viernes, 23 de diciembre de 2011



Las Navidades son unas fiestas para los niños, volvamos a ser niños, al menos durante unos días. ¡Feliz Navidad!
De todo corazón, Marina y Eduardo

miércoles, 21 de diciembre de 2011

En un mar sin mareas (Relato en dos folios)

Por más que lo pensaba no podía comprender que hacía yo allí, encima de la gabarra de un camión. Amarrada de tal manera que no me podía ni mover, y con todos aquellos hombres a mí alrededor, y hasta encima de mí, pisándome; dando voces y apretándome más contra las gruesas estacas entre las que me habían dispuesto. Y con la quilla al aire y sin tocar agua, que era lo que más me molestaba.

Había amanecido un día normal, como cualquier otro; el sol, cada vez más de otoño, apareciendo sobre L’Abaddie y el río, con su lento fluir, venciendo ya a la marea que comenzaba a bajar. Tomás llegó un poco antes de lo acostumbrado, casi como si fuera fin de semana. Y sin entretenerse en hacer nada - siempre limpiaba un poco por aquí o por allí, quitando el salitre,- kresala decía él -, me arrancó el motor, soltó amarras y virando a favor de la marea, se dirigió hacia el Puerto Refugio, pasando entre los espigones a medio gas.

Cuando llegamos al puerto, y vi que enfilaba hacia el muelle varadero pensé, que aunque no era aún el momento, tendrían que limpiarme los bajos y dar patente, como hacía todos los años. Pero el camión y la grúa me desconcertaron. Pasándome con bastante cuidado, eso sí, dos gruesas cinchas por el través y la aleta, me levantaron y dejaron sobre la gabarra del camión. Y ya allí, comenzaron a amarrarme.

- ¡Trinca el cabo de proa! –gritaba uno.

- ¡Ya va! -le contestaba otro.

  - Cuidado con los candeleros, ¡pasa el cabo por abajo, animal! –éste era Tomás, que estaba visiblemente nervioso.

Con mucho sudor, y bastantes improperios, consiguieron finalmente dejarme a gusto de todos. Y allí estaba yo, sobre el remolque, sorprendida y bastante alarmada por la novedad. Apenas habían terminado con su labor cuando Tomás se despidió de los hombres que le habían ayudado a izarme, y después de dirigirme una larga mirada, en la que noté cariño y preocupación, se subió a un coche que le estaba esperando. El camión arrancó de seguido y allá nos fuimos todos, carretera adelante.

Nunca había hecho ningún viaje, ni por carretera, ni por mar, aunque esto último no me hubiera importado. Desde que me construyeron, en unos astilleros –Olaziregi, creo que se llaman- que estaban en el mismo pueblo, cerca del muelle de veteranos, tan sólo había paseado río arriba, con la marea, hasta la Isla de los Faisanes, y río abajo, hasta mi embarcadero en el espigón. También, cuando no había mucha mar, por la bahía de Txingudi, y alguna vez a San Juan de Luz y Donosti; a este último sitio me llevaba Tomás durante las fiestas de agosto, para ver los fuegos artificiales, y en septiembre para las regatas de la Concha. Me gustaba mi trabajo, siempre con niños a bordo y entonando mi canción.

-¡Es que tengo una canción! ¿sabéis? ”La cucaracha” ¿No la habéis oído nunca? Ta ta ta tata, ta ta tata, ta ta ta ta…la cucaracha, la cucaracha…ya no puede caminar…. Pues eso.

Tomás la ponía muchas veces a lo largo del río, con los altavoces a todo trapo. A los niños que llevábamos les encantaba. Y también cuando salíamos del embarcadero, y cuando arribábamos, era como un reclamo. Tanto es así que muchos de los vecinos ya me llamaban “la cucaracha”. Y había barcas que me tenían envidia porque ellas no tenían ninguna canción. Y se llamaban “Bi anaiak”, “Izurde”, “Amona maitia” o cosas así. La verdad es que yo también tenía un nombre más serio. Venía pintado en el espejo de popa; Tomás me llamaba “Gure Bidasoa”.

  El viaje se me hizo algo largo. Montañas hacia arriba, montañas hacia abajo; muchos coches, algunos con niños dentro que me miraban; hasta incluso nos pararon unos policías que le pidieron a Tomás los papeles –Tomás no me había abandonado, iba en un coche detrás nuestro- e hicieron mucho hincapié en el peso. ¡Como si yo estuviera gorda! Menos mal que se quedaron conformes y pudimos proseguir.

Cuando ya estaba preocupándome porque no veía agua por ningún sitio, llegamos a nuestro destino. Se parecía un poco a mi bahía de Txingudi, pero estaba rodeada de montañas por todas partes. Una grúa nos estaba esperando. Había un embarcadero bastante tosco, poco más que unos maderos y unas tablas, pero como tenía bastante fondo, y un acceso asfaltado, la grúa no tuvo mucha dificultad en dejarme, con suavidad, en el agua. Por lo que parecía aquello iba a ser mi nuevo puerto.

El agua estaba muy fría y la cumbre de las montañas se había ido tiñendo ya de blanco. Me estaba pareciendo que aquello podía ser bastante duro y me desanimaba pensar que pudiera ser para siempre. Algunos días, al poco de llegar, me había sacado Tomás a navegar por aquella especie de bahía cerrada, embalse lo llamaban; un mar extraño ya que no tenía mareas y su agua era insípida. No era muy extenso, pero sí que tenía profundidad en algunos sitios.

Los días eran cortos, y las noches largas y aburridas. Allí no había karramarros a los que escuchar, con sus continuas discusiones entre las piedras, ni korrokones que me hicieran cosquillas en la tripa, rebuscando algo de comer entre el verdín y que me contaran sus miedos a las lubinas, que venían por las noches a buscarles al espigón. Sí que había unos peces parecidos a las lubinas, que escuché a Tomás que se llamaban truchas, pero eran muy estiradas a la par que incultas y pueblerinas, no habían visto nada de mundo, y no había manera de poder tener una mediana conversación con ellas.

También Tomás se aburría y no sabía qué hacer. Me enteré que habíamos venido allí porque se había enfadado con los que mandaban en Hondarribia, por no sé qué concesión que no le habían dado, y porque su mujer, “la Gregoria” tenía por allí una casa y algunos terrenos. Pero a semejanza de Ulises, Tomás era fértil en ingenios, y se le ocurrió que podría criar cerdos en una de las islas que se formaban en el embalse. Y tal cual lo pensó, lo hizo.

Una mañana le trajeron dos docenas de cerditos; venían metidos en unas jaulas de madera y chillaban como si los estuvieran troceando vivos. Con ellos a bordo fuimos hasta una de las islas más alejadas, hacia el sur. Allí Tomás había construido unos comederos y puesto unas tejavanas, para que estuvieran protegidos de las inclemencias del tiempo. No necesitaban cercado de ningún tipo ya que de la isla, que era pequeña, escarpada, y con muchos matorrales, no se podían escapar.

Y hasta allí navegábamos todos los días para llevarles la comida. Cuando estábamos llegando, Tomás, hacía que sonara la cucaracha, y los cerditos, que estaban ocultos entre los matojos, se acercaban corriendo y chillando a la orilla, a devorar su pitanza. Crecían que era un primor. Todo marchaba bien –con los cerditos- hasta que llegó el verano. Como solía pasar siempre en esa época del año –un día se lo explicaron a Tomás- el agua fue bajando y la isla se convirtió en península. Los cerditos-que ya eran unos señores cerdos- se pasaron “al continente” y hozaban por la montaña cercana. Pero no se perdieron, porque cada vez que llegábamos y poníamos la cucaracha por los altavoces, bajaba toda la piara montaña abajo, gritando y arrollando todo a su paso, y sin faltar ni uno. Luego lo de capturarlos para venderlos fue toda una aventura, que no voy a contar aquí, y con ella terminó la experiencia ganadera de Tomás.

Durante el verano, imaginaba Tomás, que podría hacer paseos por el embalse para los turistas. Y yo también pensaba que de nuevo tendría niños a bordo. Pero no fue así; aunque fuera verano seguía haciendo frío, y con las montañas tan altas enseguida se ocultaba el sol. Además, había pocas cosas que enseñar en aquella especie de bañera grande. Se aprendió Tomás unos cuantos chascarrillos de la zona, y los contaba sin misericordia alguna,  una y otra vez.

- Ahora estamos pasando encima del antiguo pueblo, que inundaron para hacer el embalse -decía y añadía con poca convicción- dicen que las campanas de la iglesia suenan algunas  noches señaladas y cuando las oyes el día de difuntos, es que vas a morirte antes de que termine el año.

 Con comentarios de ese tipo y con lo aburrido que resultaba el paseo, hubo poca clientela y Tomás, una vez que también fracasaron las” excursiones de pesca por el lago” –las truchas, además de estiradas eran demasiado listas o los pescadores demasiado torpes- comenzó otra vez a darle vueltas a la cabeza y puso una tienda de ultramarinos para los excursionistas, con bar incluido.

Yo lo llevaba muy mal. Otra vez llegaba el invierno y las noches se harían largas y frías. Las manchas blancuzcas en mi cubierta serían de hielo y nieve, pero no de salitre. Y es que lo único salado que había en aquel mar eran mis lágrimas.

Eduardo Lizarraga / Diciembre 2011