La
pequeña daga florentina, fina como un estilete, brillaba en su estuche de madera.
Nunca se imaginó que llegaría un día en que fuera a utilizarla. La habían
comprado en un pequeño brocante, en Lyon, en un viaje que el matrimonio realizó,
cuando aún estaban enamorados.
-Es un arma
de mujer del siglo XVI– dijo el marchante- y es antigua de verdad, añadió.
-Espero
que no la utilices conmigo si me porto mal. –bromeó Alberto.
Arma femenina por excelencia; las mujeres de
la época la solían llevar como adorno en el pelo o escondida entre las ropas. La
mano de Elena no temblaba cuando empuñó la daga; había tomado una decisión y
nada le impediría llevarla a cabo.
-¿Por
qué se había interpuesto aquella mujer en su vida?, se decía Elena. ¿Es que era
obligado que los hombres maduros se enamoraran de mujeres jóvenes?
¡Nunca lo hubiera pensado de Alberto! Y
además, ¡qué vulgaridad!, enamorarse de
su secretaria. Por supuesto que habían sucedido otras infidelidades anteriores,
algunas de ellas meros devaneos, que no duraron ni un mes. Pero en ésta ocasión
todo era diferente, los viajes, los regalos, los mensajes, los planes…Pensaban
humillarla en público, con un divorcio, que sería sonado, y una gran boda posterior.
¡Por
supuesto que sabía todo lo que hacía su marido!
Cuando al
poco tiempo de casarse, hacía ya casi treinta años, habían puesto aquella pequeña empresa, poco más que una idea
personal de Elena, ella había ocupado la dirección logística. Al principio como
su secretaria, más tarde dirigiendo el departamento de ventas. No podía ser de otra manera. En aquel mundo de
hombres era imposible que tomaran en serio a una directora general. Desde su
puesto, con poca visibilidad, impulsó a la empresa a lo que era ahora, una
corporación instalada en una docena de países, con más de mil empleados y unas
ventas que superaban los 1000 millones
de euros.
Y
Alberto había subido como la empresa. Su simpatía, buena presencia y encanto
personal, le habían abierto muchas
puertas, que luego Elena se encargaba de aprovechar. Siempre desde atrás, en la
sombra, protegiendo a su marido más que a sus propios intereses.
Y ahora
veía que todo su afán, Alberto, le había traicionado en los únicos sentimientos
que valoraba, en su amor y en su lealtad.
Lo
sabía todo. ¡Qué tontos son los hombres cuando piensan que pueden engañar a la
mujer que les quiere! Ella controlaba la
empresa y sus entresijos, desde los balances y cuentas de resultados, al correo
electrónico de su marido y del resto de los empleados cercanos; sobre todo las
empleadas que le rodeaban. Era su forma de ser, como la araña que teje su tela
y que no tolera que nada cambie el entramado, ni penetre en su territorio.
Así
había sabido de sus anteriores flirteos y aventuras; así se había enterado de
los planes de la pareja, y de la decisión que había tomado Alberto para acabar
con su matrimonio. Dejándola a ella, por supuesto, al margen de todo lo que
habían vivido y creado.
Y había
decidido tomar medidas.
Aquella
noche se celebraba el sábado de Carnaval y Alberto y su nueva amor, Luz se
llamaba, habían decidido asistir a la cena y baile que daba el Hotel Ritz en Madrid, el
mejor de la ciudad. Para ello Alberto adelantaría su vuelta del viaje que
estaba realizando en Estados Unidos, prevista, en principio, para el domingo. Para
disfrazarse habían elegido dos personajes de la Comedia del Arte italiana,
Colombina y Arlequín. Los habían
alquilado en unos de las mejores guardarropías de cine de Madrid, en la calle
San Bernardo. Una cena de gala, ya disfrazados, el baile en el salón de los
espejos y una habitación reservada a nombre de Luz, era lo que ambos habían
preparado para la velada.
Todo lo
habían previsto y planeado a través de
correos electrónicos, a los que Elena sabía como acceder. No en vano había
realizado unos completos cursos informáticos, para estar al día de las nuevas tecnologías y
saber lo que convenía para la empresa.
Y sin
pensarlo mucho decidió adquirir otro traje de Arlequín, en el mismo lugar en
que ya habían alquilado los suyos la
“feliz pareja”. Suponía, con mucha razón, que serían trajes muy similares, sino
idénticos. Su figura, bastante hombruna, y su constitución fuerte, y tan
similar a la de su marido, que podían intercambiar los trajes de buceo y de
esquí, le facilitaría mucho la
sustitución que planeaba.
Había
averiguado también la hora a la que Alberto llegaría a Madrid. Desde el
aeropuerto hasta San Bernardo, para recoger y ajustarse el disfraz, y vuelta hasta el Ritz, podían ser dos horas.
Allí estaría ya la bella Colombina, esperándole en la habitación, dispuesta
para la cena y el baile.
-Sí
-dijo la azafata- el vuelo de Chicago acaba de tomar tierra.
En ese
momento, Elena, ya disfrazada de Arlequín, con una máscara veneciana en su cara y llevando
una pequeña bolsa, con un disfraz de payaso en su interior, cogió el metro
hasta el hotel. Ya era de noche; sábado de Carnaval; la ciudad bullía de
alegres mascaradas. Nadie se fijó en ella, y tan sólo escuchó algunos
comentarios en el metro.
-Fíjate
que bien conseguido el disfraz –dijeron en la acera del hotel.
Ningún
problema en la puerta, aunque se tropezó con el portero adrede. Ascensor, habitación
311, toc, toc,toc.
-Alberto
¡qué sorpresa! No imaginaba que vendrías ya disfrazado…
Cerrando
la puerta tras de sí, Arlequín hundió su daga una y otra vez en el cuerpo de la
pequeña Colombina. Tras comprobar la muerte
de la mujer, cambió su disfraz por el del payaso, recogió la daga y con el sanguinolento disfraz de Arlequín en la bolsa, salió sin
más de la habitación, dejándo la puerta levemente entornada.
Y tras la máscara, sonreía al ver la cara de
sorpresa de Colombina, que se veía acuchillada y muerta por quien creía que era
su amor.
Eduardo
Lizarraga/Febrero 2012
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