sábado, 19 de noviembre de 2011

Las lentejas de Rajoy

Dedicado, con cariño, a mis amigas de la tertulia de los jueves en el Espejo, Pilar, Luz y Montse, especialmente a ésta última que dice, con razón, que tengo muy mal genio.



A escasas horas de que Rubalcaba consume su salida de la política en el altar del deber cumplido, continuamos sin conocer con claridad las medidas de ajuste que el candidato Rajoy nos traerá en su cartera y con las que, sin duda, vaciará las nuestras. Por más que se le ha preguntado, tanto por el sacrificado Rubalcaba, en el esperado y castrado debate electoral, como por periodistas de distintos medios, el silencio y las tácticas de despiste, “a la gallega” han sido la tónica general. Tan sólo gracias a algunos de sus fieles más cercanos, Cospedal y Aguirre, auxiliadas muy eficazmente por el presidente de la patronal madrileña, Arturo Fernández, estamos pudiendo atisbar, en los últimos días, lo que puede ser la política de ajustes, a la que nos veremos abocados, a partir de que el PP se haga con la Moncloa.

Una vez que Rajoy y los suyos se asomen en el balcón de Génova, para escenificar el primer paso de una victoria cantada, Rubalcaba, como manda la tradición, dimitirá de su posición de candidato del PSOE, para comenzarse el proceso que deberá cerrar la crisis soterrada en que se mantiene el partido, desde el congreso en que a Zapatero se le concedió el control del socialismo español. Y cuando Rubalcaba dimita, dejará la política activa, lo que es una lástima por varios motivos: porque ha demostrado, no sólo en este momento sino en toda la trayectoria política que le ha precedido, que es uno de los políticos más solventes que tiene en estos momentos el PSOE; porque su espíritu de responsabilidad hacia el partido y hacia sus ideas ha superado al del resto de sus compañeros; y sobre todo porque, casi con seguridad, ningún otro hubiera podido atenuar la debacle electoral, como lo ha hecho el candidato socialista, haciendo un inmenso favor , tanto al partido, como a la sociedad española, que deberá contar con un PSOE lo más fuerte posible en escaños para lo que se avecina… Pero nadie quiere un perdedor en su equipo y la derrota, que va a ser larga y muy amarga, tiene un protagonista claro.

A partir de la dimisión de Rubalcaba se reabrirá en el PSOE, si es que en algún momento se ha cerrado de verdad, un proceso de cambio y sucesión, que se deberá resolver en un congreso extraordinario, a celebrar no más de noventa días después de las elecciones del 20 N. Y sería de desear que en esta ocasión las distintas familias que integran el partido se pongan de acuerdo para elegir un Secretario General capaz y con prestigio, y no tengan que llegar a una absurda y peligrosa decisión de consenso entre ellos, eligiendo un candidato neutro y paniaguado, que no cumpla las expectativas, con poca trayectoria y escasos apoyos y equipo, como sucedió en la última ocasión. Creo y espero que no sea así; las espadas llevan afilándose mucho tiempo y la hora de “ajustar las cuentas pendientes” se acerca; y eso será bueno. Con la casa limpia y las heridas restañadas, deberán cohesionarse, con lealtad y no sólo de boquilla, en torno al candidato elegido. La travesía del desierto va a ser dura y el agua escasa; cuentan a su favor con la veleidad del votante y con la terrible situación de crisis mundial, que va a comenzar a desgastar al PP desde el preciso momento en que éste comience a gobernar.

Y mientras el socialismo se lame las heridas y entona el “mea culpa”, deuda que tiene por responsabilidad, tanto con los suyos, como con el resto de la sociedad española, el gallego Rajoy, ahora sí, deberá mostrar su programa, ese que han comprado los votantes españoles, y ponerse a gobernar. No creo que lo haga de una vez, sino a poquitos, para que el patio no se le alborote demasiado antes de las navidades, ¡tengamos la fiesta en paz!

La política de ajustes en los derechos sociales, laborales y democráticos va a ser dolorosa para nuestra sociedad; vamos a retroceder muchos años. Y no sólo van a verse afectados los grupos más débiles y marginados; toda la sociedad española, sobre todo la clase media, que como paradoja a tener en cuenta, es la que más ha apoyado al PP, va a sufrir las consecuencias de una política de absoluta sumisión a los mercados, aderezada con las imposiciones de la CEOE, las necesidades de la banca, las apetencias tarifarias de las grandes empresas del sector energético y la caspa de la iglesia española más retrograda.

Rajoy ha vendido a los españoles su capacidad, nunca demostrada, para crear empleo y salir de la crisis, pero no ha dicho cual va a ser el coste de su menú. Y la sociedad española, harta de la incompetencia y zafiedad, demostradas en muchas ocasiones por el equipo de gobierno de Zapatero, ha comprado el plato de lentejas, sin preocuparse de saber primero cómo es y de preguntarse después si el coste no va a ser demasiado alto. Y es que las lentejas, mucho me temo, que además de viudas, van a ser escasas.

La crisis mundial ha afectado a España, como al resto de los países europeos. Y si las consecuencias de paro en nuestro país han sido más dramáticas que en el resto de los 27, se deben, sobre todo, a que nuestra estructura económica era mucho más débil, ante una crisis de estas características, que la del resto de Europa. La crisis se inicia en el sector inmobiliario y financiero, y España era, desde que el PP liberalizó los suelos, medida que como dice mi amiga Pilar fue el inicio de todos nuestros males de corrupción y desatinos inmobiliarios, una víctima propicia para la debacle que vivimos.

Queríamos ser la playa y el apartamento de todos los jubilados europeos, pero éstos ante la crisis financiera prefirieron vender sus casas en nuestra costa y quedarse en sus respectivos países, donde se sentían más protegidos. Queríamos que cada español tuviera su casa en propiedad y recalificamos, construimos y vendimos, a precios imposibles, con mordidas para todos, y con hipotecas desmesuradas. Queríamos ser la envidia de Europa, y nos hemos convertido en uno de sus problemas más acuciantes.

La ya usual mezcla de políticos, banqueros y constructores, creó en nuestro país más de un millón de puestos de trabajo, y puso en el mercado, trayéndolas del futuro, unas ingentes cantidades de dinero, que tiraron del consumo, creando otro millón largo de empleos en industria y servicios. Además, la necesidad de mano de obra barata, para ese “afán constructor”, trajo a España una gran cantidad de inmigrantes que, sin duda alguna, eran necesarios. Ahora los puestos de trabajo en la construcción han desaparecido, el dinero ya no fluye y los servicios y la industria se resienten. Los inmigrantes llegados pasan a formar parte de las colas del INEM y en la costa, y en nuestras ciudades, más de un millón de pisos buscan comprador. Los bancos, que tienen su dinero enterrado en estos suelos e inmuebles, no pueden prestarlo y la situación económica se sigue deteriorando por una prima de riesgo disparada, que encarece hasta lo imposible el dinero que el Estado necesita.

Todos tenemos la culpa de lo que nos está sucediendo; desde el año 2002 se hablaba de que al pinchazo de la burbuja tecnológica podía seguir el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, y así ha sido, aunque con cinco años de distancia. El PP inició el proceso en el que estamos ahora, pero el PSOE le siguió con alborozo, secundado por bancos y empresas constructoras, que veían una gran oportunidad de enriquecerse. Eran los años de la bonanza económica, del crecimiento sin medida, del “glamour” del dinero y del poder para unos pocos. Y el resto de la ciudadanía aprovechó la situación como pudo, unos más y otros menos.

Todos tenemos la culpa, pero alguno, los que dirigían el país desde sus múltiples administraciones, tenían la responsabilidad de que esto no sucediera. Y no sólo no hicieron nada por evitarlo, sino que además lo fomentaron con sus incompetencias y corrupciones.

Ahora toca pagar la inmensa deuda que tenemos, pero lo triste de la situación es que no se va a hacer de manera proporcional a lo que obtuvimos cuando fueron las vacas gordas, sino que se va a repartir con desigualdad. A algunos, se les exigirá todo y se les quitará lo que tienen, y a otros, se les perdonará graciosamente lo que deben y se les ayudará a salir de la situación. Esto en cuanto al dinero se trata, porque de los derechos y libertades que nos ha costado más de un siglo conseguir, pocos serán los muebles que salvemos intactos. Y deberemos luchar y movilizarnos para mantenerlos en lo posible.

Creo que hasta al bautizo me tuvieron que llevar pataleando. Y no voy a ser menos en lo que se avecina, porque por dignidad, carácter y vergüenza torera no me voy a arrodillar. Y se que cuando nos muestren el precio de las lentejas muchos dirán lo mismo.

Eduardo Lizarraga
19 de noviembre