martes, 22 de noviembre de 2011

Los cuatro jinetes (Relato en dos folios)



El escaso viento del atardecer apenas henchía las velas y Stéfano las veía flamear con algo de preocupación. Dejaban atrás el puerto de Bathus y a la proa se abría el mar Negro; su padre, apoyado junto a él en la baranda del castillo de popa, poniendo con firmeza la mano en su hombro, le tranquilizó:

- No te preocupes hijo, aunque despacio, vamos dejando atrás la costa y los tártaros no tienen barcos, al menos de momento.

- Lo sé padre, pero me da pena dejar atrás a toda esa gente. En el puerto ya sólo quedaba el barco de los genoveses, que estaba terminando de cargar los bastimentos. ¿Piensas que resistirá la ciudad?

- ¡Ni un solo día Stéfano!, los tártaros son muchos, tienen demasiada hambre y las murallas de Bathus hace tiempo que dejaron de ser fuertes. Caerá -afirmó pesimista- y cuando caiga será su fin.

Habían estado en Bathus dos meses, vendiendo sus mercancías a los comerciantes locales y cargando el barco de seda, especias y porcelanas que traían las caravanas desde el este. El avance de los tártaros por toda la costa norte del Mar Negro, empujados por una hambruna sin precedentes en las estepas asiáticas, les había obligado a hacerse a la mar antes de lo previsto, aunque llevaban la carga del  barco casi al completo.

- Terminaremos de cargar en Caffa, en casa de Neftalí, decía satisfecho Raffaello, el padre de Stéfano, y de allí a casa en tres semanas.

La carraca navegaba hacia el oeste con todas las velas largadas, y en cubierta los marineros, sentados alrededor de la perola, se afanaban  preparando algo de cenar. La noche era cálida y tranquila, aunque oscura, y en el cielo se veían todas las estrellas.

No había terminado el primer tercio de la guardia cuando por su popa, a poco más de 90 grados al este, se alzó un súbito resplandor que fue creciendo en intensidad.

- Apenas seis horas desde que salimos, Stéfano, y la ciudad ya está ardiendo. Que Dios tenga piedad de todos ellos. - añadió Raffaello entre dientes, como rezando.

Llevaban tres días navegando, paralelos a la costa, aunque a una distancia prudencial, y muy vigilantes, porque no habían dejado de ver los incendios por las noches y las lejanas humaredas de día, que demostraban la presencia de los tártaros, cuando avistaron el cabo tras el que se alzaba Caffa.

- Padre, ¿cree que los tártaros estarán también aquí?
- ¡Y qué si están!, contestó Raffaello, pues ya se cansarán. Hicimos nosotros, los venecianos, sus murallas y ni turcos, ni árabes, ni búlgaros han podido con ellas. Tampoco los tártaros podrán. Verás como todos están bien y podremos comer en casa de Neftalí como si no pasara nada. Tengo que decirle que en el próximo viaje serás tú quien venga. Yo ya voy algo cansado.

Ya estaban doblando el cabo para entrar en el bien abastecido puerto de Caffa. Tanto venecianos, como genoveses, lo tenían como puerto base para sus singladuras en el Mar Negro y allí, además de comerciar y comprar productos del interior de Rusia, entre ellos el preciado ámbar, podían hacer la aguada y dotar al barco de todos los bastimentos necesarios.
Pero algo raro pasaba en la ciudad, no había ninguna embarcación amarrada a las paredes del puerto, ni tan siquiera las pequeñas barcas de los pescadores. Los muelles se veían desiertos y la ronda de guardia, en lo alto de la almenara sur, no estaba. Despacio, navegando de bolina con sólo algo de vela en el trinquete, se acercaron al muelle principal. No se veía a nadie. Tras saltar desde el barco afirmaron las amarras y tendieron la pasarela. Stéfano, y uno de los marineros, se dirigieron con precaución hacia la ciudad.
- ¡Ten mucho cuidado Stéfano! -le pidió su padre- esto no me gusta nada. Lo primero vamos a llenar los barriles de agua y ya veremos… Acércate a casa de Neftalí, ya sabes dónde está.
Stéfano y el marinero se adentraron en la primera calle y comenzaron a observar cadáveres tirados por el suelo, algunos perros y grupos de ratas se los disputaban.

- Vete hasta la puerta principal- ordenó Stéfano - es por esa calle hasta el final y date prisa. Yo me acercaré a casa de Neftalí.

La casa estaba vacía, la puerta abierta y el interior sin apenas revolver. Era como si sus habitantes se hubieran marchado apresuradamente, aunque no a todos les había dado tiempo, en el patio de atrás, tirados entre la paja y los sacos de grano, estaban los cuerpos de algunos que Stéfano reconoció como criados de Neftalí, tenían el cuerpo lleno de pústulas y bubones sangrientos.
Espantado salió a la calle, y ya era tiempo, porque el marinero regresaba a escape bajando por toda la calle mayor.

-¡Están todos muertos- le gritó -y fuera de la ciudad hay un campamento tártaro también vacío y con muertos sin enterrar!, las puertas de la ciudad están abiertas –terminó entre jadeos.

No miraron nada más, corriendo bajaron hasta el puerto. Stéfano y el marinero le contaron a su padre lo que habían visto.

- ¡La ciudad está vacía y sólo quedan muertos! exclamaron al unísono. No se han llevado nada, los tártaros, que estaban a las puertas, también se han ido.

- En cuanto carguen los barriles de agua soltamos amarras y ponemos rumbo al Bósforo  -afirmó Raffaello.

Y así fue, pero no se percataron, que utilizando la pasarela tendida, algunas ratas aprovecharon la oportunidad que se les brindaba y subieron al barco, escondiéndose en el sollado, entre los víveres.

Los vientos les fueron propicios y cruzaron los estrechos sin parar en Costantinopla; en cuatro días más, tras atravesar el mar de Mármara  y se situaron en el Egeo y su dédalo de islas. Dejaron Chipre por babor y enfilaron el Mar Jónico con la proa hacia Otranto. Y fue a la vista de esta ciudad cuando tuvieron el primer muerto. Tenía los mismos síntomas de los cadáveres que habían visto en Caffa. Sin miramientos lo tiraron por la borda. A éste le siguieron tres más, entre ellos Raffaello, el padre de Stéfano.

Cuando unos días después entraban por el Gran Canal de Venecia ya sólo quedaban siete tripulantes con Stéfano. Era el 20 de septiembre de 1347 cuando amarraron el barco y corrieron a ver a sus familias.

Eduardo Lizarraga Noviembre de 2011

Nota del autorLa peste negra llegó a Europa en el año 1347 entrando casi con seguridad por Venecia. Mató a 60 millones de personas, casi la mitad de la población europea, entre ellos a reyes, reinas, papas y hombres de ciencia. No fue hasta más de un siglo después, en 1468, cuando el gobierno de la Serenísima República de Venecia firmó un decreto para frenar otro brote de peste. De esta forma nació la palabra cuarentena. De hecho, los tripulantes de las naves provenientes del Mediterráneo, así como quien entrase en contacto con ellos, permanecían 40 días en la isla de Lazzaretto Nuovo. El gobierno de la época reprimía a quien hospedase marineros procedentes de las zonas contagiadas. Europa tardó casi un siglo en recuperarse y cuando lo hizo, muchas cosas habían cambiado para siempre.