martes, 13 de diciembre de 2011

Con alas hacia el sur (Relato en dos folios)

Wilbur estaba ya despierto mucho antes de que en el reloj de la cercana iglesia del pueblo dieran las siete; a su lado, en una cama más pequeña, dormía su hermano Orville. Amanecía una mañana de sábado, fresca y luminosa; desde la calle llegaban las voces de los vecinos más madrugadores, pero del interior de la casa aún no se percibía ningún ruido. Los minutos pasaban despacio, hasta que por fin, unos crujidos en la escalera, le indicaron que su madre subía a despertarles. Casi simultáneamente, el reloj de la torre comenzó a dar la hora y la respiración tranquila de su hermano se interrumpió, sobresaltada por unos golpes en la puerta. ¡Ya era la hora!

- ¡Vamos chicos! que enseguida van a venir a buscaros, y tenéis que desayunar –les animó su madre.

Saltaron de la cama con los rostros alegres; se vistieron y desayunaron sin tardanza, ni tan siquiera Wilbur protestó con las galletas. El gran día comenzaba.

A las ocho, junto con otros chicos del colegio, tomarían el tren y tras un viaje de casi cuatro horas llegarían a Cincinnati. Allí les esperaba Buffalo Bill, con su espectáculo del salvaje oeste. Se lo llevaban prometiendo desde antes de final de curso; sólo los más aplicados de la escuela dominical cogerían el tren. Y aquel había sido un gran acicate pues nunca, en toda la historia de Dayton, se había visto igual puntualidad en la escuela los domingos por la mañana, ni tal aplicación en aprenderse los versículos de la biblia, ni semejante entusiasmo entonando los salmos, sin distraerse ni un momento mirando por las ventanas. Así las cosas, casi veinte chicos y chicas, incluyendo, de forma sorprendente, algunos de los más revoltosos, se encontrarían en la estación esta mañana. Les acompañaría en la excursión la señorita Dawson, completamente aterrorizada de tener que hacer casi 70 kilómetros en tren, con aquella caterva de enloquecidos muchachos.

Con los ligeros pies que dan los pocos años y el corazón alegre, los dos hermanos, junto a su vecino Charles, que también era de la partida, volaron más que corrieron hasta la estación. Allí, junto a la señorita Dawson, que llevaba para la ocasión un inmenso sombrero morado lleno de plumas y cintas de colores, se encontraban ya un buen número de sus compañeros de aventura, bien pertrechados con sus cestas de comida. Con risas y gran algazara subieron al tren, que estaba en el andén esperándoles, y se repartieron por los compartimentos de uno de los dos vagones del convoy. Salvo que se subiera algún pasajero más, en cualquiera de las tres estaciones que había desde Dayton hasta Cincinnati, serían los únicos viajeros.

Tras poner un poco de orden, todo el que pudo, entre los inquietos aventureros, la señorita Dawson se sentó, resoplando, con el grupo más numeroso, entre ellos Wilbur y Orville, en el compartimento más cercano al tandem, que va tras la locomotora. Los rostros de los muchachos se mostraban alegres y sus conversaciones entusiasmadas por lo que les esperaba: Buffalo Bill, Wild Bill Heacock, Toro Sentado, Juanita Calamidad… todas las leyendas, e historias que les habían emocionado desde niños se iban a hacer realidad en poco más de tres horas. Cuando a las ocho en punto el tren arrancó, dejando oír un largo silbido, los vivas y los gritos fueron generales. La señorita Dawson espantada y con severas dudas sobre si podría arrostrar lo que quedaba del día, se hundió un poco más en su asiento, al lado de la ventana.

Todo era motivo de gritos y jaleo, que si he visto un caballo, que si por allí hay unas casas o un rebaño de vacas. Para muchos era su primer viaje en ferrocarril y estaban algo impresionados por la velocidad y los ruidos de la locomotora, que dejaba escapar el vapor por las válvulas. Poco a poco se fueron calmando y ocupando sus asientos. En el andén, el maquinista, el señor Sugar –no sabían si el nombre era verdadero o de broma, porque era negro como el carbón- les había comentado que el viaje duraría más de tres horas y alcanzarían la velocidad de 40 kms por hora en algunos tramos.

- Nos pararemos en Brock Meadows para repostar carbón y agua. Sólo estaremos quince minutos allí y no quiero que os bajéis- les había advertido. ¿De acuerdo señorita Dawson? –dijo mirándola con severidad.

La pobre señorita Dawson solo pudo balbucear un ¡si señor! viendo aquel hombre tan grande y tan negro que le hablaba.

El calor comenzaba a sentirse en el vagón, y a pesar de que ya les habían advertido que no lo hicieran, Charles, el vecino de Wilbur y Orville, abrió la ventana del compartimento, para que entrara un poco de aire. La señorita Dawson, a la que la situación no quitaba su costumbre de dormitar a la menor ocasión que se le presentara, estaba echando un sueñecito, con su magnífico sombrero sobre las rodillas. Y en eso estaban unos y otros, cuando unas cuantas carbonillas encendidas se colaron en el vagón. Como no podía ser menos la mitad de ellas fueron a parar al inmenso sombrero, lleno de plumas y cintas, de la dormida señorita Dawson. Su despertar, con el sombrero echando humo, como si de la locomotora se tratara, fue de todo menos agradable. Manotazos en el aire, y pisotones cuando llegó al suelo, aún humeante, junto al agua de una botella, convirtieron el orgullo de la señorita Dawson en una especie de pingo aplastado, que más que sombrero recordaba a una rata tras salir del agua.

Los silbidos de la locomotora anunciaron que llegaban a la parada de Brock Meadows y los chicos prefirieron cambiar la cara, roja de indignación y vergüenza de la señorita Dawson, por la visión del montón de carbón y el depósito de agua que se encontraban al lado de la vía.

Los insultos y gritos de Sugar y su ayudante Pitt, el carbonero, indicaron a los chicos que algo marchaba mal. Asomados algunos a las ventanas, que ahora todos habían bajado, y apeados del tren los más audaces, pudieron observar como Sugar y su ayudante miraban el depósito de agua maldiciendo con indignación.

- ¡Peste de idiotas con pistola! gritaba Sugar

- Seguro que han sido Flint y su banda –aseguraba el pequeño y tiznado ayudante- mira que juntos y bien colocados están los disparos.

En el depósito de agua, en su borde inferior, alguien había utilizado un viejo cartel de “Se busca” para practicar el tiro al blanco. Un agujero en cada uno de sus ojos, otro en su boca y otro en su nariz; la mueca era de risa. Pero de agua no quedaba ni una gota.

- Pues habrá que irse hasta Stockton para decir que nos hemos quedado aquí tirados con el convoy –sentenció Sugar- así que ya estás poniéndote en marcha, y rapidito.

- Ya es fácil decirlo, pero son casi veinte millas, tengo para seis horas en el mejor de los casos; despídete de las cervezas de Anita la complaciente –le contestó Pitt con bastante sorna y algo cabreado, porque en el exiguo escalafón del convoy le tocaba obedecer y caminar.

Y a sentencia de sus ilusiones resonó la afirmación de Pitt en el ánimo de los entristecidos excursionistas, sobre todo cuando vieron a Sugar tumbarse todo lo largo que era, sobre el ahora inútil montón de carbón, echarse la gorra sobre los ojos y ponerse a roncar inmediatamente.

- Mira Wilbur –dijo Orville a su hermano mirando una lejana ave que volaba hacia el sur, en dirección a Cincinnati- si tuviéramos alas estaríamos allí enseguida.

Pasada la medianoche el convoy entraba en Dayton, sin las risas ni la alegría de la mañana; somnolientos y apesadumbrados, los chicos se fueron dirigiendo a sus casas. También la señorita Dawson, que llevaba en su mano izquierda los restos de lo que fuera su magnífico sombrero.

Orville , Wilbur y Charles subían despacio la calle para irse a dormir. Wilbur todavía mascullaba entre dientes ¡Si hubiéramos tenido alas!

Veinte años después, en los llanos de Kitty Hawk, y mientras Wilbur Wright se bajaba del Flyer para abrazar a su hermano, que había permanecido en tierra, un ave, que volaba alto hacia el sur, les hizo recordar la razón de que estuvieran allí. Había nacido la aviación.

Eduardo Lizarraga
Diciembre de 2011

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