jueves, 26 de enero de 2012

¡Ay, por Dios, que mañana es viernes!




Pues ya es otra vez jueves, y me estremezco; no sé por qué este día de la semana me produce tal desazón. Tal vez, porque es víspera de viernes, y de Consejo de Ministros. Y me entra una congoja ya conocida, porque no sé qué es lo que me recortarán mañana. Si va a ser en Sanidad –y se me agudiza una tos extraña que mantengo desde hace unos días-; o va a ser en Educación –y entonces veo todos los chicos parados, de veintitantos años, que dejaron la escuela por las promesas del ladrillo-; Gallardón, nuevo Ministro de Justicia –o lo que sea- ya me ha dicho que la Justicia sólo será para los ricos, así que no espero más sorpresas por ese lado. El alcalde de Madrid –¡huy! perdón, que ahora es alcaldesa- ya me ha anunciado que me sube el derecho a aparcar; el de Fomento, que tendré que pagar para irme a la república del Bidasoa por carretera, y en cambio Esperanza me explica que podré jugar todo lo que quiera en Las Vegas, sin necesidad de coger el avión a Nevada. Podré jugar, eso sí, pero mientras tanto me congelan el salario mínimo, con lo cual lo de jugar poco.

Con esto de los recortes, como diría Encanna, “es que se me abren las carnes”, porque puestos a recortar, a mí también me gustaría darle a la tijera; que tiene que dar siete gustos recortar el IVA – de momento se mantiene como está, pero ya veremos-, recortar el IRPF, recortar el IBI, recortar la ORA (OTA para los que estáis allí), recortarle un trajecito a Camps… pero me dicen que no, que no va a poder ser. Que precisamente en estos sitios en dónde me apetece recortar es dónde me van a poner “un poco más de esfuerzo para todos”. Porque del discurso aquel de “hay que bajar los impuestos para que disminuya el desempleo” ya sólo nos acordamos los que no votamos PP y a los que aún no nos ha atacado el alzheimer.

Pues entonces, como no me dejan recortar donde yo quiero, y algo tendré que hacer, porque también me han recortado el sueldo, pues voy a recortar en vacaciones –en lugar de los quince días de hace dos años y de la semana del año pasado, ahora me iré tres días, y a algún sitio cercano para no gastar mucho –Alpedrete o Vera de Bidasoa dependiendo de dónde esté-, y con las latas de Litoral para ahorrar en restaurantes, y con un botijo, “high capacity” para prescindir, muy a mi pesar del vino “viene la vida”. De ropitas y zapatitos ¡para qué hablar! cambiaré el fondo del armario a la zona delantera y en unos meses invertiré la posición para volver a empezar después. Y por supuesto me convertiré en adorador fiel de la nueva religión “hágaselo todo usted mismo”, que creo que va a ser la mayoritaria en éste país en unos meses, sino lo es ya.

¿Y con todo esto qué va a pasar? Pues yo soy más de Soros que de Merkel y creo que con ésta caída del consumo, que ya se da y  que se agudizará más, vamos a profundizar en la crisis, destrozar el poco empleo que queda y  convertiremos, no sólo España, sino también Europa en un erial. ¿Y qué porque creo poco en Merkel?, porque me parece muy ortodoxa, poco imaginativa –no hay más que mirar que de su modelo de ropón sólo cambia el color- y muy dada a “Deutschland über alles”; que es lo que está pasando ahora mismo,  que Alemania está de cine gracias a que los demás pagamos unos costes financieros de aúpa. Y lo peor es que nadie le dice nada, Rajoy el primero;  como dice el refrán en euskera “Etxean otxoa eta kalean uxoa”, es decir, bramo mucho en casa, tipo “sujetarme que me la como” y cuando llego a su reverenda presencia me calló como una p…. y me pongo las rodilleras. En fin, que no, que no lo veo.

Y digo yo, -que aunque a mi me resulta obvio, tal vez otros no lo vean- que esta crisis, o lo que sea este merdé que sufrimos, lo volvemos a pagar otra vez los de siempre.

 Los ricos españoles, que acumulan un patrimonio superior a los 37.700 millones de euros, están encantados con el cambio político, porque ninguna de las medidas tomadas hasta ahora por el gobierno PP les afecta, y si el año pasado ganaron un 6% más que  el anterior, lo de este año puede ser de récord. El ministro De Guindos llegó a decir, en el colmo de la desfachatez para alguien que conoce la situación, que con  la subida del IRPF se “pedía un esfuerzo a los más pudientes de la sociedad”, jajajajajaja, que me atraganto; a lo más pudientes el IRPF se la trae al pairo, lo que verdaderamente les importunaría sería que se metiera la tijera a las SICAV.  Y por si alguno no lo sabe, estos ricos, a los que no preocupa  nada el IRPF,  pero nada, que ellos son ricos y a mucha honra, se han negado a pagar más impuestos en ésta época de crisis. Y estoy seguro que muchos diréis conmigo “Yo también me niego a pagar más impuestos”; pues se lo podemos decir al maestro armero y a San Nicolás que está en los cielos, porque no nos va a servir de nada; nosotros no somos ricos.

Lo malo de todo el discurso de los recortes y congelaciones, esos que siempre nos afectan a los mismos,  es que todavía no he oído hablar de los otros recortes. Yo quiero que se le recorte el sueldo a Rodrigo Rato, que el año pasado cobró 2,34 millones de euros, más variable.  Y también a Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, que con 13 cargos en su haber supera los 200.000 euros entre sueldos y dietas.  Y también a José Luis Olivas, expresidente del PP de Valencia –que ya se ha puesto en los mapas- y que ganó 1,6 millones  como presidente del quebrado Banco de Valencia, quebrado gracias a su gloriosa gestión. Y a Agustín González, presidente de la Diputación de Ávila, también con 13 cargos – ni su amiga Isabel Carrasco ni él deben ser supersticiosos para eso de la pasta-  , y que se llevó 224.000 euros por un “trabajito” a tiempo parcial en Bankia y Caja Ávila. Y al exministro Ángel  Acebes, que a la vez que diputado, trabaja en una filial de Bankia por 163.000 euros. Y qué decir de Cospedal, con sus múltiples empleos y un sueldo total de más de 350.000 euros. O el mismo presidente del Gobierno, que sigue manteniendo su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola, y cobrando por ello. ¡Jopé! ¿Es que no se van a tijeretear un poquito? ¿Aunque sea por  estética?

También podemos hablar, aunque ya sé que aquí los callos son muchos y de todos los colores, del insoportable gasto que la estructura autonómica y municipal supone para todos nosotros. Que sí, que sí, que la pagamos todos y se benefician unos pocos. Porque tenemos un tamaño de Estado que ya no podemos permitirnos y que, además, facilita el expolio y la corrupción. Nada menos que 17 autonomías y dos ciudades autónomas; más de 8.000 ayuntamientos, más  de 4.000 empresas públicas y un ingente número de enchufados, colocados a dedo, que quitan el trabajo a los que lo merecen. Y está claro que no van a ser los políticos, que son los beneficiarios primeros de éste estado de cosas, los que van a desmontar la estructura. Al menos los políticos que tenemos en éstos momentos.

El despilfarro es mayúsculo allá donde se mire, por poner un ejemplo, la alcaldesa de Madrid dispone de 1500 asesores elegidos a dedo y 137 vehículos oficiales, lo que se compadece poco con ser el ayuntamiento más endeudado de España.  La Comunidad Valenciana, que tiene el récord de endeudamiento/PIB, debe más de 16.000 millones, con unos ingresos de 12.000 y pretende ahorrar con subidas de impuestos¿?, reducción de gastos sanitarios y salarios, unos 1.000 millones. ¿Y los 3.000 restantes? ¿Se va a recortar el despilfarro en coches oficiales, embajadas, empresas públicas y fastuosidades varias…? Pues no.

Las distintas administraciones deben más de 70.000 millones a proveedores y han conseguido cerrar miles de pymes y aniquilado decenas de miles de autónomos. Pero ellos, los políticos, siempre se han llevado lo suyo, y a veces más.

Pudiera ser que el despilfarro de este “macroestado” superara los 120.000 millones de euros, sin contar los costes, que nunca conoceremos, de la corrupción y de las ayudas a Cajas de Ahorros gestionadas por y con intereses políticos.  Hagamos cuentas y veamos si nos podemos permitir tirar todo este dinero por un lado y que nos metan la tijera, con alegría y regocijo, por otro; por el de la Sanidad, la Educación, la Justicia… aderezándolo todo, eso sí,  con subidas variadas de impuestos.

Y menos mal que, de momento,  el IVA, el impuesto sobre el Patrimonio, los impuestos especiales sobre hidrocarburos, alcohol y tabaco, y alguna otra cosilla, que se le ocurra a alguna mente lúcida y retorcida, no lo van a subir hasta después de las elecciones andaluzas.  Que Arenas Bocanegra quiere su baronía y hay que darle el capricho.

Creo que hay que hablar de esto, y si de verdad vemos que preferimos tener nuestro estado de bienestar a un” macroestado” para uso y disfrute de políticos de toda laya, forzar la convocatoria de un referéndum que diga que tipo de Estado queremos.



Eduardo Lizarraga

Enero de 2012 (jueves)

miércoles, 25 de enero de 2012

La mirada eterna (relato en dos folios)



La mirada eterna

Le habían dicho a mi padre, el duque de Mirabello, que el artista estaba entre los mejores de toda Italia; que daba a todos sus trabajos una belleza especial; que captaba el espíritu de las personas. Aunque viéndole no inspiraba la menor confianza, viejo, zarrapastroso y picado de viruelas, no parecía capaz de transmitir belleza a nada de lo que hiciera. Pero era verdad lo que decían. Cuando vi el cuadro terminado, comprendí que algo mío había quedado atrapado para siempre en su interior, que lo que estaba viendo era parte de mí misma, de Marcela de Mirabello; como el reflejo de un espejo, pero más profundo. Que mis dieciocho años vivirían para siempre, y que mis profundos ojos lo verían todo desde el cuadro.

¿Qué cómo se llamaba el pintor? Ni lo sabía ni me interesaba.

Desde Italia el cuadro viajó hacia la Picardía, en un largo camino a través de los Alpes y el Franco Condado. La respuesta, que llegó pasada la primavera, fue afirmativa. Y al igual que hiciera el cuadro, aunque esta vez con una buena escolta de hombres de armas,  atravesé  los Alpes y llegué a la costa atlántica francesa  cuando el verano tocaba a su fin; en aquel quinto año del siglo XVI.  Me esperaba mi futuro marido, el conde Jacques de La Palisse, con quien mi padre había concertado un enlace que pretendía asegurar la posición de nuestra familia en el norte de Italia, como aliados de Francia y  de sus posesiones en el Milanesado, frente al creciente poder de Aragón y los Colonna, que apoyaban a los Sforza.

No recuerdo muchos detalles de la boda, aunque como cualquier suceso cortesano de esa índole debió ser magnífica. Todo se me pasó como en un suspiro. Pero aún queda en mi memoria que mi cuadro, el que había cautivado al que ya era mi esposo, había presidido, desde un lugar de honor, el banquete de bodas, viéndolo todo con sus ojos curiosos. Y todos los que lo miraban veían que yo estaba allí, que había vida dentro de aquella imagen y hablaban de mi belleza y juventud.

La vida en aquella apartada región de Francia era tediosa y fría; echaba mucho de menos la alegría y la luz de Italia, el azul del cielo y el sol en todas las estaciones. Sobre todo el sol, que a veces desaparecía semanas enteras y tal sólo una luz mortecina y grisácea permitía saber si era de día o de noche. Jacques, mi marido, fue nombrado Mariscal de Francia por el rey Francisco I, y marchó de nuevo a las guerras de Italia. Aquello sería una constante en mi vida.

Durante los largos meses que pasaba sola en el castillo, cada vez que mi esposo partía con el rey, me entretenía con la presencia de mi hijo, que iba creciendo,  y la redacción de largas cartas a mi marido y a mi padre. La guerra en Italia no marchaba bien, y los imperiales hacían estragos en la campiña, arrasando pueblos, y acabando con los recursos que se dejaban para el invierno. Las tropas papales, dirigidas por Próspero Colonna, asaltaron Milán, pero mi marido ¡qué orgullosa me sentí cuando me lo contaron! consiguió vencerlos cerca de Turín.

Una mañana, que me miraba en el espejo mientras me peinaban, observé algunas arrugas en torno a los ojos y la boca; eran muy tenues, pero a pesar de la escasa luz de mi cámara ya eran perceptibles.  También en mi pelo rubio se destacaba alguna cana. Horrorizada pregunté a mi camarera:

-          Solange,  ¿son arrugas esas pequeñas líneas que se ven en mi cara? ¿Hay canas entre mi cabello?

-          No se preocupe señora, que apenas se ven. Es lo normal…

Hice quitar los espejos de mis habitaciones y cubrí con tapices los que había en otros lugares del castillo.

Intenté que pintores locales hicieran copias de mi retrato para colgarlo en todos los aposentos, pero aunque algunos muy reputados lo intentaron, no lo consiguieron; les faltaba la luz, el sentimiento, el alma. Hubiera dado todo lo que tenía para que el pintor italiano me repitiera el cuadro, pero cuando mandé buscarlo me respondieron que había muerto hacía un tiempo.

Cuando quería verme contemplaba mi retrato. Y así era feliz, el tiempo no pasaba por mí y la tersura de mi cara mantenía la de los dieciocho años. Y le preguntaba a Solange, enseñándole mi imagen:

-          “¿A que hoy estoy más radiante que nunca?”

-          “Claro que si, señora”, me contestaba mirando tan sólo la pintura

Mi esposo regresó apenas comenzado el otoño del año 21 del siglo nuevo; la campaña comenzaría en la primavera y quería que le acompañara nuestro hijo. Estaría en la guardia personal del rey. Era un gran honor y yo no  podía ni pensar en poner inconvenientes. Sabía que cuando se fueran me sentiría sola, mucho más de lo que lo había estado nunca.

Fue en la batalla de Pavía, los tercios españoles, apoyados por lansquenetes alemanes, destrozaron el ejército francés. Mi esposo y mi hijo murieron en la lucha. Mi esposo en su puesto, al frente de la caballería, y mi hijo al lado de su rey, ofrendando su vida para salvarle de caer en manos de sus enemigos. No pudo ser, luego me contaron que el mismo soldado que capturó a Francisco I, un guipuzcoano llamado Juan de Urbieta  -¡que el diablo le acoja en el infierno!, atravesó con su espada a Carlo, que estaba protegiendo a su rey cuando éste cayó de su caballo.

Todo se perdió; las vidas de mi esposo y de mi hijo, también las de algunos de mis hermanos que estaban en la batalla. Los castillos y posesiones de mi padre y todo el norte de Italia, que fue a parar a manos de los imperiales y de sus aliados venecianos. Por eso ya no he vuelto.

Ahora vivo sola en el castillo, con algunos servidores fieles y mis recuerdos; con mi cuadro desde el que veo impertérrita como pasa el tiempo. El nuevo conde de La Palisse, un hermano menor de mi difunto esposo, me ha dejado la propiedad mientras viva, porque él vive en París, en la corte.

Una mañana, muchos años después de Pavía, me vi en la cama con todo el pelo blanco y la frente surcada de arrugas. Rodeada de rosas blanca y unos cirios encendidos, y con mi fiel Solange llorando a los pies. Comprendí que estaba muerta, pero veía todo lo que me rodeaba. De verdad el pintor aquel, del que no me acordaba el nombre, trasmitía el espíritu a sus cuadros.

Desde entonces ha pasado tiempo y he visto muchas cosas. Nuevos vestidos y peinados en las mujeres, salones dorados que vibraban con bailes y músicas maravillosas. También ha habido tiempos de oscuridad, en los que no veía nada, porque tenía un grueso paño delante de mis ojos, de mis ojos curiosos. Ahora sé que el pintor se llamaba Leonardo da Vinci, y es al que vienen a ver los miles de personas que contemplan todos los días mi cuadro, al que denominan, sin razón alguna, “La belle ferronnière", ya sé,  es francés, pero es que ahora vivo en el Louvre. Hasta dicen, y cada vez que lo escucho me pongo roja de indignación, que fui amante de Ludovico el Moro. Y ninguno de ellos sabe que yo soy Marcela, Marcela de Mirabello.



Eduardo Lizarraga

Enero de 2012