedo que a la derecha le da la calle.

Y este miedo es el que está ocasionando que la Justicia –la pongo con mayúscula pero no debiera- esté cada vez más distorsionada. Por un lado los corruptos y corruptores, políticos, empresarios y financieros; bien pertrechados de dinero y abogados,  exhibiendo su presunción de inocencia, retrasando juicios, siendo condenados a leves penas, absueltos o indultados,  y por el otro el pueblo, sin recursos y abocado a sufrir las penas más duras e ingresar en prisión.

Se acusa a estos manifestantes de terroristas,  de violentos y criminales porque protestan contra los políticos que les han llevado a la pobreza.  ¿Pero no es la pobreza  el mayor crimen organizado que existe? El Partido Popular primero redujo nuestros sueldos e indemnizaciones laborales,  luego nos  llevó al paro; redujo nuestra Sanidad, y nuestra Educación, el derecho a la vivienda que contempla nuestra Constitución es un brindis al sol, ahora pretende meter en la cárcel o multar con sanciones desproporcionadas a todo lo que se mueva.  Eso en un país que se está situando a la cola europea en número de personas arrojadas a la pobreza. ¿Y consideran que es delito el que protesten?

Hubo un tiempo en que estas personas  tenían una vida, con  trabajo e ingresos, daban de comer a sus hijos, pagaban la luz y su hipoteca, eran felices dentro de su normalidad.  Pero les quitaron el trabajo, perdieron la casa y su vida se rompió. El Gobierno prefirió salvar a los bancos que salvarles a ellos.

Durante el año 2013 un total de 49.700 familias perdieron su casa, casi siempre por decisión judicial. Hubo en total 28.173 desahucios, lo que se traduce en un incremento del  18,5% sobre los datos del 2012 y se teme que el 2014 será peor.  Miles de familias españolas con su vida rota. ¿Y se quejan porque protestan?

Y  ante esta situación el Gobierno de Mariano Rajoy no hace nada.  Más bien todo lo contrario desde que paró, de forma indigna y rastrera,  una Iniciativa Legislativa Popular, propiciada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y avalada por 1.200.000 firmas.  Ahora, silencian el problema en los medios de comunicación y mienten con maestría en las instituciones, como  De Guindos en el Senado, sacando pecho y diciendo que el Gobierno del PP protege  a los desahuciados, puro sarcasmo si no fuera por el drama cotidiano que vive nuestra sociedad. La realidad es que el Fondo Social de la Vivienda, creado para este fin,  ha entregado tan sólo 850 viviendas  durante el 2013, de esas 6.000 que le han proporcionado los bancos para intentar paliar el problema y  para que el Gobierno del PP, que paró la ILP que amenazaba a los bancos, pudiera lavarse un poco la cara.

Y así, mientras  que España derrocha dinero  y energía en el fútbol, se estima que ya hay  más de 800.000 familias que no pueden pagar la hipoteca y cuyos miembros van a ser excluidos sociales durante todo el resto de su vida. Según datos del Banco de España en nuestro país hay unos 300.000 créditos en mora, otros 200.000 en ejecución hipotecaria y otros 300.000 que han resultado fallidos desde el 2008  y cuyos titulares ya han perdido la vivienda. El drama añadido es que las personas que solicitaron estos créditos, y sus avalistas, quedan debiendo el dinero al banco de por vida después de perder su vivienda. ¿Y les amenazan porque salen a la calle a protestar?

El Gobierno del PP actuó para proteger a los bancos, siguiendo su dictado, afirmando con desfachatez que proteger a las familias podía hacer quebrar el sistema financiero. Un sistema en el  que mientras se echaba a miles de familias a la calle se tuvo que inyectar más de 100.000 millones de euros, de dinero que pagamos entre todos,  y de cuya devolución  ahora nadie es responsable.

¡Los bancos están siendo generosos con la concesión de moras en los créditos hipotecarios! dicen desde la patronal bancaria. ¡Por supuesto, faltaría más! Consiguen que el cliente siga pagando los intereses, no baja el monto hipotecario y así van retrasando –por desgracia eso es lo que sucederán en la mayoría de los casos y la banca lo sabe-   la adjudicación de unas viviendas e inmuebles que tienen una difícil salida en el actual mercado inmobiliario. Y que ya sacaran cuando vengan tiempos mejores y “lancen” a los hipotecados, habiendo estos pagados los intereses debidos.  Ellos nunca pierden.

Otro tanto está sucediendo con el brusco descenso en la concesión de daciones en pago a los afectados por el impago de la hipoteca. Y es que durante el año 2013 estas operaciones, que son las más solicitadas por los desahuciados sin vivienda que no quieren quedarse con la deuda a perpetuidad,  se han reducido en más de un 13%,  a pesar de aumentar el número de peticiones en casi un 60%. Y se debe a lo de siempre, los bancos no son hermanas de la caridad, ellos nunca pierden,  y si dieron unos miles de daciones en pago durante el  2012 fue porque les interesó y se lucraron con ello. Así fue, porque  cuando se produjo el rescate financiero algunas entidades  trasladaron sus activos tóxicos a la Sareb.  Por eso estas entidades aceptaron miles de daciones en pago en aquel momento, pues las viviendas recogidas serían transferidas a esta entidad, “el banco malo” a un precio,  que en muchas ocasiones era superior al que les hubiera ofrecido el mercado que estaba en caída libre.  Además, con un importante ahorro de costes respecto de lo que es la adjudicación en un procedimiento de ejecución hipotecaria.

Que 2014 y 2015 van a ser peores para demasiados millones de españoles lo sabe Rajoy y su desgobierno pero no lo dicen. Lo sabe la banca y calla también. Lo saben Lagarde y sus secuaces pero también lo silencian o mienten. Y lo saben porque las consecuencias del desempleo de larga duración ya se dejan sentir. Según los últimos datos de la encuesta de población activa del INE,  el 60% de los seis millones de parados  -los de verdad, no los que nos cuenta Báñez con los dedos de los pies- llevan ya más de un año sin encontrar trabajo y el porcentaje de los que acumulan tres o más años “al sol” no deja de crecer y son ya uno de cada cinco desempleados. En 2007, las personas que llevaban en paro más de tres años suponían un 13% del desempleo total, mientras que en 2013 esa proporción llegó al 21%.  ¿Y consideran que es delito el que protesten?

Cuando se nos dice que hay luz al final del túnel no tienen en cuenta a los parados de larga duración.  Van  a ser, ya lo son, la peor herencia que esta larga crisis va a dejar al futuro, la que nadie se atreve a afrontar;  de hecho el Ministerio de Báñez  los da por perdidos y le encantaría conseguir eliminarlos a todos  de las listas, aunque sea por desistimiento. De hecho ya está en ello con diversas medidas,  como las jubilaciones forzosas.  Y no se avergüenza de ser ministra de Trabajo.

Las personas que llevan más de tres años en paro son, cada vez más, españoles que ya han agotado el derecho a prestación por desempleo  y muchos de ellos también los subsidios asociados a la búsqueda de trabajo.  Son compatriotas nuestros que día a día aumentan el número de los que sobreviven –ya no se puede decir otra cosa-  sin ingresos o con nimias rentas de inserción.  Y el problema no es únicamente su falta de recursos y el deterioro social y a veces sanitario que sufren, es que a mayor tiempo desempleado las oportunidades de encontrar trabajo disminuyen de forma drástica.  El desahucio, el desarraigo, el alcoholismo o el suicidio caminan a su lado en otro ejemplo de vida rota.

Si el Gobierno del PP y sus lacayos mediáticos no entienden que estas personas –porque lo siguen siendo aunque ellos desearían que ya  no existieran- tienen el derecho y el deber de protestar por sus vidas rotas, y pretenden golpearlos, amordazarlos o encarcelarlos para evitarlo, el drama nacional está servido. Porque creo que hemos entrado en una dinámica que con violencia gubernamental no se podrá parar. Y me da miedo pensar que el Gobierno no lo sepa.

 

Eduardo Lizarraga/ www.antesqueselolleveelbanco.es

viernes, 9 de mayo de 2014

El ladrillo se convierte en amargo azucarillo


Todo comenzó en 1998, cuando el primer Gobierno de Aznar, con Rato como asesor,  se empeñó en lograr que el precio de la vivienda fuera más asequible para todos los españoles y reactivar de paso el sector inmobiliario, muy tocado tras la crisis del 92. Para ello aprobó una nueva Ley del Suelo. O al menos eso es lo que dijeron en su momento. Otras lenguas, seguro que perversas, aseguran que fue una petición de muchos políticos municipales que querían tener recursos a su alcance. Recursos en suelo o lo que es lo mismo en dinero.

El caso es que dando mayores disposiciones municipales sobre el suelo éste no se abarató sino todo lo contrario. Y la vivienda para todos los nacionales tampoco. Eso sí, comenzó un negocio muy lucrativo, el del ladrillo, para unos cuantos españoles–demasiados- visto lo que pasó. Ya es imposible dar marcha atrás, pero en la distancia y en los juzgados puede verse que la mayoría de los casos de corrupción sucedidos tienen como causa la especulación inmobiliaria y la recalificación de terrenos. Municipios de cualquier color político repartiéndose el botín con sus controladores autonómicos que además “intercedían” con la Caja Provincial para conseguir el dinero necesario para la operación. Todo ello, sin hablar de que estas recalificaciones, y las construcciones que les siguieron, han sido el principal daño causado al medio ambiente y la biodiversidad en nuestro país durante los últimos veinte años.

Y aunque ahora se rasgue las vestiduras, el PSOE no se opuso a tamaño dislate que multiplicaba las posibilidades de corrupción por 8.000, o algo más que es, o era en aquella época, el número de municipios españoles. Y si no se opuso es porque también le interesaba y esperaba poder captar recursos. Así, sin discusiones, se dieron las llaves del cofre del tesoro a políticos de bajo nivel y escasa preparación, que  llenaron las arcas municipales y las cuentas de los partidos sin olvidar, en muchos casos, las suyas propias.

Y preparado el escenario llegaron los actores del drama que se avecinaba. Políticos de toda laya que estaban en política “para hacer dinero”,  promotores antiguos, o de nuevo cuño,  de esos del Mercedes 190 y el “peluco de oro” y que ponían en contacto a los políticos con terratenientes que se dejaban querer. Para cerrar el círculo faltaba el dinero y éste llegó, en principio, desde esas instituciones netamente españolas, contestadas por la UE como un anacronismo y en las que los dos partidos principales tenían las manos metidas hasta los tobillos: las Cajas de Ahorros.  Estos organismos iban a ser la piedra fundamental para conseguir traer del futuro ingentes cantidades de dinero, para invertir en suelo y viviendas, y  que hipotecan ahora a los españoles  imposibilitando la salida de la crisis por ausencia de financiación.

 Y se inició la fiesta para algunos que ahora pagamos entre todos. La era dorada del derroche y los megayates.

El precio de las viviendas, a pesar de las previsiones aznaristas, subió de año en año y de mes en mes, de forma espectacular –casi un 30% en el 2006.  Tanto como los casos de corrupción municipal, muchos de ellos aún sin juzgar o prescritos. La costa se enladrilló sin nadie que se atreviera a decir nada, salvo Greenpeace, que fue acusada de querer frenar el desarrollo español y de ser enemiga del progreso.

A las Cajas se sumaron los bancos, y a los políticos municipales los autonómicos, con obras faraónicas “porque mi Comunidad se lo merece” era su frase repetida. Y así nos hicimos con aeropuertos sin aviones,  autopistas sin coches, Centros de Congresos sin congresistas e Instituciones Feriales de primer orden, haciendo certámenes de novias, de coches de segunda mano o de alimentos macrobióticos.

Y los números fueron aumentando de manera obscena, al igual que los títulos absurdos…los primeros en construcción en Europa; el mayor ratio en consumo de cemento;  los mayores incrementos de precios…Íbamos disparados, hasta que nos salimos en la curva del 2008 con Lehmann Broters como copiloto. En enero de aquel año el Instituto Nacional de Estadística español anunció una fuerte bajada de la compraventa de viviendas (un 27% en el primer trimestre de 2008) y de la contratación de hipotecas (un 25% en enero de 2008), por lo que ahora se considera ese momento el de la explosión de la burbuja española

Burbuja ésta que había sido negada de forma sistemática por los agentes del mercado y los partidos políticos, interesados todos ellos en que el negocio siguiera en marcha sin tener en cuenta las catastróficas consecuencias que su cortoplacista visión iba a tener. Según el Banco de España, en el periodo 1997-2007 el precio de la vivienda en España se había incrementado alrededor de un 150% en términos nominales, lo que corresponde con un 100% en términos reales, el[] precio máximo se alcanzó al final de la burbuja, en 2007; en ese momento comenzó el descenso en el precio de la vivienda. [

]Ahí acabó todo el espejismo de crecimiento, se vendieron los megayates, y ante la falta de dinero engrasando la maquinaria comenzaron a saltar los engranajes de la corrupción por todas partes.  Era como si todos hubiéramos tenido los ojos cerrados con los billetes que caían desde los edificios en construcción y mientras lleváramos el bolsillo lleno todo nos daba igual. Los más listos ya se habían retirado del negocio en el que sólo quedaban los más pardillos y los que habían llegado al final.  Las quiebras de las constructoras se multiplicaron, y daba igual el tamaño que tuvieran ya que ante el desastre la única diferencia es que hacían más ruido al caer.

Y con las quiebras, nuestra geografía comenzó a llenarse de edificios por vender, por terminar o por levantar; con urbanizaciones en mitad del campo llenas de farolas y calles que no llevaban a ninguna parte y  en las que las malas hierbas crecían con profusión. A la vez y conforme el paro comenzaba a subir en un Tourmalet duro e interminable, las fachadas de los edificios se llenaban de anuncios de "Se Vende" y las noticias de desahucios comenzaban a ocupar espacio en los periódicos. Los bancos, tan generosos un año atrás dando hipotecas al 100% con un 20% suplementario para el Cayenne, cerraban el grifo del dinero y agudizaban la crisis, imposibilitando que los pocos  interesados en comprar pudieran hacerlo y logrando que los promotores enganchados se fueran al hoyo en tiempo record.

Y hasta aquí todo ha sido ajuste, suave en un principio, duro después y  más duro a continuación. Y llegó la nacionalización de numerosas cajas de ahorro quebradas: Caja Castilla-La Mancha, Caja Sur, Caja Mediterráneo, Nova Caixa Galicia, Caixa Catalunya, Unnim y Bankia y las  ayudas públicas para fusiones de otras muchas entidades bancarias. Con esta medida socializamos sus pérdidas entre todos los españoles poniendo un dinero –se estima que podría superar los 105.000 millones de euros- que será difícil por no decir imposible recuperar.

Durante los años de bonanza, el “afán constructor”, como se publicitaba una conocida inmobiliaria, se tradujo en la construcción de 525.331 viviendas en el 2003, 586.092 en el 2004 y 612.066 en el 2005 y más de 800.000 en el 2006. Por supuesto que no todo se vendía y así en el 2004 se vendieron un total de 295.000, en el 2005, unas 336.000 y en el 2006 unas 600.000 unidades, []lo que indicaría una acumulación de viviendas nuevas. Significativamente, el parque de viviendas vacías en España era en 2005 de 3,35 millones, lo que supone un 14% del total.

Tenemos en estos momentos más de 900.000 casas nuevas, casi todas propiedad de bancos, terminadas y esperando comprador. Terrenos recalificados en todas las Comunidades Autónomas  y que sólo en la Comunidad Valenciana, una de las más afectadas por la corrupción y los pelotazos urbanísticos, podrían albergar más de un millón y medio de pisos. Recalificaciones que han terminado con casi toda la costa mediterránea virgen y se han extendido por el interior en patatales lejanos de los centros urbanos. Por si esto fuera poco más de un millón y medio de propietarios, asfixiados casi todos por la situación económica y el paro, intentan vender su propiedad con muy pocas perspectivas de éxito. Y lo que es peor, están atrapados en un bucle maléfico ya que cuanto más tardan en vender más ha bajado la casa de precio y su venta pudiera llegar a no cubrir el valor de la hipoteca pendiente.  Así, en 2014 el número de hipotecados en España cuya vivienda vale menos que el préstamo pendiente de pagar subirá hasta el 10,7% y, previsiblemente, llegará al 11,3% en 2015. Esto se traduce en que unos 580.000 propietarios podrían perder dinero si quisieran vender su vivienda o podrían sufrir un desahucio quedando a deber dinero al banco si su situación económica empeorase.

En estos momentos el valor del inmobiliario se ha ajustado hasta llegar a los precios que tenía en marzo del 2003. Por supuesto que esto es una cantidad media y que en algunas zonas habrá bajado más y en otras menos. Es decir, los que compraron en 2002 que, tras la entrada de España en el euro con las vacilaciones del momento, fue el momento en que los precios comenzaron a inflarse hasta llegar al paroxismo del 2007, están llegando al límite de su apuesta inmobiliaria y cuando termine esta crisis, que terminará, podrán vender al valor que compraron y olvidar las fastuosas revalorizaciones que experimentaron los pasados años.

Esto es el escenario lógico que debiera suceder si los bancos y su financiación quieren, que de momento es que no. Las hipotecas son una rara avis, cara para los que se la conceden y con unos diferenciales para los no clientes que pueden estar por encima del 3,5%. Y esto no anima al mercado inmobiliario.

Ahora mismo la oferta es desmesurada, con más de dos millones de propiedades en venta entre obra nueva y vivienda usada. Y en los dos mercados son los bancos los que mandan con la hipoteca en la mano. Ni el promotor que aún sobrevive, ni el particular que quiere vender su propiedad, lo conseguirán si el banco no da la financiación al posible comprador. Y el banco es juez y parte, ya que también dispone de una inmensa cartera inmobiliaria a la venta, que podría llegar a más de 700.000 pisos entre todos las entidades juntas.  Pisos de promotores arruinados o de particulares desahuciados. Y está claro que a la hora de pedir la hipoteca sólo la obtendremos si el piso que queremos es del banco; y con buenas condiciones y en algunos casos al 100% de su precio.

Artículo aparte merece hablar de las grandes operaciones que administraciones y bancos, incluyendo a la Sareb, están haciendo con los fondos de inversión oportunistas, bien llamados fondos buitre. Fondos llegados a España durante el 2013, de la mano de políticos y banqueros españoles, y que se están beneficiando de las inmensas cantidades de dinero público destinado a sanear las entidades financieras perjudicadas por un ladrillo que ahora se vende agrupado y barato. ¿A quién benefician estas operaciones? ¿Qué bancos están detrás de esos fondos?

En estas condiciones es difícil que la situación mejore en poco tiempo. La digestión de toda esta inmensa oferta inmobiliaria va a ser lenta, sobre todo por unas necesidades a la baja.  Y es que las perspectivas para los próximos años apuntan a que en el periodo 2011-2015 se crearán anualmente 165.000 nuevos hogares en España, frente a los casi 400.000 entre 1997-2009. Es preciso tener en cuenta también la vuelta a sus países de muchos de los inmigrantes que llegaron a España durante la década prodigiosa, que están dejando viviendas vacías que se añaden al mercado inmobiliario de venta o alquiler.

La perspectiva de solución ya se ve, pero va ser lenta y no va a llegar a todos los sitios por igual. El Consejo General del Notariado ha comenzado el año dando buenas noticias a los propietarios de viviendas. En su informe de abril, ceñido al terreno y basado en operaciones reales, nos indica que el número de compraventas de casas en febrero creció hasta un 39,8%, hasta las 26.602 transacciones, respecto al mismo mes de 2013. Ya en el mes de enero  se disparó un 59,2%. También los precios se recuperan y así, se incrementaron un 0,6%, que es mucho menor que en enero, cuando lo hicieron un 8,6%, pero va marcando tendencia.

Es preciso, en todo caso, controlar todo el suelo de reserva para no comenzar a construir antes que de verdad sea necesario. Los ayuntamientos se debaten entre la pobreza y la tentación urbanística, y es que han sido demasiados años en los que el modelo funcionó y les llenó los bolsillos y las arcas. Ya hay algunos, como el de Gandía, que quieren meterse en nuevas aventuras recalificadoras, en este caso con su último trozo de costa virgen y protegida Tal vez fuera necesaria la puesta en marcha de un Plan Nacional de recuperación del sector y de salida organizada de la crisis. Pero claro, se chocará con las CC.AA., sus competencias y sus intereses partidistas y dudo mucho que el actual Gobierno tenga fuerza, tiempo y legitimidad para liderar un Plan que será complejo. La vivienda es una necesidad básica para los españoles y si estamos como estamos es porque muchos lo entendieron como negocio. Y así volatilizaron el sector inmobiliario convirtiendo el ladrillo en azucarillo, aunque bastante amargo.

 

lunes, 31 de marzo de 2014

Les deux jumeaux (Relato para mis amigos de Onyarbi)


El viajero, apoyadas las manos en el pretil que separaba la carretera del precipicio, seguía con la vista la acantilada línea costera que tenía al frente;  Las Landas adivinándose al fondo, con la luz de sus  playas entre los pinos.  Hendaya, Ziburu, San Juan de Luz, Biarritz…recordaba muy bien como era toda aquella costa. En un momento dado sus ojos se fijaron en los dos inmensos peñascos, que batidos por las olas del noroeste, parecían  querer desafiar  a  la mar.  Estaban justo enfrente y entonces recordó la historia de aquellas dos rocas, la que le contara su aittona hace mucho  tiempo, antes de irse de allí, cuando era pequeño.

 


 

 

Sucedió hace muchos años, en una época más feliz y sencilla, cuando no había coches, ni móviles, ni tan siquiera luz eléctrica. En un caserío de Hendaya,  que se asoma a la bahía de Loya y que en la zona llamaban la casa del prado –Larretxea-,  nacieron dos niñas gemelas. Fue en una noche  de invierno, fría y despejada, en la que la luna creciente  y las estrellas, se disputaban el protagonismo en el firmamento, alumbrando apenas la blanca espuma de la mar. Las llamaron Ainhoa e Izarra. Eran iguales del todo y  desde que abandonaron la cuna y comenzaron a andar, nadie, ni a veces sus propios padres, podía diferenciarlas. De niñas iban  de la mano, demostrando que estaban siempre unidas  y  compartiéndolo todo, la escuela, los amigos, el trabajo en el caserío, la pesca entre las piedras de Loya.

Crecieron guapas y  alegres,  y daba gusto verlas danzar cuando ya más mayores iban juntas a las romerías de la zona.  Se las podía ver en Hendaya o Irún y Hondarribia,  y siempre había una buena corte de chicos a su alrededor. Pero no parecía que ninguno de ellos fuera  capaz de romper la pareja que formaban Ainhoa e Izarra.

Hasta que un día pasó lo previsible. Ambas se enamoraron del mismo chico, un pescador de Hondarribia que  conocieron  en las fiestas de la Magdalena; se llamaba Ander y era muy popular en el pueblo.  Alto, fuerte y buena persona, desde el principio sintió predilección por Ainhoa.  Su familia era la propietaria de una de las grandes txalupas atuneras del pueblo y cuando llegaba el verano siempre andaba de la antxoa al atún. También tenía Ander un hermoso batel, pintado de verde, con la vela al tercio y con el que pescaba en la bahía, llegando en su osadía hasta los cantiles de Erreka y Gaztelu. Era buen marino y la imagen del batel cabalgando sobre las olas de la barra, con el empuje de la vela henchida por el viento del noroeste, era más que habitual.

La relación con Ainhoa no sentó bien a Izarra, que no entendió  porqué Ander se inclinó por su hermana sin siquiera hablar apenas con ella. Y la situación se fue complicando con una mezcla de celos y amores fraternos.  Hablaban un día las dos hermanas sentadas en un banco, dentro del zaguán del caserío.

  • No sé qué le has visto al chico ese de Onyarbi –decía Izarra con un cierto desprecio- es más simple que el asa de un cubo.
  • Es simpático –contestaba lacónica Ainhoa con una mirada soñadora.
  • Tontorrón, eso es lo que es –proseguía Izarra para pincharla.
  • Y me hace reír –añadía la hermana
  • ¡A ti y a todas!, que también le he visto con la mayor de Petralanda diciéndole cositas –aseguraba Izarra intentando levantar suspicacias.
  • La verdad es que no se por qué no te gusta, al principio te parecía un chico muy interesante. Y no quiero hablar más de esto que me pongo de genio – le contestó Ainhoa  levantándose bruscamente.

Y como sucede cuando las situaciones no se aclaran en su momento,  aquella primera discusión sin resolver  terminó ahondándose y convirtiéndose en un abismo.

Las dos hermanas se fueron distanciando. Ya apenas salían juntas y Ainhoa no volvió a comentar nada de Ander.  Por su parte Izarra, envidiosa y llena de celos,  intentaba averiguar los pasos de su hermana para encontrarse con el pescador y siempre estaba al acecho de sus idas y venidas. De algunas cosas conseguía enterarse a través de varias de las amigas comunes que tenían.

Así supo, que en algunas ocasiones, Ander venía a ver a Ainhoa con su batel desde Hondarribia, acercándose a la bahía de Loya y permaneciendo con ella desde el atardecer hasta la noche. No había otra manera,  porque el puente fronterizo lo cerraban a las ocho de la noche  -a las nueve si era verano-  y ya hasta las seis de la mañana no se abría; además la vuelta, desde Larretxea hasta Hondarribi, era muy larga andando.

Menos distancia y tiempo había por mar, desde la bahía de Txingudi hasta Loya, aunque para acortar era preciso  sortear el arrecife de Erretas  por el interior, y llegar por un paso entre las rocas, estrecho y poco profundo, para  doblar enseguida  la peligrosa punta de Santa Ana.  Más fácil hubiera sido verse en la playa de Hendaia, pero la constante presencia de los guardas fronterizos, playa arriba, playa abajo, siempre era molesta. Para ayudarle  en la aproximación y la maniobra,  Ainhoa solía colocarse con un farol en la zona del acantilado que está sobre la bahía,  y de esta forma el hábil pescador  maniobraba seguro con su batel, de gran vela rojiza al tercio, y podía entrar en la bahía, hasta el fondo arenoso sin contratiempos.

En la imaginación de Izarra fue formándose un plan para suplantar a su hermana y poder hablar con Ander, ¡lo necesitaba!  Pero le hacía falta disponer de un farol y sobre todo saber cuándo tendría lugar el próximo encuentro de la pareja.  Andaba dándole vueltas a cómo enterarse y no conseguía encontrar la forma, hasta que de la manera más sencilla una mañana, cuando volvía de puerto Caneta de comprar algo de pescado, una vecina de Hondarribi, que tenía al hijo trabajando en Hendaya, se lo puso en bandeja.

  • ¡Ainhoa, Ainhoa!  -le gritó desde la calle de la iglesia- que me ha encargado Ander que te diga que salen con la txalupa  pasado mañana, a por atún, y que como estarán unos día fuera que esta noche donde siempre… ¡Tú sabrás lo que quiere decir chica! Me ha pedido que te lo dijera si te veía. A mediodía cuando llegue a casa le diré que te he dado el recado para que esté tranquilo.

Contenta por este inesperado golpe de suerte, que le brindaba la posibilidad de hacer lo que tanto tiempo llevaba pensando, se hizo con uno de los faroles que tenía su padre para pescar y esperó hasta que cayera la tarde. Sabía muy bien cómo llegar a la bahía, que distaba poco menos de un kilómetro del caserío; también sabía de la existencia de una pequeña cueva, al fondo, discreta y con el suelo tapizado de arena en la que jugaron mucho de pequeñas; seguro que era allí donde se reunían.

Recordaba bien la maniobra que tendría que hacer el pescador para llegar hasta la bahía y también cómo tenía que hacer para ayudarle a llegar. Infinidad de veces, cuando era pequeña, había ayudado, junto con su hermana a su madre, para que el tío Kepa, hermano de la ama, llegara con su barca hasta allí. Primero, cuando viera que la embarcación se aproximaba, y era fácil distinguirle por la vela rojiza, le alumbraría desde lo alto del acantilado que da sobre la playa de Hondarraitz, mirando hacia Hondarribia,  luego iría siguiendo su rumbo con el farol desde la punta para, al final, cuando ya embocara la bahía, bajar a la playa para alumbrarle desde abajo. Era fácil y conocía bien los sitios para ir haciéndolo.

Poco antes de que comenzara a atardecer, provista de su farol, salió del caserío y con paso vivo se dirigió a la parte alta del acantilado. Desde allí podría ver bien cuando el batel se aproximara. Al poco se apercibió de una vela que se acercaba, era de un batel verde que navegaba paralelo a la larga playa de Hondarraitz;  poco antes de iniciar la curva dio una bordada y se abrió lo suficiente para  dar respeto a sotavento. Iba recto a la Punta de Santa Ana, maniobrando con habilidad entre las rocas y  con la aparente intención de doblarla, sin duda era Ander.

 Estaba subiendo el viento y  aumentaba el ruido de las olas al romper contra el acantilado; con la marea subiendo, no era el mejor momento para estar por allí en una barquichuela, ni aunque fuera una singladura conocida. Con el farol encendido y la noche cayendo rápido,  la chica se orientó hacia la punta.  Ya estaba en la parte más alta del acantilado, casi en el borde. Al girarse para alumbrar al pescador vio una luz que subía por el camino; antes de poder reaccionar su hermana se le echó encima. De alguna forma se había enterado de la cita y de la presencia de Izarra.

  • ¿Qué haces aquí, bruja?- le espetó- menos mal que me lo han dicho…¿Dime, qué pensabas hacer? ¡Estás loca!

Izarra estaba enmudecida y no acertaba a decir nada. A duras penas pudo balbucir una excusa.

  • Venía a dar un paseo...

A los gritos siguieron los bofetones,  los tirones del pelo y la pelea. Enredadas y a golpes, con los faroles caídos y apagados en el suelo, las dos hermanas rodaban sin control alguno sobre la hierba, sin apercibirse de la cercanía del precipicio;  sin darse cuenta cayeron danto un terrible grito por el borde del acantilado. No fue el único, pues desde la mar y sobreponiéndose al ruido del viento y la marejada, otro terrible grito llegó hasta allí. Sin luz con la que guiarse y con olas y viento embravecidos, el batel acababa de irse contra las rocas.

Aquella noche, al fuerte temporal  del noroeste, siguió un gran terremoto en la zona y dos gigantescos peñascos en la Punta de Santa Ana se separaron de la costa. Los cuerpos de Izarra y Ainhoa nunca fueron encontrados y de Ander  tan solo hallaron los restos del batel en la playa de Loya.

Desde entonces los dos peñascos están separados para siempre y de cara al mar, esperando al amante que ya nunca podrán tener.

El viajero los contempló una vez más, con las olas intentando abatirlos. Pensativo se dio la vuelta y prosiguió su camino.

 

Eduardo Lizarraga

Hondarribia , marzo 2014