domingo, 12 de agosto de 2012

Con la marea (Relato para las vacaciones)


Los golpes, blandos y acuosos, resuenan a lo largo de la ribera rompiendo la calma de la mañana. Un hombre, con los pantalones subidos hasta las rodillas y los pies descalzos, hunde una y otra vez su azada en el lodo negro de la orilla. Después de cada golpe, rebusca entre la tierra removida, depositando el producto de su trabajo en un pequeño bote que mantiene a su lado. A sus espaldas el Bidasoa lame, en manso reflujo, las piedras de la isla de los Faisanes, y los juncales de la otra orilla, en Irukanala, se mecen adormecidos con la brisa de la mañana.

Hace ya un buen rato que el amanecer ha encontrado a Joshemi dirigiéndose, a fuerza de remos, hasta la orilla del río, cuando la sirena de la cercana fábrica de cerillas rompe el silencio neblinoso, llamando a los trabajadores a su quehacer diario.

Levantando la cabeza y secándose el sudor de la frente con la manga, Joshemi piensa, a la vez que se echa la boina hacia atrás, en un gesto familiar para los que le conocen.

-          Las ocho ya; enseguida comenzará a subir la marea, será mejor que me de prisa si quiero estar a la punta.

Una ojeada al bote de hojalata le muestra un rojo revoltijo ondulante de zizaris, que se debate entre algunas algas arrancadas a las piedras de la orilla.

-          Muchas no hay, se lamenta en voz alta.

Pero decidido a pesar de todo, sale trabajosamente del agujero en el que se ha ido hundiendo poco a poco y se dirige, con pasos inseguros, a través de la fangosa ribera hacia el camino de piedras que corre paralelo al río.

Tras lavarse los pies, negros por el espeso légamo de la ribera, en un charco dejado por la bajamar, se encamina hacia el pequeño embarcadero donde tiene amarrada la lancha. Una vez soltado el cabo se dirige, sin esfuerzo aparente y ayudado por la marea, hasta el centro del río para aprovechar la corriente. Su rostro anguloso,  bronceado,  curtido por la intemperie y mal afeitado, no refleja emoción alguna, pero sus ojos, oscuros y brillantes se mueven con rapidez, como si algo les preocupase.

Joshemi tiene ya treinta y cinco años y puede decirse que no se le conoce profesión alguna. En 1945, tras terminar la guerra en Europa-de eso hace ya ocho años- volvió a España para ser internado durante tres años en el campo de concentración de Miranda del Ebro. Cuando le dejaron marchar intentó colocarse, como obrero portuario, en el puerto de Pasajes, pero la falta de un fiador y la existencia de una ficha que afirmaba que había luchado “con los del otro lado” –Joshemi había sido gudari y combatido bravamente, a pesar de su juventud, en el cerco de Bilbao- hicieron vanos sus esfuerzos.

Sin  preocuparse demasiado volvió sus ojos hacia la mar, de la que desde pequeño había sabido sacar lo necesario para ir tirando, y con el dinero que le prestó una de sus hermanas, casada con un rico casero de Jaizubía, se hizo con una lancha hermosa y muy marinera, a la que pintó de verde con una raya blanca y puso por nombre Zapatari.

Desde entonces el tiempo ha pasado muy rápido para Joshemi. Toda su riqueza se reduce a una pequeña casa de ladrillo que le dejara su padre al morir, enfoscada en blanco, y levantada en la ribera de Txiplao, la Zapatari y su habilidad como pescador.

La tranquilidad en su vida ha sido absoluta durante todos estos años, lenta y constante, como el discurrir del río. Y sin embargo, Joshemi, que no tiene más rarezas como él mismo reconoce alegremente, que hablar en voz alta consigo mismo cuando está sólo –cuando alguien pasa mucho tiempo en soledad es necesario escuchar alguna voz, justifica riendo-, lleva una temporada preocupado.

Cuando la Zapatari pasa por debajo de los puentes internacionales, Joshemi no hace más que darle vueltas a la conversación que semanas atrás mantuvo con su hermana Junkaltxo, la mayor. La última frase que ella le dijera resonaba con fuerza, una y otra vez, dentro de su cabeza.

-          ¡Si quieres a la Marijoshe tendrás que buscarte un trabajo decente y no andar todo el día por ahí sin hacer nada, como un vago!

Como si pescar no fuera un trabajo decente, se dice Joshemi, mientras espera atento el instante en que la torre rocosa de la iglesia hondarribitarra se asome por encima de la casa de ventanas verdes. En ese momento,  y tras un rápido vistazo a la boya que marca la margen derecha del canal para asegurar la situación, deja caer por la popa una de las piedras que amarrada a un cabo, hace las veces de ancla. Cuando la Zapatari se detiene, arroja otro igual por la proa, para que la marea, a punto de empezar a subir, no gire la embarcación.

Tras ajustar ambos fondeos y quedar satisfecho con la posición de la Zapatari, Joshemi comienza a cebar aparejos y a echarlos por babor y estribor. Pronto empieza a llenar la cesta con berberiñas –no en vano la poza sobre la que se ha fondeado es uno de los mejores txokos que conoce- que tras ser desescamadas por las manos hábiles del pescador, toman el color rojo sangre que las hace distinguirse, sin lugar a dudas, de otros pescados.

Mientras los peces pican, Joshemi sigue dándole  vueltas al problema que se le ha venido encima, casi sin darse cuenta. Todo comenzó unos meses atrás cuando Junkaltxo, que siempre estaba criticando su soltería, -esas no son maneras de que viva un hombre, afirmaba-, le presentó a una amiga suya de Hondarribia, joven viuda que hacía cinco años había perdido a su marido, arrantzale del Beti Gure Ama,  arrastrado por un temporal frente a las costas de Bizkaia. La relación había ido rápida y después de vérseles algunas tardes en los bailes que jueves y domingos se celebraban en la vecina Irún, o paseando por la marina hondarribitarra, comenzó a hablarse de noviazgo y hasta de boda.

Marijoshe, que había enviudado a los dos meses de casada, era una guapa chica, morena y alegre, a la que no habían faltado pretendientes en los últimos tiempos. Pero ella, por alguna razón especial, se había fijado en Joshemi y con la habilidad propia de su sexo y ayudada por Junkal, hermana mayor del novio, no había tardado mucho en conseguir sus propósitos.

Pasadas dos horas de la punta de marea y con la cesta ya casi llenas de berberinas y algunas zabaluas, Joshemi, continuaba dándole vueltas a la misma cuestión. Pronto los peces dejan de picar y el pescador, comprendiendo que el buen momento ha pasado, recoge los aparejos para cambiar de sitio.

-          Hoy que es viernes, ya me haría falta alguna dorada para llevar al asador –exclama pensativo.

Y tras recoger los fondeos y situarse cerca de la orilla, pues el flujo se deja sentir con ímpetu, se dirige, no sin esfuerzo, hacia la herriko punta, donde, por la gran abundancia de mejillones, siempre entra alguna buena pieza de las que iba a buscar.

Tras fondear en el lugar que le parece más adecuado, para la hora de marea que lleva, saca, del bolsillo de su amplio pantalón de sarga azul, una boina vieja atada con una goma. De su interior y tras titubear un poco agarra un hermoso karramarro verde y limpio, de esos que abundan entre los canales de Santiago Aurrea y tras quitarle una de las pinzas, con las que el animal intentaba por todos los medios defenderse,  le pone el anzuelo con una técnica ya depurada por la costumbre.  Tras repetir la operación con tres aparejos más, se dispone a esperar sentado en la tosta de proa.

En el horizonte, el monte Jaizkibel se cubre con una negra nube y el viento, hasta ese momento casi imperceptible, comienza a levantar pequeñas ondas en la bahía.

-          Parece que se va a estropear el tiempo, mejor para que esta noche entre la angula – piensa Joshemi.

Unos tirones bruscos en uno de los aparejos le indican que algún pez ha entrado al cebo. Con habilidad y sin apresurarse, pues el pescado debe ser grande, el hombre aguanta los primeros envites  y tras cansar a su presa la lleva hasta la lancha. Una vez cerca y ayudándose de un salabardo saca del agua una dorada de unos tres kilos de peso. Apenas diez minutos después una segunda dorada, algo más pequeña, cae en las manos del pescador.  Para ese momento, la lluvia, fina y persistente, empapa ya la cabeza de Joshemi, y escurriendo por la cara gotea desde su barbilla. A la vez, y a pesar de que la primavera está ya cercana, difumina los contornos de la bahía sumiéndola en el tranquilo letargo de un día invernal.

-          Bueno, ya es bastante por hoy y además tengo que hablar con Patxiku, recuerda el dueño de la Zapatari.

Recoger los aparejos y levantar el fondeo le lleva apenas cinco minutos, tras los que, empuñando los remos se dirige al canal que conduce al Puerto Viejo. Ahora la marea le es favorable y la Zapatari se mueve con agilidad, deslizándose sobre las verdosas aguas de la ría del Bidasoa. La lluvia continúa cayendo con insistencia y algunas gotas que resbalan por el cabello empapado, penetran por el cuello del pescador, mal protegido con una vieja chaqueta de grueso paño azul.

-          Tenía que haber traído el sueste –se riñe a sí mismo Joshemi- ya se veía ayer que hoy podría llover.

El Puerto Viejo, una pequeña bahía resguardada de vientos y temporales, está lleno de barcas amarradas allí por sus dueños para pasar el invierno. Casi un centenar de embarcaciones, parecidas a la Zapatari y pintadas de todos los colores, se balancean agarradas a unos palos clavados en el suelo fangoso. Al fondo, recortándose contra el muro de la fábrica de conservas, tres o cuatro barcos grandes, amarrados entre si, esperan la llegada de la anchoa, con la primavera, para salir a faenar.

El espectáculo, alegre y multicolor en los días de sol, se vuelve melancólico y monocromático con la niebla y la lluvia. Diríase una antigua fotografía en blanco y negro, con los colores ya ajados por el tiempo.

Tras amarrar la embarcación concienzudamente por proa y por popa a sus palos –si amarrar bien, dormir tranquilo, dice siempre- Joshemi alcanza la cercana orilla, por medio de una frágil pasarela confeccionada con viejos tablones. Lleva consigo el cebo sobrante y la cesta con el pescado. Saluda con un breve ademán de la cabeza a Beñardo –hoy no tiene tiempo de hablar- un viejo pescador al que la edad y el reúma ya no dejan salir a la mar y que pasa sus últimos días, con los ojos llenos de salitre y lágrimas, contemplando la bahía en la que ha pasado toda su existencia. Se encamina con paso rápido a casa de Eusebita, la pescatera que le compra la pesca y que paga puntual –aunque con cicatería- todas las semanas.

El barrio de la Magdalena, con sus casa pequeñas en verde, rojo y azul, con balcones de madera adornados con macetas de colores, rezuma agua desde todos sus tejados. Bajo la lluvia, protegiéndose como puede entre los estrechos aleros y evitando los chorros de los canalones, Joshemi llega hasta un oscuro portal; allí, y tras dar unos golpes con el aldabón de la puerta entreabierta, espera en el zaguán. Eusebita, una mujerona ya madura, baja al poco por la estrecha escalera de madera, blanquecina por miles de concienzudos lavados con lejía. Un pesado y usado cesto se balancea en su mano izquierda.

-          ¿Qué tal Joshemi? Y sin esperar respuesta abre la cesta del pescador para coger los peces. Son algo pequeños –se queja Eusebita al ver los peces, como siempre- pero ya haremos. Y mientras habla los va colocando en su cesto.

-          Dale las doradas a Rosario, la del asador, que siempre me pide para el fin de semana, cuando vienen los médicos, esos de san Sebastián, -le aclara Joshemi.

-          Ya veremos –le contesta Eusebita- que con esta lluvia igual no tiene gente. Bueno –prosiguió la pescatera-  el lunes tendré un buen dinero para darte, que esta semana ya has hecho.

-          Sí –afirmó Joshemi- y mejor haré si la angula entra esta noche.

-          Buen tiempo ya tienes, y si la marea acompaña ya sacarás unas pesetas –estima Eusebita- un poco molesta porque las angulas no pasan por sus manos. ¿Irás con Patxiku como la última vez?

-          A buscarle voy ahora –contesta Joshemi ya despidiéndose- bueno, adiós.

-          Hasta luego sí, y buena noche, le deseó Eusebita, con el pescado en la cesta, mientras sube trabajosamente la escalera que se queja con profundos gemidos.

Por la calle Santiago, enfila Joshe Mari hacia la alameda, al otro lado de la ciudad vieja. La muralla, alta y negra, moteada de verde por el musgo y los helechos, no ciñe ya la ciudad como en tiempos pasados. Las guerras, el tiempo y sobre todo las nuevas necesidades urbanísticas, la han hecho desparecer en numerosos tramos, formando ya parte sus piedras de numerosas casas. Cuando pasa por delante de la gigantesca brecha abierta por las minas del duque de Berwick, la lluvia ha parado ya casi por completo. Bordeando el regato, lleno de agua por efecto de la pleamar, llega a su casa –Kaiola Txiki- blanca, pequeña, cubierta con teja roja y con contraventanas verdes y siempre abiertas. Nada más entrar, Kabi, un pequeño gato atigrado, se frota contra sus piernas a la vez que maúlla quedamente.

La cesta queda colgada del techo, a la entrada, y el cebo sobrante y las zabaluas pasan a la fresquera, que se abre bajo una alacena de la cocina. A continuación, Joshemi vuelve a salir para hablar con su amigo Patxiku, que vive a poco más de cincuenta metros, al otro lado de la huerta.

 Allí está el hombre, bregando con la ortzikua bajo la lluvia que vuelve a caer; bajo y fuerte, con el cuello grueso y corto como el de un toro, y la cara enrojecida por el vino y el trabajo, remueve la tierra preparándola para la próxima siembra.

-          Hola Patxiku –le saluda Joshemi- ¿trabajando ya para las vainas?

-          Pues sí, a ver si este año pongo más varas que el pasado quedé corto –le contesta el vecino. Para de seguido preguntar. -¿y esta noche ya habrá angulas?

-          Eso espero, buen tiempo y marea ya tenemos. A las ocho, después de cenar, te vendré a buscar. Y ya hablaremos, que quiero comentarte algo.

-          Hasta las ocho pues, Joshemi. –se despide Patxiku.

Con la luna llena oculta por las nubes y empapados por la fina llovizna, que desde primeras horas de la tarde ha vuelto a caer sin tregua, los dos amigos bogan ya en la Zapatari, apenas dadas las nueve en el reloj de la iglesia de Hondarribia. Con los faroles de petróleo  en la proa y la manga angulera enrollada en sus palos, se dirigen, con la marea ya a favor, río arriba.

Patxiku, el ocasional compañero de Joshemi para todo aquello que le permita ganar unas pesetas, trabaja en Irún, en un almacén de vinos. El escaso dinero que gana con el almacenista y los cinco hijos que le esperan en casa –dos de los siete que tiene ya han decidido ver mundo- le han convertido en un especialista de la chapuza y de los trabajos ocasionales. Lo mismo hace unos remos por encargo, o pinta una fachada que, aunque muy ocasionalmente, hace algo de contrabando, también por encargo –rodamientos, interruptores y cosas de esas- aclara siempre.

Con Joshemi tiene amistad de largo, conoció mucho a su padre y le quiere como a un hermano pequeño. Juntos suelen ir, dependiendo de la temporada, a por angulas, más arriba de los puentes; a echar unas nasas o una treza bajo las faldas de Jaizkibel; o a por el begi-aundi cuando entra en la bahía de Txingudi. Al principio se lo pedía Joshemi, que como no sabe nadar, no le hace mucha gracia salir solo fuera de la ría. Luego ya se fueron acostumbrando a salir juntos y a compartir, tanto el producto de la pesca, como sus  afanes diarios.

Playaundi es una masa negra y difusa, con sus contornos confundidos por la humedad y la noche; un tren pasa, con las luces encendidas y muy despacio, cuando discurren bajo los puentes. Ya les cuesta algo más bogar, pues se han adelantado al agua de la marea y el río baja aún con la fuerza del invierno. Sin embargo, en silencio y empuñando un remo cada uno, pronto pasan de largo el barrio de Santiago, con sus casas oscuras asomadas al río, y llegan a un punto con no mucha profundidad y que les parece idóneo para hacer la primera calada.

Con la Zapatari fondeada a escasos metros de la orilla de Irukanala, frente a Osinbiribil, encienden los faroles y los suspenden, por medio de unas varas, encima del agua, negra y tranquila. Luego, tras desenrollar con sumo cuidado la manga, la sumergen bajo las luces. A lo lejos, las campanas de la iglesia del Junkal dan las diez de la noche. Es aún un poco pronto para que la angula, arrastrada por el flujo de la marea, haya llegado hasta allí. Dos cigarrillos, encendidos con trabajo por la llovizna, y mantenidos secos en el hueco de las manos,  ayudan a pasar el tiempo y animan la conversación, interrumpida un rato largo por el esfuerzo del remo.

-          Oye Patxiku, ¿a ti te gusta trabajar en el almacén? –le pregunta Joshemi repentinamente, con aire preocupado.

Sorprendido por la pregunta, Patxiku mira con atención a su compañero, cuyo rostro apenas se adivina tras la brasa del cigarrillo. Y le contesta a su vez, como es costumbre en él, preguntando.

-          ¿Y por qué dices eso?

-          Es que me ha dicho Junkaltxo que tengo que buscar un trabajo y no andar por ahí haciendo el vago –le explica Joshemi sin extenderse demasiado.

-          Ya –contesta enfadado Patxiku- ¡como si vivieras de la parroquia! ¿y por qué te dice eso Junkaltxo en lugar de preocuparse de lo que tiene que dar de comer al gordo de su marido?

-          Por lo de la Marijoshe –replica Joshemi, pesaroso, como si estuviera confesando algo malo.

-          Pues si que parece que va en serio la cosa ¿no? –pregunta sorprendido Patxiku, y añade con extrañeza –si apenas hace seis meses que os presentó la lianta de tu hermana.

Antes de que puedan seguir con la conversación un movimiento en las aguas, bajo los faroles, atrae su atención. Con cuidado, y cada uno  desde uno de los lados, levantan la manga. En su interior, unos cuantos puñados de angulas se deslizan intentando escapar.

-          Parece que ya están entrando, ¡y aún queda mucha marea! –exclama alegremente Patxiku.

Con mucha delicadeza depositan las angulas en un saco de tela que cuelga por la borda en la amura opuesta. A continuación vuelven a sumergir la manga.

A lo lejos, unos chapoteos en el agua, les indican que algunas lubinas también aprovechan la noche para alimentarse, de angulas o de korrokones.

Joshemi, que tiene ganas de seguir con la conversación interrumpida, vuelve a preguntar a su amigo.

-          ¿Crees que podré encontrar algún trabajo en Irún, de esos que dicen serios y así tener, como todo el mundo, un jornal asegurado?

-          Mira Joshemi, lo que tienes que decidir es si quieres a esa chica lo suficiente para cambiar tu vida del todo. Tener una familia no es fácil, y eso yo te lo puedo asegurar muy bien. Te comprometes para siempre ¿sabes? Y eso no es malo, todo lo contrario, puede ser lo mejor de la vida. Pero es preciso que encuentres una buena compañera para ese viaje que no tiene apeaderos. De lo contrario puede convertirse en lo peor. Y entonces querrás volver a tu vida anterior y eso, por desgracia, ya no será posible. Yo reconozco que Rosa, mi mujer, fue lo mejor que me pudo suceder. Yo casé muy joven, a tu edad ya tenía seis hijos, y el otro, el que fue el último, en camino. Desde que conocí a Rosa se acabaron los bares, los bailes, las peleas… yo fui muy peleón de joven, hasta en Oyarzun me conocían de oídas… Pero cambié, y pasé de ser un txotxolo  a ser un hombre. Tuve mucha suerte, una mujer así no se encuentra todos los días. Veinte años de matrimonio, y no te digo que no tuviéramos nuestras discusiones, que siempre las hay. Rosa tenía mucho carácter y era algo mandona, pero nos quisimos mucho, estábamos muy unidos e íbamos juntos a todas partes. Y bien que lo pagué luego,  desde que Rosa murió me he sentido muy solo algunas veces, y eso que todavía tengo en la casa a cinco hijos, y que, como ya sabes, el jornal no llega, y como siempre tengo que andar haciendo chapucillas, no tengo tiempo para pensar demasiado.

Los dos hombres hablan sentados en las tostas de la Zapatari, uno frente al otro, en voz baja y mirándose con gravedad a la cara, alumbrados apenas por la luz de los faroles.

Joshemi asiente y calla.

Media docena de veces más alzan la manga y las angulas van pasando al saco de tela sumergido en el agua. Al poco de que el reloj de la iglesia diera las doce de la noche deciden cambiar de sitio, llegándose frente al trinquete de Behobia, en unos bajos que hace el río. Allí, bajo el insistente sirimiri deciden  continuar con la pesca y con la conversación.

Patxiku, con los ojos húmedos por la lluvia y por los recuerdos, cuenta muchas cosas a Joshemi. Le habla de todos esos pequeños motivos que forman la vida, de las alegrías, las penas y la esperanza, siempre la esperanza. Con el corazón orgulloso le habla de los hijos, sobre todo de los ausentes, que sin fallar nunca le escriben todos los meses. Y de la chica, la única que tuvieron, Itxaropen le puso Rosa, que nunca perdió la esperanza de tener otra mujer en casa.

-          Ahora anda de novia con un chico de Irún, que estudia en la Salle y quiere ser ingeniero –explica contento Patxiku- Ya sé que algunos me critican por dejarle andar así, ¡tan joven! , dicen.  Pero, digo yo, que la madre ya estaba casada a su edad, y fue feliz. Lo más importante es que a mi me parece que el chico la quiere. ¡Si supieras lo difícil que es ser padre y madre a la vez! Supongo que como para ella tener  a su edad una casa con tantos hombres que cuidar.

Ha dejado de llover; la luna asoma de vez en cuando entre jirones de nubes; en la orilla, entre reflejos de plata ondulantes, dos gabarras duermen acariciadas por el río y la marea. Cada vez son menos las que se ven navegando por el estuario, subiendo y bajando con su carga, por lo general piedras o arena para la construcción. El transporte por carretera las arrincona sin misericordia y algunas de ellas, las más grandes,  ya duermen el sueño eterno en los arenales de Playaundi o en la ría de Amute, mezclando sus maderas, negras por la brea y podridas por los años, con la arena y el barro, con el agua del río que les dio la vida. Es toda una cultura la que muere con ellas. Durante muchos años cumplieron leal y constantemente con su trabajo, trasportando  gente y mercancías por todo el estuario, y río arriba, casi hasta Endarlaza, donde llegaban con las mareas vivas de septiembre. Crearon una profesión, una forma de vivir y una imagen, la del gabarrero con su pértiga. Ahora las prisas y el motor las hacen desaparecer, y sólo la literatura les empieza a prestar atención, la atención que se concede a lo hermoso que desaparece.

El lejano reloj da las campanadas de las dos de la mañana. Por última vez los pescadores deciden cambiar de sitio para aprovechar la pleamar. Luego, aprovechando el reflujo,  se dejarán llevar por el río de vuelta al Puerto Viejo. La pesca ha sido buena,  mejor de lo esperado; el saco de tela está casi lleno y eso compensa con creces las cinco horas de lluvia y frío. Ahora, ambos permanecen silenciosos, ensimismados en sus pensamientos, todos con nombre de mujer.

Bogando con calma, Patxiku y Joshemi llevan la Zapatari hasta uno de los canales que entran en la isla de Santiago Aurrea. Es el lugar preferido por Joshemi en la pleamar. La escasa profundidad del canal, a pesar de la hora de marea, y su estrechez, les obliga a maniobrar con dificultad. Tras llenar de petróleo ambos faroles, que ya comenzaban a flaquear, arrojan la manga de nuevo  y esperan pacientemente a que la angula entre.

Al poco, un perro, de vigilancia en alguna de las bordas donde los casheros guardan los aperos, comienza a ladrar al otro lado de los carrizos, rompiendo el profundo silencio de la noche. Un poco más allá otro le contesta, y en poco tiempo la algarabía es general.

Aquello sólo puede significar que alguien anda por la isla a unas horas poco habituales. Como a las tres de la mañana y en una noche como ésta, sólo pueden ser contrabandistas o carabineros, los dos amigos deciden con un simple gesto que ya es hora de irse. Ninguna de las dos posibilidades les resulta grata. Recogen la manga, apagan los faroles y en silencio, y usando uno de los remos como pértiga, salen del canal. A fuerza de remos ya y manteniéndose lo más posible en el centro de la corriente, descienden hacia el mar. La luna ha vuelto a ocultarse entre las nubes, pero sobre la curva que hace el río, más allá de la calle Santiago, pueden vislumbrarse, algo atenuadas por la niebla marina, las luces del puente fronterizo.

El silencio de la noche sólo se rompe con el leve golpear de los remos en el agua oscura. Al poco de pasar por delante de la garita del carabinero de Playaundi, casi frente a la luz que marca la entrada a Puerto Kaneta, perciben el lejano ruido de un motor que se acerca.

-          Parece el falucho de vigilancia –susurra Patxiku, que no es la primera vez que lo escucha por la noche-  será mejor que peguemos a la Zapatari al casco de esa gabarra para que no nos vean.

Cuidando de no hacer ruido con los remos se acercan a la orilla y dan la vuelta a los restos de una gran gabarra de carga sumergida a medias en el agua. Tras ella, atisban hacia dónde se escucha el ruido del motor, hasta que surgiendo de la negrura, un pequeño falucho, con cuatro o cinco tripulantes pasa ante ellos remontando la corriente del reflujo.

Alejado el peligro, nunca se sabe lo que puede traer un encuentro de estas características,  Patxiku le dice a Joshemi, con un tono socarrón que contrasta con el anterior:

-          Para esos pescar algo, ya tenían que haber estado antes allá arriba, donde las angulas, y no por aquí, paseando como veraneantes de dinero.

-          Pues si nos llegan a ver, unos buenos kilos de angulas ya hubieran pescado, ya, -replica Joshemi que por un momento había temido en quedarse, como poco, sin el producto de su trabajo.

Ya más tranquilos enfilan de nuevo hacia la corriente, y sin ningún otro tropiezo llegan al poco al Puerto Viejo, de dónde habían salido más de seis horas antes.

Tras amarrar la Zapatari a sus palos toman el camino hacia casa, satisfechos por el resultado de la noche, pero no sin que antes Patxiku riñera a Joshemi por el estado en que se encuentra la pasarela.

-          Como no arregles esas tablas cualquier día terminas en el agua, ¡con el miedo que te da!

Las angulas quedan en la bolsa –mejor vivero imposible afirma Joshe Mari- colgando por la borda de la embarcación. Ya se encargará Tomás, uno de los hijos de Patxiku, de recogerlas a mediodía y llevarlas a Ramón, el angulero, un vejete gallego, jubilado forzoso después de la guerra del cuerpo de carabineros, y que a pesar de los años pasados desde que saliera de su Lugo natal, apenas se le entiende nada cuando habla, de cerrado que tiene el acento;  hasta cinco pesetas el kilo paga, y presume así de tener ¡las mejores angulas del Bidasoa!

Al despedirse, en el extremo de la cerca que separa sus viviendas, Patxiku, tomando a Joshemi por el brazo y apretando con fuerza le dice, con el tono grave con el que nos hablan a veces los amigos de verdad:

-          Piénsalo bien y si crees que la quieres de verdad, no lo dudes, adelante. Yo te ayudaré en todo lo que pueda.

Y sin  más palabras, pues ya está todo dicho, ambos amigos se separaron. El cielo se ha limpiado de nubes y la luz de la luna, cálida y maternal, inunda los campos creando con los árboles y setos un cambiante espectáculo de claroscuros, bello y tranquilizador, que induce al sosiego y al sueño.

Han pasado más de dos semanas desde aquella noche de angulas y confidencias. Todos sigue igual, al menos en apariencia, porque Joshemi, que continúa con su vida habitual de pescador en la bahía, no ha dejado de darle vueltas a todo aquello que hablara con Patxiku, y parece que, aunque no ha vuelto a comentar nada más, está encontrando los motivos para tomar una decisión.

Busca a su amigo y habla con él. Al día siguiente, vestido Joshemi con su ropa de los domingos, marchan juntos a Irún para hacer algunas visitas.

El día uno de abril –nunca se le olvidará a Joshemi la fecha- con mareas vivas de cero y la erla pegando con fuerza en todo el arenal, la sirena de la fábrica de cerillas suena con insistencia avisando a Joshemi que ya son las ocho de la mañana. Pero esta vez no hay marea de la que preocuparse, ni fango que limpiarse de los pies antes de ponerse las alpargatas; Joshemi entra, junto con el resto de sus nuevos compañeros, por la puerta de la fábrica, la que linda con la regata de Artía.

Han pasado los años y Joshemi  todas las mañanas, poco antes de que suene la sirena de la fábrica anunciando la hora de comenzar el trabajo, todavía mira con nostalgia el río. Se fija en las mareas que suben y bajan, en el color del agua verdoso o amarronado, en la fuerza de la corriente y recuerda…recuerda cuando él era parte de ese paisaje, que ahora contempla desde una ventana rodeado de embalajes para cajas de cerillas. A veces le inunda una cierta sensación de añoranza por la libertad perdida, por la brisa marina en la cara, por el sabor del salitre en los labios, por el desconocimiento de lo que deparará el día…Pero es tan sólo un momento, luego cuando llega a casa, y encuentra a Marijoshe, que ha engordado un poco.

-          ¡Qué hermosa te estás poniendo! -le piropea Patxiku cuando la ve para hacerle rabiar- ahora si que estás guapa y no como antes de conocer a éste, que parecías el palo de una escoba.

Marijoshe, que ya no se deja aquella trenza negra que tanto gustaba a Joshemi,  -son cosas de soltera le dice entre enfadada y divertida cuando le pregunta por ella-  pero que está más guapa que nunca, sobre todo cuando riñe a los tres pequeños que se pasan  el día corriendo por ahí.

 Marijoshe que hace que todo lo anterior a aquel uno de abril desaparezca como si nunca hubiera existido.

La Zapatari también ha cambiado, ahora tiene un motor Ditter de nueve caballos en crujía, y está mejor cuidada que nunca antes lo estuvo. Incluso tiene un toldo para protegerse durante el invierno. Lo que hace exclamar entre bromas a Marijoshe, cuando vienen Junkaltxo y sus amigas:

-          No se lo que pensar de éste hombre que tengo en casa, cuida a su barca más que a mí.

La vieja lancha, que continúa siendo verde con una raya blanca, se queja de que sale poco, pero ¡qué orgullosa petardea! entre las otras embarcaciones…potom, potom, potom…con su motor nuevo, cuando los domingos sale con Joshemi, y cargada de niños que quieren aprender a pescar.

Eduardo Lizarraga

Hondarribia, 12 de agosto de 2012

3 comentarios:

  1. Muy bueno ,me a encatado leerlo y saber y conocer muchas cosas y sitios de los que hablas.

    Zigor(nere ametsa)

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  2. Precioso relato. Eres un magnifico narrador.

    Muchas gracias y un saludo

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  3. buen relato gran narrador m a gustado

    ricachon

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