miércoles, 31 de octubre de 2012

La presa en el valle (Relato en dos folios para Halloween)


Una tenue luz me despertó.  Me encontraba en un lugar extraño; en una pequeña cueva, poco más que un agujero, con el suelo tapizado de hierbas y hojas de árbol, como yacija de animal. El azul del cielo se veía a través de unos tupidos matorrales que casi tapaban la entrada. Arrastrándome, conseguí salir de aquella lóbrega madriguera. Fuera el sol brillaba en lo alto.

La cueva se abría al pie de unos altos farallones rocosos; al fondo se divisaba otra pared casi cortada a pico y entre las dos discurría un largo y profundo valle cubierto de vegetación. El ruido de un arroyo, que debía correr en lo más hondo,  llegó a mis oídos. Mi boca estaba seca y  la garganta, áspera, me dolía. Necesitaba beber y comencé a descender colina abajo.  Había perdido los zapatos y mis ropas se encontraban en un estado lamentable. Mis manos estaban sucias y tenían huellas de sangre, aunque no me descubrí ninguna herida. No sabía quién era ni qué me había pasado.

Avanzando a trompicones, pues las piedras me dañaban los pies, conseguí llegar al fondo del valle. Allí la vegetación era frondosa y a los primeros matorrales les fueron sucediendo árboles de distintas especies, entre los que pude distinguir alisos, robles y hayas.  Poco antes de llegar al ribazo del río, en una pequeña pradera salpicada de arbustos aromáticos, descubrí los restos ensangrentados de un animal. Era una cabra adulta que debía haber sido víctima de alguna gran bestia, pues estaba casi descuartizada y le faltaban grandes pedazos de carne. Había sido arrastrada hasta allí y hubiera sido fácil seguir el rastro de sangre hasta el lugar donde había sido atacada. Algo nervioso por lo que estaba viendo, tomé el camino opuesto, el que siguiendo la ribera del riachuelo se dirigía hacia lo que parecía ser la salida del valle. Bebí del río hasta saciarme y aproveché para limpiar  la sangre y el barro que me cubrían.

El sol estaba ya en lo alto y debía ser una hora cercana al mediodía. No se oía nada y parecía que los pájaros callaban a mi paso. Alarmado por el silencio y la soledad comencé a dar gritos por si alguna persona pudiera oírme.

-          ¿Hay alguien por aquí?

-          ¡Estoy perdido! ¿Alguien me escucha?

Tan sólo el eco respondía a mis peticiones de auxilio. Era como si estuviera sólo  en  el valle. Seguí andando por el ribazo del río; las piedras sueltas y los troncos caídos dificultaban mi paso. Y el marchar descalzo no ayudaba nada. Un rebaño de cabras salió huyendo de entre unos matorrales. Balando despavoridas, como si estuvieran en presencia de una fiera, se dirigieron hacia lo profundo del bosque y enseguida les perdí de vista. El trillado camino que iba siguiendo, realizado sin duda por el ganado en sus vagabundeos, era la única senda que había visto en todo el día. Parecía como si ninguna persona hubiera pisado estos parajes.

El valle se estrechaba por momentos y en breve se convirtió en un cañón, de paredes casi verticales, por el fondo del cual corría el río. En un momento dado la senda desapareció y tuve que echarme al agua, porque era ya el único camino posible.

Medio andando, medio nadando, seguí avanzando por el cauce, y daba gracias a que el estiaje no le hiciera llevar mucha agua y la corriente fuera escasa.

A la vuelta de un pequeño recodo que hacía el río, me encontré con una gruesa reja de hierro, cubierta de herrumbre, que cerraba el paso del cauce.  Continuar era imposible, el agua huía entre los barrotes pero yo no podía seguir. Más que reja era puerta, porque un grueso candado, que estaba nuevo y brillante, la cerraba por el otro lado. Desesperado, comencé a gritar de nuevo por si alguien pudiera oírme.

-          ¡Socorro, no puedo salir! ¿Alguien me escucha?

-          ¡Por favor, quiero salir de aquí!

Como en la anterior ocasión los gritos se demostraron inútiles y el frío me hizo dar la vuelta para buscar un lugar desde el que poder salir del agua, estaba aterido y dando diente con diente. La tarde estaba cayendo y no sabía qué hacer.

No fumo y carecía de cerillas o mechero con el que encender un fuego. Comencé a pensar, asustado, en la cabra muerta y devorada en el prado. Tenía que buscar un sitio donde protegerme. Si pudiera encontrar de nuevo la cueva antes de que se hiciera de noche…

Pude hallar de nuevo el sendero abierto por las cabras y pensé, que desde allí, no me sería difícil orientarme y llegar hasta la cueva en la que había amanecido. No conseguía acordarme de nada más allá. Había encontrado un palo, especie de grueso garrote, y esperaba que pudiera servir para defenderme.

Las sombras se iban alargando y en poco tiempo desaparecerían.  Si tuviera la suerte de que hubiera luna…

Algunos ruidos procedentes de los matorrales, al  otro lado del río, hicieron que, precavido,  me alejara de su curso. Creía reconocer a lo lejos los riscos bajo los cuales pensaba que se encontraba la cueva.  Casi imperceptibles, encontré en mi camino los restos de una gran casa, de la que quedaban poco más que los cimientos y algunos muros derruidos; en uno de ellos un escudo nobiliario llamó mi atención. Creí reconocerlo, pero tenía la memoria bloqueada y no conseguía acordarme de nada.

Ya era casi noche cerrada, cuando encontré la empinada colina que había bajado a  tropezones por la mañana. La luna se estaba alzando sobre el horizonte, y con su luz podría encontrar la angosta obertura tras la cual esperaba encontrar protección y calor. Grande, esplendorosa y rojiza como la sangre, era la más hermosa luna llena que había visto. Ya no sentía frío ni cansancio, tampoco miedo o soledad, mis pies ya no me dolían y un vigor renovado recorría mi cuerpo.

La luz plateada inundaba el valle y haría más fácil mi búsqueda. Tenía hambre y necesitaba comer; mi presa estaba oculta entre los árboles, esperándome aterrorizada;  sin dudarlo más y saludando con un súbito y largo aullido a mi aliada, me lancé monte abajo en su busca.

Eduardo Lizarraga

Madrid, octubre de 2012