miércoles, 7 de septiembre de 2016

La estabilidad en los precios marca el mercado



Los datos del mes de agosto vuelven a confirmar la realidad del mercado español de la vivienda en 2016. Un mercado que crece en ventas y se estabiliza en los precios del inmobiliario. Y sufre altibajos, como el experimentado este mes de agosto, en que el residencial ha experimentado una bajada media del 0,5% en sus precios.

Por supuesto que no todo el mercado se mueve al unísono, como ya estamos observando desde hace meses. La costa mediterránea, en casi todas sus zonas, y las islas Baleares y Canarias, experimentan un crecimiento en tasa interanual, mientras que en las capitales y grandes ciudades junto con las áreas metropolitanas y los municipios más pequeños, los valores medios en los precios de venta han sido inferiores a los marcados hace un año. De esta forma la caída media con respecto a los precios alcanzados en su momento álgido, finales del 2007, se sitúa en un 42,1%.

Estos son los datos reflejados por el índice de precios Tinsa Imie General y Grandes Mercados, que  se calcula a partir de las tasaciones realizadas por la compañía a viviendas terminadas y recoge cada mes la variación interanual del valor de una vivienda y su nivel respecto al año 2001, al que se otorga el valor 1000.

Y la realidad que nos confirma mes a mes la estadística, con todo lo inexacta que puede ser esta ciencia para lugares puntuales, es que el mercado residencial de nuestro país está inmerso en un proceso de estabilización. Y que desde otoño del 2014 el nivel del precio medio –no el precio medio del metro cuadrado- se mueve con ligeros incrementos y decrementos en una escala situada entre los 1.320 y los 1.340 puntos.

Por supuesto que existen tres zonas en las que no sólo las ventas crecen, sino también los precios. La costa mediterránea, ha incrementado su precio medio un 4,1% entre enero y agosto y un 2,8% han subido los precios en Baleares y Canarias. Y son los incrementos de estas áreas los que han propiciado el incremento general de precios de un 0,2% durante los ochos primeros meses del año que, en caso contrario, hubiera quedado en negativo. Tal y como ha quedado la comparativa entre este mes de agosto y el del pasado 2105, que quedó un 0,5% por encima del 2016.

Y es que a pesar de todas las expectativas y datos más o menos interesados y sesgados, los precios no suben, al menos los precios finales, porque a la hora de poner precio a la vivienda, está comenzando de nuevo un conato de locura colectiva, basado en estos datos aireados en muchos medios, por los que el vendedor se piensa llegados de nuevos los antiguos tiempos y pone precios fuera de mercado. Los pies en la tierra vuelven en cuanto el vendedor se enfrenta a la realidad del comprador. Porque este comprador le está pidiendo descuentos que oscilan entre el 20 y el 22% del precio solicitado.

Y también la realidad nos alcanza cuando comprobamos de nuevo la situación del precio medio, que desde los máximos del 2007 alcanzó en agosto un 42,1% de caída media.  Inferior a este descomunal descenso de precios encontramos Baleares y Canarias con una caída acumulada del 30,7%. Las áreas metropolitanas sustituyen a la costa mediterránea en su posición de mayor ajuste durante la crisis, con una caída del 46,5%  frente al 46% de la costa mediterránea.

La realidad que estamos viendo mes a mes no hace sino confirmar un futuro de incrementos de precios débiles, ligados de alguna manera al incremento del IPC. Por poner un ejemplo, el IPC del mes de agosto fue de un -0,6% y la caída en los precios de la vivienda, dejando aparte las áreas específicas mencionadas, fue de un -0,5%. Como esperamos un 2% máximo en la subida del IPC de éste año, podemos pronosticar un aumento anual en el precio medio  de la vivienda no superior al 2%, haciendo otra vez las salvedades pertinentes.

Varias son las razones para que estemos inmersos en ésta situación de debilidad de los precios. Un exceso de oferta, sobre todo en vivienda de segunda mano, una demanda, que aunque ha aumentado exponencialmente en este último año, aún está lejos de las más de 600.000 viviendas vendidas en 2007, y unas aún más estrictas condiciones bancarias para la concesión de hipotecas que las de antes de la crisis, aunque han mejorado mucho en los últimos veinte meses.

 Pero también es importante considerar el descenso que los salarios han experimentado en estos años de penuria económica y que para el mismo puesto pueden llegar a superar el 50% en contratos nuevos y un 20% en los contratos de los que han mantenido su puesto de trabajo. La precariedad y la movilidad laboral también están entre las razones que impulsan esta debilidad en los precios del inmobiliario español, por lo que tienen de inseguridad ante el futuro.

Y mientras los precios no tiren con decisión hacia arriba va a ser difícil que la vivienda nueva, que continúa siendo la cenicienta de esta historia, pueda irse haciendo con un hueco en el mercado. La mayor flexibilidad del propietario de la vivienda de segunda mano a la hora de negociar el precio de venta y la gran diferencia de precio entre las viviendas nuevas y las usadas, hace que a pesar del aumento en la petición de certificaciones de obra, que ha alcanzado este mes de mayo un incremento del 79,5% sobre mayo del 2015, la venta de vivienda nueva siga deprimida y con escasas perspectivas en el plazo medio.

La realidad es que es muy difícil volver a incrementos de precios que nos acerquen a los “años dorados” de la especulación inmobiliaria; y posiblemente no sea bueno intentarlo, porque ahora estamos pagando sus consecuencias. Debemos arreglar primero las consecuencias que la crisis económica ha tenido para las clases medias y bajas de éste país; crear puestos de trabajo con salarios que garanticen la vida digna de los trabajadores, acabar con la especulación y el fraude que roban nuestro futuro y considerar que la vivienda es un derecho de todos los españoles. Y actuar en consecuencia.


Eduardo Lizarraga
Periodista económico
WWW.AQUIMICASA.NET


martes, 30 de agosto de 2016

Endika Seisdedos



Era el sabor de la sangre lo primero que me venía a la mente cuando recordaba aquellos aciagos días. Me había despertado oprimido, con el peso de un guerrero germano encima. Su sangre y la mía mezcladas nos empapaba a los dos, chorreaba desde mi frente por un amplio corte abierto y llenaba mi boca. Pero él había llevado la peor parte. La punta de mi gladio asomaba por su espalda y las trenzas rubias que adornaban su cabellera se veían sucias por la sangre que debía haber salido de un profundo tajo en su cabeza.

Estábamos en una profunda grieta del suelo, a la que debimos caer en lo más duro del combate. Y aquello me salvó la vida, por dos veces. Porque estoy casi seguro que mi gladio se lo clavó cuando llegamos al suelo y porque me ocultó de la vista de sus compañeros.

La luz era incierta, no sé si de amanecer o de anochecer y me llegaba desde la apertura que había justo encima de mí. No me extrañaba nada estar tan dolorido, la caída había sido de unos dos o tres metros ¡y con aquel gigantón encima!

No se oía nada y decidí intentar ver lo que sucedía. Con esfuerzo conseguí liberarme del muerto y su rigidez me indicó que ya llevábamos allí bastantes horas.

-       ¡Torkas, Torkas! Los gritos llamándome despejaron mis recuerdos y me hicieron volver a la realidad. Era Nemevo, uno de los hombre de la tercera centuria
-       ¡Te llama el centurión, que vayas rápido a la tienda del tribuno!

En la tienda del tribuno estaba Julio César, al que luego conocieron como Germánico, sobrino de Tiberio, nuestro emperador. Además de Julio César y nuestro centurión Antonino, estaban otro de nuestra legión, del que no conocía el nombre y algunos hastati, princeps y varios tribunos. Discutían sobre el mejor camino a seguir  Fue Antonino quien me presentó.

-       Es Torkas, uno de los supervivientes de la XIX legión, de los que pudieron salvarse con Casio Querea y atravesar el Rin; era decurión en la tercera cohorte.

El sobrino del augusto Tiberio me miró fijamente; no era la misma mirada que me habían dirigido casi todos desde mí vuelta al imperio hacía ya seis años. Unas miradas que pretendían avergonzarme por estar aún vivo, cuando casi todos mis compañeros habían muerto. Unas miradas que habían terminado por hundirme en una vida miserable y de la que tan sólo deseaba que los dioses me libraran. Y lo hicieron, aunque no de la forma en que quería, sino en la visita de Antonino. Querían que les acompañara y les ayudara a encontrar el sitio exacto del desastre de Varo. Era una expedición contra los queruscos para recuperar las águilas perdidas y hacer sentir el peso de Roma al otro lado del Rin.

La mirada de Julio César era penetrante, dominante y curiosa, pero se distinguía también una mezcla de respeto, como si conociera todo lo sucedido en aquel lejano otoño, seis años atrás. Como si supiera de la sangre y desesperación de los más de 30.000 hombres y mujeres que fueron salvajemente asesinados aquellos días. Como si pudiera hurgar en mi interior y conocer mis más profundos deseos.



-       ¡Decurión –me dijo- acabas de recuperar tu antigüedad y tu grado. Te incorporas a la centuria de Antonino y serás responsable de dos escuadras de batidores. Deberás indicarnos el camino que recorrieron las tres legiones de Publio Quintilio Varo tras pasar el Rin y ser aniquiladas en la selva de Teotoburgo.

Aquella noche otra vez no pude dormir y si lo hice no me di ni cuenta. Los recuerdos se entremezclaban con los sueños y no podría decir cuáles eran mejores o peores. Llevaba ya mucho tiempo así. El rostro de Endika Seisdedos, mi compañero en la cohorte desde hacía años y que quedó allí, en el bosque, se me apareció repetidas veces, parecía enfadado, como siempre. Tal vez me perseguía por no haber ido a buscarle. Tal vez quería que le encontrara y enterrara sus restos. No conocía sus dioses familiares y por eso no pude ofrendarles sacrificios para aplacarlos.

Habíamos cruzado el Rin al comienzo del verano con tres legiones, la XVII, la XVIII y la XIX y no hubo nada que resaltar hasta que con la vista puesta en el otoño llegó la vuelta y también la trampa en forma de levantamiento de alguna tribu,  un poco al interior. Y Varo cayó en ella y todos con él.

El día 9 de septiembre, con una fuerte tormenta de truenos y aguaceros, nos internamos en  aquel bosque sin fin. Endika iba rezongando, veía ojos en los árboles y le llegaban ruidos de lo lejos. Era para preocuparse porque su instinto no había fallado nunca, ya en el Danubio nos había salvado varias veces de emboscadas de los sármatas y de la caballería parta en Siria. Nos contaba que desde chico percibía esas cosas y que cuando su padre le llevaba a cazar por los montes de Vasconia sabía dónde estaban los jabalíes y los capturaba a mano entre los matorrales. Y no era de extrañar, porque entre su tamaño –que nos sacaba una cabeza a todos y a algunos dos- y que sus manos de seis dedos eran como palas, lo de coger los jabalíes “al vuelo” parecía cosa fácil.

El camino que seguíamos, al pie de una sucesión de colinas,  bordeaba un inmenso pantano. Avanzábamos empapados y sombríos por los malos augurios de los truenos y relámpagos. En un momento dado árboles cortados nos bloquearon el paso y de entre el bosque nos llegó una lluvia de dardos a la que siguió un salvaje ataque de los germanos, que tras hacernos bastante daño se retiraron. La misma táctica siguieron durante el resto del día y no fue hasta que conseguimos montar un campamento, poco antes del anochecer, cuando pudimos reorganizarnos y contar las bajas. Era una zona más despejada y allí los germanos no se atrevieron a atacarnos.

Con el amanecer volvimos a emprender el camino e internarnos en el bosque. Volvieron los ataques de los germanos cada vez más envalentonados al ver que no podíamos hacerles frente. La caballería de Numonio Vala huyó para salvarse…nunca más se supo de ellos. Y nosotros seguimos resistiendo y muriendo espalda con espalda. Fue un día más sangriento que el anterior.



Con los carros de bagajes volvimos a montar un campamento para pasar la noche. Corría el rumor de que Varo y algunos generales se habían suicidado para no caer vivos en manos de los germanos. Sentado a mi lado y comiendo algo que había podido encontrar entre los carros de abastecimiento,  Endika estaba muy pesimista y aseguraba que mañana acabaría todo.

 -     Tal vez fuera mejor intentar darnos el dos antes de que acaben con todos nosotros y buscar                   alguna oportunidad que aquí no tendremos. Es cuestión de dejar el sol a nuestra espalda cuando           salga y  dejarnos caer a la siniestra todo lo que podamos hasta alcanzar el río, tres o cuatro                   jornadas. Cuando sea de día atacarán el campamento y no podremos aguantar mucho.

No nos dieron tiempo a tomar ninguna decisión y con los primeros rayos del sol asaltaban nuestras débiles defensas. Casi en desbandada seguimos el camino,  luchando ya por separado o en grupos pequeños. Perdí de vista a Endika y a otros compañeros de la centuria en la refriega y al poco me vi enfrentado en combate singular con el germano que, sin querer, me salvó la vida.

Salí del agujero con la caída de la noche,  los gritos y el olor a carne quemada llegaban desde todas partes. Fui deslizándome entre los matorrales y evitando las luces de las hogueras alrededor de las cuales los germanos festejaban su victoria con las vidas y cuerpos de mis compañeros. Alejándome hacia el sur encontré a un grupo de legionarios mandados por un joven centurión que intentaban huir de la masacre. No éramos los únicos  Varios grupos de las destruidas legiones se abrían camino escondiéndose de día y avanzando por la noche. El objetivo de todos era llegar al limes del Rin. Nadie pudo decirme nada de Endika, el gran Seisdedos. Y su recuerdo me acompañaría en los seis años pasados desde entonces.

Hacía ya cuatro jornadas que habíamos atravesado el limes del Rin hacia el norte y tenía tan fresco el recuerdo del paisaje que recorríamos, que parecía ayer cuando había marchado por allí con mis compañeros muertos. Sus caras y sus voces caminaban a mi lado mientras nos adentrábamos en el bosque maldito.

Bordeando el pantano fuimos encontrando las primeras huellas del desastre; los árboles derribados fueron la señal más clara. A su alrededor comenzamos a ver los restos de las legiones; blanqueaban los huesos entre las hojas secas, armas rotas, estructuras de carretas quemadas y miembros de caballos y cuerpos humanos  clavados en troncos de árboles. En algunos claros del bosque encontramos bárbaros altares con restos humanos quemados o cuarteados; los restos de ropas demostraban que habían elegido a tribunos y centuriones para sus barbaries.



Julio César ordenó dar sepultura a todos aquellos restos y muchos fueron los que se ofrecieron como voluntarios al tener parientes o amigos entre los componentes de las legiones masacradas.



Durante los siguientes días recorrimos el camino de sangre y muerte que habíamos seguido seis años antes. Cavando tumbas y recogiendo restos de insignias y uniformes, buscando pistas sobre las perdidas águilas imperiales, entrando a sangre y fuego en todas las aldeas cercanas en las que había despojos del desastre. Y fue al tercero de ellos, cuando clavado en un corpulento roble, encontré lo que quedaba de Endika, de Endika Seisdedos. Con los brazos en cruz y sostenido por lanzas que le clavaban al árbol, su tamaño y sobre todo los seis dedos de cada una de sus manos decían muy a las claras a quién perteneció aquella osamenta. Y habían dedicado tiempo a su muerte. Seguro que no les debió resultar nada fácil capturarlo vivo y muchos de ellos debieron pagar caro el intento.

Enterré los restos de Endika al pie del árbol que le sirvió de cruz. Junto a sus gigantescas caligae y un gladio inservible que encontré cerca.  Para respetar sus creencias orienté su tumba con la cabeza hacia oriente y los pies hacia occidente y la cubrí con unas ramas de fresno. La “lizarra”, como él la llamaba, era su árbol totémico y siempre que podía abrazaba sus troncos, decía que daban vida. Estará contento allá donde se encuentre.

Julio César prosiguió su búsqueda de las águilas, arrasando aldeas y llenando los bosques de postes con crucificados. Y tanto se empeñó en la tarea que terminaron trayéndole dos de ellas; la de la XVII y la de la XIX; aseguraban que la tercera nunca la encontraron y es cierto que entre los legionarios supervivientes se decía que uno de los centuriones, para evitar que la capturaran, se había hundido con ella en el pantano. También se ofreció una recompensa por Arminio, el traidor caudillo de los queruscos,  causante de la debácle, pero nadie lo consiguió encontrar y no fue hasta unos años después, cuando se consiguió derrotarlo en Idistaviso, en las riberas del río Wesser.



Volví a Roma aprovechando el reemplazo de una de las cohortes, ya no tenía nada que hacer allí. Endika me sonreía en los sueños y yo ya podía dormir.

Eduardo Lizarraga

Hondarribia Agosto 2016

viernes, 26 de agosto de 2016

Fardos de ilusiones rotas




Con la noche ya casi cerrada, un suave silbido atravesó el tupido macizo de argoma con nitidez. Era la señal. Hacía un buen rato que protegidos de miradas indiscretas, del frío y de la humedad, dormitábamos en una pequeña borda hecha con helechos, que de lejos podía parecer una vieja meta desmantelada. Salimos con cuidado de no pincharnos. Entre las sombras estaba Joxean, el mugalari.

-          ¡Venga, venga, que tenemos el tiempo justo! -nos apresuró para de seguido ponerse en marcha ¡Goazen!

Joxean, natural de la cercana Oyarzun, era uno de los mugalaris más experimentados de la zona. Ya se dedicaba al “negocio” con su padre,  antes de la guerra, llevando ganado de un lado a otro de la muga. Mulas viejas que sólo servían ya para carne, pasaban a Iparralde, y ganado joven y robusto, de trabajo, entraba en Hegoalde; vacas de esas de leche, blancas y negras, también traían. Luego, con la guerra en Europa, formó parte de la red que ocultaba y pasaba a aviadores derribados o miembros de comandos aliados,  hurtándolos de las garras de los nazis y sus amigos franquistas.

Fueron tiempos duros y peligrosos, en los que los tiroteos de alemanes y Guardia Civil menudeaban y a menudo se saldaban con víctimas silenciadas y sin nombre. Lo que siguió, con el maquis filtrándose por todos los Pirineos, tampoco fue mejor y los contrabandistas no tuvieron sus mejores momentos.

Éramos seis los que le seguíamos como podíamos. A pesar de su edad, Joxean tenía aún piernas fuertes y conocía cada piedra de las trochas y torrenteras por las que nos llevaba. A veces paraba para escuchar con atención y enseguida proseguía. Íbamos hacia Sara a recoger la mercancía que ya tendrían preparada. Pasaríamos al otro lado dejado Bera a nuestra izquierda y volveríamos antes del amanecer para atravesar la muga por Endarlaza. Noviembre es con mucho el mejor mes para nuestras andanzas; no hace aún frío y las noches ya son largas y protectoras.

Los días anteriores había llovido mucho y las errekas que llegan al Bidasoa aún bajaban con violencia. Por eso tuvimos que arriesgarnos y pasar el río, con la ropa sobre los hombros, por un vado que tenía poco fondo y que a veces estaba vigilado. Pero lo hicimos sin novedad. Veríamos a la vuelta…

Al poco de pasar la muga, comenzó a caer un sirimiri fino y persistente que empapaba nuestras txapelas con sus gotas menudas. Bajábamos a través de un bosque de hayas ya desnudas y la hojarasca lo cubría todo. La noche era tranquila, con la luna queriendo mostrarse de vez en cuando entre las nubes. Si  la lluvia proseguía, la vuelta sería segura. Ni carabineros ni Guardia Civil salen a mojarse, sino tienen motivos concretos.

Nuestro grupo era bastante heterogéneo. De edades y necesidades varias. Desde los que vivían sólo de esto y que lo necesitaban para alimentar a su familia, al caso de Kepa y mío propio, que lo hacíamos por el afán de aventura y por poder tener un dinero extra con el que poder salir al baile con las chicas o regalar algún capricho a la novia. Creo que en mi caso la excitación de la aventura era los primero, y aunque también me estaba ya gastando alegremente el dinero que sacaría del “pase”, aquello me divertía.

Llegamos a casa de Erru, en Sara, poco antes del amanecer. Allí recogeríamos mercancía de precio y de la que obtendríamos un buen beneficio. Nylon, jabones, componentes eléctricos, ropa interior,  pantalones vaqueros americanos. Todo para un comerciante de Donosti con el que ya teníamos hechos buenos viajes. A mí me había introducido en el negocio un conocido de Onddarbi, arrantzale de oficio y contrabandista de ocasión, que se dedicaba a pasar mercancía con su txipironera, trayendo rodamientos, duralex, piezas de coches importados…todo lo que pesaba demasiado para andar con ello a cuestas por los montes. Aquello le dejaba buen dinero y hasta había conseguido llevar a sus hijos a estudiar a Bilbao.

Había otros tipos de tráfico por la muga, algunos más lucrativos, otros más honorables, algunos repugnantes y todos, sin excepción, más peligrosos. Entre lo peor estaba el comercio de personas; hombres y mujeres, casi siempre portugueses o norteafricanos, que buscaban llegar a Iparralde para desde allí encontrar una vida mejor en Europa. Había en Irún una red especializada en su paso; su responsable, hombre de pocos o ningún escrúpulo, vivía en una calle cercana a la iglesia del Juncal. Tenía un viejo coche americano, de esos grandes, negro y con un maletero tan inmenso que presumía de poder meter hasta cuatro personas dentro. Un Packard creo que era. Si tenían suerte les pasaba por alguno de los pasos poco vigilados del Baztán, Etxalar o Peñaplata. Pero al mínimo contratiempo los abandonaba en pleno monte y les decía que ya estaban en Francia. Eso cuando no los dejaba en la orilla izquierda del Bidasoa y les impulsaba a atravesarlo para llegar a su destino. Algunos no llegaban nunca al otro lado y aparecían en la bahía de Txingudi a los pocos días. Nuestro río, por pequeño y revuelto, puede ser muy traicionero para los que no conocen sus mañas.

En el establo de Erru encontramos los fardos ya hechos, unos cuarenta kilos para cada uno. Antes de salir de vuelta aprovecharíamos para secarnos, comer algo y dormir entre el heno hasta el anochecer. La dueña de la casa siempre se portaba y tenía preparada una buena mesa a la que sentarnos para reponer fuerzas.

Antes de caer la tarde ya estábamos todos despiertos y nerviosos por salir. Un cigarrillo, encendido con mi chisquero de mecha, ese que no se ve al prenderlo en la noche, y compartido con Kepa en silencio cómplice, puso punto final al descanso.

-¡Goazen mutilak! –la voz de Joxean nos recordaba que nos quedaba la vuelta. Y ahora cargados. 

Volveríamos por un camino más fácil, dejando a un lado Biriatou, y atravesando el Bidasoa pasado Endarlaza, cerca de Punttas. Y de allí subiendo hacia Irumugarrieta para pasar por el collado de Saroia, llegaríamos a Oyarzun en poco más de seis horas.

-          ¡Kontuz, begira! –la advertencia nos sobrecogió

Era  Txelis, que iba en cabeza con Joxean, quien los vio cuando pasábamos el río con los fardos al hombro. Eran dos bultos oscuros y deslavazados, aplastados en el ribazo del vado. Les debía haber dejado la corriente al bajar el caudal tras las intensas lluvias. Un hombre y un chico joven, casi un niño. A su lado, entre las piedras, algunas ropas dispersas,  mojadas y manchadas de barro y una maleta de cartón empapada y vacía. Ambos,  con los brazos abiertos se enganchaban a la tierra y sus caras miraban la orilla que sólo la muerte les dejó alcanzar.

-¡Putos cabrones inhumanos! -exclamó Joxean con un tono de voz salido desde el alma.

Y no hubo nada más, proseguí el camino inmerso en un silencioso y culpable griterío interior. Mi noche de aventura, de riesgo controlado, de algo de dinero fácil, era también noche de muerte y de sueños rotos para otros más desafortunados que llegaban hasta aquí buscando una vida mejor,.


Eduardo Lizarraga

Hondarribia, Agosto 2016

miércoles, 24 de agosto de 2016

Andanzas felinas


Tras más de media hora de espera, un ligero movimiento en la hojarasca me obligó a tensar los músculos y a caer sobre ella en dos saltos. Pero a pesar de mi rapidez se volvió a escapar. Todo el invierno llevaba detrás del topillo y hasta ahora no había tenido la menor oportunidad. Y seguía sin tenerla. Chasqueada,  di la vuelta y me dispuse a hacer la ruta acostumbrada. Ya llegará la primavera…

Desde el agujero de la alambrada metálica contemplé la calle que era parte de mis dominios. Una calle excelente, con muchos escondrijos y sin presencia de ninguno de esos peludos ladradores tan molestos. Ocho casas por las que merodeaba a placer, de las que conocía todos sus secretos y también a sus dueños y las posibilidades que me brindaban.

Aunque con pocas esperanzas decidí comenzar por el chalet de enfrente. Un chalet pequeño, de piedra basta y con muchos escondites ya explorados. Su dueño, Javier, siempre tiene varios coches aparcados en la ancha explanada que se extiende delante de la puerta principal. Y desde debajo de cualquiera de ellos, puedo pasar horas acechando a los pájaros que merodean por el jardín. Es mi casa preferida, sobre todo los fines de semana de buen tiempo. Porque Javier es muy aficionado a las barbacoas con sus amigos. Claro está, que en cuanto huelo el tibio aroma de la carne a la parrilla, me acerco sin pensarlo. Un par de maulliditos tenues, de esos de gatita desvalida y hambrienta, siempre me dan un resultado excelente. Mucho más cuando hay chicas. Hasta he conseguido  que me pongan un platillo con trocitos ya cortados, nada de sobras o huesos.

-Ven gatita, ven….bsss, bssss, bssss- me dicen, y yo me acerco a comer con parsimonia y hasta dejo que me acaricien un poco, aunque sin dar excesiva confianza.

No hay nada, ni por los alrededores de la mesa de piedra en la que suelen comer, ni debajo de los bancos. Zapirón o la negrita, mi profunda enemiga, han debido pasar por aquí la noche pasada y han limpiado a conciencia. Tampoco hay suerte con los pajarillos, que están atentos a mis movimientos y no me pierden de vista. Pero sé que en unas semanas, con la llegada de la primavera, templará la temperatura y entonces comenzarán sus arrumacos y revoloteos con las hembras, se despistarán y serán míos. Me relamo los bigotes con sólo imaginarlo.

La casa siguiente es la del músico. Es un hombre mayor, ya canoso, siempre tiene música puesta o toca el violín. Vive con una mujer muy agradable a la que nunca le falta  un trocito de jamón york para darme. Mmmm, jamón york….mi comida preferida…Pero no hay suerte, no se oye nada y eso quiere decir que no están. Dudo un momento en quedarme un rato, veo una manta sobre la silla que hay a la entrada,  me invita a tumbarme con promesas de tibia suavidad; es una terraza soleada y desde la que se divisa todo muy bien. Pero decido seguir la ronda.

Me salto la casa del antipático. Un hombre que siempre está enfadado.  Una vez vi a la mujer, la única persona agradable que hay en esa casa, llorando. El hombre le estaba insultado y amenazando…no sé si le había pegado. Si llego a ser algo más grande le hubiera hecho ver lo que vale una chica… Los niños que tienen, dos peligrosos y uno que aún no anda,  también son odiosos. Siempre que pueden me tiran cosas y aún recuerdo con horror cuando el verano pasado me encontraron desprevenida, dormitando al sol y me enchufaron con la manguera.

-¡Gatito, gatito! –gritaban, mientras veían como salía huyendo, dando bufidos de enfado y toda mojada.

Deslizándome entre la hiedra y el muro de ladrillo me asomo a la casa de Philippe. Es un chico joven, muy agradable al que no le faltan nunca  palabras cariñosas. Pero debe ser vegetariano porque todo lo que tiene para comer es horroroso. Ni siquiera jamón york.

Suelo mirar lo que hace desde una de las ventanas de su garaje. Lo tiene puesto como sala de baile, con espejos, unas barras de madera en los laterales y muchos posters de señoras y señores bailando. Ahí está, con su música y dando saltitos. Lo curioso es que muchas veces, como hoy, está vestido de mujer. Hasta zapatos de tacón lleva. Gira y gira, salta y salta mirándose en los espejos. Nadie le reconocería con su peluca rubia, los labios y ojos pintados y otras cosas que no quiero decir, porque aunque un tanto arisca soy muy pudorosa y determinada cosas me dan un poco de vergüenza.

En un momento dado me ve y me llama.

-¡Tomasa, Tomasa! – sí, soy yo, es el nombre que me pusieron pero no contesto jamás.

Mira que podían haberme puesto algún nombre más lucido, Cleopatra, Lucinda, incluso Terpsícore que me gusta mucho. Pero no, se les ocurrió Tomasa. Y con el nombrecito me quedé, como si fuera de pueblo.

Me exhibo un poco en el poyete de la ventana y salgo con el rabo en periscopio hacia la última casa de ese lado. La del señor triste. También suele estar en el garaje, pero en lugar de sala de baile lo tiene convertido en cuarto de herramientas y trastos. Cuelgan bicis de distintos tamaños de las vigas, hay máquinas para el jardín y un cierto desorden que me gusta. Antes siempre estaba trabajando allí, arreglando cosas, pintando, con la radio puesta, contento. Sus manos grandes, callosas y llenas de grasa y pintura,  me acariciaban y yo me dejaba tranquila. No sé cómo se llama, pero me agrada.

También antes había más personas en la casa. Recuerdo una mujer y unos chicos jóvenes. Recuerdo que había fines de semana llenos de bullicio con barbacoas y piscina. Pero hace ya tiempo que está solo, que no hay barbacoas y la piscina está llena de un agua verdosa con algas. Tampoco trabaja ya en el garaje taller. A veces está sentado en una silla, debajo de las bicicletas, que siguen colgando de la viga. La cabeza entre las manos y los ojos con lágrimas. Como siempre tiene la puerta abierta, me acerco y me restriego contra sus piernas. Y esas manos que me gustan, me acarician con suavidad y me dicen cosas en voz baja.

Hoy también está la puerta abierta y el hombre triste está dentro. Pero no está sentado. Cuelga de una cuerda al lado de las bicicletas y la silla está caída bajo sus pies. Permanece inmóvil y sus ojos abiertos están llenos de lágrimas.

-Bssssss, bssssss, bsssss….¡Tomasa!, ¡Tomasa!...bssssss, bssssss, bsssss

Me está llamando ese con el que vivo, desde lo alto de la cuesta, desde mi casa. Pero yo ni caso, que a ese nombre ni contesto ni voy a contestar. ¡Y es que no se entera!

Pero de repente se oye la palabra mágica

-Toma, toma, toma…. Jamooonnnn….
Y mi estómago sale disparado cuesta arriba y yo detrás, dando saltos como una gacela.


Eduardo Lizarraga
Hondarribia, Agosto  2016


sábado, 20 de agosto de 2016

La debilidad en lo precios viene para quedarse



Un mes más todos los indicadores nos hablan de incrementos sustanciales en las ventas de viviendas, sobre todo en las de segunda mano, que continúan siendo la estrella. También confirman la debilidad en la venta de vivienda nueva que continúa a la baja, así como su diferencial de precios con la vivienda usada. Pero los datos generales nos indican también que los precios, pasados los primeros meses del año que tiraron hacia arriba, comienzan a mostrar signos de haber llegado a su máximo incremento anual, con descensos o estancamiento casi generales en los últimos datos.

Y es que casi todos los expertos continúan sin percibir mejoría en los precios de la vivienda residencial, salvo excepciones en zonas privilegiadas de las grandes ciudades, Madrid y Barcelona principalmente y poblaciones muy exclusivas de la costa mediterránea e islas. A lo que parece, la subida de precios del 5% registrado en los seis primeros meses del año no va a consolidarse y vamos hacia un mercado débil, con incrementos de precios en línea con el PIB, que se situará alrededor del 2% anual.

Está claro que la oferta aún supera muy ampliamente a la demanda, incluso con una demanda surgente que se ha pasado siete años embalsada y que está saliendo al calor de una política bancaria menos exigente con las hipotecas y un euríbor muy favorecedor. Y esta amplia demanda embalsada puede ser la causa del incremento de precios de estos primeros meses, con un efecto que no va mucho más allá.

Pero la razón fundamental de esta situación de debilidad en los precios de venta, con estancamiento y descensos,  hay que buscarla en los resultados de la larga crisis que padecemos, con una gran incertidumbre laboral, un descenso de salarios que en los casos de nuevos contratos puede llegar hasta el 50%  en los mismos empleos y un ajuste general en los sueldos de contratos antiguos que se sitúa cercano al 20%. Está claro que la situación laboral actual es más favorable para los empresarios que pueden contratar y ser más competitivos basados en salarios bajos y no en otras mejoras estructurales. Pero como contrapartida tenemos un país que ya no puede comprar vivienda con la alegría de los años anteriores a la crisis, eso cuando puede plantearse comprarla.

En los próximos años el incremento de precios en la vivienda se va a mover paralelo al crecimiento del PIB anual, que se situará alrededor del 2%. Está claro que existirán zonas en las que el incremento de precios será mayor, pero serán las que hemos comentado anteriormente. Y también pueden existir otras zonas en que los descensos de precios continuarán por un tiempo, por un exceso de oferta y una mala situación laboral en su entorno. Es el mercado a dos o tres velocidades al que nos tendremos que ir acostumbrando.

Es cierto que en los últimos meses aparecen elevados índices de visados para nuevas viviendas, de alrededor del 18% sobre el año anterior, lo que podría mostrar el afianzamiento de un nuevo ciclo expansivo. Pero hay que tener en cuenta que cuando procedes de dónde nos había dejado esta larga situación de penuria, cualquier incremento parece llamativo y esta aclaración puede cuestionar la llegada de nuevos buenos tiempos en un futuro cercano. Esta hipótesis, menos optimista, llega avalada por las opiniones de empresarios de la construcción residencial que no ven una verdadera recuperación crediticia para promotores y constructores, observando además una debilidad importante en la demanda familiar. Debilidad causada por los bajos salarios, la inseguridad laboral y la movilidad en el empleo.

Ante esta situación de demanda creciente, sin aspavientos y con incrementos de precios débiles o estancados, el sector debe olvidar las reglas de antes de la crisis y ajustarse a la nueva realidad. Y la receta es la de siempre, la que ya se está haciendo, controlar costes, comisiones, gastos, colocar los sueldos en la realidad y mirar el futuro sin acordarse de los días de oro en los años previos al estallido de la burbuja inmobiliaria. Internet, las nuevas tecnologías, las redes sociales, el concepto  low coast y la precaución, pueden ayudar a promotores, constructores, agencias inmobiliarias, franquiciados y franquiciadores a crecer y obtener beneficios en un sector al que le queda mucho tiempo, si es que alguna vez lo consigue, para volver a ser el que fue.


Eduardo Lizarraga

sábado, 23 de julio de 2016

Agencia inmobiliaria ¿sí o no?



A casi todos nos llega el día en que compramos o vendemos una casa y ante esa tesitura hay distintas formas de enfrentarnos a la situación. Dejando aparte si queremos dos o tres habitaciones, ático, adosado o los más pudientes, chaletón en la Moraleja,  la primera duda que se nos plantea es si nos enfrentamos a la búsqueda del tesoro solos o buscamos la ayuda de un intermediador inmobiliario.

Las estadística dicen que los españoles no se arredran ante las dificultades del mercado inmobiliario y a diferencia de otros países como Estados Unidos o Canadá, casi un 60% venden o compran la casa por su cuenta. Internet, las redes sociales y los portales inmobiliarios gratuitos, están facilitando mucho esta opción, que antes  se encarecía sobremanera con los anuncios en prensa.

Y es que a la hora de vender nuestro piso o pisito, se abre la ventanilla de pagos y todos trincan…Montoro, que a pesar de lo que diga no somos todos, el notario, la gestoría,  el impuesto municipal, gastos registrales de cancelación de hipoteca…todos ellos son ineludibles. Y por toda la retahíla de pagos  y por  la considerable depreciación en el valor de las propiedades, que se estima en una media del 36% en estos momentos,  frente al  valor que tenía en el 2007, el ahorro de entre el 3 y el 7% del intermediador inmobiliario nos parece casi obligado. Porque llega a parecer que de la venta de la casa, pagada con nuestros mil sudores y esfuerzos, todos ganan menos nosotros.

Cuestión aparte es la mala fama que se está ganado el sector de las agencias inmobiliarias por la excelsa labor de unos pocos desaprensivos que practican con saña el viejo refrán “ave de paso, cañazo”.  Y el problema se ha agudizado desde la liberalización de un sector, con mucho dinero en juego y al que pueden acceder personas con poca o ninguna preparación.  Personas  que no se acogen a ningún código ético, ya que no pertenecen a colegio profesional alguno y que en algunos casos parecen vendedores de zapatos.

Lo cierto es que el intermediador inmobiliario realiza una labor por la que cobra unos honorarios. Y que en la mayoría de los casos se ganan el dinero con profesionalidad, dedicación e invirtiendo sus recursos, para que la venta de nuestra propiedad llegue a buen fin, en el menor tiempo posible. Y que los servicios que ofrecen, cuando son correctos, pueden valer esos 3 ó 4.000 euros que nos piden.

Son muchos los vendedores o compradores que se dirigen a nosotros, al portal WWW.AQUIMICASA.NET pidiendo asesoramiento a la hora de elegir una buena inmobiliaria, aunque también son muchos, sin duda más, los que llegan escaldados por malas experiencias.  A los primeros les decimos siempre lo mismo, que busquen un intermediador inmobiliario de su barrio, al que si puede ser conozcan, que esté tras su escaparate desde antes de la crisis y que disponga de los conocimientos suficientes para llevar la operación que nos interesa a buen fin. Y para demostrar estos conocimientos, a falta de un examen que le hagamos, nos puede servir su titulación o pertenencia a determinados colegios profesionales. A los segundos,  que la mayor parte de las agencias inmobiliarias funcionan bien y que la venta por cuenta propia requiere esfuerzos y sinsabores.

A partir de aquí la siguiente pregunta oscila entre ¿y cuánto me pueden cobrar? o ¿qué tipo de contrato firmo?. También somos claro en la respuesta; para la primera no existen tarifas oficiales y la comisión que nos cobren dependerá en unos casos de la bonhomía del vendedor , o de la comunidad autónoma o zona en la que estemos, cuando no de la cara de panoli que nos vean. Pero más de un 3% nos parece un abuso. Y es que los costes de las inmobiliarias han bajado mucho, sobre todo en las de nuevo cuño,  desde lo que  se ahorran en los contratos de los vendedores  o agentes–todos con mercantil y la cuota de autónomos por su cuenta- , hasta en los costes publicitarios y de promoción que han descendido desde la generalización de internet, los portales inmobiliarios y las redes sociales.

No quiero dejar pasar la ocasión de comentar el caso de una franquicia, muy nombrada, que cobra a los comerciales 100 euros al mes por luchar bajo su bandera, que no lleva las barras y estrellas, pero tiene los mismos colores.

Y en cuanto al tipo de contrato también nuestro consejo es claro: NO FIRMAR NINGÚN MANDATO DE VENTA EN EXCLUSIVA y consultar con un abogado, portal asesor  o especialista el documento que nos presenten –la picaresca llega a no proporcionar una copia previa de lo que se va a firmar o impedir que el “papelín” salga de la oficina- que las prisas no son buenas y menos en cuestiones de dinero. A fin y al cabo el mayor número de reclamaciones, tanto de vendedores, compradores y agencias inmobiliarias que termina en los juzgados, viene por las exclusivas, los mandatos de venta y las comisiones poco claras.

Cuestión aparte es la última moda entre determinadas franquicias inmobiliarias, que están en la boca de todos,  y que ante la disminución de las comisiones, por la situación de baja en el sector,  se han lanzado a obtener dinero tanto del vendedor, como del comprador, duplicando así la comisión por operación. Por eso al comprador también le aconsejamos que no firme ningún documento que no entienda y que, por supuesto, no entregue ninguna cantidad a cuenta para “demostrar interés y pasar delante de otros interesados”.  Que se están cobrando cuotas de 3.000 euros por éste concepto y que con estos dineros entregados –no se sabe muy bien a quién y bajo qué epígrafe- que se dejan como señal , pero parecen luego un contrato de arras, nos atan a una operación que puede ser que al final no nos interese, y que nos cueste recuperar, cuando no los perdamos.

Lo dicho, vender una casa no es una operación de 1000 o 2000 euros y que si no dejamos que a nuestro coche lo toque cualquier desaprensivo,  aún más cuidado debemos tener con una compraventa que nos puede salir cara. Si optamos por una agencia, por comodidad, seguridad y profesionalidad,  meditar bien cual sea, no dar exclusiva a nadie, no dar la venta a más de una inmobiliaria y quedarnos siempre la opción de poder vender el activo por nuestra cuenta sin penalización alguna.  Más vale prevenir que terminar en los juzgados.

Eduardo Lizarraga/Periodista
www.aquimicasa.net

viernes, 15 de julio de 2016

Inflación en el sector inmobiliario

Corría el año 2007 y el sector inmobiliario estaba en plena burbuja; a su calor florecían agencias en cada esquina, compitiendo por captar al fácil comprador con escaparates llenos de ofertas. Además de la afluencia de clientes, propiciada por las facilidades crediticias y por la políticas de las diferentes administraciones, que querían compradores y no inquilinos,  porque producían más dinero para las arcas públicas, había llegado previamente una liberalización del sector algo discutible.

Y es que el Real Decreto-ley 4/2000, de 23 de junio, al que se añadió la Ley 10/2003, de 20 de mayo, contemplaron  la posibilidad de que la actividad de intermediación inmobiliaria pudiera ser ejercida no sólo por los agentes de la propiedad inmobiliaria, sino también por cualquier persona física o jurídica que no tendría la obligación de disponer de título alguno ni de pertenecer a ningún colegio profesional. La liberalización supuso una afluencia de personas poco cualificadas y “paracaidistas” que duraron lo que el dinero en el sector.

Un año después, en el 2008, los escaparates se enlutaban con descuentos y los cierres comenzaban a menudear.

No se sabe ciencia cierta cuántas agencias inmobiliarias llegó a haber en España antes de la crisis…¿50.000, 60.000, tal vez 70.000?. Hablando, claro está, de negocios con puerta, ventanas y dirección conocida, porque francotiradores los hubo a decenas de miles.

 A todos ellos les afectó la crisis; unos sobrevivieron con profesionalidad y fe, otros cerraron, otros se sumergieron hasta que llegaran tiempos mejores…se calcula que las oficinas inmobiliarias se redujeron a una cuarta parte dejando a miles de personas sin empleo y sin posibilidad de seguir en el sector. En ciudades medianas como Santander, Gijón o Tarragona la escabechina se llevó por delante las siete octavas partes de sus efectivos.

Pero a partir del 2014, siete años después del estallido de la burbuja, comenzó la recuperación. Y los más osados, visionarios o necesitados, emprendedores todos, se lanzaron de nuevo a montar su negocio de intermediación inmobiliaria. Muchos de ellos bajo el paraguas de un sector franquiciador, que se frotaba las manos por la vuelta del negocio.

Una gran parte de los que están llegando de nuevo al sector inmobiliario, al albur de la recuperación, no quieren ya, como en la anterior ocasión, hacer dinero fácil. Son personas con cierta preparación y edad, que se han quedado desgajadas del mercado laboral por la profunda crisis que vivimos. Con algo de capital y mucha ilusión y necesidad a partes iguales, buscan su oportunidad para volver a ser personas útiles. Algunos lobos solitarios confiarán sólo en su capacidad y otros se pondrán al amparo de alguna de las franquicias que tanto abundan.

Y tienen donde elegir. Hay en estos momentos en el mercado más de 30 posibilidades a su elección. Desde las más caras de poner en marcha, que van de los 60 mil a los 200 mil euros, como Remax, Coldwell Banker o Engels Volker, a las más baratas, online y sin necesidad de local, como Mercaservice, Unicasa Factory o RH Properties. En medio grandes nombres de las franquicias, como Best House, con un sistema para el franquiciado muy interesante, DonPiso, Look & Find o Century 21, entre muchas otras.

Ante esta abundancia de posibilidades, el futuro franquiciado debe estudiar con detenimiento lo que ofrecen, su coste e imagen en el mercado. Y es que hay algunas marcas, que se están labrando una falta de ética y profesionalidad entre sus posibles clientes que trasciende y echa para atrás, u otras que exigen un pago mensual, no sólo a los dueños de la oficina franquiciada, sino también a los comerciales que luchan bajo su bandera; todo muy americano y agresivo, pero que se compadece poco con nuestra idiosincrasia. Para qué hablar de las que exigen exclusiva con mandato de venta y de las que muchos propietarios de casas en venta huyen como de la peste.

Y es que a veces, o muy a menudo, parece que el negocio inmobiliario se traslada de la simple venta de casas y sus comisiones a la venta de franquicias. Cuántas más sean mejor, que hacen imagen, pagan royalties y no se arriesga nada, beneficios fiscales aparte...

El sector ha comenzado a recuperarse. Desde una caída media del 35% en el valor de la vivienda, el INE señala incrementos del 4%. Y con fuerza en la demanda. Pueden ser los efectos de una demanda embalsada a lo largo de estos años, que está creando unas falsas expectativas en el sector. El incremento de los precios sería un error que no podemos repetir. Por eso y ante el crecimiento incontrolado de las oficinas inmobiliarias, puede que sea bueno un poco de cordura y pararse a pensar si va a haber sector para todos, antes de lanzarse a inversiones que tal vez cueste recuperar.


Eduardo Lizarraga
Periodista

WWW.AQUIMICASA.NET