martes, 22 de septiembre de 2015

Llega el comienzo del fin de Rajoy

A la larga y también a la corta, el país está pagando la ausencia de democracia interna en el PP. El dedazo de Fraga eligió a Aznar y éste a Rajoy. Y ahora vemos que Aznar le eligió por tonto y por sumiso. Tonto sigue siendo y lo será hasta la tumba, como nos está demostrando cada día que hace declaraciones - ahora nos explicamos el plasma- pero en la sumisión ha cambiado de dueño, de Aznar a los poderes tradicionales de la derecha, la banca, las energéticas y Merkel. 

El tonto ha llevado el país al desastre y el sumiso a convertirlo en presa fácil para las grandes empresas que son las únicas que se aprovechan de su estulticia.

El problema radica en que los fundamentalistas del PP son incapaces de hacer crítica y cambiar su voto; no ganará, ya no. Pero tendremos a éste partido con una mayoría incómoda para que el gobierno progresista que salga de las urnas pueda actuar con tranquilidad.

Rajoy no va a estar ya al frente de la oposición, la derecha no se puede permitir una destrucción más larga de lo que han sido sus planteamientos en estos años. Viene un nuevo líder tras las elecciones y tendrá que hacer limpieza si no quiere refundar el partido sobre cimientos podridos. Los cuchillos comenzarán a afilarse en breve.

sábado, 14 de febrero de 2015

Una tumba más allá del mar

El anciano sube jadeante, pero con decisión, las últimas rocas que coronan el acantilado. Un poco más allá el mar bate con fuerza la costa y, a través de la espuma marina, se vislumbra una abrupta isleta que, adornada con algunos matorrales en su parte más alta, se enfrenta al océano. Al poco, con un último esfuerzo, alcanza una trillada senda bordeada de helechos que, desde el enmarañado bosque de encinas marítimas, se dirige hacia el ya cercano promontorio.

El hombre es viejo, pero aún vigoroso; sus manos nudosas empuñan con fuerza un grueso cayado con el que se ayuda para caminar; la larga melena de pelo blanco, con gruesas crenchas a cada lado de la cabeza, se sujeta a la frente con una cinta de tela roja. Una amplia camisa de color obscuro, ceñida a la cintura por un grueso cordón de cuero trenzado, le envuelve el cuerpo; en las piernas, a la manera de los germanos, unos calzones de lana, y sobre los hombros, la lanuda piel de un cordero que, además de protegerle del frío viento del norte, le confiere un aire salvaje que no desentona con el entorno. Unas cómodas abarcas de cuero, le guardan los pies de la humedad del camino, empapado por la persistente lluvia de los días pasados.

Como acostumbra todos los días, desde hace muchos años, el viejo continúa por la vereda que lleva al promontorio, dejando atrás el santuario que, dedicado a la Venus Atlántica, construyeron los primeros romanos llegados a aquel extremo del mundo conocido. Aquel día estaba algo cansado y decidió no ir más lejos; se sentó en una piedra situada en la cima de la colina que desciende hacia la blanca espuma de los rompientes. Allí el viento, siempre fuerte y constante, crea una naturaleza pobre y atormentada, de formas extrañas, con árboles escasos y raquíticos, casi matorrales, que orientan sus ramas hacia el sur.

Durante el invierno el Cantábrico está tranquilo en muy raras ocasiones; su color verdegris en continuo movimiento, produce una placentera sensación de fuerza y de vida. La isla rocosa que defiende la entrada de la bahía, desgajada de tierra firme por
la fuerza de los elementos, y separada apenas por un brazo de mar en la marea baja, parece ir a desaparecer, de un momento a otro, bajo el embate de las furiosas olas que llegan desde mar abierto. Los cormoranes, hijos del viento y de la tempestad, juegan con el agua acariciándola con el extremo de sus alas negras y adornan su pecho con la blanca espuma de las olas.

Onetsi, así se llama el anciano, mira hacia el horizonte con atención; parece que quisiera atravesar el mar y contemplar lo que se esconde en la lejana orilla del septentrión. Sus profundos ojos azules, acuosos por la edad y el salitre, navegan sobre las olas y llegan todos los días, sin cansancio, hasta la remota tierra de Britania, que conoció en su ya lejana juventud.

Las rodillas le tiemblan un poco, -no debería haber subido por el acantilado, sino por el camino de la montaña, ya estoy viejo para esos peñascos- se reprende a sí mismo Onetsi. Pero reconoce que la oportunidad de ver a los pescadores, cuando arrastran las
redes desde la orilla, es muy  tentadora, incluso para sus ya débiles piernas. El centelleo de las escamas del pescado sobre la arena, sus diferentes tamaños, formas y colores, los gritos de ánimo cuando sirgan la red, y su alegría al recoger el producto de sus afanes, es un espectáculo siempre atractivo y del que nunca se cansa. Por eso, si al llegar desde Oiaso, la ciudad en la que vive, para tomar el camino que lleva al templo de Venus, contempla algún grupo de pescadores en la orilla tirando de la red, irremediablemente cambia de idea y atravesando la playa curiosea su trabajo con interés. Después, desde las rocas donde mueren las olas, trepa por el acantilado hasta el bosque.

Tras observar sus otrora fuertes piernas que adelgazan de año en año, Onetsi se fija en sus abarcas de piel, similares a las que llevara en su niñez y cambió; cuando apenas había crecido del todo, por unas sandalias, las caligae, que le dieron con el resto del equipo.

Tenía apenas diecinueve años cuando entró a formar parte de una cohorte romana, la" Cohors II Vasconum civium romanorum", que se estaba formando en Calagurris, una ciudad cercana a su Grachurris natal. Aquella cohorte, creada a instancias de Servio Sulpicio Galba, para, después de ser proclamado emperador por sus tropas, marchar sobre Roma y hacerse con el poder efectivo, significó una oportunidad para muchos vascones. Como su familia tenía la ciudadanía romana desde los tiempos de su abuelo Burtzi, que sirvió en la guardia personal que con vascones había formado Augusto, pudo entrar directamente en la legión romana sin tener que pasar un tiempo entre las tropas auxiliares. Corría el año 820 de la fundación de Roma y, aunque Onetsi no se enteró nunca de los cambios, en poco menos de un año se sucedieron tres emperadores en la capital del imperio. Finalmente, en el 822, un capaz general, Vespasiano, fue proclamado emperador. Poco tiempo permanecieron en Vasconia las dos cohortes recién formadas, la de vascones y la de várdulos; la reorganización de las legiones romanas emprendida por Vespasiano hizo que marcharan primero a las Galias y luego a Panonia, para vigilar la frontera germánica a lo largo del río Danubio.

Onetsi nunca había visto un río tan grande; posiblemente si hubiera nacido al lado del mar, podría haberlo comparado con él, pero era un vascón meridional, de tierra adentro, y la mayor cantidad de agua que había contemplado era el furioso Ibri cuando en la primavera bajaba con las aguas del deshielo. Un compañero suyo,  Asti, vascón de la zona de Oiaso, en el limes con las tierras várdulas, sí que lo había visto y afirmaba que cualquier río era no pequeño, sino insignificante a su lado.

Onetsi no se lo creía, ¡a él le parecía tan grande el Danubio! Casi cinco años estuvieron en aquel remoto confín del imperio, compartiendo la lucha contra los bárbaros con las duras legiones danubianas; cinco años en los que algunos de sus compañeros murieron en escaramuzas con los germanos que, a pesar de ser considerados bárbaros por los romanos, no lo eran mucho más que los primos caristios, várdulos y autrigones, escasamente romanizados, de su país natal.

En una ocasión, cuando habían cruzado el Danubio para una expedición de castigo sobre una tribu que estaba haciendo demasiadas correrías, Onetsi fue herido en la espalda por un venablo surgido desde la espesura. Y hubiera muerto a no ser por Asti, que cargó con su cuerpo a través del bosque, a lo largo de más de 200 estadios, hasta llegar de nuevo al campamento. Nunca olvidó Onetsi aquella acción y así, cuando tuvo ocasión, lo que no fue hasta muchos años más tarde, pudo pagar la deuda, aunque
de forma mucho más amarga.

Al finalizar el verano de aquel quinto año de campaña en Panonia, la cohorte marchó a Argentorate para su reorganización. Era preciso completar los huecos dejados por las bajas y dar un merecido descanso a los supervivientes. Onetsi y Asti eran ya decuriones, cuando se empezó a oír el rumor de una inminente salida hacia Britania para someter a los celtas del norte de la isla y conquistar Gales e Irlanda.

Pero como muchos de los rumores que se han dado a lo largo de todos los tiempos, sobre todo en la milicia, resultó ser inexacto. Salieron, pero con las legiones de Julio Vinicio en dirección al río Elba. Se tenía la intención de atravesar el Rhin y recuperar una ancha faja de territorio, de casi 2.000 estadios, para asegurar la frontera con los marcomanos del oeste. Otra columna subiría por la costa, a lo largo de las islas Frisias, hasta alcanzar la desembocadura del Elba. La expedición partió de la ribera del Rhin enfrentándose a las tribus germánicas casi desde el principio de la marcha. Al pasar por el bosque de Teotoburgo, donde casi 40 años atrás habían sido aniquiladas tres legiones romanas, tuvieron ocasión de enterrar sus restos; eran miles de osamentas blanquecinas que cubrían casi todo un estrecho valle rodeado de bosques. Aún le duelen a Onetsi las manos, desolladas por el trabajo de pico y pala que todos realizaron sin excepción. También recuerda como recuperaron, en algunos poblados vecinos que saquearon a conciencia, las orgullosas águilas y emblemas de las legiones vencidas, mantenidas como trofeo por los bárbaros. Además de armaduras y armas romanas.

Unas gruesas gotas le salpican en la cara y le sacan de su ensimismamiento devolviéndole al presente. El viento, reinante desde primeras horas de la mañana, ha cesado casi por completo; en su lugar las nubes venidas desde lejos comienzan a dejar caer su carga de agua, como si estuvieran ya cansadas de transportarla en su seno. Pronto el largo pelo blanco queda empapado, y el anciano se levanta para protegerse en el cercano bosquecillo. Cuando al poco remite la violencia del aguacero, que se convierte en una lluvia fina y persistente, Onetsi retoma el camino para volver al poblado. Siente en sus huesos la humedad del ambiente y con el estómago vacío no quiere quedarse más tiempo a la intemperie.

En la piel de cordero las gotas de lluvia brillan como lágrimas. Ahora no atraviesa la playa, sino que siguiendo por el monte bordea el acantilado. En un pequeño calvero del bosque deja atrás un primitivo dolmen, casi olvidado, y protegido siempre por el espeso arbolado, pronto desciende por la colina y alcanza la boca del estuario. Allí, la violenta corriente del río, alimentada por las lluvias de los pasados días, intenta vencer la fuerza de la marea engrosada por la luna llena; las olas en la barra son temibles y durante unos minutos el antiguo soldado se extasía en su contemplación. Unas galeras, cargadas de mineral argentífero, esperan en la bahía interior, alejadas de la bocana, a que el tiempo mejore para ganar el océano y llegar a las fundiciones de Burdigala, donde se convertirá su carga en lingotes de plata, conocidos como “cerdos” en Roma.

Onetsi pasa cerca del oscuro poblado de los pescadores, edificado en un arenal cercano al embarcadero; el olor a pescado es penetrante; las casas, poco más que chozas de adobes y troncos sin desbastar, le recuerdan aquellas de las orillas del Danubio. Como allí, algunas mujeres se afanan, ayudadas por los chiquillos, en colgar las redes para intentar, inútilmente mientras la lluvia no cese, que el viento las seque un poco.
Cestos de mimbre, colocados en grandes montones, esperan la llegada de la primavera y a los salmones que, como todos los años, remontaran la corriente a miles. Bajo un enramado algunos hombres se dedican a la fabricación de complicados aparejos para los atunes.
Hubo un tiempo que se pensó en colocar allí algunas almadrabas para los túnidos, al igual que existen en la zona sur de la península, concretamente en la zona de Baelo Claudia. Pero algunas comprobaciones realizadas por la familia Claudia, que tenía la exclusiva del codiciado garum gaditano para toda la península, determinaron que el coste de la explotación sería excesivamente alto. Los frecuentes temporales, la inseguridad de los caminos hacia Tarraco y el largo recorrido por mar, que además, pasaría por delante de la colonia gaditana, hacían vano el esfuerzo. Por ello Oiaso se vió relegada a ser una explotación minera de segundo o tercer orden, ya que los salmones tenían un escaso valor económico.

Siguiendo el camino que marca la orilla del mar, saluda a unos legionarios que hacen guardia en las fortificaciones del altozano rocoso que domina los vados del río.  Onetsi siempre pensó que la ciudad se debía haber construido aquí y no tan arriba del estuario, donde las mareas y los siempre cambiantes bajíos de arena dificultan el paso de las panzudas naves de carga. Pero de esa forma se está más cerca del depósito de mineral y esto es lo que cuenta para los encargados de la explotación minera.

Oiaso, que es un enclave romano situado en el "saltus vasconum", había sido descrito ya por Estrabón; los primeros viajeros que llegaron por mar encontraron unas ricas menas de galena argentífera en un monte cercano. Tras el descubrimiento y la concesión de la explotación a la familia Claudia, las legiones abrieron una vía que desde el "ager vasconum" llegaba, a través de Pompaelo, hasta el nuevo enclave imperial.

Aquella vía, no muy segura y bastante accidentada, era la única comunicación con las ciudades del sur. Cada semana, unos carros cargados con grandes tinajas de agua de mar, llevaban algunos de los exquisitos pescados del lugar, entre los que no abundaba,  por desgracia, la codiciada lamprea, hacia las ricas ciudades de Pompaelo, Aracilum e Iturissa, en donde se vendía entre los prósperos propietarios agrícolas.  Una vía de similares características se dirigía hacia las Galias llegando hasta Lapurdum, pero en esa dirección el tráfico era mucho menor.

Unos pocos comerciantes, los encargados de los trabajos mineros y los responsables de la defensa, - la colonia estaba muy cerca de los dominios várdulos y de sus correrías- junto con algunos licenciados del ejército a los que se había concedido propiedades en la región, como el propio Onetsi, eran los únicos habitantes, -poco más de un centenar- con ciudadanía romana de la comarca.  La construcción de un puerto, unas pequeñas murallas, y los templos a Júpiter y Venus, junto con unas recientes termas, eran lo único que recordaba el esplendor de la lejana metrópoli.

El camino continuaba a través de la marisma; de vez en cuando se vislumbraba, entre la húmeda neblina característica del otoño, alguna embarcación de fondo plano, con pescadores dedicados a la captura de cangrejos o a la recolección de huevos entre juncales y carrizos. Aquel tiempo desapacible y neblinoso ponía melancólico a Onetsi. Aceleró su paso, como queriendo eliminar de su mente los pensamientos que le asaltaban, y tan sólo consiguió llegar con la respiración entrecortada a lo alto de la colina, sobre la que estaba edificada la ciudad. Hacía ya bastante tiempo que los recuerdos le invadían con frecuencia. Soy demasiado viejo, -solía decirse-  hace ya muchos años que debería haber muerto. Y a continuación de aquella frase, mil veces
repetida en los últimos tiempos, pensaba, con cierta intranquilidad, en que tal vez la parca se hubiera olvidado de él.

En lo más alto de la colina que domina el puerto, tenía su casa el centurión que mandaba las tropas del puesto militar. Era un buen lugar para la defensa y desde allí se podía divisar una amplia franja de terreno y también del estuario. El servicio en la mina y la vigilancia del puerto constituían los únicos deberes militares de los legionarios. Los esclavos de la mina, -casi todos celtas de Britania, que en los mejores momentos de la explotación apenas superaron el número de 600- no residían dentro de los muros, -los jefes militares lo habían prohibido temiendo las revueltas- sino en unos amplios pabellones al pie del monte donde se encuentran los pozos y las galerías.

Onetsi tenía su casa también fuera de los muros; había vivido demasiado tiempo dentro de fortificaciones, -decía a quien quería escucharle- para continuar haciéndolo; pero lo cierto es que seguía añorando la vida del soldado y vivía con sus mismos horarios y costumbres. Adquirió aquella propiedad con parte de la prima de desmovilización, -4.000 denarios de plata- que le dieron al abandonar Britania. Hubiera preferido quedarse allí, pero las palabras de Asti y el precio de las villas en Eboracum o Londinium, demasiado alejado de su escasa fortuna, le decidieron a pedir permiso para instalarse en Vasconia. La propiedad se la vendió un avispado comerciante de Massalia, Gaius Verus se llamaba, que se había enriquecido comprando a la familia Claudia, el derecho a suministrar la colonia. Además de traer los suministros y de venderlos a precio abusivo, enviaba salmones salados a las guarniciones de toda la Tarraconensis; se decía que era el hombre más odiado por los legionarios desde Legio Septima a Cessaraugusta y Tarraco, por la cantidad de salmones que enviaba.

La villa, humilde y sin mármoles ni mosaicos, como corresponde a la explotación ganadera de una zona con escasos recursos, era de piedra amarillenta, sin ventanas, como acostumbran las construcciones locales, y estaba situada en las cercanías de un
pequeño regato que fluía hacia el puerto. En momentos de fuertes lluvias y mareas crecientes, el agua solía inundar las partes bajas de la propiedad; esta era una de las razones por las que Onetsi había podido comprar barato; otra de ellas, según se decía, es que Gaius Verus tenía informaciones exactas de que la mina se cerraría en breve, acabando así toda posibilidad de negocio.

Algunos libertos se ocupaban del ganado, -ovejas, cabras, y algunas vacas- sin que se les permitiera la entrada en la vivienda, ya que Onetsi no necesitaba que nadie le sirviera. Reanimó el anciano el fuego del hogar y tras quitarse la piel de cordero, empapada por la lluvia y sacudirla un poco, se sentó al lado de la lumbre para secarse. Los restos de la cena del día anterior -algunos trozos de carne de jabalí cazado en los montes cercanos- le sirvieron de comida; agua de una vasija y un pedazo de pan hecho con harina de bellota, que en una tierra de escaso cereal era casi el único que se podía encontrar, completaron el almuerzo. Todo un festín para un hombre acostumbrado a la frugalidad  espartana de la milicia.

Recostado en el triclinio, una de las pocas costumbres romanas a las que no había podido sustraerse, -la otra era la de afeitarse el rostro para diferenciarse de los bárbaros- Onetsi miraba el fuego con atención y pensaba. Era necesario que hiciera la contabilidad del mes que acababa; al día siguiente era día de cobro y el comandante militar le adeudaba casi 20 denarios por todas las mercancías del mes; por su parte debía pagar a los libertos y no sabía si tendría ases suficientes.  Pero no tiene ninguna gana de mirar su balance; el fuego que crepita en el hogar, devorando lentamente los troncos no le deja hacerlo; sus formas siempre cambiantes y la luz mágica y saltarina que impregna todos los rincones de la estancia, le sumergen en un mundo de recuerdos a los que, como todos los viejos, recurre con frecuencia. 

La vuelta desde el cauce del río Elba, a través de una Germania bárbara y prevenida contra ellos, fue más dura que la ida. Hambrientos, exhaustos, y con numerosas bajas, llegaron hasta la frontera del Rhin. Allá se enteraron que apenas restablecidos embarcarían con dirección a Britania. Las legiones del general Cneo Julio Agrícola habían iniciado ya la conquista de Gales y parecía que la resistencia estaba siendo mayor de la esperada. Aquella fue la primera vez que Onetsi vio el mar; había chapoteado por los pantanos inundados del Mosa, había visto el Danubio y el Rhin, incluso había llegado a vislumbrar desde un altozano el río Elba, pero nunca se pudo imaginar lo que ahora se encontraba delante de sus ojos, llenándolo todo por completo. Asti, que ante su arrobamiento se reía de él, también estaba entusiasmado. Desde hacía 15 años, que saliera de la costa cantábrica, había olvidado el particular sabor marino casi por completo.

Corría el año 832; faltaba poco para que muriera Vespasiano, y en Roma se había decidido proseguir con la conquista de Britania abandonada desde la época de Nerón. La muerte del emperador no supuso ninguna traba ni retraso para el proyecto; su hijo Tito, que era tan capaz como el padre, confirmaría en el cargo a Agrícola y este sometió a Gales por completo. Britania se hizo romana, al menos en su parte sur, y continuaría siéndolo por cerca de 300 años.

Pero nada de esto importaba a Onetsi; llegados a Britania cuando la conquista de Gales había finalizado casi por completo, encontraron al cuerpo principal de la expedición, a la que se unieron ambas cohortes, -la vascona y la várdula- acampado muy en el norte, en la frontera con los pictos. Frente a ellos, al otro lado del mar, el próximo objetivo: Irlanda. Pero aquello había de demorarse aún un tiempo,-la realidad es que nunca se llegó a realizar ningún intento serio.

Mientras tanto el pequeño poblado, casi salvaje, al que habían llegado, situado en la frontera con los bárbaros celtas del norte, se había convertido en un mercado floreciente, como lo son todas las ciudades fronterizas. Allí se intercambiaba todo tipo de productos con los pictos, caledonios y escotos, apareciendo, cuando el estado de la mar lo permitía, algún curragh irlandés. Armas forjadas en las Galias o en Hispania, vino y aceite mediterráneos, telas y vidrio, se cambiaban por el ámbar procedente de la septentrional Thule o por esclavos perdedores de alguna desconocida guerra tribal. El mercado de esclavos se celebraba a mediados de cada mes; los compradores, casi todos mercaderes provenientes de las Galias, se encargaban de abastecer los siempre necesitados mercados romanos.

Tenía Onetsi treinta y siete años y era decurión cuando encontró a Itzi; bueno, si es preciso respetar la verdad la encontraron los dos, Asti y él. Y ambos se enamoraron de ella. Era hija de un comerciante originario de Barcino en la Tarraconense, casi el único que no era de las Galias de los instalados en el pueblo; había llegado tras las legiones de Agrícola para hacer negocio. Posiblemente su origen fue la razón por la que los miembros de las cohortes vasconas se convirtieran en sus principales parroquianos; aunque también la belleza de su hija, Itzi, pudo influir en la elección.
En el almacén de Antonino, -así se llamaba el mercader- podía encontrarse cualquier producto que se pudiera necesitar; por lo menos de eso presumía el comerciante. En su interior, inundado por un penetrante olor mediterráneo, mezcla de especies, pez, aceite, vino y cueros, Itzi, la hermosa Itzi, la de atardeceres cálidos, de miel y almendras; de marcada belleza morena, con ojos vivos y rasgados, abiertos al sol; acostumbrada al tenue murmullo de las olas y al cálido clima de una primavera constante, hechizó por completo a los dos amigos. La verdad es que la chica era hermosa; con esa hermosura de la mujer morena, de suave y largo pelo negro ondulado, oscuros ojos penetrantes y labios carnosos y rojos; con sonrisa incesante y pícara, igual que la de las ninfas mediterráneas.

Y allá se lanzaron ambos, a enamorar a la bella hija del mesonero. Con cartas iguales, pero jugando cada uno a su manera, y con la misma vehemencia. Finalmente, cuando faltaba poco más de un año para que ambos amigos cumplieran los veinte años de servicio a Roma y pudieran licenciarse, Itzi se decidió. Y lo hizo por Asti. Porque era más simpático, porque le decía cosas bonitas y a veces atrevidas, porque sabía tocar el caramillo, porque era más sinvergüenza...

Onetsi nunca entendió, ni entendería en su larga vida cuáles son los motivos que mueven a las mujeres. Tanto le conmovió aquella decisión que desde entonces, cuando algo le asombraba se le oía exclamar: ¡Extraño como el corazón de una mujer! El, que era tan sincero, tan poco amigo de beber y de alborotar, que comía lo justo, que nunca andaba persiguiendo a las mujeres de los demás… ¡Qué diferencia con Asti! Jugador empedernido, fantasioso, bebedor incansable, glotón, y con las mujeres ¡para qué hablar! El propio Asti, que reconocía sin ambages todos esos defectos, los achacaba al cuarto de sangre várdula, que le venía por parte de madre. Y afirmaba que ¡ese cuarto de sangre, loca y aventurera, es el que me trajo hasta esta lejana tierra de perdición!

Al principio Onetsi no se lo tomó muy bien y anduvo evitando a ambos, a Asti y a la bella mesonera, durante algún tiempo. Pero como era de buen corazón y un sentimental en el fondo, al poco tiempo comenzaron a ser los tres inseparables.

Antes de que se dieran cuenta llegó el momento del anhelado licenciamiento. Asti lo tenía muy claro, quería casarse, -las leyes militares romanas impedían que los legionarios pudieran contraer matrimonio- y así, con el dinero que le dieron al licenciarse, se asoció a su suegro y se casó con Itzi. No hubo forma de convencer a Onetsi de una sociedad a tres. Con la excusa de que no veía motivos para abandonar la vida militar se reenganchó por un período de diez años, lo máximo que le dejaban con su edad. Sin embargo prometió a Asti, y a Itzi,  que no les abandonaría y que siempre, pasara lo que pasara, serían amigos, los mejores, y estarían juntos.

Las incursiones de los caledonios, que estaban haciendo peligrar amplias zonas del interior de Britania, consiguieron que se abandonara la idea de invadir Irlanda. En su lugar se inició una campaña para someter a las salvajes tribus del norte que degeneró en una desconcertante guerra para los romanos, de rápidos movimientos, con avances peligrosos y retiradas siempre sangrientas. Las dos cohortes, la vascona y la várdula fueron, en muchos casos, punta de lanza para las legiones romanas. Tras aquella campaña, dura, salvaje, y en la que no hubo ni vencedores ni vencidos, Onetsi fue nombrado centurión. Era la más alta graduación que podía alcanzar alguien que no perteneciera al patriciado romano.
Asti, que estaba engordando peligrosamente, era feliz con Itzi. El suegro, Antonino, había muerto en un viaje a Hispania y el matrimonio se había hecho cargo de todos los negocios del comerciante. Tenían un hijo de pocos años,-cuyo padrino era por supuesto Onetsi- y estaban pensando en abandonar aquella región, demasiado insegura, y asentarse en la zona sur de Britania, posiblemente en Eboracum. No tuvieron tiempo para hacerlo; en una de sus frecuentes salidas hacia el norte, los legionarios romanos fueron engañados por los pictos que retrocedieron ante ellos para, envolviendo su retaguardia, atacar y saquear el puesto fronterizo.

Las gruesas columnas de humo en la lejanía avisaron al cuerpo expedicionario imperial que algo andaba mal. La cohorte de Onetsi  llegó la primera, pero ya era tarde. Hacía tres días que los caledonios y los pictos habían abandonado el lugar, dejando tras de sí tan sólo desolación, pillaje y muerte. Enterró lo que quedaba de ellos en una colina cercana, sobre la playa, uno junto al otro y al niño con Itzi, su adorada;  la cabeza hacia Oriente y los pies hacia Occidente, como hacían sus antepasados desde tiempo inmemorial. Con la cara vuelta hacia el mar, para que fuera lo primero que vieran todos los amaneceres. Y las lágrimas no le dejaron ver durante días.

Al año siguiente la cohorte abandonaba, sólo por un tiempo, dijeron, Britania para dirigirse a Mauritania. El cambio era abismal. Tras una temporada en Gades para pertrecharse, partieron para la Tingitania.

Por la mañana el sol despunta temprano, asomando rojo en la lejanía de un cielo color acerado. Luego se torna amarillo, fuerte, abrasador, recorriendo su cotidiana trayectoria por el suelo, una veces arenoso, otras de quebrada roca amarilla, ocre sobre blanco. Las sombras, muy acusadas, contrastan sobre la superficie como la tinta sobre el papel, recortando a la vez estilizadas siluetas de mil y un modelos. Y en este secarral, siempre acompañado por el sol, que desconoce las nieblas y las nieves, el retumbar del trueno y las centellas de los relámpagos, pasó Onetsi tres de sus cuatro últimos años de vida de soldado. Aquella región infecunda, abrasada por el aire, de sequedad pura, aséptica y conservadora, llenó para siempre su alma de tristeza y añoranza. A veces, cuando el viento soplaba del norte, lo soñaba frío e inclemente, con afrutados aromas de bosque y
tundra, musgo y líquenes, con un ligero sabor al salitre bravío del mar del norte.

Pero todo era una ilusión y tuvo que esperar hasta el 850 para retornar a Britania donde seguía la cohorte procedente de Vardulia. No pudo visitar la tumba de su único amor antes de licenciarse. Aquel era ya un terreno abandonado a las correrías bárbaras y pasarían más de cincuenta años antes de que los romanos volvieran a ocuparlo. Pero nada de esto era de su conocimiento y pensando que era lo mejor que podía hacer de momento, volvió a Vasconia. La insistencia de Asti en que Oiaso era el paraíso le movió a conocerlo y, fruto de un cúmulo de casualidades, se estableció en aquella remota región del imperio.

El otoño, con su baile de hojas secas invadiendo los caminos, y con su lluvia incesante resbalando por árboles y muros, está dando paso al invierno. Ya caen las primeras nieves y el frío se desliza por los montes anegándolos de un sobrecogedor silencio. Poco a poco y conforme pierden sus últimas hojas,  los árboles inician un tiempo de letargo del que no despertarán hasta la próxima primavera. Hasta entonces la vida, sin llegar a suspenderse del todo, se ralentiza. Algunos animales se refugian en sus madrigueras y otros emigran hacia el sur; los viejos ya no volverán. Han cumplido con su ciclo vital y el simple hecho de vivir por vivir es un engaño a la naturaleza.

Las finas hebras de oro del sol invernal tardan en despejar las nieblas húmedas de la mañana. Hace ya tiempo que las malvices, expulsadas de las zonas altas por el frío, cantan en el cercano bosque de robles, cuando Onetsi abandona la casa. El regato baja con fuerza; el ruido del agua ha acompañado el duermevela del anciano durante toda la noche.

Hoy no se entretiene en ver el ganado, ni en dar instrucciones a los pastores; sin apenas decir nada, y con un ligero saco a la espalda, toma el camino de la costa. Al pasar por delante de la necrópolis, en la que se adivinan las toscas vasijas de barro que guardan las cenizas de los muertos, sonríe enigmáticamente y aferra el saco con decisión. Siempre supo que aquellas puertas no se abrirían para él.

El sol brilla ya en lo alto cuando atraviesa los juncales. Es un tranquilo día de invierno; algunas aves acuáticas se levantan del agua a su paso para volver a posarse un poco más allá. La playa está vacía y a pesar de ello la recorre para ver morir las pequeñas ondas en la orilla. La mar está casi lisa, se diría que ante el intenso frío ha guardado su genio. Un círculo de gaviotas, chillando a lo lejos, le habla de la eterna lucha por la vida.  Hoy sube el acantilado casi sin esfuerzo; en lo más alto se da la vuelta y contempla la bahía; su inmensidad azul envuelve el río con el amoroso abrazo de la eternidad.

Tras henchir sus pulmones con el gélido aire salino de la mañana, se interna en el cercano bosquecillo; busca el antiguo dolmen, indicio mudo de pasados ritos y dioses. Allí, al lado de las piedras musgosas, recuerda las casi olvidadas costumbres, y con el nombre de Luc en sus labios, inicia la ceremonia que tantas veces contemplara en su niñez. Con hojas, y algunas ramas secas que recoge a su alrededor, hace una pequeña pira en la que quema unos panes de harina de bellota y algunas hierbas olorosas recogidas en el bosque. Luego se dirige hacia el promontorio rocoso.

En el camino entra también en el santuario de la Venus Atlántica y sobre su ara derrama aceite -a cada dios es preciso darle lo suyo. Las viejas creencias se mezclan con las nuevas en el continuo devenir de la historia. Ahora tras solicitar la protección de ambas divinidades, ya está dispuesto para emprender el largo viaje; ese del que nunca se vuelve.

Desde la colina observa el horizonte marino; la ausencia de olas permite ver con nitidez la corriente, que acariciando la costa se dirige hacia el norte. Parece un río dentro del mar; el color es diferente y se puede observar su movimiento. El anciano desciende con decisión la colina hasta una pequeña cala de fondo arenoso y translúcido. Despojándose de la ropa introduce su cuerpo desnudo y aún fuerte en el agua; el frío le sobresalta, pero pronto se acostumbra y comienza a nadar mar adentro. La corriente le rodea y le toma en su seno. El pelo blanco flotando sobre el agua se asemeja a un retazo de espuma.

Muy al norte, allá donde termina la corriente, sobre una lejana playa que mira al mar,
la tumba de su amada Itzi le espera desde siempre.  

Eduardo Lizarraga
Hondarribia  febrero 2015



domingo, 18 de enero de 2015

Apostando al rojo y al negro

 El año 2015 puede convertirse en el más importante para España desde la muerte del dictador, que no de la desaparición del franquismo, y que nadie me hable del año que ganamos el Mundial…. La transición, supuso para nuestra país el advenimiento de una pseudodemocracia tutelada, para que las oligarquías empresariales y financieras del país no perdieran ni el control económico ni el político. Y si no lo creéis así, mirad cuántas de las familias del franquismo y del antiguo régimen,  siguen detentando el poder cuarenta años después de la desaparición del general golpista; ese mismo enanín que sumió a nuestro país en una dictadura ignominiosa, e impidió un desarrollo acorde con el del resto de Europa. Por poner un ejemplo, el ínclito Carlos Fabra, golpeado más que tocado,  por la mano de “si sueñas, loterías” procede de una familia que lleva manejando la Diputación de Castellón desde el último tercio del siglo XIX.

Entramos en una año electoral decisivo para que el bipartidismo, que dicen fue necesario en su momento, ceda el paso a otra situación política en la que los partidos dejen de gobernar a su propia conveniencia y vuelva el pueblo a recoger el mandato que les cedió. Y esto no va a resultar tarea fácil, porque no se van a dejar. Y no son sólo los partidos PP/PSOE, los que se van a mostrar muy reticentes a cualquier cambio. Es que también hay otros interesados, casi invisibles, que aunque no ocupan espacio en los carteles electorales sí que se presentan a las elecciones, al menos para ganarlas. Me refiero a los grandes poderes fácticos – no es broma, existen- que están gobernando en éste país desde hace siglos. Ellos son los que controlan los partidos y envían a sus marionetas a desarrollar el programa electoral que necesitan. No pierden nunca porque apuestan a la vez al rojo y al negro, aunque debiera decir azul. Y los partidos subastan los favores a recibir en una miserable acción oculta a los españoles.

Porque la realidad es que el programa electoral con que los partidos concurren a las elecciones, y con el que pretenden y consiguen convencer al electorado, es muy imaginativo, tiene mucho de populista y poco, muy poco que ver con la desvergonzada realidad que luego ejecutan. Y empleo bien el verbo porque el programa electoral del PP, desarrollado por Mariano Rajoy y su "Muchachada Nui", ha significado una verdadera ejecución de las esperanzas, expectativas y en muchos casos vidas, de muchos, muchísimos españoles, les votaran o no. El programa oculto del PP de Mariano, ha sido el programa de la banca, de las grandes oligarquías financieras, de los entramados empresariales y de la Iglesia.  El programa con el que todos ellos han conseguido enriquecerse aún más, y sumir en la pobreza y la desesperación, cuando no en la enfermedad y la muerte, a millones de españoles. Españoles que, crédulos e ingenuos, les votaron a tumba abierta… y no es exageración que, con otra legislatura más del PP, el único negocio boyante iban a ser las funerarias.

Aún recuerdo cuando Joan Manuel Serrat, idealista entre todos los idealistas, denunció al PSOE por incumplimiento de su programa electoral y estafa al electorado. El mismo PSOE que ahora nos intenta convencer de su honestidad y bonhomía. No sirvió de nada, salvo para que ya tuviéramos claro, para siempre, que el programa con el que concurren los partidos a las elecciones es un mero reclamo publicitario para conseguir votos, ni es vinculante, ni se puede considerar un contrato con el electorado. Además, aún no he visto a ningún presidente de Gobierno, con la honestidad suficiente para dimitir y convocar nuevas elecciones, si no puede llevar adelante el programa que prometió. Y esto sucede porque los programas electorales son burdas mentiras que ocultan los intereses que van a marcar los patronos.

Porque eso es lo que tenemos, patronos y empleados. Patronos que pagan para obtener unos resultados y empleados  que cobran por los servicios prestados. Y no hay más que verlo en los dos grandes partidos, PP y PSOE.  La banca concede préstamos, sin avales, a estos partidos políticos, préstamos que además luego perdona. Está claro que es un dinero que conceden para que les ganen las elecciones, dinero que les reporta grandes beneficios. Y además, proporcionan a los políticos “conseguidores”, estupendos empleos para cuando dejen la política. Y esto lo hacen, bien lo sabemos, la banca, las empresas de energía, las empresas sanitarias…todo son pagos por trabajos realizados…con éxito.

Y así nos va al resto del país, que pagamos esos sueldos de por vida a los políticos y además los beneficios extras que reciben las empresas. Y tanto monta PP como PSOE, a la hora de apuntarse a este desvergonzado plan de acción, con el que consiguen engrasar el partido, y hacerse con unos buenos puestos de trabajo cuando dejen la política…”puerta giratoria” le llaman. González y Aznar marcaron la pauta y les siguieron toda una caterva de Ministros, Secretarios de Estado, Consejeros autonómicos…

Tal vez podáis pensar que siempre ha sido así, y es cierto, pero ya va siendo hora de acabar con éstas prácticas miserables que pagamos el resto de los españoles. Prácticas que se han convertido en un sarcasmo desde el inicio de la llamada transición, ¿de una dictadura a una oligocracia? ¿Hay alguna diferencia? Y  no sólo es eso, sino que además nos toman por tontos –  uno de ellos Rajoy I, el pusilánime- y  nos roban hasta que sangramos por todos los poros.

Hay otros grupos que no estarán tampoco en los cruciales procesos electorales de este año 2015. Y no porque no quieran o deseen estar entre bambalinas, como los que manejan la vida política de nuestro país,  sino porque no les han dejado. Emigrantes a los que se hurta el derecho al voto, desahuciados que se quedan sin casa y sin mesa electoral, suicidas –más de 4000 al año- empujados a la muerte por unas condiciones sociales propias del tercer mundo, enfermos de hepatitis C, que mueren a un ritmo de 12 diarios, indigentes que perecen de inanición en las calles…¡qué suerte que ya no están! dirán desde el partido gobernante, porque todos ellos votarían en su contra, y ya se sabe….”tacita a tacita”…

Aunque claro está, como siempre sucede, esos muertos, asesinados por una política social brutal y sin escrúpulos, tienen a alguien cercano, familia,amigos…personas que saben quién ha sido el culpable de que ya no estén con ellos, que conocen que éste gobierno y los que le han precedido, se han postrado siempre ante las élites económicas y empresariales del país, con dramáticas consecuencias para todos nosotros. Y votarán en conciencia.

En nuestras manos está que el tardofranquismo desaparezca, de una vez para siempre, de nuestra política, sus símbolos de nuestras calles y sus personajes de nuestra memoria, los de antes y los de ahora. Ya ha llegado momento de que la transición termine. Este año 2015 es el año de votar en libertad y proporcionar a éste país la democracia que necesita.

Eduardo Lizarraga

Periodista y escritor

sábado, 3 de enero de 2015

Matrimonio en crisis


Al feliz matrimonio PP/PSOE le ha llegado la crisis. Y no porque estén peleándose entre ellos, que se quieren y necesitan más que nunca, sino porque la falta de recursos ideológicos y económicos, les está dejando las vergüenzas al aire y pueden terminar desahuciados de la que ha sido su vivienda durante casi cuarenta años. Algo que por otro lado le está pasando a muchos españoles, sin que la parejita política haya hecho nada por evitarlo.

 

Y el problema les llega porque de este matrimonio de conveniencia, gobernante en España desde la década de los 80, y afectado por una situación económica y social que está mostrando la decrepitud moral de la clase gobernante, ha nacido un hijo que amenaza su subsistencia como sistema de alternancia. No se puede entender de otra manera la irrupción de “Podemos” en la vida política española. Es fruto de ese matrimonio y de que la crisis económica la están haciendo pagar de forma sangrienta a la inmensa mayoría del pueblo español. Dejando indemnes, eso sí, a la clase política, banqueros, ricos y grandes corporaciones.

 

Conscientes todos los beneficiados por el sistema alternativo, de que el mismo puede estar llegando a su fin, han salido a la palestra a defender lo que creen suyo. Y se nota. Tanto en los medios de comunicación “públicos” como en los pseudopúblicos y en las redes sociales, el ataque a “Podemos” es invasivo y continuo, aunque muy poco eficaz, diríase casi que consigue el efecto contrario. Los periodistas asalariados del sistema, los adjudicatarios de pesebres públicos, los que tienen su trabajo dependiente de los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales…todos los que de una manera u otra están enchufados a la teta pública, obedientes e interesados, han respondido al toque de rebato y han salido a defender a sus amos y a su pitanza.

 

Pero no es nada fácil darle la vuelta a una situación de años, que cada día se vuelve más indefendible. Por un lado el PP, asolado por casos de corrupción casi diarios y que no perdonan ni a su Comité Ejecutivo. Con Mariano Rajoy achicando los escándalos a cubos y con vías de agua cada vez más grandes, que están hundiendo su poder en Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y Diputaciones, base de la victoria o la derrota en la próximas generales. Y ya piensa hasta en inaceptables retrasos de la convocatoria electoral para subvertir la situación…todo con la idea de que se afiance una recuperación económica que sólo se percibe en Génova 13 y que es un sarcasmo para la gran mayoría de los españoles.

 

Y por el otro un PSOE desconcertado, que pensando en la “santa alternancia”, creía, como derecho inalienable, que ahora le tocaba a él asumir la presidencia de esta empresa que es España y colocar a los suyos en los mejores puestos, para que medraran durante unos años. Y no es que no tenga también casos de corrupción, que los tiene, sobre todo en aquellos lugares que como Andalucía están bajo su control desde hace demasiados años. Lo que sucede es que además, carece de la necesaria credibilidad para enfrentarse a la ingente tarea de darle la vuelta a todo el entramado neoliberal y de privatizaciones, recortes  y desmantelamientos que ha realizado el PP durante estos largos tres años. Y carece de credibilidad,  porque en la gran mayoría de los casos ha sido el cómplice necesario.

 

Y el problema de estos dos partidos se acrecienta cuando la opinión pública percibe que dentro de sus cuadras –sí, sí, he dicho cuadras que no cuadros- existe una gran carencia, al menos en apariencia, de políticos honestos y que puedan representar al pueblo luchando contra las injusticias sociales y olvidándose de sus bolsillos. El saliente presidente de Uruguay, José Múgica, es un ejemplo de político honesto que no se ha enriquecido con su cargo. Y es ejemplo, por lo extraño que resulta en comparación con lo que sucede en nuestro país, donde los pocos políticos encarcelados saben, que cuando salgan, tendrán a su disposición el dinero robado y convenientemente oculto.

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Y son los correligionarios de estos políticos, carentes de ética y moral, los que se asoman diariamente a los medios, para gritar contra los nuevos candidatos del pueblo que amenazan sus poltronas y prebendas. Políticos nuevos, que dan esperanzas nuevas a un pueblo oprimido por una situación económica gestionada de forma nefasta, con escándalos de corrupción a diario y una casta gobernante que no quiere perder sus privilegios.

 

Para el Partido Popular, la situación es dantesca, con imputados en cualquier región o ayuntamiento de España. La documentación judicial de los casos Gürtel, Bárcenas, Brugal, Palma Arena, Fabra, Caja Madrid/Bankia, Púnica, está repleta de pruebas de la situación a la que se ha llegado. Y las disculpas de Mariano no sirven de gran cosa para una ciudadanía harta de recortes y de ver cómo el necesario y escaso dinero público es saqueado por unos delincuentes electos y sus cómplices. Y no sirven, porque detrás de las disculpas no hay exigencia de responsabilidades políticas a los implicados, que son muchos, y lo único que se extiende a todo lo largo y ancho del PP es la invocación –como si fuera un dios- a la presunción de inocencia. Ni responsabilidades políticas ni actuaciones enérgicas…jajaja Rajoy actuaciones enérgicas…jajaja.

 

La corrupción en el PP, como se está demostrando a diario, no es un caso aislado, sino un fenómeno bastante generalizado que se ha extendido desde la sede central del PP, en Génova 13, a muchos de sus gobiernos, ayuntamientos o diputaciones. Y la corrupción que se va conociendo, puede terminar por alcanzar a los grandes “intocables” del partido: Rajoy y Aznar. La necesaria némesis les va a llegar por el voto de los electores y a ella debiera suceder una catarsis que limpiara el Partido Popular de todos los políticos que, de una manera u otra, han metido la manos en la caja pública, que es de todos y que son muchos.

 

El problema radica en que los partidos políticos, sobre todo PP y PSOE, han convertido la corrupción en un sistema de enriquecimiento sustentado en tres grandes pilares: el corruptor, el corrupto y el que mueve y esconde el dinero. Es decir, políticos, empresarios y expertos financieros. Y si aún se persigue y castiga poco a los políticos, los empresarios y las entidades financieras siempre quedan apartados, como si no fueran parte del sistema corrupto que está minando, tanto la economía del país, como sus convicciones democráticas. Y ninguno de los dos grandes partidos parece estar dispuesto a hacer lo necesario para acabar con el problema de corrupción generalizada, un mecanismo que les permite disponer del suficiente dinero para pagar a sus fieles y quedarse con algo para su peculio…o tal vez sea al revés.

 

El caso es que la lucha contra la corrupción debe sustentarse en un cierto cambio legislativo, pero también necesita, como Jueces para la Democracia ha denunciado recientemente, un importante aumento de personal y equipamiento informático acorde con los delitos y los medios empleados. Y parece que esto no interesa a los dos grandes partidos empeñados ahora en pactos vacíos, tanto de alcance como contenido.

 

Para qué hablar de la lentitud y politización de la Justicia en España, que convierten en una chanza la separación de poderes y a la impunidad como la única realidad visible para este pueblo español, que éste año pasa a ser electorado.

 

Así están las cosas en España, cuando como producto de todo ello surge la opción de “Podemos”. Y no es sólo por la asociación antinatural de ese matrimonio bien avenido PP/PSOE, ni por el interesante aderezo de los escándalos de corrupción existentes, que también, sino porque el electorado ha cambiado.

 

Hemos pasado de una juventud despolitizada en los años 90, hastiada de la intensa vida política que siguió a la muerte de Franco –lo de cambio de régimen me parece un chiste de mal gusto-, a la que se llegó a acusar de apolítica, despreocupada, indolente…y un largo etcétera, y a la que tan sólo le preocupaba el apartamento de la playa, el cochecito y la vida burguesa, a todo lo contrario. Una juventud que se mueve en unos parámetros muy diferentes a la juventud que conocíamos, con entornos de solidaridad y de trabajo en común; con una preparación técnica y cultural muy superior, y para la que el régimen asambleario y la democracia interna son necesidades ineludibles.

 

Esta nueva juventud desprecia a los partidos políticos tradicionales, como hacían los jóvenes de la década de los 90 con el PSOE o el PP, pero al contrario de aquellos no pasa de la política sino que intenta modificarla. Y no la quiere cambiar con una revolución en las calles –nuestra vieja revolución pendiente desde el XVIII-, sino que está dispuesta a llevarla adelante,  desbancando a los actuales políticos de las instituciones, vía las urnas. Distinta, sí, pero también puede ser una revolución con consecuencias impredecibles y de largo alcance.

 

Y con ésta juventud, con los hastiados de la política española, los represaliados sociales por una u otra causa, los afines a una izquierda que no encuentran ni en el PSOE ni en IU,  con las clases medias que votaron PP y los han hundido en la miseria…en suma, con un amplio espectro social que tiene en común que no abreva de los pesebres políticos y que quiere cambios; con todos ellos ha conectado “Podemos”. Que además trae formas nuevas de hacer política, como es el control mediático a través de las redes sociales, el voto directo de las personas para elegir a sus representantes y una manera de decir la realidad que llega diáfana al electorado, entre muchas otras.

 

Por el lado contrario encontramos a un PP asustado, maestro del regate casposo en corto, con expresiones como  la Ley de Seguridad Ciudadana, que no le va a traer más que disgustos, anonadado todos los días por un nuevo caso de corrupción entre sus filas. Y un PSOE horrorizado de quedar relegado a tercera fuerza política y perder muchos de sus tradicionales pesebres, con el “efecto Sánchez” a la cabeza. Un PSOE  que no consigue despegar a pesar de estar copiando algunas de las formas exitosas de “Podemos”, con convocatorias virales a través de las redes. Y que niega de forma sistemática cualquier posible  pacto de gobierno con el Partido Popular, además de caer en el error de acusar a “Podemos” de populismo, término ya tan manido que está dejando de tener un sentido peyorativo.

 

Pero no hay que perder la perspectiva de que los verdaderos enemigos de la democracia en España no son estos dos partidos políticos, manchado de corrupción y manipulados, sino los que les controlan. Las élites extractivas, que no se presentan a las elecciones, pero que ponen a sus peones en los carteles electorales, para que lleven adelante los programas ocultos que les interesan. Son las compañías energéticas, las entidades financieras, las tecnológicas…multinacionales todas,  que han convertido a nuestro país en su cortijo particular, del que extraen recursos y mano de obra barata, imprescindibles ambos, junto con una legislatura apropiada, para lograr el control del país y unos beneficios empresariales y personales nunca vistos. Y van a ser duros de pelar, no creo que dejen perder su predio fácilmente.

 

Espero de “Podemos” muchas cosas, y no sólo una nueva forma de hacer política en España, sino un auténtico lavado en profundidad –más que a Mr. Propper utilizaría un cepillo de carpintero- que cambie la actual sociedad que conocemos por otra en la que el poder resida de verdad en el pueblo y el neoliberalismo cambie por un estado social. Y para eso le van a bastar dos legislaturas tan sólo. Bien aprovechadas, eso sí, porque la tarea de desmontar el marco legislativo liberal que el tándem PP/PSOE ha llevado adelante se va a comer la primera de ellas. Y a partir de ahí hay que derribar tabúes y  abordar la reforma de la Constitución, de la Ley Electoral,  la no injerencia del poder político en la Judicatura y la financiación de los partidos. ¡Casi nada!

 

Eduardo Lizarraga

Periodista

Manzanares el Real

martes, 19 de agosto de 2014

La ilusión está de vuelta


Los resultados electorales de “Podemos” fueron la gran sorpresa de las elecciones europeas. Unas elecciones en las que los dos grandes partidos no concurrían para resolver los problemas de nuestro país, sino los suyos propios.  Unas elecciones que han mostrado a las claras el hastío que tiene una parte importante del electorado, hacia la corrupta y desvergonzada política de enriquecimiento y mantenimiento de prebendas, que mueve a los grandes partidos tradicionales.

Pero si sorpresivos fueron los cinco escaños logrados por “Podemos”,  aún más sorprendente está siendo el crecimiento que esta nueva opción política está experimentando desde entonces, llevándola ya a convertirse en la tercera fuerza política... y veremos. La capitalización del descontento hacia políticos y siglas, que desde hace tiempo causan náuseas en una parte del electorado, mucho del cual se quedaba en casa,  es una cosa, pero el estado de ilusión que están creando en muchos españoles es otra muy diferente.  Ya no es un voto contra el PP o el PSOE, es un voto a favor de la ilusión y la esperanza. La esperanza de que otra forma de hacer política es posible; la ilusión por que el pueblo participe en las decisiones,  y sea de una vez tenido en cuenta de una manera constante y no sólo cada cuatro años.

Cuando llegaba el momento electoral, “la fiesta de la democracia” como decían muchos de los hipócritas que nos han gobernado en éstos últimos años,  los partidos mayoritarios y sus representantes animaban a los españoles para que fueran a votar; sabían que lo harían por uno o por otro, y que ya se entenderían luego entre ellos para repartirse la tarta. No había otra opción de gobierno  posible que pudiera incomodar a los grandes partidos. Pero esa situación ha cambiado este año; esa mayoría que se quedaba en casa, por hastío,  repugnancia, o por falta de ilusión,  vuelve a  acercarse otra vez a las urnas. Es una mayoría agraviada, expoliada, burlada una y otra vez. Una mayoría que puede suponer un vuelco en el statu quo mantenido desde la transición en el que todos obtenían algo, menos el pueblo. ¿O es que alguien piensa que tras los resultados, entre bambalinas y a escondidas,  no se repartían el poder y sus réditos? El miedo a que esa mayoría que se quedaba en casa, más la burlada una y otra vez  por los representantes que había elegido en las urnas, pueda moverles de las poltronas, ha cundido entre los grandes partidos estatales. Miedo a que en las próximas elecciones la participación aumente, y lo haga en su contra.

De ahí que “Podemos” se haya convertido en la bestia negra de todos los partidos con representación estatal. A unos porque les puede quitar muchos votos, caso del PSOE, a pesar del “efecto Sánchez” – ¡ay qué risa, si es más de lo mismo!-  e IU y a otros como al PP, no sólo porque les puede quitar también votos  -hasta ese punto tiene contento el PP a su electorado-,  sino porque con la fuerza de los resultados que obtenga, el recién llegado puede empezar a  actuar contra sus patronos; es decir, banca, grandes empresas, iglesia,…  la oligarquía del país. Y además puede romper el acuerdo no escrito, entre los dos partidos que se alternan en el poder, para actuar de verdad y no de boquilla, contra la corrupción reinante, exigiendo a la vez responsabilidades por lo acontecido. Que es lo que espera que haga la mayoría de los españoles.  Y es que el país está ya harto del expolio al que la clase política – que no digo que todo político sea un corrupto y un ladrón- y los partidos le han sometido desde hace ya décadas.  Y no me vale decir que los hay honrados, seguro que sí, pero con su silencio y conformidad,  son cómplices de lo que sucede.

Y ésta es una de las grandes esperanzas del pueblo español, la que le ilusiona y le va a llevar de nuevo a las urnas con alegría: limpiar el panorama político. No sé si el proyecto “Podemos”  va a  tener el suficiente calado para transformarse en una opción política de largo alcance, el camino no va a resultar fácil y el tiempo lo dirá. Pero sí parece que su presencia servirá de catalizador para que nuestra sociedad vuelva  a creer  que una democracia participativa es posible,  y que la democracia oligárquica que padecemos tiene que sucumbir. Con dos legislaturas de “Podemos” en el Parlamento, podría ser suficiente para limpiar mucha de la basura acumulada.

Cuestión diferente, pero a la que también se espera,  es acabar con la “Ley del silencio” que impera frente a los grandes expolios a los que nos hemos visto sometidos. Por citar algunos: los sobres del PP, el caso Gurtel, la fortuna de los Pujol,  los ERE en Andalucía, la financiación de los partidos, la Infanta y el Infanto,  los cursos de formación en Andalucía y Madrid, los negocios del Rey, … La actuación de los partidos, tapándose unos a otros, exhibiendo de forma indecente la presunción de inocencia, dilatando las sentencias, obteniendo indultos, protegiéndose con el aforamiento…ha conseguido que nuestra sociedad conciba a la política y a los políticos como algo sucio y perverso, pagando los justos por los culpables. Y esta situación hay que solventarla porque los políticos hacen un servicio al país que debe ser reconocido.  En éste sentido “Podemos” debe ser como un río Alfeo que  ayude a limpiar la porquería  acumulada durante décadas. Las “vacas sagradas” deben desaparecer del panorama político.

Y muy alarmados ante la nueva situación política que pudiera darse a partir de los próximos procesos electorales, tanto PP como PSOE han sacado su artillería a la calle y han comenzado a disparar desde todos los ángulos hacia “Podemos” y su líder Pablo Iglesias. Y el efecto, como no podía ser otro, ha sido el contrario al perseguido. La nueva formación política les está desbordando, no sólo en expectativas de voto y en presencia en la red, sino también en crecimiento de afiliados de los que ya ha superado la barrera de los 100.000. Y está claro que los ataques de personajes de la política y tertulianos en su nómina, como Herman Tersch, acusándoles de filo-etarras, bolivarianos, populistas, anti-sistema –hay donde elegir- provocan tan sólo risa, nuevos adeptos  y una profunda percepción: hay miedo de los que viven del sistema a que éste se desmorone.

Ante la perspectiva de lo que se le avecina el próximo otoño, el gobierno del PP está llevando a cabo un intento de intimidación hacia la ciudadanía,  basado en las fuerzas del orden  y en descomunales sanciones que incluyen penas de cárcel, un auténtico terrorismo de Estado.  Pero como en muchas otras cosas, perdieron la iniciativa en su momento, la opción política ya está creada y la violencia gubernamental no va a conseguir otra cosa que fortalecer esta oposición. Resultaría increíble, si no se conociera el perfil de los mismos, que toda la caterva de asesores millonarios elegidos entre sus acólitos, no les hayan advertido de los logros que van a cosechar.

Para los grandes partidos el poder se ha convertido en una herramienta de uso y disfrute propios a través de la cual tan sólo buscan perpetuarse en el mismo y no el servicio hacia los electores que les votaron. En éste sentido tampoco les importa la herencia que dejen para el futuro, porque su visión es cortoplacista. Y hasta ahora nuestros votos tan sólo perpetuaban la actual situación, con una alternancia en el poder que dejaba a los partidos satisfechos, a sus aparatos nutridos,  y a los ciudadanos con un palmo de narices ante el incumplimiento sistemático de los programas electorales que habían votado. Y no pasaba nada, que eso no es un contrato.

Por eso es ya hora de cambiar el sistema y que los políticos entiendan que tan sólo son unos funcionarios temporales, no una clase social,  con un mandato claro emanado del pueblo –el programa- y que deben cumplir o dimitir si no pueden llevarlo adelante. Estamos en estos momentos en una situación de emergencia nacional, en la que las entidades financieras, las grandes fortunas, los empresarios y las eléctricas controlan España y a sus políticos, diciéndoles lo que tienen que hacer. Los tienen a sueldo y son sus patronos…y no es algo difuso y escondido sino claro y meridiano.

España necesita profundos cambios estructurales y una nueva redefinición del poder económico, político y representativo.  Es necesario actuar contra la política de recortes, la obediencia ciega a la troika y la impunidad de los corruptos y delincuentes financieros. Es preciso dar la voz a una mayoría social que está, en muchos casos, huérfana de los dirigentes políticos a los que votan cada cuatro años.  Las bases sociales del PSOE, por poner un ejemplo, han estado presentes en la mayoría de las manifestaciones en contra de los recortes sociales y de la corrupción del Partido Popular, no así sus dirigentes que prefieren la política de los despachos y los pactos públicos o secretos con el otro.

Y también va siendo hora de exigir responsabilidades.  A los que han permitido el saqueo del Estado, a los que nos han llevado a sufrir la mayor deuda nacional que jamás hemos tenido y que heredarán nuestros nietos, a los que han dado el poder recibido del pueblo a la oligarquía, a los que no exigen la devolución del dinero prestado a los bancos…hay mucha tarea por delante.

El apoyo a “Podemos” está poniendo de manifiesto que el sistema bipartidista tal y como lo conocemos está agotado.  Que el ciudadano no soporta más a unos líderes manchados por su tolerancia hacia la corrupción e interesados por el mantenimiento de sus partidos y no por el  bien del Estado. Necesitamos a hombres de talla que miren hacia delante y no a sus bolsillos. Hay ilusión por conseguirlo y Podemos hacerlo.

 

Eduardo Lizarraga

Hondarribia, agosto 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

El Castillo del Inglés


Los relámpagos rasgaban el cielo sin interrupción y la tempestad, bajando desde las cumbres cercanas, azotaba con  fuertes ráfagas el angosto camino de montaña. Hayas y robles gemían bajo sus embates,  dejando hojas y ramas en la refriega.  La lluvia caía sin cesar, arrastrada de un lado a otro por el viento que silbaba en todos los tonos.

La tormenta redoblaba su furia cuando los dos caminantes llegaron a una zona más despejada, casi arriba del collado, en donde el camino se ensanchaba, y al no estar protegido por árboles, ni por altas cunetas, la fuerza de los elementos se dejaba sentir aún con más virulencia. Al frente, aún a más de 10 kilómetros de distancia,  estaba Francia.

Era una buena noche para pasar la muga y seguro que los picoletos estarían refugiados en el cuartelillo sin salir; pero también era un riesgo elevado andar por estos andurriales sin ver apenas el camino. Desde un lugar  señalado con una piedra grabada  -Desde aquí la deserción tiene pena de la vida - y que marcaba también el camino por el que los maquis sacaban a los pilotos aliados derribados en la Francia ocupada durante la II Guerra Mundial, tendrían que ir monte a través, internándose por un espeso bosque y bajando  las pronunciadas crestas de la montaña hasta alcanzar el río… con los barrancos llenos de agua era un panorama temible.

Por eso, en un momento determinado, tras haber salvado a duras penas un regato que atravesaba el camino y que llevaba mucho caudal, el más alto empujó hacia un lado a su compañero indicándole que subiera a la derecha. Los mugidos de la tempestad apenas les permitían hablar.

  • Ander, sigue esa vereda marcada entre los árboles  -le gritó al oído, tenemos que refugiarnos hasta que esto pase un poco.

El sendero serpenteaba, subiendo entre un bosque de hayas atormentadas por la edad. Pasaron un pequeño puente de piedra que salvaba un torrente embravecido y al poco llegaron a una campa con un cierto desnivel, en la que se distinguían algunos muros de piedra y construcciones casi derruidas, invadidas por árboles y maleza.

Una de ellas, que aún conservaba todas las paredes y  gran parte del techado, les brindó la necesaria protección. No debían ser los únicos que habían encontrado refugio allí, ya que en el suelo, en una de las esquinas, se veían los restos de una hoguera apagada hacía ya mucho tiempo. Como también había un buen montón de leña seca no tardaron demasiado en encender una pequeña fogata. Las paredes les protegían de las inclemencias y la luz, que proporcionaba la lumbre, no reverberaba hacia el exterior. Fuera la tempestad seguía creciendo en intensidad.

  • Hemos hecho bien en refugiarnos aquí, Satrush, ¿cómo conocías el sitio? – preguntó  Ander al más mayor.

 Se habían quitado los zapatos y la ropa mojada y, aprovechando unos palos como perchas, la intentaban secar al calor de las llamas.

  • Hace años que conozco esto, desde que era pequeño.  Le llaman el Castillo del Inglés y yo crecí en Irún, un pueblo que está al pie de las colinas.
  • Es un nombre extraño, sobre todo aquí, en estas montañas perdidas y sin ninguna población cerca –contestó intrigado Ander.
  • Como todo en la vida tiene su razón y su historia- filosofó  Satrush, mirando la hoguera con ensoñación.
  • ¡Anda, cuéntala! Que seguro la conoces; aquí dentro estamos bien y podemos quedarnos un buen rato. Además vamos a tomarnos un café caliente que llevo en un termo.

Y echando mano del morral, que había dejado en el suelo,  algo apartado de la hoguera, Ander sacó un termo, de esos modernos, que llevan un par de tazas de aluminio como tapa.

  • Joder Ander, ¡qué oportuno! , lástima no poder echarle un chorrito de ttotta para entonar. El Satrush se frotaba las manos delante del fuego con evidente satisfacción.

Y sin más, con la taza de café aún caliente que le diera Ander, entre las manos, saboreándolo muy despacio y sintiendo el calor del líquido muy azucarado,  advirtió a su compañero que no sabía si la historia era cierta o no, pero que la contaría como la había escuchado. Y así, sin más, el Satrush comenzó su relato.

Todo aquello sucedió hace mucho tiempo – le dijo- a finales del siglo pasado, cuando ya los pronunciamientos carlistas comenzaban a distanciarse. Y con el impulso de La Gloriosa, España empezó a abrirse al exterior y a la modernidad.  Al eliminarse determinadas condiciones restrictivas, corporaciones extranjeras, sobre todo inglesas y francesas, comenzaron a interesarse por el subsuelo del país y fundaron, junto con empresas y accionistas españoles, un buen número de sociedades mineras, sobre todo en Andalucía y Bizkaia.

Una de estas sociedades, la Spanish Hematite Iron Company,  que pronto fue llamada la Bidasoa Iron Company, se desarrolló para explotar el Coto de San Fernando, así llamada una zona rica en hierro y otros minerales que se encuentra al pie de estas montañas, tirando hacia Oyarzun y Navarra. Los romanos también había estado excavando en la misma zona, desde el siglo I,  pero a diferencia de los ingleses que buscaban hierro, los romanos buscaban la plata contenida en la galena argentífera, que también se encuentra por aquí. La sacaban por mar desde Irún, la llamada Oiasso por Estrabón, que disponía de un puerto seguro para cargar el mineral.

  • ¡Satrush, leche! No te enrolles con la historia que ya sé que sabes mucho. ¿qué paso con el castillo?
  • No seas impaciente, todo esto es para que te enteres del  entorno histórico y te culturices, que algo ya necesitas –le contestó más socarrón que molesto el Satrus.
  • Pues lo que te iba diciendo, llegaron los ingleses para buscar el hierro y pusieron al frente de la empresa a un tal Hamelin.   
  • ¿Cómo el de las ratas? volvió a interrumpir Ander
  • Igual

Este Hamelin se dedicó a hacer la empresa desde la nada, a contratar operarios, suministros, maquinaria…Vivía al principio en Irún, en una casa que le alquilaron en la calle Mayor, pero enseguida comenzó a edificar las instalaciones de la empresa y una casa para él,  todo cerca del coto minero y al pie de la montaña. La casa tenía que ser amplia y bien distribuida, ya que quería traer a Ethnie, su esposa, con él.  

Y con su gran capacidad organizativa consiguió que todo fuera marchando a la vez. Los mineros abriendo nuevas galerías, o reutilizando las romanas que se encontraban todavía perdidas en el bosque,  los operarios construyendo las instalaciones y su casa terminándose en el tiempo previsto. Escribió a su mujer antes de que finalizara la primavera, para que viniera a reunirse con él. En el verano, que es la mejor época para atravesar el siempre peligroso golfo de Bizkaia, cogería un barco correo desde Southampton hasta Pasajes. El ánimo irlandés de Ethnie no conocía nada que le arredrara.

Y llegó con los grandes calores que aquel año hicieron a mediados de julio, ella, sus numerosas maletas, los baúles y el piano. El violín viajaba en su funda dentro de uno de los baúles mayores.

John estaba allí, en el puerto para recibirla y aunque los británicos no son muy dados a mostrar sus emociones en público, hasta el último de los marineros del buque pudo darse cuenta que estaban enamorados. Una berlina les esperaba para llevarles hasta Irún, donde pasarían la noche; y es que John quería que Ethnie viera su nueva casa a la luz del día.

Le entusiasmó. Su espíritu irlandés, adormecido en las calles de Londrés, renació entre las hayas y los riachuelos que invadían el entorno de su nueva vivienda. Y a la música del agua de los regatos y de la brisa jugando entre las ramas, se unió la de Ethnie desde el primer momento. Primero con el violín,  y luego  con el piano, cuando consiguió que un conocido luthier de Baiona se lo afinara, muy desajustado por la humedad de la travesía y el transporte. No hubo día en que melodías de Lizt y Chopin no invadieran aquellas soledades umbrías, ahora llenas de música.

Ethnie era feliz. Vagabundeaba por lo altos prados con pottoks salvajes que comían en sus manos. Y reía con  extrañas ovejas que colgaban de las colinas y  cuya lana llegaba hasta el suelo, parecía que no tuvieran patas. El verde de las praderas y sus árboles le hacían recordar los valles del Donegal donde pasó su infancia.

La actividad de John era agotadora. Poco a poco iba poniendo nuevas minas en explotación y al finalizar el año había ya más de 300 mineros trabajando en las galerías.  Inauguró un pequeño tren que llevaba el mineral extraído desde la parte de debajo de su casa hasta el cargadero de San Miguel, a orillas del Bidasoa. No le importaban las jornadas agotadoras, de un lado a otro del coto, hablando con unos, entrando en los pequeños pozos y galerías, subiendo o bajando montes, tomando muestras para que las analizaran, sabía que cuando llegara a casa tendría el fuego encendido y el piano de Ethnie para recibirle. El también era feliz.

La vuelta de la primavera les sorprendió casi sin darse cuenta. La temperatura fue suavizándose y los bosques renovaron sus vestidos.

John se reunía con los mineros todos los sábados por la tarde, como paso previo al descanso dominical. Llegaba hasta alguna de las minas, con el pagador, y a la vez que cobraban,  los trabajadores de la zona le planteaban sus problemas y peticiones, haciéndole partícipe de sus hallazgos y trabajos diarios. Algunas veces se introducía con ellos en las galerías nuevas y en las excavadas siglos atrás por los romanos. Estas eran características, muy abovedadas y estrechas. John se preguntaba cómo serían aquellos hombres que las habían perforado y que a veces dejaban sus marcas personales, letras o extraños jeroglíficos, grabados en las paredes. Casi al principio de llegar a la región y mientras iba tanteándolos lugares a excavar, habían encontrado los restos de una siniestra ergástula,  reconvertida con el paso de los siglos en refugio para el ganado.

No quería John más incidentes, como aquella huelga tonta que tuvo lugar el año pasado, justo antes de que llegara Ethnie; casi quince días de trabajo perdido porque en la dieta de los mineros había demasiado salmón del cercano Bidasoa.

  • ¡Escamas a echar vamos – le decían enfadados, con el característico acento de la región.

Se arregló el problema aceptando el compromiso de no poner salmón más de tres veces por semana y John tuvo que hablar con el capataz para que entendiera que por muy abundante  y barato que fuera ese pescado, que le traían desde la cercana Hondarribia,  al final la huelga salía más cara. Algo se llevaría él de todo aquel lío, pensó John con acierto. Por eso ahora hablaba con los trabajadores con asiduidad.

La región había sido explotada ya por los romanos  desde el siglo I de nuestra era. Extraían galena argentífera y sus antiguos pozos y galerías aparecían por doquier, desde el profundo valle del río Oyarzun, hasta casi Bera de Bidasoa; aunque a él le interesaba más, por el hierro,  la zona de Arditurri. Allí, más allá del collado de Aritxulegi también trabajaban sus mineros en un filón de siderita,  y de allí le trajeron algunos restos romanos que encontraban en las viejas galerías excavadas hacía siglos. Trozos de martillos, de picos mineros y de pequeñas lucernas de barro para la iluminación; también apareció alguna de ellas casi entera, tan sólo le faltaba el aceite y la mecha para poder alumbrar como lo hiciera hace casi veinte siglos.  Un día le entregaron algo más extraño y le contaron cómo lo habían encontrado.

  • Estábamos excavando una de las antiguas galerías romanas para hacerla un poco más ancha y poder llegar a nuestro filón- le contaba uno de los mineros- cuando una de las paredes laterales se derrumbó. No era más que una especie de habitación tapiada, a uno de los lados de la galería.  Poco más que un hueco en el que podrían entrar dos o tres personas. Allí dentro había una especie de altar de piedra y sobre él este medallón.

Y el minero le mostraba un medallón ennegrecido por el tiempo, que parecía de plata, con una imagen grabada y unas inscripciones. Parecía bonito y a cambio de un duro del rey, que era mucho más de lo que esperaba sacar  el minero, se lo metió en el bolsillo. Luego lo limpiaría.

No se acordó más del medallón hasta la noche, cuando ya en casa se desvistió para meterse en la cama. Y entonces se lo enseñó a su mujer.

  • Fíjate Ethnie –le dijo- mira lo que han encontrado los mineros en una de las galerías romanas.
  • ¡Es precioso John! ¿Qué es?
  • Parece un medallón de algún dios o algo parecido, tiene unas letras grabadas que no se ven bien, pero voy a hacer que lo limpien.

Ahí quedó la conversación; y John, que era persona con la cabeza bien ordenada,  dio instrucciones a la mañana siguiente para que lo limpiaran bien.

Se lo devolvieron a los días, estaba perfecto y tan brillante que parecía recién salido de una joyería. Ahora se veía bien lo que llevaba grabado en ambas caras y también las inscripciones que, estaban en latín. Por un lado estaba la cara de una especie de hombre  velludo con cuernos y mirada inquietante. Por el otro se veía al mismo personaje ya de cuerpo entero ¡tenía patas de cabra! tocando una especie de flauta. Sin lugar a dudas era un fauno, tal vez Pan. Las frases inscritas, una en cada cara, no las podía entender John, cuyo latín había quedado olvidado muchos años atrás en la escuela. Pero las copió en un papel para llevárselas al cura de la iglesia de Irún, que sin duda le podría traducir su contenido.

Esto es lo que pudo copiar en el papel: MUSIC A IN SILVIS y HABITATS IN SANGUINEM.  Y aprovechando uno de los carros de suministros, que bajaba a Irún todos los días, se lo dio al carretero con una carta para Dn. Inocencio, el párroco de la iglesia del Juncal, hombre afable e ilustrado, al que conocía desde hacía un tiempo.

A los dos o tres días tenía la traducción de vuelta: “Música en los bosques “y “Vivirá con la sangre”, era lo que le había escrito Dn. Inocencio. No tenía idea de lo que podían querer decir aquellas frases que le llegaban desde la antigüedad, como un mensaje secreto. Pero no les dio mayor importancia. Además Ethnie se había prendado del medallón y aprovechando la cadena de un viejo reloj suyo, que ya no utilizaba,  se lo había colgado al cuello con la mayor naturalidad.

Un día le sorprendió ver a Ethnie con un pañuelo anudado al dedo a modo de venda.  Cuando le preguntó, entre risas le contestó que estando en los prados de arriba, cogiendo flores de rosal silvestre para  adornar la mesa, una rama se había vuelto y le había clavado sus espinas. Lo malo  es que protegiendo el medallón para que no se enredara entre las zarzas lo había llenado de sangre. Y así estaba, rojizo y con manchurrones..

No le dieron mayor importancia al incidente y la primavera fue tocando a su fin. Sucedió en ese interregno que transcurre entre el fin de la primavera y el principio del verano, cuando los días se van haciendo más largos y se acerca el solsticio de verano, la noche de San Juan, que se celebra en muchas localidades con hogueras en las cumbres y en las plazas de los pueblos.

 Le llegó el rumor desde la oficina de pagaduría del coto; algunos mineros contaban haber visto una figura extraña en los límites del bosque. Con barba rojiza y llena de rizos, cuernos y patas de cabra, tocaba un extraño caramillo; su cuerpo estaba cubierto de largos pelos rojos.  Y desaparecía entre la espesura, dando saltos, cuando iban a buscarle. Eran varios los que le habían visto y no es que estuvieran alarmados, pero la música que se escuchaba desde lo más profundo del bosque les ponía muy nerviosos. Un intxisu del bosque decían que era.

Prefirió avisar a Ethnie de lo que le habían contado  en la oficina, al fin y al cabo paseaba mucho por los bosque colindantes y no quería que le pasara nada malo. Ella se rió de su aprensión.

  • Pero John, nuestras leyendas están llenas de trolls, duendes y hadas –le dijo- y son cuentos para niños. No hay ni un irlandés que no te diga que no ha visto un hada o un duende en el bosque. Y como haya bebido unos vasos de Bush Mills, pues un par de docenas.
  • Bueno Ethnie, sólo te lo quería decir por si acaso, para que supieras los rumores que corren del bosque, y no te sorprendas si ves un cabritillo tocando la flauta. John bromeó con ella, aunque la conversación se le quedó grabada.

Sucedió unos días después, en la víspera de San Juan, esa noche mágica. Ethnie había salido aquella tarde, como muchas otras, a dar una vuelta por las cercanías. A coger flores o sentir el roce de la hierba bajo sus pies. Parecía un día como cualquier otro. Pero Ethnie no volvió a la hora de la cena y cuando oscureció, alarmado,  John pidió a sus criados que le ayudaran a buscarla.

Aprovechando que el Satrush había parado un momento su narración y previendo que ya llegaba lo interesante, Ander echó un par de troncos más a la hoguera.

-Tenemos que dar gracias al que pensando en nosotros dejó aquí una buena provisión de leña –le dijo al Satrush- no sabe lo bien que nos ha venido.

Fuera del ahora acogedor refugio, el viento continuaba soplando, aunque tal vez con menos intensidad y el ruido de la lluvia entre las hojas de los árboles parecía que ya no era tan fuerte. Ander se asomó por uno de los estrechos huecos, que debían haber sido ventanas, para ver la situación.

  • Parece que está parando –aventuró-, tal vez en una hora podremos irnos, cuando termines –estaba claro que no quería perderse el final de la historia.

Salieron con antorchas –continuó el Satrush-  y la buscaron durante toda la noche. Y llegó el amanecer y Ethnie no apareció. Ni en todo aquel día, ni en los dos siguientes. Se dio aviso a la policía de Irún, que subió hasta allí y después de hablar con John redactó un informe. La buscarían, le dijeron, y darían aviso al resto de cuartelillos de la zona, incluso a los de Endarlatza y del otro lado de la muga, por si se enteraban de algo.

Tuvieron noticias al cuarto día; un carbonero subió hasta allí para decirles que ya había aparecido. La habían encontrado abajo, casi en el valle, en las cercanías de un barrio de Irún llamado Meaka, al pie de la cascada de Aitzondo.  Estaba bien. Casi enloquecido por la alegría, John bajó corriendo para recoger a su mujer.

La habían llevado a la ciudad, a casa del médico, que la había reconocido y curado los pies. Los tenía llenos de llagas y heridas, como si hubiera estado corriendo entre peñas y zarzales; no llevaba los zapatos. También el vestido lo tenía desgarrado. Pero lo peor es que no reconocía a nadie y tampoco hablaba. Tenía la mirada perdida. John se fijó que el medallón romano, el del dios Pan, que siempre llevaba al cuello, había desaparecido. Era plata –pensó- tal vez alguien se lo haya robado.

  • No se  asuste usted –le dijo el doctor al ver su cara de preocupación- ha estado perdida y aterrada. Es normal que esté así. ¡A saber todo lo que le habrá pasado por la cabeza en estos cuatro días! Con un poco de descanso, cuidados  y buena comida mejorará enseguida.

Pero no fue así. Tumbada en su habitación seguía sin hablar. Parecía además que no reconocía la casa, ni a su marido, ni a ninguno de los sirvientes. Tan sólo miraba por la ventana, la que daba al bosque. Y se ponía muy nerviosa si no le cerraban las contraventanas por la noche.

Pasaron los días, las semanas…y ante la desesperación de su marido Ethnie seguía igual. Pero a los tres meses algo comenzó a cambiar y John llamó con urgencia al médico. No tuvo mucho que reconocer, su mujer estaba embarazada.

  • Su mujer está bien de salud, física se entiende –le aseguró el doctor- no creo que haya ningún problema en la continuidad del embarazo. Tal vez hasta le venga bien para poder recuperarse.

Y tal y como aseguró el doctor, el embarazo de Ethnie siguió adelante. Y hasta se le notaba una cierta mejoría, comenzó a balbucear algunas palabras, aunque no se le entendía bien. Parecían pertenecer a un idioma extraño que a John le recordaban el sonido del latín.

En su momento, en días cercanos al equinoccio de primavera, Ethnie se puso de parto. Mandó John llamar al médico, pero estaba atendiendo en un caserío lejano y no podría venir hasta el día siguiente. La mujer de uno de los mineros, que ayudaba en las tareas de la casa, había actuado en otras ocasiones de comadrona y se dispuso a atender a la parturienta ayudada por otra de las mujeres del servicio.  Por los gritos y contracciones parecía que el parto podía resultar difícil.

Como era costumbre en la época, el hombre permanecía fuera de la habitación mientras la mujer daba a luz. Con un whisky en la mano y dando vueltas por el vestíbulo, John esperaba. A veces se abría la puerta y una de las mujeres salía a por más sábanas, o agua caliente. Aquello estaba durando demasiado. Después de unos gritos más fuertes  se decidió a entrar, no hizo falta porque las dos mujeres abrieron la puerta y salieron. Parecían asustadas, lloraban, y tiraron escaleras abajo diciendo que era el diablo, o eso le pareció entender a John. Escuchó el golpe del portón de la casa al cerrarse mientras entraba en la habitación.

Ethnie estaba en la cama, llena de sangre, blanquecina, casi translúcida y con las ojeras marcadas, parecía débil  aunque estaba consciente. Y le reconoció sin lugar a dudas, le siguió con los ojos y entre susurros John escuchó su nombre. En la cuna que habían preparado entre los dos meses atrás, con toda la ilusión del mundo, entre sábanas manchadas había un ser –no se le podía llamar de otra forma- cubierto de pelo rojo y con unas extrañas protuberancias en la cabeza, que le miraba atentamente con sus profundos ojos negros,  su mirada era maligna y le llenó de desazón.

Cogió la mano de su mujer e intentó atenderla como mejor sabía; la hemorragia no paraba y Ethnie parecía estar desgarrada por dentro. Había recuperado el habla y sus ojos volvían a tener su mirada inteligente de siempre,  le preguntó por el niño y John, echando una mirada a aquello que había en la cuna, no pudo decirle nada.

En apenas cinco minutos Ethnie murió y John quedó de rodillas ante la cama, sujetándole las manos. Sus sollozos se mezclaban con los ruidos, pues no eran ni voces ni llantos,  que surgían desde  la cuna.

Unas horas después la casa ardía por los cuatro costados y los mineros, que acudieron a la voz de alarma de las mujeres, no pudieron hacer nada por apagar el incendio. La casa se quemó hasta los cimientos. Desde el cercano bosque, traídos por el viento, se escucharon gritos y lamentos inhumanos, que aterrorizaron a todos los presentes.

  • ¿Y John murió en el incendio?- preguntó Ander, que había permanecido quieto y callado hasta ese momento, muy interesado en la narración.
  • No se sabe bien lo que le pasó –le contestó el Satrush- unos dicen que también pereció dentro de la casa, pero otros afirman que le vieron pasar la frontera de Irún dirigiéndose a Francia e incluso hay los que afirman que le vieron en el puerto de Pasajes, tomando un vapor hacia Inglaterra.

La tormenta había ya cesado y entre los jirones de nubes comenzaban a verse las estrellas. Con la ropa y los zapatos casi secos, era momento de retomar el camino. Poniendo mucho cuidado para no resbalar por la pendiente mojada y llena de barro, llegaron al sendero que se dirigía hacia el norte.

En poco más de una hora las nubes se habían ya dispersado por completo y en el cielo de invierno era fácil reconocer a la Osa Mayor. Prolongando una línea recta desde Merak y Dubhe, sus estrellas más occidentales, pudieron hallar la Polar antes de entrar en el bosque. Con ella ligeramente en el hombro izquierdo y si no sufrían ningún mal encuentro, podrían llegar a Francia y a la libertad.


Eduardo Lizarraga
Hondarribia  (agosto 2014